Inútil apología del aeropuerto

 

 

Stefania Mosca

 

 

I

Si usted sube al avión, un siete cuatro siete, espléndido, de esos que sobraban en los añorados setenta venezolanos, y su destino es Venecia, por ejemplo, poco puede importar nada incluso ese dolor del cual habla con toda propiedad Gilberto Santa Rosa. La casa, las deudas, los apremios. Esa mismidad de los muros, asfixiantes. La crueldad, afuera y adentro. La violencia de los hombres venezolanos, su intolerancia, su falta de gracia, todo lejos, muy lejos, vamos hacia la ciudad de Turner, hacia sus dorados imposibles.

Volar, debo confesarlo, siempre me produce ansiedad. La última vez que fui a España (invitada claro) resolví el problema blandamente: un lexotanil de 10 mgrs. Uno no: dos, para la vuelta. Y así llego más cuerda al aeropuerto. Porque vendrán a recibirme, y los muchos Etiqueta Negra que hubiesen hecho falta para amainar el ansia, no me aseguraban que estuviera presentable, y mucho menos para dar eso que llaman la primera impresión. Pero, obviamente y que me perdonen las droguerías, prefiero el Etiqueta Negra con hielo entero y grande, como le gustaba a Hanni Ossott.

Si el avión nos promete la maravilla de un espacio de sueño, que habita en mis libros y resuena en la memoria, podemos bien sobrellevar las insignificantes ocho horas de vuelo. Luego, es excitante llegar a las aduanas desconocidas, y ver que ser latino siempre trae inconvenientes. La maleta quedó hecha un asco.

II

Las líneas aéreas surcan los cielos nacionales sin mucha celeridad. Estar en el aeropuerto o en un avión, viajar es una forma de olvido. No solamente a causa de la lejanía, que ayuda notablemente. Por más parapetos que uno ponga, la ausencia es simplemente no estar. Y no estar es una forma de aliviarse. He dejado todas las cosas que soy. Sola, sentada en el cafetín del aeropuerto (y los cafetines de todos los aeropuertos son un desastre y en todo caso un aburrimiento), estar aquí con mi café marrón grande, lejos, o casi lejos, ya me confiere cierta levedad. El colegio está lejos, el transporte, la comida. Lejos. Y, lo mejor de todo, las deudas también están lejos. Ya tengo menos pesar. Y no es que huya, sino que, a veces es así, simplemente queremos olvidar. Ausentarnos de nosotros mismos.

En el aeropuerto somos anónimos, pasajeros, no tenemos raíces, no ocupamos territorio, no le hacemos mal a nadie.

 

III

 

Traspasar la palabra EMBARQUE en Maiquetía asegura que usted no va a tropezarse con la incompetencia chillona y oportunista del gobernador Laya. Es el olvido lo que viene. Y algo mejor que el olvido: el desconocimiento. No sé nada de las personas que van a rodearme en la tierra donde soñó el ángel terrible Rilke y el genio vidente de Nietzsche reposó sus tardes contemplativamente. Nada significan los problemas del Edificio Pascal, o el carro, ni sombra de la amenaza de que tú vuelvas a aparecer, encantador de serpientes, nuevamente allí, al cruzar cualquier esquina. Nuevamente para demostrarme lo grande del amor, y la aún más insuperable grandeza de su imposibilidad. Kamawata se suicidó en mayo del año pasado por esa cosa que vivimos cotidianamente: la imposibilidad del amor. ¿Dónde estás que no te veo?

 

IV

Hoy no voy a Venecia. No salgo del país. Es un vuelo corto. Será corta la levedad que me proponga. Un vuelo doméstico. Mi viaje, mi posibilidad de ausencia, llega sólo hasta Mérida, y para más colmo el vuelo hará "escala" en Barquisimeto. Ochenta mi bolívares cuesta esta travesía. Busco en el precioso aire acondicionado del aeropuerto el frío de los países desarrollados.

Tiempo de escasez, pero aunque no fuera a Venecia sino a Mérida, el cambio y la ausencia prometían ser un hecho, Yo no necesitaba una ciudad: necesitaba huir. Huir pronto. Antes de avanzar demasiado en los filos de mi balcón, un piso once, las barandas tentadoras. Huir. Salir. Y menos mal que los ángeles que organizaron la Feria Internacional del Libro Universitario en Mérida, me invitaron. Y me voy.

Si no tengo trabajo, si no sé como terminar el cuento que me pidió Yolanda, si debo dos meses de condominio, si estoy cansada, si ya es tarde y si no llamó nadie. No importa, no estoy. En este espacio de tránsito, en este reluciente silencio expectante, soy sin nadie. Estoy en Maiquetía y es como si estuviera en el punto generador de la esperanza.

El vuelo es breve para jugar al destino incierto, al mundo en primera clase. Este viaje no es, aunque nos llenen hasta la coronilla del más exaltado y enceguecedor nacionalismo, no es (sin valoración por simple diferencia) igual a mi viaje de aquél tiempo hacia Venecia. Mi realidad aunque estuviera urgida de aquella misma resolución tenía que conformar los contornos de sus exaltadas necesidades.

–¡Quiero desaparecerme! –había dicho esta mañana–. Desaparecerme. Me quiero ir.

La distancia. La distancia es importante para el olvido. Y la distancia debe ser mucha; cuanto más mejor. En el Japón, por ejemplo, ya ni me acordaría de ti.

V

No salimos a tiempo, esto tampoco es novedad. El vuelo está retardado. Saco los lentes de mi bolso y me dispongo a leer. A leer qué, la novela de José María Conget. Arguyo nuevas posibilidades para mi plan de realización personal. Metas y proyectos borronean y borronean el futuro en mi libreta de mano. Qué haré mañana, qué cuando regrese. No quiero pensar en el regreso, aunque desde Ulises sabemos que cualquier viaje, la partida supone la llegada, y que la aventura del héroe culmina en el regreso.

Pero el regreso me pone un peso en la boca del estómago. Yo no quiero problemas ni responsabilidades.

Yo apenas si he empezado a marcharme.

Pronto, era inevitable, es el terminal nacional, alguien dice mi nombre. Y todo vuelve a ser lo mismo, tan cerca de casa.

–Qué bueno verte. No quería viajar sola. Me siento como una persona sin nombre, en los aeropuertos. Y no lo soporto– dijo mi antigua amiga del bachillerato.

Qué ironía, pensé, yo apenas disfrutaba el hecho de no ser nadie, de no estar.

–¿Cuál es el número de tu asiento? Si quieres la ventanilla te la doy. A mí no me gusta ver el paisaje, saber que estoy volando, que me voy, que me alejo. Yo viajo por negocios, por necesidad. Por gusto, me quedo en mi casa. Y lo único que me alivia en estos trajines es saber que el regreso está allí, que será pronto. Y que, si fue obediente Julito, no habrá escondido el control remoto. ¿A ti no te pasa lo mismo?

Sonreí. Ya ni los 20.000 metros de altura eran un alivio. No iba a argumentar. En la decepción nuevamente y con mi sonrisa de aventurera congelada respondí: Sí, por supuesto, a mí me pasa exactamente lo mismo cuando viajo.

 


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