| Las Crónicas
de Igor Barreto
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Alejandro Oliveros
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En una oportunidad el poeta colombiano Alvaro Mutis, refiriéndose
al alejamiento de la poesía por parte de los lectores, aventuraba
que una de las causas de la ruptura era que el poeta moderno se había
limitado a cantar y se había olvidado de contar. Siempre me ha
interesado este comentario. Y me interesa porque lo considero uno de los
juicios más oportunos sobre una de las miserias de la lírica
escrita durante los últimos ciento cincuenta años. Una de
las razones de esta miseria, de acuerdo con este criterio es que al poeta
se le olvidó contar y se limitó a cantar. Pero, podemos
preguntarnos, ¿acaso el origen de toda poesía no radica en el canto?
No fue el primer poeta aquel miembro de la tribu que una noche, frente
a las estrellas y la claridad de la llama tenue, dejó de hablar
como el común de sus semejantes y comenzó a hacerlo de manera
extraña, entonando cada palabra de acuerdo a una incipiente melodía?
¿Y no se ha dicho que los primeros aedas compusieron palabras para música?
Entonces, es canto la poesía. "Que no me abandone ni el amor ni
el canto", pide Horacio en una de sus Odas. Si es así, ¿porqué
estoy de acuerdo cuando se dice que una de las causas de la miseria de
la lírica moderna en nuestros países es que el poeta dejó
de contar?
No estoy seguro de que haya sido el primer poema compuesto en Occidente,
pero sí sé que es el más grande. Y lo es porque todos
los géneros literarios conocidos surgen de ese esfuerzo genial.
Me refiero a la Ilíada de donde venimos todos los que alguna vez
hemos intentado la escritura poética. ¿Qué es la Ilíada?
Podemos responder diciendo que es el canto fundador. Y de nuevo decimos
canto. Pero esta vez sentimos que al decir canto no lo estamos diciendo
todo. Al fin y al cabo, son muy pocos, incluyendo a los griegos de la
actualidad, que alcanzan a disfrutar la musicalidad de los hexámetros
originales. Y la música, no hay que decirlo, es la esencia de todo
canto. Si es así, ¿qué es lo que nos lleva a leer y releer
la Ilíada? La única respuesta que encuentro es que lo que
nos lleva al texto homérico es el cuento que allí se cuenta.
Y lo que se cuenta es la historia de Troya.
Una
de las sorpresas que recibe el lector de la Ilíada en su primera
lectura, es que la historia que se cuenta no es tan grande como esperábamos.
Todo se limita a un asunto de faldas. El comandante de los ejércitos
aqueos robó una esclava a uno de sus mejores capitanes y éste,
justamente molesto, se negó a seguir peleando. Lo demás
es la narrativa de cómo trataron de apaciguar su cólera,
sin éxito, hasta que la muerte en combate de un amigo, el amado
Patroclo lo anima a volver al combate. Una historia de hombres que no
ha dejado de repetirse. Pero todo lector de la Ilíada sabe que,
si bien esto es verdad, dista mucho de ser lo único que encontramos
en los veinticuatro libros del poema. Y lo que encontramos, aparte del
asunto de faldas es, nada menos, que la historia de la Grecia heroica.
Todo lo que sabemos de este período, y no es poco, lo sabemos gracias
a Homero. Cómo vestían, cómo peleaban, cómo
comían y bebían, cómo se gobernaban. En qué
consistían sus juegos. Cómo dormían y cómo
amaban, lo más importante. Porqué todo comenzó cuando
un príncipe troyano no supo resistir los múltiples encantos
de una reina griega y se la robó. De amor y guerra tratan los grandes
poemas narrativos. Y Carama, el último libro de Igor Barreto,
es uno de los poemas narrativos más notables publicados en Venezuela
durante las últimas décadas. Allí asistimos a enfrentamientos
tan dramáticos como los del poema homérico, y tan sangrientos.
Filisberto Oramas, uno de los protagonistas de Barreto, no sólo
da muerte a su rival: "Los mató a él/y a su caballo./Entonces,
con un filo de machete/ sacó las entrañas de la bestia/y
tiró las vísceras al cauce". Aunque desconocidos para los
más, estos personajes son eternos en la geografía de las
tierras llanas. Cuando se habla de Filisberto Oramas y Rafael del Castillo,
se habla del hombre en y con su paisaje. Del hombre en "situación",
como quería Karl Jaspers.
Canto,
pues, es la poesía. Además de canto. Y aquí debemos
hacer un comentario sobre la forma o modo del poema narrativo u homérico.
Que es el modo de toda poesía épica, y de toda poesía
que se respete. Por lo menos hasta que los simbolistas, en una actitud
que parece cada vez menos convincente, decidieron escribir de otra manera.
Y con ellos todos los poetas que en el mundo, y especialmente en el nuestro,
han disfrutado o padecido el influjo del simbolismo francés. Para
cantar su cuento, Homero empleó ese modo que, con todas las ambigüedades,
tenemos que llamar narrativo. No de otra manera se cuentan y cantan los
cuentos. Ahora bien, el poeta contemporáneo, heredero del simbolismo
de los franceses, y de esto se salvaron los mejores vates norteamericanos
en buena hora, profesa un menosprecio tenaz y miope hacia la poesía
narrativa. El texto poético, según ellos, debe ser la "pura
imagen", el "destello de lo oscuro", la "fundación de lo fundacional",
la "oscuridad de lo claro", la "claridad de lo oscuro", la "transparencia
del revés", la "morada del silencio", la "palabra que hace y que
deshace", el "murmullo que no se oye", el "nivel de la raíz". Y
así por el estilo. Más hermetismo, más oscuridad,
más símbolo. Todo menos una intención narrativa,
que es considerada infeliz e inaceptable. Guillén y no Machado,
Un poeta en Nueva York y no el Romancero gitano. Igor Barreto supo de
estas limitaciones temprano y abrevó en las fuentes de los grandes
bardos norteamericanos.
Estas consideraciones, a propósito de Carama, bellamente
editado por la Sociedad de amigos del Santo Sepulcro, de San Fernando
de Apure. En nuestra opinión el poema más permanente de
Barreto hasta la fecha. Porque de eso se trata Carama. De un solo
poema. Un largo poema de 508 líneas de irregular extensión
que lo distinguen como uno de los textos poéticos más sostenidos
de la poesía venezolana. Y de la misma manera que hacen los entendidos
en caballos, que con una sola mirada conocen las características
del animal, así, una hojeada a Carama nos revela las características
del libro. Un texto que probablemente no habría sido del gusto
de los simbolistas. Ni lo debería ser de sus muchos lánguidos
acólitos entre nosotros. Porque se trata de un cuestionamiento
de la estética del poema breve. Un modo poético, sin embargo,
que Barreto conoce, y conoce bien, si recordamos algunos ejercicios anteriores,
como "Nocturno de viaje", de su anterior Crónicas llanas. Allí,
el poema es breve y el verso también. Pero desde ese entonces,
el lector atento percibía que el aliento de Barreto se encontraba
más a gusto, más cómodo, cuando asumía las
distancias del poema largo, como aquellos caballos amantes de la distancia.
Una inclinación que creo se realiza por primera vez en uno de los
mejores trabajos de la producción de Barreto. Hablo de "1920".
Un poema de 82 líneas, donde el octosílabo y otros metros
de la estética breve, cedían ante endecasílabos y
alejandrinos irregulares. Ahora, la respiración se sentía
más confortable. El río había descubierto su cauce,
el caballo parecía seguro de su distancia. En "1920" nos familiarizamos
con situaciones y personajes, imágenes y metáforas, que
volverán, más desarrolladas, en Carama.
Lo más obvio de Carama, donde el modo narrativo de Barreto
podemos decir que alcanza un primer nivel de madurez, es que se trata
de un homenaje, mejor, de una ofrenda, con todas las implicaciones éticas
y religiosas, a San Fernando de Apure. Un homenaje, una ofrenda que es
un cuento, una historia, tan ficcional y verídica como la de Troya,
donde se canta la vida de esa región. Pero, es, asimismo, un descubrimiento.
El que realiza el poeta del pasado de la ciudad. Y el que hacemos los
lectores de la mano del narrador que cuenta en su canto una historia verdadera.
La más verdadera que se haya escrito de la legendaria ciudad del
llano. La única que, muy probablemente, se conozca dentro de mil
años: "En esos lugares,/donde San Fernando desembocaba en el agua
de su río,/existieron puertos y pequeños atracaderos,/rampas
para el arribo de vapores y canoas".

Hablo de narrador y no de protagonista. En este canto dilatado, en esta
narrativa de maravillas, el protagonista verdadero es el que rodea a los
persona]es. Lo que usualmente llamamos paisaje. El urbano de San Fernando
y el rural que lo envuelve. Los hombres entran y salen del gran escenario.
Y eso es lo que son: personajes cuyas partes en el drama está señalado
por un destino inexorable. Sospecho que los caracteres de este largo cuento
cantado pueden ser reales. O no. Con la contundencia reseñada de
figuras como Cipriano Castro, alternan otras de presencia desdibujada
y existencias acaso imaginadas.
En Carama, San Fernando es una realidad superada. Historia y mito
se confunden. La transgresión que es el mito, se asume como lo
cotidiano. Se trata de una realidad acrónica. Todos los tiempos
son el mismo tiempo. Y todos los ríos el mismo río. Así,
en una de las secciones más sorprendentes del libro, Barreto reproduce
una carta, o se la imagina, donde refiere aspectos de las prácticas
rituales de la Sociedad Teosófica de San Fernando. En un cuento
de asombros, se canta la ceremonia iniciática sonada por uno de
los seguidores de la blanca Isis, nuestra madre: "Pudimos ver a Isis,
de pie sobre una canoa de juncos, con el sonajero de bronce en una mano
y su embarcación cargada de cerámica y alabastro. En aquella
tarde enrojecida y soporosa me introduje en el agua entre el barro y la
bora de la orilla, y alzando mis brazos le he rogado: ¡Oh, madre, sé
apacible conmigo y permite que contemple tu belleza."
Barreto ha asumido el mito y lo ha convertido en historia. Lo contrario
no es menos verdad. Se aborda la historia que queda convertida en mito.
Y como con el Africa de El corazón de las tinieblas, no me extraña
que la única historia que importe de San Fernando de Apure, sea
la geografía y metafísica de ese paisaje, tal como la canta
y cuenta Igor Barreto en este libro que tiene no poco de iluminado.
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