Mi primera infancia Yo creo que las infancias no son tan individuales. Desde luego para cada uno de nosotros nuestra vida es única, y nuestra infancia, nuestra madurez, nuestra vejez y todo es único. Puesto que no es asimilable la experiencia de nadie a la nuestra, ni la nuestra es transmisible a la de nadie. Pero desde un punto de vista formal, mi infancia se parece inmensamente a la infancia de cualquier niño venezolano de la época en que yo nací y en el medio en que yo viví. Yo nací en 1906. Mi primera infancia pasó en Caracas. Allí permanecí, con algunas salidas, en una época de la cual no guardo memoria, hacia Los Teques, hacia la Isla de Margarita, hasta que hubo un primer desplazamiento importante, que fue más o menos hacia mis ocho o nueve años de edad, en que mis padres se trasladaron a Aragua, y entonces yo viví en Aragua, unos meses en Cagua y el resto del tiempo en Maracay, hasta mis diecisiete o dieciocho años. De modo que fue una época muy importante, formativa, en mi vida, por eso creo que se parece a la infancia de mucha gente semejante a mí. Vivía en la época de la que guardo menos memoria, o muy poca, la de Caracas, porque desde luego vivía antes de los ocho años, y guardo recuerdos más que todo de la casa de mi padre, de algunas criadas, de personajes familiares que me quedaron un poco fotográficamente grabados. Pero me sería muy difícil reconstruir experiencias con cierta ilación, con cierto valor narrativo o testimonial. En cambio, ya después que estuve en Maracay, en Aragua, después de los ocho o nueve años de edad en adelante, ya es distinto, ya tengo una memoria más fidedigna, más rica, más detallada. En efecto a mí me tocó llegar a Maracay, al Maracay de 1915: era una aldea grande, donde la única cosa importante que había era la naturaleza y el General Gómez, no había otra cosa, de modo pues que era un medio muy rural, un medio muy tradicional, donde fuera de mis padres, yo estaba en contacto con gente sumamente tradicional, muchachos campesinos, gente de clase muy modesta que eran mis compañeros de juego, compañeros de escuela. Los juegos eran los tradicionales venezolanos, el gárgaro, el ladrón y policía, el escondite. Hacíamos bandas de muchachos con ciertas jefaturas, bandas rivales. Habían unas especies de pugnas entre esas bandas.
El corral de mi casa era un potrero, yo no tenía sino que caminar cien pasos para encontrarme entre vacas, encontrarme entre pájaros, y en fin la vida salvaje. Nuestros paseos eran esos, irse a bañar a un río, irse a bañar a un pozo. Mis escuelas fueron todas escuelas públicas, muy malas, muy deficientes, las que podía haber en aquella época. Yo empecé a estudiar en una escuela Federal de Maracay, donde hice mi primaria, y luego comencé la secundaria en un colegio muy deficiente que se llamaba "Colegio Federal de Varones". Allí estuve prácticamente casi hasta terminar el bachillerato, no lo terminé, porque, como era muy frecuente en esa época y en esa zona, me infecté de paludismo, tuve un paludismo bastante grave, que llegó a revestir formas muy peligrosas, hubo momentos en que se temió por mi vida, y sin embargo logré sobrepasar eso. Pero de resultas resolvieron llevarme a Los Teques, que era un clima mejor y una zona no palúdica, y allí terminé el bachillerato. Luego pasé a Caracas para hacer mis estudios universitarios. La vida campesina ¿Cuáles eran las consejas tradicionales que yo oía? Bueno, esas consejas que forman parte, y que formaban, sobre todo en esa época, parte del folklore; yo creo que hoy en día el folklore tradicional que alimenta a los niños está muy cambiado, hoy los niños ven tiras cómicas, hay programas para niños en la televisión y en la radio. En aquella época era lo tradicional, los cuentos que contaban las criadas, los que contaba la vieja cocinera, cuentos que contaban peones, cuentos que contaban muchachos de origen campesino. Cuentos de Tío Tigre y Tío Conejo, de Juan Bobo, yo he escrito alguno de esos cuentos con esa memoria un poco inconsciente de cosas que me quedaron. Esos cuentos eran la lucha de Tío Tigre con Tío Conejo, eran inagotables, eran incidentes, la lucha del poderoso y del débil, pero el débil era más inteligente que el poderoso y terminaba siempre burlándolo. Y la figura de Juan Bobo, que era una figura de identificación del débil porque Juan Bobo era víctima también de las vivezas de los demás, y particularmente del personaje que era su enemigo, en la tradición venezolana lo llamaban Pedro Rimales, y es el viejo nombre español de Pedro Urdemales, un personaje tradicional español, también un personaje malvado, del folklore español. En Venezuela se transformó en Pedro Rimales. A esto se reducían un contacto muy activo con el campo, con la gente campesina, con la vida campesina. Yo creo que un gran trasfondo de mi primera expresión literaria, de la mas temprana mía, revela bien eso. Yo no escribí cuestiones de tema rural porque fuera moda, o porque me pareciera que eso estaba bien, al contrario, eso era lo que tenía en el fondo, esa era la experiencia que tenía, yo lo único que había visto eran campesinos, lo que conocía eran los problemas de esa gente, el gran problema de que si llueve o no llueve, el gran problema de que si se les muere un novillo, todas esas cosas eran mi experiencia diaria, de modo que cuando empecé a escribir, lo natural es que ese trasfondo saliera, y fuera eso lo que me suministrara material y motivos. El arco iris siempre ha significado lo mismo, eso tampoco lo inventa nadie, son cosas tradicionales. Había varias significaciones. Cuando aparecía un primer arco iris, que era cuando el sol aparecía con lluvia o la lluvia aparecía con sol, entonces se formaba iris, y la gente decía que el diablo estaba peleando con su mujer. Luego cuando aparecía el arco iris en general, pues siempre le daban algunas significaciones tradicionales, que el arco iris revelaba algo, y muchas veces en algunas de las puntas del arco iris estaba un tesoro. Si uno lograba localizar donde estaba ese punto de apoyo se podía encontrar un tesoro fabuloso. Cosas tradicionales, muy viejas. Lo mismo que los animales salvajes: el significado del canto de la pavita, el temor a la lechuza, los conjuros, los ensalmos, los ensalmos contra la picadura de culebra, todo ese folklore rural que yo viví de niño y lo absorbí de niño, la gente que se curaba contra las picadas de culebras era una especie de preparación, una especie de mitridatización. Aparentemente ellos se tomaban unas cosas y se preparaban, eso era lo que se llamaba "curarse" por lo cual se hacían inmunes a la picada de la culebra. Uno oía esos cuentos. Luego están también los curanderos, ésos eran los que venían a curar a quien había sido picado por una culebra, pero el hombre que estaba curado, ése estaba inmune, la picadura no le hacía nada. Y lo mismo todas esas leyendas de cosas de buen agüero y de cantos de la pavita. Los aparecidos, ciertas horas del día, los fantasmas, la llorona, la mula maneada, el carretón de las ánimas, todas esas cosas que vienen desde la colonia, y que yo en algún libro los he recogido. En Las Lanzas Coloradas está el comienzo de la esclava, esos eran cuentos que yo oía de niño, me impresionaba mucho el tratamiento del reino, decirle "misiacarramajestad", que es una cosa deliciosa, que es una corruptela, claro, de sacra y real majestad, pero confundido con el misia nuestro y entonces le decía misiacarramajestad al Rey. El medio rural en esa época fue muy importante. Cuando yo era un niño, el ochenta por ciento de la población venezolana era rural, y el veinte por ciento urbano, de un urbanismo muy relativo. Hoy en día es al contrario, un ochenta por ciento vive en un medio urbano, y de un medio urbano muy sofisticado, realmente, con televisión, con radio, con películas. Y solamente un margen muy pequeño vive en un medio rural, tradicional. Ha habido una revolución completa en el buen sentido de la palabra, el traslado al otro lado. Recordar un sueño Una de las propiedades que tienen los sueños es de desvanecerse, y a mí siempre me ha costado mucho trabajo recordar un sueño, aún ahora adulto, a veces sueño, y claro y me despierto, y en el primer momento me recuerdo, pero al cabo de una hora no me recuerdo nada, se me ha ido, se me ha evaporado, creo que esa es una condición normal de un sueño, el de desaparecer. Una memoria específica del sueño, no, a menos que una persona se ponga en manos de un siquiatra, que lo vea todos los días y se los anote, o que tenga la curiosidad de anotar los sueños rápidamente. Es muy difícil recordar con precisión una vez soñé tal y tal cosa. Claro tengo un patrón normal de lo que son los sueños infantiles, generalmente eran a veces pesadillas, esas pesadillas de los niños. A veces era ese sueño que se hace mucho de niño de estar uno volando, esa entrada de pronto en levitación, que es un sueño que se da mucho en la niñez, que uno de pronto despega del suelo como un pájaro, como un avión, y está deslizándose por el aire, ese sueño me venía con mucha frecuencia, de una caída que no termina nunca, o de un vuelo libre, moviéndome en el aire, pero sin alas, como dentro de una agua. Eso era muy común, después he leído en Freud, que ése es el recuerdo que le queda a uno de la caída del vientre materno, a lo mejor tiene razón el señor Freud, no me atrevo a discutirlo. Y eran, claro, de cosas relacionadas con mi experiencia vital de la época, animales peligrosos, luchas, visiones de esas clases irracionales, de estar huyendo de ese otro sueño que era muy común en la infancia, de un peligro terrible y no poder correr, de un toro que viene detrás de uno, y no puede correr y ya lo va a alcanzar el animal, y de momento se despierta, ese tipo de cosas, pero me sería muy difícil, o caería en la tentación de falsificar si fuera a decir que voy a contar lo que he soñado. Yo viví en un medio muy pobre intelectualmente, porque hay que
darse cuenta lo que era Maracay en el año 1915, en esa época
en Maracay había una librería, que llamar librería
era un poco eufemístico, era un italiano quien tenía esa
libreriíta en una salita de su casa, donde vendía cosas
artículos de escritorio, lápices, cuadernos, y algunos libros,
la mayoría eran esos libros de venta más o menos común,
libros españoles de esas viejas editoriales españolas, y
traducciones al español muy malas de Víctor Hugo, todo Víctor
Hugo, aún la poesía traducida al español de un español
espantoso, de esos que debían pagarlo a tanto la palabra. Y todo
Salgari, Julio Verne, eso era todo lo que había ahí, ese
tipo de lectura, y desde luego era mucho pedir que hubiera otra cosa.
Se leían muchos cuentos de Callejas, por cierto a veces caían
cosas muy curiosas. Yo después me he puesto a pensar en eso, siempre
fui muy aficionado a leer, cuando yo debía tener, digamos doce
años, mi madre siempre, para mi cumpleaños, me regalaba
libros, porque es lo que me gusta, y entonces claro ella iba a la librería
para darme una sorpresa y me regalaba siempre unos libros encuadernados
muy bonitos, con unas tapas en colores, en cartón rojo, que eran
los libros de Salgari, que por cierto son libros fabulosos. Yo creo que
Salgari es uno de los hombres a quien habría que hacérsele
justicia, fue un creador imaginativo extraordinario, y pobló la
mentalidad de millares y millones de jóvenes en el mundo. Ya hoy
en día no leen, yo tengo la impresión de que lo leen muy
poco. Ni leen tampoco a Julio Verne. Yo recuerdo que en esas compras,
mamá encontró un libro muy bonito encuadernado, y eran los
cuentos de Hoffmann, ella se imaginaba que eran unos cuentos como cualquier
otro, de modo que yo me leí a Hoffmann a los trece años
y me impresionó mucho, desde luego, pero me entró un poco
así de contrabando, porque mi madre no sabía quien era Hoffmann,
ni qué diferencia podía haber entre los cuentos de Hoffmann
y los de las Yo no creo que los artistas, se hacen porque los provoque el medio, se hacen porque hay una cosa en ellos. Normalmente sale por algún lado, es como el sarampión que brota, eso brota, empieza la fiebre y a los dos días está uno cubierto de pústulas. En mi caso, como el caso de quien compartió esa infancia conmigo en gran parte, que es Carlos Eduardo Frías, fuimos compañeros de esa época. Nos poníamos a leer juntos, lo que encontrábamos, las aventuras de Sherlock Holmes, Raf Pickerton, Raffles, ese tipo de cosas, de novelas policíacas. Novelas de Salgari, que ya eran una cosa de más calidad. Julio Verne. A nosotros nos apasionaba aquello. Yo me acuerdo de una frase que decía no sé de quién "Que un pintor no es un hombre al que le gustan los paisajes, que un pintor es un hombre al que le gusta la pintura", cosa que es verdad, la gente se imaginaba que uno llega a ser escritor porque a uno le gusta leer novelas, no, no, no; porque tiene necesidad de expresarse, y porque el misterio, la expresión verbal lo inquieta, lo molesta, lo atrae, eso de crear objetos verbales, es como el artista plástico. De modo que eso sale. Yo empecé muy joven, sumamente joven, las primeras cosas que escribí, las escribí de trece, catorce años, ni siquiera cuentos, prositas de esas, y versitos, lo que llegaba a mi alcance. Que era lo que había entonces, lo que yo leía en los periódicos, una poesía modernista retrasada, que era lo que publicaban los periódicos de la época, unos sonetos, que hubieran estado bien por allá en 1890. Y prositas insignificantes sobre temas moralizantes. Eso lo que revelaba era una comezón, una necesidad de decir algo. Y no tenía quien me pudiera ayudar, quien me pudiera guiar, me pudiera decir no haga eso, haga esto, lea aquello. De modo que así fue, y empecé pues a escribir muy temprano. A los diecisiete años marché a Caracas a la Universidad para estudiar, entonces allí caí en un medio, no se vaya a creer que más culto, pero en fin infinitamente más de lo que podía ser Maracay entonces; claro, había unas librerías mejores, había algunos escritores de quienes me pude hacer amigos, la tipografía Vargas donde iban escritores, iba Gallegos, iba Paz Castillo, también iban jóvenes escritores, nos reunimos allí, oíamos, comentábamos, nos pasábamos libros, bueno ya había un medio más intelectual, y allí comencé a escribir mis cuentos y empecé a realizar mi obra literaria, de modo que empezó muy temprano. La literatura mía es Venezuela Las lanzas coloradas se publicó en el año 31, lo escribí en el año 30. Se publicó en enero, febrero del año 31. De modo que en el año 30 tenía yo veinticuatro años. Mi primer libro fue Barrabas que ahora en septiembre cumplió cincuenta años. Lo publiqué a los 22, era yo estudiante de Derecho cuando se publicó.
La verdad, es que yo creo que el gran momento de transformación de la literatura en América Latina, arranca hacia 1927 en adelante, claro que eso no ocurre ni en un año, ni en un día, ni de un golpe, pero el proceso arranca allí. Arranca precisamente, primero con la aparición de hombres como Gallegos, como Güiraldes, como Rivera, como Azuela, que son los hombres más o menos del 27. Allí ya hay un cambio muy importante, no solamente en la calidad de las obras, sino del carácter de las obras, la manera de ver de inmediato, ahí se acaba el criollismo tradicional ése que había venido rigiendo, ahí empieza a haber una visión de la realidad latinoamericana, menos costumbrista, menos pintoresca. Claro que no se da de un golpe, pero ahí comienza, eso va evolucionando; luego hacia el año treinta, treinta y pico, aparece una segunda generación, en que eso da un paso más allá. No quiero decir con esto que sean mejores o peores, sino que da un paso más allá en el carácter de la obra. Es de ese grupo de escritores que surgen en esa época, en los que están Asturias, está Carpentier, en lo que están Borges, y al cual, en alguna forma pertenezco yo cronológicamente. Esa es una segunda etapa. De modo que cuando se produce el boom, que es una generación de los más posteriores, y que se viene produciendo hacia los años sesenta, si uno se pone a ver, da obras de un estilo y de una calidad distinta a lo que había antes, pero es la continuación de lo que ya había arrancado desde el 27 y se había afirmado el 30. Un escritor como Carpentier y como Asturias estaban hechos el año 31. De modo, pues, que en ese momento había una conciencia distinta de lo que era la literatura, o de lo que debía hacer. En eso ha habido mucha falsificación, no de la calidad, porque la calidad es excelente. Ahí hubo una especulación comercial muy claramente manejada y llevada con mucho fruto y con buen resultado. Desde luego, y yo siempre lo he dicho, cuando la gente, en un tono un poco despectivo, me habla del boom como de algo despreciable, les digo que no, les digo que ha tenido consecuencias excelentes. Haya lo que haya de especulación comercial de parte de editores, eso sirvió para muchas cosas, primero para dar a conocer un grupo de escritores muy valiosos, entre ellos algunos de primerísimo orden, el caso de García Márquez. Luego ha servido también para dar a conocer la literatura hispanoamericana en los mercados internacionales. Yo me acuerdo que cuando yo escribí Las anzas coloradas, la novela latinoamericana en Europa tenía muy poca audiencia, de tal modo creo que fui uno de los primeros que logró, yo creo casi, no me atrevo a asegurar, pero que yo fui el primer autor latinoamericano que Gallimard publicó en francés, porque hasta ese momento eso no existía. Cuando salió Las lanzas coloradas, ese mismo año se tradujo al francés y lo publicó Gallimard, y al alemán, de modo que era un reconocimiento de que había algo allí, que no era solamente local y costumbrista, tenía una validez de otra dimensión, y ese es el mismo caso que se da con todos los libros aparecidos ese mismo año. Ese es el año que publica Miguel Ángel Asturias sus Leyendas de Guatemala, en que le escribe aquella carta estupenda Paul Valery, una carta verdaderamente de reconocimiento, de una existencia literaria, que él considera que representa una originalidad, una cosa diferente de lo europeo, esa es la verdad, de modo pues que el boom sirvió para ampliar eso de que los editores se dieran cuenta que había allí una literatura, y para que se le diera resonancia universal. Entonces en ese sentido yo considero que ha sido útil, dio a conocer escritores de primer orden y sirvió para darle una divulgación a la literatura latinoamericana, que probablemente de otra manera tal vez hubiera tardado mucho más o no hubiera tenido efecto de la misma amplitud. El otro mundo
Cuando Chautebriand, que es un hombre ya de fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, va a los Estados Unidos, la imagen del indio americano que da Chautebriand es la imagen de Atala, tan duro ha sido el mito que él no ve al indio, él llega con aquellos anteojos puestos, y lo que ve es lo que tiene adentro. No ve cómo vive el indio americano realmente, ni las guerras que se hacían los unos a los otros, no, lo que él ve es un idilio, un idilio hermosísimo de bondad natural. Y lo que es muy curioso, por eso es que yo digo que es un viaje de ida y vuelta muy gracioso, América le da a Europa, por una mala visión europea, la visión de buen salvaje, de que habían hombres felices, porque en la tierra en ese momento había gente que vivía de un modo como los europeos no podían soñar. Y entonces eso crea el mito de la revolución, el mito de la reforma social o de la revolución social o de la revolución social y política, y ese mito regresa a América, pero regresa entonces como ideología europea, y es tan poderoso que no solamente regresa como ideología europea, sino que conserva incluso a los ojos de los americanos esa visión paradisíaca. No solamente se va a un europeo como Chateaubriand, quien llega a los Estados Unidos en 1798, y no ve al indio a pesar de que en esa época el indio existía y existía muy cerca. Iba uno a Nueva York y en diez minutos estaba uno entre indios. El no lo ve, él ve un idilio, un indígena bellísimo que es Atala, y esa visión es tan poderosa, a pesar que la realidad la desmienta, la retoman los hispanoamericanos, y los hispanoamericanos estuvieron escribiendo novelas indianas, no indigenístas sino indianas, novelas inspiradas en el modelo de Atala de Chateaubriand hasta 1880 y 90, hasta casi nuestros días, Anaida y Guaraya de Yépez en Maracaibo son de 1900. Y el famoso novelista ecuatoriano, en un país donde hay tantos indios, si alguien conoce el indio verdadero es un ecuatoriano del siglo XIX, en 1870 u 80: Juan León Mera, escribió un libro, un gran libro de la literatura ecuatoriana, pero un libro totalmente falso que se llama Tumanda, y el subtítulo dice "Un idilio entre salvajes". No podían ver lo que tenían al lado, porque era tan poderosa la imagen recibida de Europa, de modo que es muy gracioso como es que esa imagen falsa que los primeros europeos recibieron de América se revierte sobre América como ideología revolucionaria, y entonces nosotros empezamos a repetir como lo hizo Jefferson, que todos los hombres nacieron para ser felices, para ser iguales, para ser libres, claro porque todavía viven los indios americanos, a pesar de que nosotros experimentamos que los indios americanos, ni eran felices, ni eran iguales, ni eran buenos, se hacían las guerras como todos los seres humanos y se mataban los unos a los otros, y se comían y se entredevoraban. En nosotros no existió la fruta como caída, sino que hubo simplemente la imposibilidad de ver que tiene el hombre, los hombres no encontramos sino lo que estamos buscando. El hombre que sale de Europa, el europeo que en aquella época tenía una idea del mundo muy restringida, ellos lo que estaban esperando era encontrar hombres parecidos a ellos, imaginar que lo que había era semejante a lo que ellos dejaban y eso llega al extremo de que no sabían ni como llamar las cosas, eso que decía Colón, de que oyó al ruiseñor cantando, no hay un ruiseñores en Cuba ni en Santo Domingo; luego los nombres que les ponían a las cosas, inmediatamente les ponían un nombre europeo a las cosas, el nombre que más se les parecía, no se daban cuenta que no tenían nada que ver con lo que habían dejado detrás, de modo que esa persistencia del fantasma de lo atribuido y de lo recibido, lleva a que el hombre con mucha dificultad vea lo que le rodea, el hombre con mucha dificultad vea otra cosa de lo que él está buscando y por eso es que tantas veces se habla de esos descubrimientos azarientos o milagrosos, no son azarientos ni milagrosos, sólo que se han producido cuando la gente estaba buscando otra cosa, y por estar buscando otra cosa, no se daban cuenta de que había allí algo tan importante como lo que estaban buscando, hasta que por azar se les impuso, y así descubrieron la penicilina y así descubrieron todas las cosas que parece que el hombre ha descubierto azarientamente y que no es verdad. América es un azar en todo sentido, pero hay que ver lo difícil que fue llegar a pensar lo que era América, que todavía no lo sabemos. Primero Colón salió no a buscar a América, porque nadie sabía que había América, Colón salió a buscar a Asia, y Colón debió morirse, me imagino yo, y casi seguramente es así, por lo menos hasta cuatro años antes de morir él, pensando que había llegado a Asia, nunca le pasó por la cabeza que había llegado a un nuevo continente, tal vez después de la publicación de Vespucio, pudo pensar. Y aún así, porque la verdad verdadera es que la visión definitiva de que se descubrió el Pacífico no la tuvieron, y el Pacífico vino a ser en 1512, en 1513. Colón murió en 1506. Es muy posible que hubiera muerto pensando que había llegado a Asia. Y por eso los llamó indios, claro ha podido llamarlos chinos, porque él creía que eran de la India, y se creó ese equívoco grandioso de llamar "indios" a unos seres que habitan a medio globo de distancia de la India, pudo haberlos llamado holandeses también con igual arbitrariedad. Esa visión no se modifica, los hombres siguen, ya cuando se convencen de que aquello no es Asia, entonces están buscando cosas increíbles. Hay un aspecto muy curioso y que hoy en día se ha investigado, una de las cosas que fueron buscando en América, fueron las once tribus de Israel, y esa idea de que las once tribus perdidas se habían ido para América, y que eran las que poblaban América, eso duró casi hasta el siglo XVIII, entre mucha gente seria. De modo pues que al hombre le cuesta mucho trabajo ver la realidad de las cosas, tiene metido en la cabeza un cliché, una deformación que lo lleva a ver lo que él quiere ver y no lo que está en realidad ahí. Cuando la realidad americana empieza a verse en su verdadera dimensión, ya muy al final de la época colonial, ocurre cuando llega Humboldt, cuando llegan estos hombres que empiezan a revelar la identidad del mundo americano. Y aún hoy nosotros estamos tan ciegos y tan torpes que hasta hace poco estábamos pensando que nosotros podíamos ser iguales a los Estados Unidos, que podíamos regresar a ser una civilización indígena como la que existía antes de llegar los españoles. Es estar deliberando de espaldas a una realidad que no queremos ver. *Entrevista-grabación realizada en Roma en 1978. [ Home
| Entrevistas
| Subir ]
|
|||||||||