| Francisco Hung: Materia flotante del alma

por Enrique Hernández-D’Jesús
El alma vuela en las materias flotantes.
Voló al cielo, a las grandes profundidades, voló a
una cosmogonía acentuada en el infinito múltiple de
espacios tumultuosos, escritura recipiente de esas imágenes,
de esa escritura ideográfica que vemos cuando sonamos el
Oriente. En Hung, se engendró un pincel que serpentea los
senderos de un paisaje: tierra–cielo, mostrados en la plenitud del
vacío y en la contemplación profunda del ritmo y de
la claridad del sol en el corazón.
Su poética se concentró
en el insondable entendimiento del gesto. Su evocación es
el inmenso espejo del silencio, la armonía de la noche naciente
y de las formas de la creación. Él, Hung, en sí
mismo, era un creador de virtudes, de cielos inmensos, de huellas
y montanas. Allí, ninguna primavera, ningún verano
o invierno, ninguno de sus senderos dejaba a un lado la Naturaleza.
Universo, vidrio, ruptura: se rompe la
botella celestial y de la colina baja el agua impregnada de lotos.
El sol da vueltas como el viento en la inmensidad de la Guajira,
del mundo de los Montiel y de Ramón Paz Ipuana, de ahí
vienen parte de los ancestros de Hung, los otros de la China, de
grandes universos, del mundo de Confucio y de Lao Tse, donde los
hombres meditan en el silencio, y las aves no vuelan en el cielo,
vuelan en el alma, en el decir de Vicente Gerbasi.

Hung
fue una reserva llegada del cielo y Confucio lo pudo ver así:
"El hombre de corazón se admira ante la montaña; el
hombre de espíritu goza del agua". En estos trazos de la
palabra, su vida era el barco-taller creado por Maite, Yuri, Valentina,
Alexandre y el mago Hugo Figueroa Brett. Creado en el lugar escogido
para las caligrafías y la gestualidad. Crear la belleza.
Ahora en este momento, lo cobija una serie de desnudos de densos
cuerpos y colores fuertes. El pincel sigue volando, y penetra y
se prolonga con grandes manchas y líneas en el sentimiento.
Francisco, te celebro y beberé toda mi vida por nuestro amor.

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