Poemas*
 
   
Santos López
Selección por Michael Martínez

 

Enseñanza del silencio

Continúa dormida mi madre sobre una estera blanca
Cuando decido abandonarla, irme a alzar el mundo.
No creo que despierte ahora cuando tengo que decirle
«Adiós, madre», con nostalgia casi irremediable.

Sigue acostada, adornada su frente con nardos y espinos.
No creo que mi madre abra los ojos, despierte, beba agua.
Ella nada necesita; mía y pobre, mi madre es muy vieja.
Y los ancianos viven secos, tan cercanos a la paciencia.

«Me voy, madre», le digo cuando estoy en plena salida.
Y no se inmuta, ni abre los ojos dentro de su cielo negro.
La noche remueve la trama de su rostro, huesos y cenizas.
«Madre, escúchame», y me marcho hacia adentro.

Entonces decido callarme, morder así mi propia carne
Y tragar el verdadero polvo de un camino profundo.

 

Jaguar de cabeza herida

Cuando niño yo era un jaguar y podía atravesar
      el día y la noche con un solo salto.
Yo era un jaguar resplandeciente en el pajonal.
Quienes me podían tocar, me veían las venas, los gruesos lunares.
Yo era un sólido negror con gotas de oro.
Yo jaguar era una invisible muerte que provocaba el delirio de las presas,
      así danzaba, así comía.
Entretanto, el niño que en verdad era acrecentaba su reflejo.
Inexperto y hambriento, subía a los árboles,
      corría con mi familia, me impacientaba.

Ya joven seguí siendo un jaguar,
      me hice más oscuro y secreto por las estrellas.
Viví en una cueva con demasiado cráneos, como una gran constelación.
Comprendí también que el mundo era un espejo.

(Después no volví a ser jaguar.
Y tal vez hoy no lo sea.)

Pero sé, más allá de la vejez,
En algún lugar anda un jaguar con la cabeza herida,
      y me espera para culminar juntos un viaje.
El viaje antes de la palabra que nos regresa a casa en silencio.

 

Vasija del corazón

Extrañamente algunas veces somos herederos de un corazón
      que, como una vasija, otros han llenado primero.

Desde hace muchísimos años una tinaja permanece en un rincón
      de mi casa.
Perteneció a mi madre, pero primero fue de mi abuela y, mucho antes,
      de mi bisabuela…
De la tinaja, ellas sólo bebieron agua fresca. Y siempre la tuvieron llena,
      incluso conocieron al hacedor de la vasija.
Hoy, sin embargo, yo la conservo vacía, sin saber el porqué.
Insisto en cubrirle la boca cuidadosamente, así como lo hacían mi madre y
mis abuelas para mantener el agua limpia y clara.

Tal vez creo que en su fondo reposa todavía algún silencio que en vano
      intento descubrir,
O quizás no quiero que hable, me revele todo y sienta pronto mi sed
      saciada.

 

La rama y el pájaro

Pequeña rama, tejí esta corona para tu cabeza,
Para ponértela y permanecer cantando todo el día.

He llegado hasta aquí como un pájaro perseguido.
Te pido permiso para descansar en tus dominios.

Quisiera respirar el cielo en todas sus direcciones
Y celebrar con alegría intensa este encuentro.

Pequeña rama, sé la razón por la que me poso en ti.
Al pie de esta colina, esperando conocer tus nuevas hojas.

¿Cómo puede refugiarse el corazón sin alegría?

Pequeña rama, he tejido esta corona en tu cabeza,
Es un nido blanco y redondo que mueve el céfiro.

Para mí es suficiente volar, danzar como un remolino,
Cantar todo el día y toda la noche al amor que vendrá.

 

Peonía del alma

Durante muchos años mi pensamiento fue esfera en la noche,
La ronda inconfundible de mi destino.
De un lado a otro, mi obsesión era el caos;
De un lugar a otro, me creía dormido.
Sin embargo, la aflicción de mi voz,
La tristeza inmóvil durante muchos años,
No me hicieron más muerto que la piedra
O que la profunda sombra.
Durante muchos años mi trabajo fue anhelar en lo oscuro.
No conocía el destello de la sangre.

Pero en una medianoche, la quietud de tu boca
Me despertó y me repitió el amor hasta el amanecer.
Este fuego me reveló de una vez el intenso rojo del alma.

 

Los buscadores de agua

Los buscadores de agua tienen su día.
Amanecen en el vidrio de un desierto, cercanos a una palmera, sedientos
      en el corazón.
Guardan la certeza de que morirán contemplativos.
Los líquidos enseñan.
Y en las fuentes, los buscadores ven el ojo de grandes lujos, recorren
      paraísos, y entre nubes, el sol anhela estos temblores.
¿Qué beben las almas?

Los buscadores de agua tienen su día.
En la gran ciudad, remontan subidas a llevar su carga nerviosa.
Un cántaro rueda la cuesta.
La sombra de los edificios se asoma lenta entre el verdor oscuro de
      los jabillos.

Buscan el agua en la montaña –¿es esto alguna proeza?– y traen hasta
      nosotros una realidad igual y diferente a la del mundo.
Esos cargadores atraviesan un río a la cintura, van a otra orilla, en un viaje
       de sólo un día.
(Imaginen el Orinoco sereno que atraviesan a nado en las mañanas
      para volver con una lámina dulce a la ciudad).
Cuentan en el presente, que a menudo todo tiempo es un modo de flotar
      tantas veces, así el pasado fluye sus ondas hacia nosotros.
Todos los buscadores hablan bañados, con el tacto limpio, despojados      
      de la tensión seca y amenazante de la sal.

Los buscadores de agua tienen su día.
Como en los acueductos de Roma, pulen la piedra, sus curvas y los bordes calizos,
      brazos de aprendices que se explican el universo, las leyes, el tiempo.
Ese pasado fluye aquí, al palmotear el agua clara.
Quieren apartar una barrera en lo que hay que mirar:
Rostros, voces a la deriva, paraísos en el orbe.

El instante de la vida a lo lejos es eso, agua luminosa.
Todo es como venimos, espíritu anterior que rige para que vayamos
      sobre sus hombros.

 

Hombre Paraguas

Un paraguas es un hombre que llega a ser olvidado de cualquier manera.
Es abandonado en algún sitio, es dejado allí como un utensilio inservible.
Para nadie es un misterio que la identidad o filiación
      entre el hombre y el paraguas es asombrosa.
Todo hombre es un hongo doméstico, compuesto por un bastón, un
      varillaje y un pedazo de tela para proteger bien de la lluvia o del sol.
Un paraguas tiene también algo de héroe:
Se es útil en la contingencia y luego se deja por inútil.

En París, que es como decir el cielo, le llaman umbrella.
Así el hombre fue olvidado por el hombre.
Su Creador sabía muy bien lo que hacía.
      (Los animales tiemblan porque umbrella suena idéntico a hombre.)

Lo dijo miles de años antes un anciano de África, y Holderlin lo repitió
      después:
El Destino lo nivela todo.
El hombre con su forma de paraguas y con su destino de paraguas lo sabe.

Nadie toma de la mano
Por segunda vez
Con el mismo amor.

 

Visiones de fuego

Hay un fuego que no se apaga con agua.

En mi tribu, los viejos solían lanzarle puñados de arena a las fibras del sol
      que devoraban extensos pajonales.
En tierra vecina, las gentes criaban vistosos loros.
Cuando la candela salía de su escondite, las aves con sus verdes alas
      arropaban aquellos hornos haciéndose cenizas.
Descubrí en otra frontera al lagarto verde.
Los colores de su piel eran de un hielo fino.
Los viejos sólo podían coserle la boca y soltarlo lejos para que se helara
      el incendio.

Hoy pretendemos apagar nuestro fuego con agua.
Cada quien prende fogatas en su cabellera.
Poco vale lo que se consume, sólo vemos columnatas de humo altísimas.

Este fuego no se apaga con el agua.

 

Orí Inù

Gobierno nacido de un orden de fuego.
Conciencia del sueño, árbol brillante de la otra savia.

En la muerte yace un amor hacia el amor.
Una eternidad vuela llameante, nueva, vuelve.
Regresa y hoy renace entre los fieles.

 

 

Errata

      Donde Jorge Manrique dice:
"Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar que es el morir".
      Debe decir:
"Nuestras vidas son las aguas que van a dar en el mar que es el renacer.
Las pestilentes aguas son el morir".

 

* Extraidos de Los buscadores de agua. Colección La Diosa. Edición de la Casa de la Poesía J. A. Pérez Bonalde. Caracas, 1999.


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