En torno a la tragedia (IV)

 

 
   
    León Febres Cordero

 

Una cosa es gritar, y otra, bien distinta, es caer en cuenta de que se grita o de que le gritan a uno. Una cosa es soñar, y otra, bien distinta es caer en cuenta de que se sueña o de que lo sueñan a uno. Una cosa es matar, y otra, bien distinta, es caer en cuenta de que se mata o de que lo matan a uno. Una cosa es pensar, y otra, bien distinta, es caer en cuenta de que se piensa o de que piensan por uno. El infinitivo de cualquier verbo es como una caja de pandora a la que sólo le falta el curioso y desprevenido intelecto del hombre, del hombre que no puede refrenar las ganas de saber lo que encierra.

Caer en cuenta de algo es sentir, por una fracción de segundos, cómo tiembla el hilito del "casi" sobre el que decíamos que el hombre se sostiene en vida como un equilibrista en el circo, ese fragilísimo presente sobre el que cada cual hace su casa –caiga o no en cuenta de que la hace. Caer en cuenta es, a su vez, una acción, pero una acción pasiva ya que no requiere que el actor la realice. Es una acción que se realiza en el interior del actor, y que le permite ver con otros ojos, con los ojos del alma o, como dice ya Hamlet, de la mente. Gritar, soñar, matar, pensar, son cajitas de pandora a la espera de que la mente del hombre las abra. Al abrirlas, es decir, al hablar, el hombre da rienda suelta a los significados, a las interpretaciones, a los entendidos o a los malentendidos, a la difusión o a la confusión, al esclarecimiento y a la duda.

Las palabras que salen por nuestra boca, las más de las veces sin tan siquiera pasar por la mente, se asemejan a compulsivos inmigrantes que huyen de su tierra sin saber de qué ni hacia dónde, en busca de un oído sosegado que las reciba y les encuentre sentido. Muchas, la gran mayoría, se quedan penando en el limbo de la lengua donde tropiezan con multitud de otras palabras, de palabras desengañadas, palabras que aun queriendo decir más o menos lo mismo, no dicen nada. Palabras que son legión y se amontonan en los sitios de acogida de la memoria como parias sobre balsas en medio de desiertos que una vez, hace miles de años, fueron océanos.

Palabras dichas por bocas de cuerpos que murieron sin haber jamás caído en cuenta de lo que habían vivido. Cuerpos que gritaron y a los que otros gritaron; cuerpos que soñaron y a quienes otros soñaron; cuerpos que mataron y a quienes otros mataron; cuerpos que aunque pensantes, dejaron que otros pensaran por ellos. Al gritar se unieron al grito del otro; al soñar, se volvieron parte del sueño de otro; al matar se hicieron víctima del otro; al pensar se identificaron con la idea de otro.

Las palabras que se domicilian con alguna permanencia en la casa del sentido son aquellas que han sido pronunciadas cuando el hablante cae en cuenta de algo. Palabras que tienen la virtud de silenciar el grito; de despertarnos del sueño de otro y al sueño propio; de persuadir a la mano para que envaine la espada; de rescatarnos de la idea que nos ha mantenido secuestrados.

Caer en cuenta es caer en el cuerpo, en el cuerpo físico y en el cuerpo psíquico, en el cuerpo del actor, del actor interior. Es un caer en el cuerpo porque además de ser el que se es, se está donde se está. Somos tiempo (tiempo cronológico) y estamos sujetos a un tiempo (tiempo histórico) que se manifiesta también como parte de un determinado espacio geográfico, conjunción de tiempo y espacio que define un destino particular o colectivo. Y esa conjunción, o más bien la conciencia de esa conjunción, es de naturaleza orgánica, en contraposición a la naturaleza divina que tuvo en la épica y en las teogonías.

A Hesíodo las musas le advierten que así como saben decir muchas falsedades, también saben, cuando así lo desean, decir la verdad. A Parménides la diosa le advierte que hay dos caminos: el de la verdad y el de la apariencia, y lo conmina a enterarse, sobre todo, del camino de la apariencia. Las musas inspiran a Hesíodo, y es el poeta el que habla tras haber caído en cuenta de dónde está y qué es lo que está haciendo. A Parménides la diosa lo invita a pensar, y la manera en que el poeta lo hace nos sorprende por lo modesta e intuitiva, parecida al olfato del animal que advierte la presencia de algo antes de preguntarse qué es ese algo.

Más que la consecución del conocimiento, pensar para Parménides es enterarse, advertir y afirmar que hay algo. Y, luego, discriminar ese algo que es, que participa de la existencia como un ser más, de lo que no es. Vale decir, reconocer lo que hay y separarlo, discriminarlo, valorarlo en relación a lo que no hay. Ello se reduce a una simple percepción, y no a una complicada elaboración racional. Es, fundamentalmente, una percepción de lo irracional. Sofrosine.

El ser no es para Parménides (que lo inventó) un "yo" que produce monstruos, como lo pinta Goya, sino el hilo que nos permite adentrarnos en el laberinto de la apariencia sin identificarnos con él. En el centro del laberinto, en el lugar reservado para el monstruo, se encuentra "la verdad bien redonda, su corazón inmóvil". La percepción sensible roza la percepción intelectual y de ese roce queda la impresión inmediata de algo de lo cual me entero. Pero es tan sólo una impresión, una imagen, un señuelo, un paradigmatos eneka como decía Sócrates.

A partir de Parménides, la existencia misma de todos los seres pasa por el intelecto. Ello supone un grave peligro para su libertad de movimiento ya que estos pueden encontrarse súbitamente y sin aviso alguno sometidos a una suerte de toque de queda mental.

Mientras nuestras percepciones son subjetivas y relativas y se funden unas con otras afiliándonos a la variedad y multiplicidad característica del mundo fenomenológico, nuestro intelecto tiende al totalitarismo de la luz que hace las cosas visibles e identificables. Mientras nuestras percepciones reconocen que hay algo, nuestro intelecto identifica ese algo. Al pensar, nuestro intelecto se hace idéntico con lo pensado.

Y así como el reconocimiento permite una distancia –tanto con las apariencias como con la verdad– la identificación la suprime, sumiendo en oscuridad, de tanta luz que le proyecta, al objeto del conocimiento o, más grave aún, al ser o seres que ha identificado.

De Parménides para acá, el pensamiento, el pensamiento teológico, filosófico, científico, ha producido cientos de miles de millones de palabras que aún vagan entre los escombros de sus postulados, hurgando entre las sobras, para tener algo que llevarle a la boca al intelecto que está siempre hambriento por saber, por saberlo todo. Ansioso por inquirir, por dominar, por extraer la última esencia del conocimiento y dejar la cáscara vacía. Y sin enterar al hombre de lo que le está ocurriendo.

żY qué es lo que le ocurre al hombre? Ni más ni menos que lo que le ha venido ocurriendo desde que es hombre: que se apaga, porque se le acaba la cera del tiempo que él es y se extingue junto con la época en que le tocó vivir. Esa extinción, esa caída en el polvo, la asemeja Homero a la de las hojas amarillentas en el Otoño. Un apagamiento tan leve y sutil que se nos puede escapar sin haber caído en cuenta de cómo fuimos empalideciendo ajenos a lo que nos ocurría. Sin interioridad, sin máscara, no alcanzamos a reconocer cuándo las cosas mudaron su color. Vivimos, como viven los perros y las plantas y las piedras: sin haber caído en cuenta.

 


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