| Palabras para un bautismo profano*

de Salvador Garmendia
Digo que este libro es un milagro. Pero,
un milagro de Jesús. De Enrique Hernández-D’Jesús.
Sólo que, por fortuna, el mismo es menos utilitario y más
gratuito que el milagro común. Aquí, no se distribuyen
panes ni peces ni se convierte el agua en vino; aunque se bebe vino,
sí; pero de aquél que no necesita bendiciones ni sus
fuegos se apagan jamás. En realidad, La tentación
de la carne es un acto de magia y ya sabemos que cualquier acto
mágico, como podía ser un objeto plástico de
Mario Abreu, por lo mismo que tiene lugar fuera del tiempo, muere
dentro de sí mismo, se auto incinera, desaparece detrás
del ademán que lo creó. La magia es el cuchillo de
los surrealistas: Un cuchillo sin hoja que carece de mango. Así
es La tentación de la carne y así mismo su
autor; el mago que hace crecer la llama con la mano, sin quemarse
la mano. Y esto es posible porque este libro de mil caras, casa
de cien puertas abiertas por donde entran y salen los fantasmas
de personas vivas, la mayor parte de las cuales murió hace
tiempo, procede de una concentración de brujos titerescos,
que ha tenido lugar en el teatrino del medioevo. (El Catire hizo
su presentación en el mundo como titiritero durante los años
sesenta, en París, y se retiró poco después
tras el suicidio inesperado de uno de sus muñecos). Ellos,
tomaron la determinación de volverse muñecos antes
de comenzar, porque querían sentir la carne como un prodigio
rescatable, que era necesario examinar fibra por fibra desde afuera,
hasta que todo su ceremonial interno se revelara ante sus ojos.
Eran cuatro ancianos maestros y uno de ellos era el catire Hernández-D’Jesús.
En días pasados lo vi en el periódico y me quedé
pensando, ¿será el que yo creo, o se tratará de una
confusión? Porque para mí, el siglo XIII es la patria
de este predicador cismático, que murió de la risa
al nacer el idioma que utiliza en la vida práctica, es decir
en la poesía, se formó en mitad de aquel siglo, en
medio de una confusión de lenguas a medio parir, rudimentarias,
que salieron al mundo con los sentidos al revés, balbucientes
y arrebatadas como las comidas cuando se pasan de candela.
En realidad, el medioevo es la edad más
elevada del hombre, o tal vez el hombre medieval es "el hombre"
y todos los demás, incluido este "demás" que constituimos
los aquí presentes, somos únicamente disfraces. Fue
en aquella edad de máscaras de hierro, precisamente cuando
los humanos anduvieron más cerca de la diversidad de sus
instintos, más próximos a la naturaleza de sus sentimientos
y más afines a esta ceremonia pausada y reverente del vivr,
muchos de cuyos ademanes naturales se han perdido. Fue, como sabemos,
la edad reservada por el demonio para permanecer entre los hombres,
por lo cual ella nos acompaña en todo momento, desde el centro
de nosotros mismos pero sin hacerse ver, como el gusano en su capullo.
La piedra que en algún momento descubrimos al abrir casualmente
una mano tiene fuego en su interior y un resplandor dorado por encima,
que nos comunica el sentido de la felicidad. Es la piedra de los
alquimistas, el fijo hacia donde conducen y donde se fecundan los
deseos.
Era una edad oscura, porque todas las
luces habían sido apagadas y el alado emperador entregó
a cada persona un pequeño candil para que se orientara al
caminar y pudiera recortar su sombra de las tinieblas, porque nadie
debe alejarse demasiado de su casa ni mirar más allá
de sus fantasmas. Tal vez, en el siglo XXI, el hombre podrá
despegarse de sus vestimentas de teatro, que ya empiezan a resultar
anacrónicas, y entrar al nuevo reino de nuestro padre Satanás…
No temblar por favor. El diablo no es más que uno de los
nombres de Dios y también es la única ocasión
en que el Hacedor aparece físicamente desnudo ante nosotros…,
digo que penetraremos a ese nuevo reino, en medio de una tempestad
gloriosa de cismas, herejías, blasfemias y disipaciones que
estremecerá las paredes de la nueva centuria, en un intento
por alcanzar la redención definitiva del hombre común.
De esta manera, pues, se encontraron
nuestros cofrades en medio de la gran noche medieval, cada uno sosteniendo
su candil. Cuatro personajes de la eternidad, a saber, el propio
Enrique Hernández-D’Jesús, que acababa de vestir la
casulla de monje y se hacía acompañar por una luz,
que sólo puede ser vista en las montañas de los alrededores
de Mérida, a las cinco de la tarde. Carlos Contramaestre,
nuestro ilustrador; gran magma, alquimista y confesor del diablo,
lo que le permitía entrar y salir libremente a palacio, aun
en las horas más incómodas. Sus amigos, lo esperábamos
afuera y corríamos a rodearlo con preguntas; "como está
él", "qué te dijo el Señor", "como ha seguido
de la orina"… los cálculos son la enfermedad del diablo…
y Carlos echaba adelante, ensimismado, murmurando para sí;
"¡Ah, el maestro; qué problema; parece que se está
pasando de viejo". Lo recuerdan bien, ¿verdad? Carlos fue un dibujo
de lo que él creía que era él mismo y que nunca
llegó a terminar. En la portadilla de La tentación
(este es un libro flaubertiano, ¿saben? Un capítulo de Bouvard
y Pécuchet y también una de las tentaciones de "La
Tentación de San Antonio"; sobre todo aquel fragmento de
la página 159, "Para calentarle la memoria al solitario":
"El solitario se encierra y está solo. Se revuelca en el
deseo de la noche. Dispone de la culpabilidad de sus ojos asombrados.
En su esencia, quiere saber de sus actos, de su propio destino,
de sus limaduras irreductibles". Después de esto, sólo
queda decir: ¡Pobre paduano inocente!…). Decía, que en la
portadilla de La tentación de la carne, podemos ver
ahora mismo uno de los dibujos de Carlos, donde aparece el autor
del libro, no sabemos si ensayando una nueva receta o quemando un
poema que acaba de escribir; pero si nos fijamos un poquito, vemos
al mismo Carlos abriéndose paso entre sus barbas y si me
quedo viendo un pelo más, aparece mi propio retrato, riéndose
de mí. Entonces, no tengo otro remedio que pasar la página.
Y es que la plumilla de Contramaestre tenía la particularidad
de hablar varias lenguas en una sola, sin que se notara el artificio.
El tercer personaje del aquelarre es
Luis Angel Parra, editor y curador de la edición, que fue
calígrafo y miniaturista en siglos anteriores, por lo que
el catálogo de sus ediciones se haría interminable.
El se ha hecho un empaque disciplinado del editor moderno, pero
en realidad es un brujo y aquí lo vemos con el sombrero de
copa, donde antes ha puesto trozos casuales, pedazos, fragmentos
anónimos, objetos desprendidos de sus lugares, papeles arrugados
que fueron rescatados del cesto. Sacude el artefacto con energía
para mezclar bien los componentes y sale una paloma, después
sale un conejo prendido por las orejas, luego un gato persa, una
jirafa, un dromedario, un elefante y la osamenta de un mamut. Todo
eso ha quedado aquí, en este libro; todo forma parte de esta
tentación, aunque con otros nombres y diferentes aires de
familia como "El corazón de coco de Teresita Gutiérrez
de Zambrano", un fricasé de marido, la lengua de Don Tulio
Febres Cordero, la suegra de Javier Villafañe, Luis Alberto
Crespo, diciéndo, "Estoy hediondo a sol. Soy un chivo". Una
damita desnuda salta la cuerda por encima del falo embravecido de
un fauno y etcétera, etcétera.
El cuarto profesante es Jotamario Arbeláez,
que procede directamente del corazón funambulesco de Colombia,
donde, un día, el dadaísmo puso el grito en el cielo.
Es un demonio joven, que al comienzo de la minúscula historia
del hombre sirvió de apuntador en la escena de la tentación
del Paraíso Terrenal, donde, al decir de los malhablados
de mi pueblo, Eva, tentadora y carnal, perdió el cartucho.
Y si vamos a hablar de preferencias,
me lleno la boca con la cecina de mis sábanas larenses calcinadas,
al decir que el capítulo "Chivo expiatorio o la Chiva salvaje
del Gesto Agradable" es un costillar suculento del humor caprino
y receta irrepetible de la gastronomía erótica. Chisporroteos
inauditos brotan del esmeril donde se amuelan los cuchillos para
el sacrificio de la bestia, mientras resbalan gotas por labios verticales
indecentes; juegos bestialmente procaces, divinamente lúbricos;
hechicerías, primaveras y quimeras que inundaron la vida
amorosa de Luis Angel, el protagonismo de esta fábula de
uña hendida; aporía viviente del enamorado fatal.
* Texto leído por su autor en la presentación
del libro La tentación de la carne, de Enrique Hernández-
D’Jesús, que tuvo lugar el pasado 2 de julio de 2000 en la
Feria Iberoamericana del Arte.
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