Els Joglars y la puesta en escena del tiempo

 por Judit Gerendas

 El tiempo, ese algo inasible que fluye perennemente y es siempre otro, como el río de Heráclito, que perpetuamente se transforma siendo a la vez el mismo, ha tratado de ser apresado por el ser humano de muy diversas maneras, en particular a través del arte y sus múltiples manifestaciones. Ahora bien, en oposición al cine, en el que el flash-back y los juegos de cámara permiten numerosas y variadas aproximaciones a la noción de tiempo, el teatro es una de las expresiones artísticas que menos se prestan para este tipo de exploraciones. Ciertos recursos escénicos, como el uso de cortinas transparentes, que alejan a los personajes y los hacen ver difuminados, o la proyección en pantallas de algunas imágenes que amplían la dimensión temporal, constituyen opciones que se integran, en mayor o menor medida, al montaje, al espectáculo como un todo.

Una de las hazañas logradas en el Daaalí de Albert Boadella, del grupo Els Joglars, es materializar algo tan abstracto como el tiempo en algo tan concreto como el cuerpo humano. La actriz que interpreta a la enfermera que cuida del anciano Dalí agonizante, en el tiempo presente de la representación se mueve con gran agilidad y pasos rápidos sobre el escenario. Cuando el tiempo de la obra retrocede al pasado la figura de la mujer adquiere otro ritmo temporal completamente diferente.

Durante las dos horas que dura la puesta en escena, la actriz lleva a cabo la muy difícil tarea de realizar movimientos de desplazamiento prácticamente imperceptibles mientras la historia transcurre en el pasado, movimientos tan retardados como si estuviera siendo proyectada en cámara lenta. Levanta el pie, lo coloca de punta, luego coloca el talón, gira ligeramente el cuerpo, todo ello de un modo casi invisible para el ojo del público, que sólo ve algo así como el salto de un cuadro cinematográfico a otro. Cuando la historia retorna al presente ella recupera su movilidad normal, connotando, más allá del significado profesional de una enfermera, el pase de un nivel de tiempo a otro.

No es de extrañar que esta percepción del tiempo se logre desde un punto de vista situado en el filo de la muerte. La mirada que vemos desplegarse desde la escena, y que compartimos desde las butacas, es la del personaje moribundo, un intenso momento en el que los tiempos se superponen los unos a los otros y confluyen en uno sólo. Es también la propuesta del cuento "El hombre muerto", de Horacio Quiroga, y de la novela El arpa y la sombra, de Alejo Carpentier, en los cuales la existencia de los protagonistas adquiere una temporalidad espacial a partir del hecho de la muerte.

Pero esas obras, al pertenecer al orden de la literatura, a la palabra, tienen una posibilidad más evidente de ficcionalizar el concepto de tiempo que la gestualidad de una puesta en escena teatral. El personaje de la enfermera no habla dentro de la obra. El autor, sabiamente, no le ha otorgado voz, de manera que la simultaneidad y diferenciación del tiempo se transforma en un acto puro, encerrado en la velocidad del cambio corporal que realiza la actriz.

Cronos era el titán que devoraba a sus hijos. El tiempo, del que somos hijos, devora a todos los seres vivos. Pero sólo los humanos tenemos conciencia de ello. Por eso lo asediamos perennemente e intentamos domesticarlo, hacerlo soportable, congelarlo. Es lo que logra, a nivel simbólico, la puesta en escena de Els Joglars.



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