| Inútil
apología del aeropuerto |
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I
Si
usted sube al avión, un siete cuatro siete, espléndido,
de esos que sobraban en los añorados setenta venezolanos,
y su destino es Venecia, por ejemplo, poco puede importar
nada incluso ese dolor del cual habla con toda propiedad
Gilberto Santa Rosa. La casa, las deudas, los apremios.
Esa mismidad de los muros, asfixiantes. La crueldad, afuera
y adentro. La violencia de los hombres venezolanos, su
intolerancia, su falta de gracia, todo lejos, muy lejos,
vamos hacia la ciudad de Turner, hacia sus dorados imposibles.
Volar, debo confesarlo, siempre me produce ansiedad.
La última vez que fui a España (invitada
claro) resolví el problema blandamente: un lexotanil
de 10 mgrs. Uno no: dos, para la vuelta. Y así
llego más cuerda al aeropuerto. Porque vendrán
a recibirme, y los muchos Etiqueta Negra que hubiesen
hecho falta para amainar el ansia, no me aseguraban que
estuviera presentable, y mucho menos para dar eso que
llaman la primera impresión. Pero, obviamente y
que me perdonen las droguerías, prefiero el Etiqueta
Negra con hielo entero y grande, como le gustaba a Hanni
Ossott.
Si el avión nos promete la maravilla de un espacio
de sueño, que habita en mis libros y resuena en
la memoria, podemos bien sobrellevar las insignificantes
ocho horas de vuelo. Luego, es excitante llegar a las
aduanas desconocidas, y ver que ser latino siempre trae
inconvenientes. La maleta quedó hecha un asco.
II
Las líneas aéreas surcan los cielos nacionales
sin mucha celeridad. Estar en el aeropuerto o en un avión,
viajar es una forma de olvido. No solamente a causa de
la lejanía, que ayuda notablemente. Por más
parapetos que uno ponga, la ausencia es simplemente no
estar. Y no estar es una forma de aliviarse. He dejado
todas las cosas que soy. Sola, sentada en el cafetín
del aeropuerto (y los cafetines de todos los aeropuertos
son un desastre y en todo caso un aburrimiento), estar
aquí con mi café marrón grande, lejos,
o casi lejos, ya me confiere cierta levedad. El colegio
está lejos, el transporte, la comida. Lejos. Y,
lo mejor de todo, las deudas también están
lejos. Ya tengo menos pesar. Y no es que huya, sino que,
a veces es así, simplemente queremos olvidar. Ausentarnos
de nosotros mismos.
En el aeropuerto somos anónimos, pasajeros, no
tenemos raíces, no ocupamos territorio, no le hacemos
mal a nadie.
III
Traspasar la palabra EMBARQUE en Maiquetía asegura
que usted no va a tropezarse con la incompetencia chillona
y oportunista del gobernador Laya. Es el olvido lo que
viene. Y algo mejor que el olvido: el desconocimiento.
No sé nada de las personas que van a rodearme en
la tierra donde soñó el ángel terrible
Rilke y el genio vidente de Nietzsche reposó sus
tardes contemplativamente. Nada significan los problemas
del Edificio Pascal, o el carro, ni sombra de la amenaza
de que tú vuelvas a aparecer, encantador de serpientes,
nuevamente allí, al cruzar cualquier esquina. Nuevamente
para demostrarme lo grande del amor, y la aún más
insuperable grandeza de su imposibilidad. Kamawata se
suicidó en mayo del año pasado por esa cosa
que vivimos cotidianamente: la imposibilidad del amor.
¿Dónde estás que no te veo?
IV
Hoy
no voy a Venecia. No salgo del país. Es un vuelo
corto. Será corta la levedad que me proponga. Un
vuelo doméstico. Mi viaje, mi posibilidad de ausencia,
llega sólo hasta Mérida, y para más
colmo el vuelo hará "escala" en Barquisimeto.
Ochenta mi bolívares cuesta esta travesía.
Busco en el precioso aire acondicionado del aeropuerto
el frío de los países desarrollados.
Tiempo de escasez, pero aunque no fuera a Venecia sino
a Mérida, el cambio y la ausencia prometían
ser un hecho, Yo no necesitaba una ciudad: necesitaba
huir. Huir pronto. Antes de avanzar demasiado en los filos
de mi balcón, un piso once, las barandas tentadoras.
Huir. Salir. Y menos mal que los ángeles que organizaron
la Feria Internacional del Libro Universitario en Mérida,
me invitaron. Y me voy.
Si no tengo trabajo, si no sé como terminar el
cuento que me pidió Yolanda, si debo dos meses
de condominio, si estoy cansada, si ya es tarde y si no
llamó nadie. No importa, no estoy. En este espacio
de tránsito, en este reluciente silencio expectante,
soy sin nadie. Estoy en Maiquetía y es como si
estuviera en el punto generador de la esperanza.
El vuelo es breve para jugar al destino incierto, al
mundo en primera clase. Este viaje no es, aunque nos llenen
hasta la coronilla del más exaltado y enceguecedor
nacionalismo, no es (sin valoración por simple
diferencia) igual a mi viaje de aquél tiempo hacia
Venecia. Mi realidad aunque estuviera urgida de aquella
misma resolución tenía que conformar los
contornos de sus exaltadas necesidades.
¡Quiero desaparecerme! había dicho
esta mañana. Desaparecerme. Me quiero ir.
La distancia. La distancia es importante para el olvido.
Y la distancia debe ser mucha; cuanto más mejor.
En el Japón, por ejemplo, ya ni me acordaría
de ti.
V
No
salimos a tiempo, esto tampoco es novedad. El vuelo está
retardado. Saco los lentes de mi bolso y me dispongo a
leer. A leer qué, la novela de José María
Conget. Arguyo nuevas posibilidades para mi plan de realización
personal. Metas y proyectos borronean y borronean el futuro
en mi libreta de mano. Qué haré mañana,
qué cuando regrese. No quiero pensar en el regreso,
aunque desde Ulises sabemos que cualquier viaje, la partida
supone la llegada, y que la aventura del héroe
culmina en el regreso.
Pero el regreso me pone un peso en la boca del estómago.
Yo no quiero problemas ni responsabilidades.
Yo apenas si he empezado a marcharme.
Pronto, era inevitable, es el terminal nacional, alguien
dice mi nombre. Y todo vuelve a ser lo mismo, tan cerca
de casa.
Qué bueno verte. No quería viajar
sola. Me siento como una persona sin nombre, en los aeropuertos.
Y no lo soporto dijo mi antigua amiga del bachillerato.
Qué ironía, pensé, yo apenas disfrutaba
el hecho de no ser nadie, de no estar.
¿Cuál es el número de tu asiento?
Si quieres la ventanilla te la doy. A mí no me
gusta ver el paisaje, saber que estoy volando, que me
voy, que me alejo. Yo viajo por negocios, por necesidad.
Por gusto, me quedo en mi casa. Y lo único que
me alivia en estos trajines es saber que el regreso está
allí, que será pronto. Y que, si fue obediente
Julito, no habrá escondido el control remoto. ¿A
ti no te pasa lo mismo?
Sonreí. Ya ni los 20.000 metros de altura eran
un alivio. No iba a argumentar. En la decepción
nuevamente y con mi sonrisa de aventurera congelada respondí:
Sí, por supuesto, a mí me pasa exactamente
lo mismo cuando viajo.
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