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Historia y estudios sobre la Historia
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Juan Liscano |
Lo que espanta, debe entenderse, no es la llamada Ciencia de la Historia,
con la historiosofía, la historiología y la historiografía,
sino los efectos catastróficos de determinados desencadenamientos
históricos como las guerras, las cuales adquieren hoy en día
un carácter apocalíptico; las revoluciones abiertas siempre
sobre cárceles, ejecuciones, persecuciones, represiones creadoras
de injusticias; los nacionalismos propiciadores del terrorismo, los secuestros,
la reversión de valores planetarios e internacionales en aras de
minicausas; el fanatismo, bajo todos sus aspectos, cuya vocación
suicida persigue las formas del sacrificio para afirmar la sinrazón
de la fe. Cuando afirmo que la historia y no las disciplinas intelectuales
que la estudian, es nuestra condena, lo hago porque siendo producto de
las acciones de los hombres, de sus pensamientos, pasiones, creencias,
ansias de cambio, de justicia o de superación, rara vez alcanza
en sus efectos y cumplimientos los ideales propuestos, mientras que casi
siempre los termina contradiciendo o causa males mayores. Los hombres
no dominan los mecanismos psicológicos, los poderes energéticos
del acontecer histórico. De allí que la historia constituya
no propiamente la culminación de la facultad de obrar humana, a
conciencia de los efectos; ni un conocimiento o una intuición colectiva
guiadora; sino algo mucho más parecido al Destino, al Hado, el
Sino que decía Sprengler. No hay relación proporcional,
en los hechos históricos, entre las causas y efectos. Esta comprobación
es lo que da origen al terror, a un terror muy parecido al pánico
de los primitivos ante las potencias ocultas y devastadoras de la naturaleza.
Por eso el historiador apenas puede establecer una sintomatología
de los hechos una vez cumplidos o bien imaginar unas leyes de causa a
efecto que la realidad se encarga de distorsionar hasta inconcebibles
extremos. Por eso mismo el historiador, situado ante un material de estudio
que ni siquiera en los acontecimientos pasados puede ser realmente aprehendido,
actúa un poco a ciegas y termina por adherir a un sistema historiográfico,
a un arte y a una razón ideológica de escribir la historia
y al terreno seguro y referencial de la bibliografía.

Aun cuando la historiografía responda a la vieja y finiquitada
definición de la historia, de concebir esa disciplina como narración
y exposición de los acontecimientos pasados y de las cosas dignas
de mención, esa crónica resulta dudosa pues los acontecimientos
pasados no ofrecen una base suficiente documental ni mucho menos experimental
y dependen, en la apreciación de los mismos, de numerosos factores
alterativos. Contar la historia pasada constituye un acto literario más
cercano a la ficción que a la verdad, un estilo, y prever el futuro
de acuerdo con unas presuntas leyes, forma parte de la cienciaficción.
Queda la apreciación del presente. Entonces el historiador se encuentra
en condición de actor, incapaz, en realidad, de objetividad alguna.
De modo que la metodología de las ciencias históricas, en
pleno proceso de formación por lo demás, está constantemente
en la necesidad de plantear de nuevo sus perspectivas las cuales enfocan
un material mucho más parecido al viento, como dijo Bolívar
de la revolución, que a un objeto medible y concreto. Los vientos
de la historia cambian sin cesar y apenas se podría formular una
teoría general ceñida a observaciones como las que admite
la meteorología. Esta disciplina, como se sabe, es objeto constante
de burla en sus predicciones cotidianas. Los historiadores, metereólogos
de un tiempo humano pasado y presente, un tiempo de guerras, revueltas
milenaristas, interminables matanzas por las más diversas razones
de fe o de necesidad azarosa, reversiones y luchas agónicas por
el poder, violencias, erupciones súbitas colectivas, aventuras
individuales deslumbrantes o desgracias, sacrificios abrumadores, se encuentran
disputando sobre métodos para interpretar objetivamente lo que
obedece a un prodigioso y cruel juego de formaciones, transformaciones,
desastres, enfrentamientos, regidos por leyes informuladas e informulables.
La verdadera meditación sobre la historia, sobre todo en nuestro
tiempo edad oscura en la que parecen conjugarse todas las predicciones
de fin de mundo, debido precisamente a tensiones históricas y no
terrígenas, desemboca por oposición al sentirse enajenado,
acorralado por la angustia, cercado por muros infranqueables, condenado
a un destino de destrucción planetaria guerra nuclear, ecología
deteriorada hasta extremos mortales, sobrepoblación como cáncer
demográfico, en una suerte de reivindicación de doctrinas
reveladas de salvación; en la ola de adhesión a sectas ocultistas
o esotéricas; en el interés creciente por la India, el budismo,
el zen, el tantrismo, los conocimientos espirituales, las disciplinas
del yoga. Otra forma de reaccionar contra las depresivas y mortales perspectivas
de fin de mundo son las que encierran una visión de trascendencia
de la materia misma, como se manifiesta en obras científicas que
prometen el perfeccionamiento humano y social por la tecnología
y el desarrollo cerebral. En este sentido, el pensador católico
Teilhard de Chardin ocupa un puesto de excelencia. Pero de lo que sí
no hay duda, salvo a niveles de subdesarrollo tercermundista, es que la
revolución no puede compararse con las vías salvadoras antes
mencionadas, porque ella forma parte precisamente de las condenaciones
de la historia. Sin duda, aún está cercano el período
intelectual en que la filosofía, las artes y los medios de comunicación
como el cine estuvieron regidos por las ideas de decadencia de una sociedad
y posible renacimiento en las mañanas cantantes de la revolución
social. Entonces se hablaba de seguir el curso de la historia, de no perder
el tren de la historia. La superación del sentimiento del absurdo
existencial, del nihilismo, del hedonismo decadente, de la alienación,
del impulso de aprovechamiento del trabajo humano, se lograba mediante
la adhesión a una causa de redención histórica: la
revolución social pregonada por Marx el siglo pasado y llevada
a efecto en Rusia, un país de terribles contrastes económicos
y sociales, mantenidos por un régimen absolutista monárquico.
Esa adhesión era como conversión. La pequeña historia
intelectual de nuestro tiempo, en el compromiso con el mito revolucionario,
debería empezar en la moda de exasperación sensorial de
las artes llamadas decadentes, cuyo florecimiento acontece en las tres
últimas décadas del siglo pasado, luego ha de continuar
con los movimientos paroxísticos, los famosos "ismos"
(cubismo, futurismo, dadaísmo, surrealismo) hasta derivar hacia
el existencialismo historicista de Sartre, obsesionado por vivir exclusivamente
su momento histórico, o el metafísico de Heidegger, mucho
más trascendente. El propio Sartre, con sus cambios repentinos
y constantes, tan enajenantes como la propia historia cuyo curso atormentado
quería seguir, se encargó de demostrar la poca consistencia
de un pensamiento quebrado sin cesar e incapaz de proporcionar forma alguna
de sabiduría existencial. En cambio Heidegger abrió una
vía de comprensión existencial de la muerte y dejó
a quien lo siguiera, en el umbral de una proyección metafísica,
de un más allá, si bien difuso, también en cierto
modo estimulador.
Las
"conversiones" de los intelectuales occidentales al marxismo
y a la esperanza de la revolución han dado lugar a interminables
discursos retóricos rebozantes de clisés y fórmulas
edificantes. Conversión al comunismo de Rolland, de Gide, de Eluard,
de Aragón, de Neruda, de Picasso. En más de un caso el recién
convertido resultó apóstata. En otros se plegó a
la orden con una sumisión repugnante y no desprovista de astucia.
Pero a las alturas de este fin de siglo, esas tomas de posición
y esa creencia en la validez ontológica de estar con el momento
histórico, como si fuera una verdad revelada, carecen precisamente
de validez cuando no de constancia y suelen derivar hacia formas del absurdo,
a veces inseperadas. Las conversiones se tornan cada vez más raras,
en el mundo de la intelligentsia desarrollada, y perduran
aún con los rasgos antañones de finales del siglo XIX y
principios del siglo XX, en países tercermundistas mal nutridos
de Occidente, como los de América Latina y el África recién
descolonizada. Pero el sentido crítico, después de los sucesos
de Hungría y la hegemonía soviética sobre los países
socialistas con las correspondientes heterodoxias y oposiciones, después
del afloramiento anarquista y del Mayo francés, después
del descubrimiento de la gran destrucción ecológica causada
por la civilización industrial, convierte en un acto ridículo
el embanderarse con la revolución redentora y la invocación
a la "conciencia histórica" como si se tratara de un
dogma gnóstico. Más bien la juventud se aleja de ese compromiso,
en Europa y América del Norte también ya en muchas
colectividades latinoamericanas buscando valores suprarracionales
como son los que ofrecen el ocultismo, el esoterismo y el cuerpo de doctrinas
espiritualistas del Oriente, las cuales admiten representaciones cósmicas
simbólicas y alientan el ideal de renovación psíquica
equivalente a un renacer, y en el mundo árabe se asiste a un rebrote
fanático de la fe islámica, de religiosidad intransigente
que llega al anhelo de martirio, como en el caso de los chiítas
persas y del ayatolá Jomeini, quien se siente el representante
del Profeta y por lo tanto, de Dios, en el mundo.
La toma de conciencia histórica entendida como una toma de conciencia
del porvenir asociado con el mito de la revolución, constituye
en estas postrimerías del siglo XX, una actitud de procedencia
romántica, respetable en la medida en que puede colmar de sacrificio
o de heroísmo una vida individual, pero insuficiente desde el punto
de vista escatológico tradicional o no, desde la aspiración
tenaz de no sentirse de más ni transeúnte sin rumbo, en
el mundo. Acaso, como lo señaló Mircea Eliade, la moda actual
de regreso a la astrología responde al anhelo colectivo de recobrar
existencialmente el cosmos, sentimiento que no ofrece la conciencia del
momento histórico ni la retórica milenarista de la revolución.
Lo cierto es que el inicio de la exploración del cosmos conjugado
con el terror de que estemos en el umbral del fin del mundo, plantea una
nueva situación histórica y obliga a los historiadores a
modificar sus perspectivas y a acudir a otras disciplinas intelectuales,
para encarar las tensiones y las tendencias de esta época. Narrar
con mayor o menor exactitud hechos pasados o importantes, escribir la
crónica de sucesos diversos, construir utopías racionalistas,
exaltar el nacionalismo mediante una historiografía heroica y enfática,
limitar el estudio a las instituciones políticas de los pueblos,
ceñirse a una arqueología, constituyen modalidades conceptuales
historicistas insuficientes par registrar la esperanza de renovación
o el pánico ante el fin que estremecen a la colectividad occidental.
El mismo registro del pasado, a menos que se circunscriba a un núcleo
muy estudiado, reciente hasta cierto punto, resulta exterior y sometido
a constantes descubrimientos por venir. Digo exterior por cuanto en los
estudios históricos prevalece un enfoque racionalista que tan sólo
personalidades como Eliade, Zolla, Stein y otros historiadores y antropólogos
de la religión y de la magia, logran superar hasta intuir el esoterismo
del pasado, es decir, penetrar en las motivaciones profundas de comportamientos,
ritos, símbolos y pensamientos. Por otra parte, el desarrollo de
estudios en este nivel y sucesivas relaciones establecidas entre lo conocido
y lo desconocido, modifican los planteamientos o sobrepasan el método
del investigador cuando éste tiene limitaciones ideológicas.
Se impone reconocer que los mismos historiadores del momento son los
que plantean la insuficiencia de la metodología de los estudios
históricos y las nuevas perspectivas derivadas de las tendencias
y tensiones de nuestro tiempo. La conciencia histórica, en nuestros
días, tiene cada vez que ver menos con el mito de la revolución
y los paraísos prometidos. Más bien advierte la crisis del
mundo, sobre todo de nuestro mundo occidental, pues de él procede
precisamente el concepto de historia, crisis cuyo desenlace puede ser
la destrucción del planeta por una guerra nuclear, o su contaminación
y empobrecimiento hasta volver la vida imposible, el desencadenamiento
de matanzas en sucesivas guerras menores, o bien la realización
de esa espiritualidad creciente de la materia pensada por Chardin, al
final de la cual se mostrará Dios como el gran colector de una
historia que empezó en la caída y concluyó en la
reabsorción en el Creador.
Otro
factor de la angustia contemporánea es la llamada aceleración
de la historia una condena también debido en gran parte
a la red opresiva de las comunicaciones radioeléctricas. Hoy se
comprende la necesidad de aislamiento y se rememora con nostalgia el tiempo
en que no había ni radio ni TV. Son varios los efectos negativos
de la información masiva, entre ellos, la confusión, los
hechos se contradicen unos a otros, no se sabe hacia dónde va el
mundo, se participa sin poder de acción sobre acontecimientos que
pueden amenazar la propia vida y el país, se descubre que la historia
es un tejido alucinante de contradicciones u oposiciones sin salida armónica.
Desde esta perspectiva de información masiva el mundo se parece
a la Torre de Babel. Estalla la confusión de lenguas. Y se acrecienta
el sentimiento del absurdo así como todas las formas de stress.
También se tiene la sensación de que nada dura, de que los
constantes cambios y modas nos arrojan a un torbellino de mudanzas incoherentes,
de que resulta vano construir alguna casa de pensamiento porque de inmediato
se derrumba. Las modas se extienden como plagas en la sociedad de consumo,
cuyo objetivo principal es reiterar hasta la vacuidad la imagen de novedad,
de lo nuevo, de lo más reciente. Esta promoción empezó
en el comercio pero invadió todos los campos de la vida humana,
ayudada por los medios de comunicación masiva, hasta destruir la
voluntad de conservación. Lo que golpea más la sensibilidad
colectiva son las noticias de horror: crímenes, matanzas perversas,
secuestros, suicidios, actos terroristas, accidentes, posibilidades de
guerra. Semejante información cotidiana lo menos que puede desencadenar
son obsesiones similares persecutorias. El suicidio como el crimen es
contagioso. Vivimos en una sociedad suicida. La aceleración es,
en el fondo, la rapidez noticiosa con la que se aprenden los cambios y
las modas. El presente ofrece una imagen constante de derrumbe, de realidad
que huye como paisaje visto por la ventanilla de atrás de un auto,
un eco que se apaga. La realidad se desvirtúa sin cesar como en
el poema de José Emilio Pacheco titulado precisamente: Aceleración
de la Historia, el cual citaré por su brevedad profunda:
Escribo unas palabras
y al minuto
ya dicen otra cosa
significan
una intención distinta
son ya dóciles
al Carbono 14
Criptogramas
de un pueblo remotísimo
que busca
la escritura en tinieblas.
Lo que
mejor refleja la información masiva asfixiante es la sobrepoblación,
porque esta presión demográfica materializa, en destrucción
constante ecológica, la visión del presente ruinoso. Ningún
paisaje natural o inclusive creado por el hombre antes del estallido demográfico,
resiste a la multiplicación humana. Ya no se puede pensar sino
en términos de construcción inmediata y temporal. Las ciudades
son campamentos de concreto. Las costas se convierten en muro continuo
de edificios. Las aguas se agostan o se infectan. Los paisajes de basura,
desechos y detritus cubren playas, campos y ciudades. Si el pensamiento
occidental careciera de sus inmensos mecanismos de crítica, el
hacinamiento humano pudiera aceptarse con el fatalismo hindú o
islámico. Pero no es así. En cada occidental hay un desesperado
que se asfixia entre los demás y en la información. Los
países donde impera la libertad de información son los que
realmente sufren esta neurosis de fin de mundo, de babelismo, de embotellamiento.
En ese sentido se podría aconsejar un control de información
como se aconseja el control de natalidad. Mas cualquier limitación
de las libertades fundamentales va contra la filosofía constitucional
del Occidente liberal y coincide con formas coercitivas. En sociedades
tradicionales, en cambio, la información tiene menos efecto y difusión,
lo cual se traduce en sentimiento de estabilidad. El porvenir no incita
a la prospección ni el presente parece un piso de alto que se hunde.
El dictador del Paraguay, José Gaspar Rodríguez de Francia,
obedecía en cierto modo a un pensamiento utópico cuando
aisló a su país para moldearlo según principios de
austeridad, orden y respeto jerárquico concebidos por su vocación
de absolutismo. Al cerrar sus fronteras evitaba la contaminación
del exterior, podía trabajar en paz para su objetivo de autoritarismo
patriarcal. Pero un propósito semejante, además de resultar
ahistórico o antihistórico en la comunidad occidental, no
es factible sino por un momento, por el lapso de la vida del ideólogo
que pensó en esa posibilidad de construcción en cápsula
neumática.
De modo que el fluir histórico trae en su caudal los pánicos
del primer milenio, el horror ante un tipo de desarrollo que en el siglo
XIX fue pregonado como paradigma de alta civilización y acceso
a la felicidad y una ola de antioccidentalismo, no sólo en razón
de los pueblos que fueron colonizados, sino de los mismos occidentales,
en reacción contra los valores que sustentaron su predominio: técnica,
cristianismo, historicidad. Esa reacción se muestra particularmente
evidente en las modas orientalistas, en los movimientos que Eliade calificó
de pararreligiosos, en las tendencias hacia la "descivilización",
la huida hacia los Katmandú, en la subcultura de la droga (forma
degenerada del chamanismo), en las proposiciones de liberación
sexual (nostalgia del Edén y de la inocencia perdida), en el resurgimiento
del ocultismo, la astrología y el gnosticismo, en el rechazo de
la estructura misma social occidental. Por supuesto, desde esta perspectiva,
la revolución política tendiente a crear una sociedad socialista
o comunista, sin ser negada, pasa a un segundo plano. La falta de sensibilidad
de los movimientos políticos de izquierda y del marxismo, hacia
esta pararreligiosidad de inspiración idealista e individualista,
aleja a los jóvenes occidentales de la "conversión"
decimonónica a las virtudes lustrales de la revolución anticapitalista.
Las apostasías se multiplican. Los presuntos y publicitados por
la experimentada industria editorial francesa "nuevos filósofos"
razonan la herejía, con gran variedad de lenguaje intelectual.
Más primario, Heberto Padilla, el cubano, habla de "los ensayistas
flacos acosando la Historia", de una compañera de viaje que
tiró su manual marxistaleninista y sacando la cabeza por
la ventana del tren, gritó al ver pasar a "la Historia":
"una cosa más negra que una corneja / seguida de una peste
solemne / como un culo de rey". "No hay verdadera historia grita
Padilla que no tenga como fondo una cárcel". "No
intentes convencerme de que toda esperanza / tiene que estar un tiempo
entre las manos de los verdugos".
También, hablando de sí en Fuera del juego, reconoció
que "le pidieron su tiempo / para que lo juntara al tiempo de la
Historia" y, reencontrando el carácter intemporalizante de
la poesía escribió:
No lo olvides, poeta.
En cualquier sitio y época
en que hagas o en que sufras la Historia,
siempre estará acechando algún poema peligroso.
Por lo tanto, lo reitero, no se trata de una reacción contra los
estudios de la historia, sino contra el fatum que ella implica en sí
misma; contra la utilización política que se quiere hacer
de la toma de conciencia histórica; contra el encubrimiento de
la tragedia que ella escenifica sin cesar; contra la prioridad que el
pensamiento occidental le otorga; contra la desgracia individual que sus
desencadenamientos (son los de los hombres y de los pueblos mismos) causan
con monótona indiferencia.
La reacción contra la historia, en última instancia, tiene
implicaciones metafísicas y ontológicas. Se anhela liberarse
de un cerco del destino ciego, se quiere escapar del sino y de un anegante
y destructor fluir. La reacción contra el cristianismo, en sus
diversas vertientes, tiene otra causa: la de su esterilidad para satisfacer
la necesidad de metafísica, de renovación psíquica,
de realización interior individual. La proyección del ser
hacia la sola ética social no basta, tanto más si se descubre
el reverso de esa actitud en la flaqueza del individuo. Por eso la alta
civilización tecnológica y materialista, sea cristiana o
marxista, atraviesa por una crisis profunda. Suscita una crítica
y un repudio existencial, sea a la luz pública, como en los países
democráticos. Unidimensionalidad consumista del capitalismo y unilateralidad
ideológica comunista conducen a un mismo ahogo, a un mismo sentimiento
de fin de mundo, de absurdo, de irracionalidad de la historia, de caos,
de infierno, de soledad el hombre del subsuelo descrito por Dostoieweski.
La conciencia histórica desesperada de nuestra época descubre
continuamente la alienación a la que la somete el régimen
consumista capitalista o el régimen represivo creador de gulags.
La infracción, la trasgresión o la fuga se presentan como
las salidas posibles pero difíciles, porque ¿hacia dónde
ir?, ¿para qué sufrir la alienación represiva carcelaria
añadida a la ontológica creada por el mercado de consumo
capitalista o el autoritarismo dictatorial?
Dudo
que la marcha del mundo haya sido alguna vez armónica y edénica.
Todo tiempo pasado no ha sido mejor. Pero del pasado tenemos una visión
fragmentaria, no total como la que hoy brindan los medios de comunicación
en los países de libre consumo. Mirar la historia pasada es como
ver mapas locales, regionales, desligados de la visión continental
y planetaria. Cuando se piensa en Grecia no se tiene simultáneamente
la imagen de la vida en Persia, en ese mismo momento. No hay sincronía.
Las historias de la remota antigüedad, inclusive de la llamada época
histórica, parecen desarrollarse aisladamente y por eso el lector
de hoy en día que busca instruirse sobre Sumeria, China o Irán,
tiene la impresión de se trataba de mundos aislados y armónicos
en ellos mismos, de solipsismos. Mas no es así. Si hubieran existido
los medios de comunicación actuales en los tiempos de Roma, de
la invasión de los árabes o de los hunos, la imagen del
mundo resultaría tan caótica y cruel como la actual, tan
confusa, tan desbordante de tempestades guerreras, brotes y hundimientos,
persecuciones, destierros, en los que la vida de la persona, esa indeclinable
realidad existencial, quedaba enajenada y amenazada sin cesar. La vida
individual, en la Europa de las invasiones, después del desmoronamiento
del Imperio romano en Occidente, con las quemas, los saqueos, de las hordas
bárbaras fluyendo sobre el territorio que las legiones protegieron
por un tiempo, debe haber sido un largo suspenso de terror.
Si para algo debe servir la conciencia histórica es para desaprobar
la historia del propio país, de la región o de la civilización
a las cuales pertenece.
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En
Berlín, cuando un coloquio entre escritores latinoamericanos y
alemanes se celebra en 1962, uno de los invitados, profesor universitario,
refirió que tuvo una conversación con uno de los más
importantes catedráticos germanos y que éste, al referirse
a la actitud de una parte de la juventud alemana, le dijo: "Los jóvenes
de la actual generación conocen la historia de su país y
la desaprueban. Desean mejorarla".
Desaprobar la historia de su propio país, mejorarla, son conceptos
que se oponen al determinismo fatal que yo he señalado y sitúan
el acontecer histórico como hechura que es de los hombres,
susceptible de mejoramiento o de empeoramiento. En efecto, los hombres
hacen la historia, ella es el fruto de sus acciones colectivas o individuales,
y si predominan en su acontecer las desgracias, el racionalismo llevaría
a pensar que no es por su propia fenomenología, sino por imperfección
pasional de los hombres. Serían los hombres los responsables de
sus propias desgracias, y no la historia como hecho cultural. Pero esta
afirmación no resulta tan obvia como parece, porque los hombres
no son dueños ni siquiera de las consecuencias de sus propias acciones.
El juego de la alteridad resulta instructivo en este sentido. Una acción
individual cumplida en este momento, en un determinado lugar, puede provocar
efectos insospechados en otra persona desconocida y viviendo a grandísima
distancia, en razón del azar y del tejido psicológico que
puede unir a los individuos, en un momento dado. El ejemplo más
burdo es la herencia que llega por sorpresa, por decisión mejor
dicho, de un pariente lejano y olvidado. Pero hay concatenaciones más
sutiles y la literatura se ha servido de la alteridad para crear ficciones
misteriosas.
El desaprobar la historia de violencia del nazismo no ha impedido, por
ejemplo, que una década y media después, en esa Alemania
del profesor universitario orgulloso del estado de conciencia de la juventud,
estallara uno de los movimientos terroristas más radicales, el
del grupo Baader. Pero aquí se trata, en cierta forma, de
elecciones individuales, de un rebote de anarquismo homicida particularmente
feroz.
Lo que realmente caracteriza el fluir histórico es la intervención
del alma colectiva cuyas reacciones no han sido suficientemente estudiadas
desde los tiempos de Gustave Le Bon y su libro sobre la psicología
de la masa. Este tipo de investigación ha derivado hacia la sociología
y la economía, con fines prácticos de manejo del mercado
capitalista o bien de denuncia ideológica del sistema consumista.
Y no son esas perspectivas las que arrojan luz sobre los rasgos fundamentales
de la psicología colectiva, factor, ese sí, determinante
del fluir histórico. Sin duda el individuo puede ser agente histórico
muy importante, pero para ello tiene que establecer una comunicación
casi mágica con el alma colectiva, servirla sirviendo así
su propia ambición o idealismo. Lo cierto es que cuando los seres
humanos se agrupan con objetivos comunes poderosos generalmente de índole
político o religioso, se modifican los comportamientos individuales
hasta el punto de ser otros. El individuo sumergido en la masa se vuelve
anónimo y se siente eximido de su responsabilidad personal. Transfiere
al ser colectivo no sólo el poder de decisión, aunque lo
decidido constituya una trasgresión monstruosa a normas de convivencias.
Todo se vuelve posible.
El ser
colectivo no está constituido por la suma, el amalgama o la síntesis
de los sentimientos individuales, sino se presenta como una entidad psíquica
nueva que responderá a determinados estímulos de ideas de
fuerza (o de destrucción, hasta de suicidio) de un modo propio
y diferente a como lo haría el individuo. Este se transforma, pues,
en una partícula de esa nueva entidad psicológica cuya emotividad
responde casi exclusivamente a instintos elementales, a ideas en bruto,
directas, sin matización. La masa multiplica el impulso de acción
y de impacto hasta convertirlo en algo que se parece a un desencadenamiento
de la naturaleza.
Todo movimiento histórico es obra de la masa, de esa fuerza colectiva
que no puede ser dirigida en forma deliberativa, crítica o matizada
pues reacciona de manera infantil, primaria. Ese infantilismo puede dar
lugar a la heroicidad. También a una credulidad sin límite,
mientras opera la excitabilidad, la aceptación emocional, los confusos
sentimientos mesiánicos. Si algo contradice esa credulidad, en
momentos de tensión, esta se vuelca y destruye lo que se le opone.
En la psicología colectiva hay siempre un remanente de delirio
de persecución en la doble vertiente de atacar al perseguidor y
de sentirse perseguido. Ese delirio produce las más descabelladas
"interpretaciones" como la que convertía a los judíos,
para los nazis, en incansables enemigos de extremado peligro. Más
recientemente hay otro ejemplo, relacionado con la ola de emotividad islámica
que despertó la revolución encabezada por el ayatolá
Jomeini y la cual derrocó al gobierno del Sha Mohammad Reza Pahlavi,
cuando se atribuyó entre manifestaciones violentas, la ocupación
de la Gran Mezquita a los EE.UU., la CIA e Israel. La verdad era otra.
La Gran Mezquita de la Meca había sido tomada por una tribu chiíta
adversa al régimen sunita de la monarquía
de Arabia Saudita, a la que encabezaba un fanático que quería
ser reconocido como nuevo Profeta. Sin duda, en la reacción islámica
contra Norteamérica intervinieron resentimientos profundos entre
los cuales la ayuda prestada a Israel tiene más importancia que
las razones antiimperialistas. Si bien estos resentimientos son comprensibles,
ya resulta un efecto terrible y una amenaza para el sistema de convivencia
internacional y los esfuerzos de paz, la violación de los recintos
de la embajada en Pakistán, Libia y Turquía y el secuestro
del personal diplomático norteamericano en Teherán. Los
riesgos de guerra lejos de atemorizar a la masa islámica enardecida,
la excita más bien como al toro las banderillas. Se habla de suicidio
en masa, de sacrificio bélico. Los que desfilan se flagelan en
un viejo rito bárbaro. Se está ante un fenómeno de
exaltación colectiva sin discernimiento, tan irracional como una
pasión de muerte. Tomado individualmente, cualquiera de esos musulmanes
que manifiestan sería una persona capaz de ser convencida de los
beneficios de la negociación, pero agrupados en masa, el delirio
interpretativo da pie para el delirio persecutorio. Es la historia en
erupción.
La voluntad colectiva es, a la vez, poderosa y débil. Poderosa
porque la cantidad multiplica el impulso y débil, porque no hay
autonomía energética ni elección. La voluntad colectiva
está impulsada desde afuera, precipitada por un ingrediente, la
ideafuerza que sugestiona hasta la ceguedad, de modo que el desencadenamiento
puede estar al servicio de cualquier propósito, siempre y cuando
éste contenga los estímulos para incitar instintos de grandeza,
fe, poder, venganza, orgullo. El alma colectiva es como un monstruo de
mil cabezas y brazos cuando alcanza el estado pasional desbocado. No hay
sentimiento de culpabilidad, por más que se cometan crímenes
atroces en persecuciones, guerras civiles o internacionales, cruzadas
sedicentemente redentoras. El ser colectivo asume todas las responsabilidades
y al final del paroxismo, si lo que sigue es la derrota, el aplastamiento
por otra fuerza colectiva mayor, despierta el individuo como de una pesadilla,
reaparece el ente, se regresa a la "persona" pospuesta. Pero
la paz dura poco. Cada generación, en la sociedad no tradicional,
quiere vivir su propia experiencia de paz o de guerra. La historia no
es una ciencia porque está supeditada al imprevisto humano, el
cual adquiere en la sociedad moderna una mareante versatilidad.
La violencia es inherente a la naturaleza del hombre y la desatan las
injusticias y los resentimientos padecidos, las proposiciones de grandeza
o los motivos de fe. Se operan precipitaciones emocionales extremas. Los
efectos del huracán colectivo no se perciben sino después
de que este pasó. Se advierte entonces la desproporción
entre causa y efecto, la distorsión producida por la emocionalidad
cuantitativa. Quienes persisten en mantener su individualidad, quienes
quedan fuera del juego porque naturalmente no son propensos a participar
en la pasión colectiva, terminan siendo víctimas inocentes
o espectadores abrumados ante un fenómeno que los sobrepasa. Tema
clásico de tragedia es el de la oposición del ser colectivo
en acción al individuo retraído. Cuando revientan las tempestades
del alma colectiva e invaden el cauce de la historia, el que quiere vivir
una vida propia queda irremediablemente solo, librado a sí mismo.
Hay un aspecto fundamental de este fenómeno y es la participación
de los agentes históricos individuos, dogmas, intereses creados
que suscitan erupciones colectivas. El papel de los líderes resulta
determinante y más decisivo en función del carisma, de la
capacidad de manipular el alma colectiva, de interiorizar el momento histórico.
Son los grandes incitadores. Las circunstancias están dadas, a
veces, pero en otros casos éstas se crean en función de
provocar reflejos condicionados. En el individuo, como reza el dicho popular,
hay un trecho entre el dicho y el hecho. No sucede así con la masa,
ella recorre con extrema rapidez, bajo las incitaciones de sus líderes,
el trecho entre la idea estimuladora y los actos. Para convencerla se
requiere machacar palabras claves que toquen su sensibilidad, usar fórmulas
impactantes aunque no sean verídicas ni resistan al análisis,
sobre todo reiterar, repetir, insistir, hasta la obsesión. Si las
circunstancias estaba dadas, los resultados serán inmediatos, el
brote reventará arrancando de una saturación de resentimientos
contenidos. Si no estaban dadas, la reiteración de una proposición
saturará entonces la emotividad para provocar la erupción.
En cualquier circunstancia el papel del agente estimulador de la violencia
o la heroicidad colectivas es de primer orden, diré más,
es indispensable. Y en este nivel de dirección es donde existe
la verdadera responsabilidad, la cual recae sobre la persona o las personas,
o bien permite desaprobar las ideas motoras que exacerban el alma colectiva.
Cuando se piensa en la marcha de la historia, se la imagina uno como un
progresar. En realidad se retrocede también y, con más frecuencia,
se cae en abismos, se pierden irremediablemente vidas y bienes espirituales
o materiales. El héroe de la historia, el propulsor de la misma,
el hombre histórico, puede producir con su intervención
catalizadora efectos benéficos pero también movimientos
desastrosos, verdaderas catástrofes como la que implicó
el Tercer Reich. El desarrollo de los métodos de propaganda y de
los armamentos, estos últimos capaces de convertir en realidad
las profecías y visiones de fin del mundo, hasta hace poco pertenecientes
a textos sagrados o a la cienciaficción, acrecientan de manera
angustiosa la responsabilidad de los líderes agitadores, de los
dirigentes de pueblos, y requieren una revisión crítica
implacable de las ideasfuerza desencadenantes de la violencia y
los delirios de persecución. Por sobre estas ideasfuerza
se deben imponer puntos de vista de convivencia y respeto internacionales.
Este orden superior, de alcance planetario, debe privar sobre cualquier
interés nacional, sobre cualquier fe religiosa, sobre cualquier
ambición personal, sobre cualquier proyección de grandeza
histórica. No es el caso, hoy en día, ni lo ha sido nunca.
En nombre de las minicausas nacionalistas sin ninguna perspectiva mundial,
brotes casi de origen tribal, se cometen constantemente repugnantes crímenes
terroristas. Hay un heroísmo de minoría racial o nacional
que pretende revertir el orden al cual aludí. En nombre de Bosnia,
Princip desató con su atentado la Primera Guerra Mundial. Su sacrificio
individual hecho con coraje, resultó catastrófico. Por eso
coincido profundamente con Albert Camus, cuando en un libro cuyo título
no recuerdo, pero que bien podría llamarse El hombre rebelde
porque los planteamientos de esa obra están en el origen de
este ensayo, descubre en el heroísmo demasiada facilidad y capacidad
mortífera. Así es. Ser víctima constituye una salida
triunfal al delirio de persecución. La víctima se convierte
en victimario, el victimario en víctima. Lo que realmente opera
en esas situaciones de paroxismo revolución, guerra cruzada
contra la herejía, caza de brujas, es la pasión de
la muerte convertida en grandeza. La historia es, entonces, vía
hacia la muerte. Pero de una muerte que le arrebata la suya a la "persona",
como los cuchilleros de Aldao le quitaron a Laprida1 la de
prócer, de hombre de libros y sentencias. Es la muerte provocada,
ilegítima en cierto modo, desprendida de un tumulto de gente, de
agonías, sin preparación sabia, es el cadáver triunfante.
Nuestro tiempo donde impera el accidente como hecho cotidiano,
convierte a la muerte en un accidente también, en un hecho difícilmente
construible. En esta sociedad de muerte, nada prepara a la misma, con
la sabiduría espiritual de quien espera un advenimiento de continuidad
en el más allá. Rilke habló de rescatar y alcanzar
su propia muerte, la que corresponde. Entre perder su propia muerte y
el suicidio, este último constituye un acto digno de elección.
******************
La
dolce vita señala uno de los momentos culminantes de la creación
cinematográfica de Federico Fellini cuya temática define
Renzo Renzi en estos términos: "El libertinaje, el gusto por
la profanación, el sentimiento de impotencia, una continua fragmentación
en la presentación de "cuadros de vida", el retorno obsesivo
a una condición que no cambia nunca, el refugio en la naturaleza,
la búsqueda de un dios (búsqueda mezclada con un miedo fundamental
por creer), la incapacidad de compromiso en la acción y la solución
final en una catarsis estética constituyen algunos de los motivos
que bastan para situar a Fellini en la historia de la decadencia europea".
Fellini quiso titular inicialmente aquella película: Babilonia,
año 2000 después de Cristo. El tema de la decadencia
es el que toca más profundamente a este gran director de cine.
Fellini asume así esa decadencia que es la de un mundo y una clase
con la que se identifica sin pronunciamiento revolucionario alguno. Desenmascara
los comportamientos y las mal conformaciones con lucidez. Es mirada y
es mirado frente al mundo que describe. Penetra profundamente en los sentimientos
de las personas variando tan sólo de lenguaje: simbólico
en La Strada; directo, casi documental, en La dolce vita;
introspectivo y surreal en 8 1/2; barroco hasta el fasto en Julieta
de los espíritus y Satiricón. Del negro y blanco
pasó con facilidad pasmosa al color. Obtuvo de esas técnicas
el máximo. Estos variados frescos de una misma decadencia resultan
ahora habituales en Fellini. Ya el público no se altera. Pero en
1959, cuando estrenó La dolce vita, suscitó escándalo,
no sólo porque tomaba la contraparte del promovido "milagro
italiano" de la posguerra, sino porque desnudó comportamientos
sexuales tenidos en secreto, reprodujo sin énfasis, sin denuncia
el aburrimiento cínico y perverso de sectores de la alta burguesía
y la clase media y rompió con el final feliz, al hacer que el único
héroe positivo de la película se suicidara, tras de asesinar
a sus dos niños.
El suicidio de Steiner, un personaje que parecía superior, armonioso,
dado a altas disciplinas del espíritu, incapaz de la autodestrucción
que lo rodeaba, ha dado lugar a interminables conjeturas e interpretaciones.
Fellini eludió explicaciones. Se limitó a exponer el hecho.
Sin embargo quien recuerde el diálogo entre él y su amigo
Marcelo, el tarambana, el joven periodista a la deriva, una
noche agradable de reunión intelectual, no debe sorprenderse. Marcelo
admira a Steiner. Le parecía un hombre logrado, seguro, firme,
mientras que él se sentía un fracasado, un periodista de
sucesos escandalosos que andaba a la deriva, entre noches blancas, fornicaciones
insinceras y una angustia permanente de insatisfacción. Marcelo
le confiesa a Steiner: "Pierdo mis días y no hago nada. Antes,
tenía ambiciones
creo que lo estoy perdiendo todo, que estoy
olvidando todo
" Steiner le contestó desde una lejanía
sonriente. Marcelo creyó recibir una manifestación de profunda
fraternidad: "No creas, Marcelo, que la salvación consiste
en refugiarse en sí. No me imites
Soy un profesional para
los aficionados, un aficionado para los profesionales. La vida más
miserable vale más que una vida protegida por una sociedad
organizada, donde todo está previsto, es práctico, prefabricado,
perfecto".
Después de esta confesión inquietante, Steiner dulcifica
el tono, le ofrece a Marcelo ayudarlo para conseguir editor, lo insta
a terminar su novela. Le toma el brazo y lo lleva al cuarto donde duermen
sus hijos. Todo parece un cromo de paz. Pero en Steiner habita el pánico
y ante los niños que duermen apaciblemente dice: "A veces,
de noche, esta oscuridad, esta tranquilidad me agobian. Es la paz la que
me asusta. Acaso la temo por encima de todo. Tengo la impresión
de que no es sino una apariencia, que ella esconde un peligro. A veces
me ocurre pensar en lo que estos niños verán mañana.
Se dice que el mundo será maravilloso. ¿Qué quiere decir
esto? Basta el gesto de un fanático para que todo se pierda
o entonces habría que vivir fuera de las pasiones, fuera de los
sentimientos, en el orden que es la obra de arte. Un orden encantado.
Sería menester llegar al punto de amarse fuera de tiempo, desvinculado
(sonríe débilmente)
desvinculado
".2
Marcelo no intuye en la honda desesperación del aparente armonioso
Steiner. Oye esas palabras como prueba de un equilibrio deslumbrante.
Su amiga, una muchacha de clase media, está también maravillada
por aquel ambiente de tranquilidad. Los dos sueñan que serán
felices si pudieran acceder a esa serenidad y esa noche hacen el amor
en un acercamiento fructífero. Poco después, como un rayo,
saben que Steiner se suicidó matando antes a sus dos hijos.
La clave del suicidio y del filicidio está en las palabras anteriormente
transcritas en las que Steiner descubre su miedo al porvenir. No tenía
confianza. Su angustia es contemporánea. Tenía conciencia
histórica. Sabía que el gesto de un fanático podía
comprometer la existencia del mundo y, por ende, del futuro. No creía
en el progreso. Sentía la amenaza de la historia pronta a desatarse
para destruir y reconstruir con los mismos desechos y ruinas de lo derrumbado.
Ese pánico ante el futuro ("Se dice que el mundo será
maravilloso. ¿Qué quiere decir eso? Basta el gesto de un fanático
para que todo se pierda
") lo impulsa en un brote de presuponible
desequilibrio, de neurosis paranoide, a sustraer sus hijos de ese futuro
incierto, cercado por las amenazas de cualquier fanatismo, y a sustraerse
él mismo. La otra posibilidad de defenderse de la historia era
la ascesis estética y más que ella, el desvincularse del
mundo, como lo propone el budismo en sus diversas manifestaciones: "Toda
existencia en todo respecto, totalmente, dice Buda (Udâna),
es impermanente, dolorosa, sometida al cambio"
Cesa el deseo por la existencia
en aquel que, mediante el correcto conocimiento,
ve esto de acuerdo con la verdad
y no se regocija con la cesación de la vida.
Tiempo, historia, pánico: estamos en la médula de este
libro que no pretende a una crítica de la metodología con
la que se estudia la historia ni a la de la propia historia, sino a expresar
la angustia individual ante una energía colectiva capaz de lo mejor
como de lo peor, y la cual demuestra fundamentalmente la carencia de control
que los humanos tienen sobre sus propias obras y su obrar. La historia
es pasión, por lo tanto obsesión y ceguedad, apego, vinculación,
existencia, multiplicidad, tormento, algarabía, la vida en la crudeza
de su inmanencia, en sus impulsos de destrucción y construcción,
de crimen y de amor, en su ambivalencia y divalencia, la vida sin la corona
de la sabiduría. En el opuesto de la historia, de la gran dependencia,
se escuchan las palabras de Buda, otra vez:
Las penas, lamentaciones y sufrimientos
de múltiples formas
que existen en este mundo
se producen a causa de algo querido.
Ellos no se producen
cuando no existe algo querido.
Por esto, son felices y están libres de dolor
aquellos que no tienen en este mundo
nada querido.
Por eso, si aspiras al estado libre de dolor y de pasión
no tengas nada querido
en ningún lugar de este mundo.
(Udâna. 8. Visâkhâ)
Steiner no podía desvincularse ni tener acceso a esa serenidad
del desapego. Los hombres occidentales pertenecemos a la acción.
Somos como Clappique, el aventurero de Shangai en la novela de Malraux,
La condición humana, cuando piensa frente a Gisors, quien
está sumido en su paz de opio: "el gusto de la serenidad resulta
débil en los hombres acosados
hoy, la serenidad es un insulto".
Frente a él: "Con los ojos cerrados, llevado por grandes alas
inmóviles, Gisors contemplaba su soledad: una desolación
que alcanzaba lo divino a la vez que se ensanchaba hasta el infinito la
estela de serenidad recubriendo dulcemente las profundidades de la muerte".
Notas:
1 Ver el ensayo "Experiencia borgeana y el terror
por la historia", página 63.
2 La douceur de vivre por Lo Duca, René
Julliard, París, 1958 y anotaciones directas mías durante
las ocho sesiones en que vi la película.
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