| Guayabo* |
 |
Gabriela Kizer
|
En una vida
deben escribirse pocos poemas de amor.
Sólo
cuando el corazón anuncia algún presentimiento difícil,
cuando ya no sabemos si en medio de un mal sueño
seremos despertados por un beso
o pasaremos de largo hacia un sueño peor,
sólo ante un minuto que oscila
es dado escribir algo breve y conciso,
que no salga muy fácil.
Por lo demás
sólo rezamos cuando creemos que estamos a punto de morir,
pero creer ya es algo.
Yo debería ser sabia
y no cuando me da la gana.
Ni una pregunta tengo para siete respuestas.
Todo cabe en los bolsillos
al animal verde y vivo lo dejé en la montaña sobre un tronco
luego que recorrió las líneas de ambas manos,
al animal verde y muerto lo puse en una cajita
junto a un ala verde y muerta que ya no se adhería a la piel,
a la cayena blanca la perdí donde se pierden las flores extrañas
que se marchitan igual.
No encontré a ningún hombre solitario y triste en la montaña,
el que me llenó de ternura y de alimañas –como quien no
da nada–
fue otro y no me importó.
Sostuvimos la primera conversación de a dos
dando tumbos en una carretera de tierra y sin mirar de frente;
yo dije lo que no debí haber dicho porque ya estaba dicho,
pero siempre es bueno tener algo de qué arrepentirse.
Yo supe cosas de nosotros ayer noche,
supe que hay historias que vuelven de otros tiempos,
historias truncas que son las que vuelven.
Por eso ya no siento impaciencias.
Hay noblezas y duelos que me aquietan el alma.
Donde el deseo me toma hace siglos que ya estoy en su boca
y no lo reto.
Hubiese querido mi mano en tu puño ayer mientras bajábamos,
pero sé contenerme
y cuando no pasa lo que quiero hasta doy gracias.
Ayer cuando bajamos la montaña yo había dejado de ser sorda,
pero también la noche había dejado de cantar.
Mira
el espectáculo es casi deplorable.
Los amigos me ven, se santiguan
y van a pedir consejos a otra parte.
Beso animales,
recupero cayenas pero no doy con el color.
Di si los rastros con que me has cercado son ficticios,
si era menester dejarlos desconozco cómo se siguen,
pongo tareas a mi ánimo
y me alivio de saber que nunca te he encontrado frente al cine,
aunque mi cuerpo no avanza quedó en el monte
frente a la niebla que tapó la costa
y el preludio de bares y de arena.
Mira
aquí hay un no sostenido entre señales de humo
y en el pecho quedan tan sólo amarras.
Puedo convivir con esto,
sé pisar sobre el ruedo pero estoy temblando y en verdad
lo que desearía es tonto decirlo.
Leo tus poemas,
me canto todas las canciones que nos gustan
y si hay un guiño en tu ojo
no desafino.
Estiro la noche para aplacarme en ella y digo que hasta quizá
podría estar esperándote,
pero no debo seguir así.
Ya dije que es un espectáculo casi deplorable
de continuarlo
podría parecerme a un veterano de la República del Este
aunque no sé beber
ni tampoco contar mis penas en voz alta.
Mi primer novio solía llevarme al cementerio
para hacerse más liviana la compañía de su madre.
Mi primer amante solía llevarme al cementerio
para hacerse más liviana mi compañía.
Mi primer marido solía llevarme al cementerio
sin ninguna razón aparente.
Mi segundo amante manifestó siempre inconformidad
ante mi negativa de hacerle mantenimiento
a su sepulcro predilecto
desde la infancia.
Mi tercer amante enfureció y me llamó puritana
por no haber querido hacer el amor
sobre la losa de la que fuera su mujer.
Mi cuarto amante me echó de la casa tildándome de puta
mientras gritaba delante de toda la vecindad
que yo pertenecía a un tipo de mujeres
que debían haber nacido muertas.
Mi quinto amante jamás pudo comprender
que tuviese que dejarlo con urgencia
al enterarme de que invertía su dinero sobrante
en parcelas equidistantes e iguales.
Sé que aún hoy mantiene la sospecha de algún motivo
oculto
y sigue expandiendo sus propiedades por diversos camposantos.
Supongo que yo también mantengo la sospecha de algún motivo
oculto
que me ha llevado a heredar una casa propia,
un buen sofá y una habitación pequeña
donde a veces suelo preguntarme por qué los hombres
persisten en buscar mujeres vivas.
Guayabo
Cuando niña
de visita a Urama
recogía, abría y revisaba guayabas
para todos,
hasta que un viejo me dijo
que así no se comía la guayaba,
que había que cerrar los ojos
y que si tenía o no tenía gusano era cosa de dios
o de sorpresa en el fruto que saliera con mejor sabor.
Yo seguía las instrucciones
y me comía cada tarde con las tripas revueltas
todos los gusanos de Urama.
Posiblemente ese haya sido
el primer contacto de mi lengua
con el sabor de la muerte
en los mejores frutos.
Con el tiempo aprendí a hacer mermelada,
a desaparecer el tacto baboso y frío
en el hervor de la hornilla,
aunque siempre sintiéndome cobarde.
Hoy quisiera otorgarte aquel sabor.
Pedirte incluso que no me permitas olvidar
la paciencia o el error
de aquella niña de diez años
sentada a la sombra cada tarde
y aprendiendo, sin saber,
a tragar
tu pedazo de muerte
y tu pedazo de vida.
*Poemas inéditos del libro Guayabo, de
próxima aparición
en la editorial Fundación Esta Tierra de Gracia
[ Home
| Atrás |
Subir ]
|