El bufón y el tiempoGenaro Quiroga Fuenmayor
Tremola era la luz de los velones que lo iluminaban con perenne fe, mientras su rostro ambiguo era transformado por una suerte de opaca refracción cada vez que el ángulo del as coincidía en prodigiosa trinidad: llama, papel, sombras, eran conjunto de un estado de incertidumbre mantenido en la rareza del aire. La pluma de ganso entraba y salía indecisa en el tintero desbordado de impaciencia. Tener que redactar un tratado en aquellas condiciones fue algo que ni siquiera pensó podría ocurrir, ordenar de golpe el caos de sus ideas para transcribirlas en una amalgama explicativa, orden dentro de algo que acaso no lo tenía, o de lo contrario se vertía bajo la amorfa figura de un fractal. Tantas y tantas veces hizo reír con sátira jocosidad el opulento rostro del Rey, evidenciando con mordiente desparpajo las asquerosas conductas de su majestad; y la corte sin entender nada, sin comprender el agudo sentido por el que camina el ludo, toda vez arriesgado, en ese duelo permanente por alcanzar su identidad, siempre al otro lado del espejo, y que al momento en que se enuncia trasciende su sonoridad ondulante; como una explosión, una ventana imaginaria acoplada acompasadamente con otra dimensión intangible de lo real: el contenido en un fabuloso juego de palabras, disfrazada la verdad de arlequín, perdida en un espejismo caleidoscópico de dispersas resonancias, aparecía despojada de su tul el rostro de la farsa... risas hipócritas, otras despiadadas, unas más estúpidas, pero todas risas, aplausos que no alcanzaron nunca a colmar su espíritu, jamás tomado por serio, ¡ja, ja, ja!..., aturdido por un cascabel. Como aquella ocasión en que con violento arrojo ironizó la voz infantil de una de las mujercitas de nueve años que mantenía a la fuerza en su harén, sosteniendo con la mano izquierda una muñeca al tiempo en que se bajaba los pantalones bombachos y de coloridos rombos, quedando finalmente en vértice y exclamando después de arrojar un portentoso gargajo: Je te déteste, tu est laid comme une bête! Las frenéticas risas que compartían y comprometían de igual modo al Rey como al Duque de Orléans, estallaron aumentadas por el coro de la condesa Dubarry y la señora Pompadour. Por eso no se explicaba, ahora, cómo habían creído la broma hecha, ingenua, casi sin querer, en medio del salón real tan lleno de gente, quizá fue el temor, ciego conductor de distraídos pensamientos lo que los arredraba temerosos. ¡Estúpidos supersticiosos!, les acusaba a medida que las líneas negras iban llenando el papel pardo de un asunto que jamás se propuso pensar. El estado amenazado por un conglomerado de cosas se refugiaba cobarde en todo tipo de amuletos y augurios, los consejeros débiles a causa del hedonismo permanente no acertaban a calmar la avalancha popular que se les venía encima con implacable furia. Esta noche he descubierto la ausencia del tiempo, fue lo único que dijo, y esta vez, por primera y única vez las risotadas no bañaron los espejos, ni hicieron temblar los candelabros, ni comprometieron mucho menos a nadie, sólo él se rió, sólo él comprendió el sarcasmo que funcionando como un pliegue del lenguaje se doblara y escondiera en uno de sus lados al miedo y en el otro a la sedición, la herejía; y en su punta brillando falsamente, en principio, ese camino para salvar el reino: la atemporalidad. ¡Ja, ja, ja! ¡Estúpidos supersticiosos!, los acusaba. La señora Pompadour estiraba los cordones del corset con vanidosa fuerza, y su vientre delgado de molicies se sometía a la tensión ejercida por sus brazos cargados de ajorcas. La piel pegada a las costillas; las costillas adheridas a su alma; su alma entregada hacía mucho, como carne para el Rey. Despreciativo, prefiriendo la virga piel de alguna jovencita, sentado al borde de la cama, sostenía el rosario en su mano izquierda, pasando pausadamente, transparentes abalorios: uno, rezando, otro, murmurando, el tercero, susurrando. Sus ojos clavados como una saeta asesina en la cintura ceñida. Mirando sin mirar. - Maldita sea la hora en que ese Bufón cargado de oráculos divisó, con vasta fortuna, lo que el mismo Dios esconde para el Rey- se quejó su majestad apretando con soberbia las cuentas de vidrio que se estremecían crujientes bajo su poderosa siniestra. Indiferente, insatisfecha, la señora Pompadour se acomodaba frente a un espejo de marco dorado, una diadema de diamantes, sin tomarse la educada delicadeza de buscar las palabras que lo calmasen. -
¡No!- gritaba atormentado - no puede ser verdad que semejante arcano sea
revelado a otro que no sea yo. Ahora, escuchando los violentos rumores que ascienden y se pierden en pasos por las escaleras fantasmales, escuchando en espiral el sonido perniciente de su cascabel, escribe sin pensar, únicamente recordando con mordiente vergüenza el panegírico lanzado a su alteza como disculpa de su distraída ignorancia, y probaba poco a poco el sabor de la saliva amarga, de la peor de las traiciones, de la que es contra sí mismo. Pobre histrión fracasado, se decía. La orden de su muerte no tardó en hacerse presente en los rumores del castillo, como tampoco tardó la guardia en desenvainar sus espadas hambrientas. Una de las cortesanas le informó de los planes del Rey, y él rogándole esconderlo para poder encontrar el tiempo que, irónicamente, necesitaba para escribir el tratado de su ausencia, lo largó a la biblioteca, a la torre más alta del castillo... ¡Ja, ja, ja! Crótalo que pende de la punta de su gorro frigio y desquiciante. Esta noche he descubierto la ausencia del tiempo, no sé cómo, ni porqué se ha revelado este secreto al mago de la farsa, más sin embargo, lo que digo no son mentiras. Los astros giran bajo una fórmula única, la del transcurso de las formas, la de sus reflejos; en este universo que a pesar de todo, sigue siendo, un espejo. Una concatenación de hechos nos juntan y separan bajo las lenguas escritas por la historia en infinitos granitos de arena que caen y caen sin cesar deformándose a través del cristal del reloj como una consecuencia inevitable, como una distancia insalvable, una veta quizá en lo inmemorable, en una oquedad que escinde dos formas de entendernos, se abomban, adelgazan, visión, para atrás, para adelante, cuál es la medida real del presente; seguramente no hay tal, tal vez no existe. La explosión que aparece, la prolongación expansiva del ser dibujada por los astros bajo los signos de las constelaciones, o de las fabulaciones, es la simiente que nace junto con esta angustia que no alcanzo a ubicar, la errónea concepción del tiempo como una más de nuestras introyecciones; necia figura de afuera, obtusa permanencia irreal... Umbrosas se desparramaban las imágenes de los constructores de patíbulos, inquina seducida por el avance militar, la obediencia ciega a una orden, el sonido marcial emergiendo poderoso desde el sótano de su pensamiento. La Guardia gritando, el Duque de Orléans comandando con crispado sable la cacería. Se acerca hasta una cortesana que lo mira nerviosamente desde un rincón; él sale del aposento del bufón, la cama deshecha por los agudos espadazos, el escritorio mordido por la ira de la desesperación, leña revuelta con chistes viejos, la joven tiembla aturdida por el espanto de una mirada que es el tatuaje de un cipo en la frente. - ¡Dónde está!- ladra enfurecido, pero la muchacha no lo sabe, finge ignorar el motivo de su búsqueda, y confiesa sollozando que vio a otra cortesana hablar silenciosa y rápidamente con él, en el pasillo que conduce a la torre, a la biblioteca. La amiga que lo conoce todo, condenada sin más. ...Cielo y tierra se confunden en el horizonte a causa de una miope longitud, qué es lo que separa al hombre de su anhelo, cuál es la verdadera medida entre ambos, ¿es el tiempo mismo o es la fe? El orbe del mundo, cartografía circular trazada con imaginación, como la vuelta de una hoja en el libro de los tiempos, en cualquiera, un diseño de dioses tan antiguo como yo mismo, esencia licurgérica de tantos mitos que se encarnan en el hombre al momento en que uno de esos incontenibles granitos cae irreversiblemente, pero circular es la esfera, gira, gira, una vuelta, otra, dónde es arriba y dónde abajo, de dónde partió el granito, si es que alguna vez partió, y si acaso llegó a caer, hacia dónde es futuro y hacia dónde pasado; relación de fuerzas, tensión implícita de sentirse suspendido, cómo un péndulo del que no alcanzamos a ver el hilo que lo sostiene, pero que sin embargo, pensamos en movimiento, ¿eso es el tiempo?, o hay algo que me separa de mi mismo... Percute insaciable la esfera atrapada dentro de su cárcel metálica, de oropel. La mano avanza ávida devorando pensamientos indispuestos, parábolas de la fantasía, letras del abecedario del mundo, sonidos también, eufonías, escansión de la vida en otro terreno. La mujer envalentonada no revela su secreto. El Duque de Orléans extiende la prolongación metálica de su brazo, la alza en conjura, la detiene el aire, brillante, injusta; y la deja caer con brutal fuerza sobre el pecho quebradizo de la doncella, abanica el viento, lo enfurece, tres velas se apagan, de su tórax emana el río caudaloso, de la boca del verdugo un aliento mefítico. Señala con el sable la escalera de la torre, de la punta cae una gota rojísima que el suelo absorbe con avidez. ...Falsa intríngulis se descubre en el desierto del tiempo, pues todo esta dibujado en un trazo oblicuo como una duna mudada por el monzón, como un rostro humano. Los caminos recorridos son los mismos caminados, la huella dejada es la trascendencia espiritual, es tal vez el relleno de esa veta en el presente, es una ilusión, como la historia misma cuando nos escuchamos en el interior húmedo de nuestros cuerpos... Ascienden con violencia, con ansiedad, devorando a grandes zancadas los escalones en espiral, dos, cuatro, seis, ocho, no se detienen a respirar, cegados por la ira y aturdidos por el miedo, el poder enfundado en la palabra enunciada, en la frase hecha vaho, pavesa. ...Distancia: valor cartografiado por el tiempo, que a fin de cuentas no es tal. Dirección: estafermo batido por el golpe preciso de la lanza que pierde el sentido en el mareo de la lucha... Unas vueltas más y habrán llegado. Sus corazones laten desacompasadamente, una estridente arritmia, un deseo tendido como una manzana a unos cuántos centímetros del dedo. ...Nimbo dibujado por el artista en su constante afrenta por unir los mundos nada más intuidos, insalvables por una mezquina obediencia a algo más pobre que una fragancia, a algo tan ambiguo como el hombre, tan quebradizo como su naturaleza... Una rendija de luz tenue ilumina la base de la puerta, cerrada por dentro; golpes, gritos, insultos, la madera cede gradualmente, siguen los castigos. Los pasos percutiendo con tacones filosos, lo encontraron, la jauría se va juntando, golpes, gritos. ...Relación inversa y proporcional, el alma al cuerpo, al tiempo... No escucha las voces, el cascabel sesga sus oídos enajenados, inexplicablemente sordos. Ajenidad del mundo. La puerta se abre, la furia embiste con erguido sable rojo, en el aire flota el relampagueo de la ansiedad consumada. ...Cerúleo: soy yo la oscura profundidad que siento cuando cierro los ojos, su ausencia... Su cabeza rebota en el piso, rueda escaleras abajo entre los hombres, el cascabel sonando acompasadamente. Una pátina de libros lo miraba inquisidoramente, a través del polvo, desde todos los puntos de la biblioteca... [ Volver ] |