Las voces entristecidas de la Internacional

Rodolfo Izaguirre

       Fue muy pequeño el grupo de sus camaradas que se congregó en el cementerio para despedir a César Rengifo. Después de las conmovidas palabras de algunos de sus amigos ocurrió algo terrible y desconcertante. Un niño, en representación del alumnado de una conocida escuela de Caracas, sacó del bolsillo de su camisa un papelito, lo miró y comenzó a cantar la Internacional. Salvo Héctor Mujica, yo mismo y alguien más, ninguno de los presentes conocía la letra del himno tantas veces entonado en momentos de gloria o de derrumbes políticos. Lo que se escuchó allí fue un apagado murmullo del que sobresalían nuestras voces entristecidas y la del escolar, papelito en mano. El homenaje que quiso rendir allí aquel escolar resultó patético porque César Rengifo sí sabía la letra de la Internacional, puesto que fue uno de los venezolanos que con mayor fidelidad se ajustó a sus principios de vida y obra creativa y a su actitud política e ideológica. Una vida larga y difícil que recorrió buena parte del crispado siglo XX, extremadamente ideológico, lleno de peligros y acechanzas para los seguidores del marxismo, pero que terminó cuando el socialismo real se desplomó, devolviéndonos, a quienes creíamos en él, una nueva utopía.

       Pintor y dramaturgo, César Rengifo es una de las bases fundacionales de nuestro teatro y muchos lo consideran como el padre de la dramaturgia contemporánea venezolana.  Martin Hahn, en su brillante ensayo “Señor Shakespeare, ¿qué lo trae por aquí?”, incluido en Venezuela, siglo XX, visiones y testimonios, publicado por la Fundación Polar, afirma que, dentro del archipiélago que era el teatro venezolano en los años cuarenta y cincuenta, Rengifo fue como un volcán porque no sólo sacudió el archipiélago con las novedosas estructuras de sus piezas, sino que “abrió las puertas a la modernización de la dramaturgia nacional”. Hay una circunstancia que llama la atención: en los barrios, sus obras, particularmente Lo que dejó la tempestad, son montadas con frecuencia por grupos juveniles independientes, lo que demuestra que sus proposiciones continúan siendo válidas en el ámbito popular. Es como si César estuviese prolongando en ellos la pasión y el amor por el teatro y por su personal compromiso social.

       No creo haber conocido a un venezolano que haya hecho de su propia conducta un modelo inalterable de vida. Cuando la Asociación Pro Venezuela organizó una amplia retrospectiva de la obra pictórica de Rengifo, asistimos a una gloria: la de contemplar el prodigio de un artista plástico que a lo largo de su vida mantuvo una asombrosa fidelidad y correspondencia entre su posición política, desafiante e inconforme, y el verismo plástico de su pintura, ajena a los sucesivos ismos que terminaron por precipitar esa suerte de angustioso “¡sálvese quien pueda!” que parece impulsar a los creadores en la hora actual.

       En el Centro Simón Bolívar de Caracas hay una obra suya, muy ambiciosa, realizada en los años cincuenta, el Mural de Amalivaca, que narra los mitos del dios tutelar del Orinoco y de los indios tamanacos. Fue uno de sus grandes regalos a la ciudad en la que nació en 19l5 y en la que habría de morir 65 años más tarde, entregado a la tierra por un grupo de camaradas que no sabían la letra de la Internacional.


Imágenes: Obras de César Rengifo


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