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de Antonia Palacios
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Textos del desalojo *
Se llevarán todas mis pertenencias, todas las ofrendas. Las que
llegaron alzadas en guirnaldas y gajos, las que caían prodigándose,
las que quedaron en suspenso, las rezagadas para largas fatigas, las de
forma aprendida, roce estable. Llegarán batallando por encima de
viejos tanteos, olvidados tanteos, rodando por tierra los destrozos, el
ovillo apenas comenzado, la perla apenas engastada. Llegarán feroces,
llegarán con odio, llegarán con desprecio proclamando el
vacío. Me irán despojando de todo: punto, gesto, voz. Aparecerán
de pronto por entre círculos, ángulos y rectángulos,
duras geometrías de líneas agónicas, infinitas paralelas
sin posibles encuentros, volúmenes de sangre. Me irán despojando
de todo, del aire, del reflejo, de la forma. La hora será cóncava,
el cielo será cóncavo, la tierra abrirá su cráter
cóncavo en la última ofrenda.
En el centro, en el centro exacto, círculos concéntricos,
materia informe, desde el centro, materia punzante, allá en el
centro, palpable el contorno en el vértigo, en el vertiginoso instante
que deja el centro atrás, centro oculto, custodiado, en el suspenso
tardío del instante que llega en desbandada sin contorno, sin centro,
en el nivel más alto donde la sombra anida, centro remoto. Lejos
del centro las estrías, las fisuras, esparcidas en contornos convergentes
reunidos en el centro, y dispersos, descoloridos destellos en el centro,
vuelo efímero, fatigado vuelo batallando en el límite del
centro, alrededor del centro ¡ay cómo pesa, ay cómo me gimo,
cómo me abismo en este centro que se repliega, este centro que
se consume, espiral del centro, ay cómo me oprime, dilatado centro!
En el centro. Va centrada, en el centro fija, fija en el centro, atravesada
por el centro, fuera ya del centro.
Esta columna en vilo *
Invéntate de nuevo. Constrúyete en el nuevo día.
Constrúyete en el día naciente. Constrúyete en el
día que alumbra, tú, prisionera y sin habla. Tú,
solitaria. Sola entre cientos, sola entre miles, entre ninguno, sola entre
cosas sin peso, entre el vaho que exuda la noche que se extingue. Invéntate
distinta. Tú, sola, sin palabra que te lleve, sin mirada que te
guíe. Sola. Sola remontando las infinitas alturas de tu montaña
de nieves. ¿Quién llega a estas horas para mirarte? ¿Quién
se acerca a levantar el pliegue de tu sábana? Invéntate
distinta para que alguien te toque, para que alguien te mire. Invéntate
distinta para que alguien se acerque a sentirte respirar. Distinta...
Distinta ... Constrúyete de nuevo como lo que nace de pronto, sin
origen. Levanta un nuevo gesto, el que nunca has usado. Deja que la casa
sucumba en su conjuro, en su lluvia de polvo. Aléjate sin miedo.
Vuélvele la espalda a ventanas hundidas en el aire, muros derruidos
que el silencio arrebata. Deja atrás las puertas confinadas y mira
hacia lo lejos...
Mira el arco abierto, invisible.
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Digo. Digo con voz de nadie. Clamo. Digo. Digo sin lágrimas.
Voy diciendo en el olvido. Deshabitada, desdoblada en asaltos. Digo.
Digo cada cosa sin nombrarla. Azotada de palabras, de silencios. Digo
velando y develando el oculto latido. Digo despierta, viva, hablando
de otras cosas, otros asuntos, dejando que el zumbido del habla me
detenga, me alcance en agonía. Digo. Digo encorvada, buscando
el límite, arañando tierra ajena. Digo extraviada, desterrada,
sacada de mi quicio, del umbral de una puerta que fue mía.
Digo. Clamo. Invoco. Invoco el humo, su temblor, su densa oscuridad.
Digo. Soplo sobre fuego apagado. |
Abro mis manos, vuelco hacia arriba la palmas de mis manos. Alzo mis
brazos, los excesos de mi cuerpo los levanto desde el fondo. Busco el
tacto, el apoyo, en lo alto mi cabeza, mi cabeza en el vacío, en
el sólido vacío. En lo alto mi cabeza. Mi cuerpo erecto,
esta columna viva, inclinada, esta columna en vilo. Las palmas de mis
manos, mis brazos levantados, mi cabeza girando. Descubro los designios
que mi cuerpo señala, círculos sin rumbo. Mi cuerpo erecto,
mi cuerpo inmóvil, mi propio tacto, mi propio apoyo, mi cabeza
girando, giro en el rumbo, giro en el vacío. Las palmas de mis
manos abiertas a la espera, mi brazos levantados desde el fondo, mi cabeza
girando, la secreta unidad de mi vientre allá en el fondo... Mi
cuerpo erecto. Esta columna viva... Esta columna en vilo...
Estoy muriendo. Estoy muriendo de una muerte lenta, callada, sin ruido.
Estoy muriendo sin morir. Estoy llena de muertes. Muertes que pasan como
sombras por mi rostro. Muertes que huyen y que nunca alcanzo. ¿Cómo
alcanzar mi muerte única? ¿Cómo elegirla entre tantas muertes
que me acosan? Estoy muriendo de la muerte como sola compañía,
y la muerte penetra a mi casa, pisa mis alfombras, toca mis cristales,
apaga mis campanas. Estoy muriendo de una muerte dura, implacable. Una
muerte que me va desollando y va dejando en carne muerta mi carne viva.
Estoy muriendo de una muerte espesa, violenta, una muerte que juega con
mi aliento el juego de la muerte, y lo toma y lo deja, lo desata y lo
anuda, lo lleva a sus postrimerías, lo regresa a sus comienzos.
Una muerte que me hiere sin sangre derramada y me va socavando lentamente
las entrañas. Estoy muriendo... Y de pronto parece que la muerte
alumbra. Que es sólo sombra el sueño de la vida, que el
aire de la vida es soplo muerto, vacuo estrépito el grito del amor.
Que esta vestidura que palpita sólo tiembla y se aquieta ceñida
por la muerte. Y de pronto parece que ya no estoy muriendo. Que he alcanzado
a la muerte sin morir.
Tiempo hendido *
Cuando vagábamos por lo caminos que parecían abiertos,
íbamos anhelantes como si una densa sombra nos persiguiese. La
luz estaba incierta, en sus comienzos, en la ignorada iniciación.
Cuando avanzábamos sin tocar el aire, el aire que era augurio,
el malsano aliento venía ya desde lo hondo. Cuando nos detuvimos,
los nombres resonantes, el refulgente espacio se llenó de polvo.
Abre los espacios. Deja que resbale entre tus dedos la materia sin peso.
Tiende el arco por encima de tus sueños. Detente ante el tiempo
hendido. Recuerda tus lejanas irradiaciones, tú, la desmemoriada.
Deja caer las redes sobre el mar en fuegos. De entre los escombros surgirá
el Tributario. Vendrá a apagar la sed de tus desvelos. No te inclines,
no. No te doblegues. Es alto el día. Alta la luz. No dejes que
te roce el borde de la sombra.
Estoy aquí en lo oscuro de espaldas a la luz, olvidando el comienzo,
la eternidad del día. Estoy aquí ignorada, el perfil de
mi rostro perdido entre la sombra. Estoy aquí disminuida, apenas
una línea, un punto sin relieve. Estoy aquí inclinada dejando
que la noche me pase por encima. Afuera en el espacio las águilas
inmensas batallan con el viento. Estoy aquí aguardando... Y recojo
mis gestos, y repliego mi aliento, amordazo mi voz y toda yo soy silencio
oculta entre lo oscuro. Estoy aquí vigilante, velando temerosa
una criatura errante que en mí se ha detenido.
Al principio éramos muchos. Andábamos dispersos, intentando
tocarnos, escucharnos. El sitio era muy vasto y apenas alcanzábamos
un leve roce, un fugaz acercamiento. Algunos se escaparon. Otros comenzaron
a ignorar los elementos, comenzaron a cambiar costumbres tanteándose
en silencio, ciegos y sin aliento. Después fuimos muy pocos, apenas
dos o tres, muy juntos y temblando. Al fin tan sólo uno. Uno tan
sólo. Y la febril espera comenzó a extenderse por encima
del desierto.
* Tomado de Textos de desalojo. Monte Ávila
Editores, Caracas, 1978.
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