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La poética del Penetrable y la escena Minimalista:
Las paradojas de la absorción absoluta.
(Conferencia inédita dictada en
el Museo Fogg de la Universidad de Harvard con motivo de la exposición:
Geometric Abstraction: Latin American Art from the Patricia Phelps
de Cisneros Colection)
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Luis Enrique Pérez
Oramas |
En 1967 Jesús Soto concibe la primera obra de la serie de los Penetrables.
Desde fines de los años 50, mirando sus obras cinéticas compuestas con
láminas de plexiglás, se había puesto a indagar lo que sucedería de ser
posible acceder al interior de dichas estructuras:
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...Sentía fascinación por todo lo que pasaba entre las láminas
de plexiglás de mis primeras obras confiesa Soto recapitulando
la génesis de sus Penetrables, en una larga entrevista concedida a Ariel
Jiménez, y añade: yo siempre había querido meterme dentro...1
Buscaba Soto, según sus propias palabras, una forma de obra en la
que fuese posible envolver al espectador. Con esto, la obra
de Soto, que según Guy Brett se había caracterizado por preservar la
tradición de la pintura como proposición filosófica de un
espacio separado de la realidad2, se encarnaba en el
espacio mismo de la realidad, como espacio real proporcionado a nuestros
cuerpos, envolviéndolos.
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El Penetrable funciona en efecto como una densa masa vibrante capaz de
absorbernos. Esta masa es, sin embargo, siempre, una perfecta figura geométrica:
un cubo, un rectángulo, un paralelepípedo. Cuando en 1967 Soto accede
al fin a penetrar en sus propias estructuras cinéticas (gracias al Penetrable);
cuando logra producir una obra en la que el espectador puede envolverse
plenamente y entrar, no sólo estaba materializando en la arena pública
para utilizar la acertada formulación de Guy Brett una idea
que operaba desde el inicio de su obra artística como esquema3;
también lograba Soto materializar un dispositivo en el que una antigua
idea del hombre se puede hacer realidad; en el que una antigua figuración
del hombre como idea se reproduce, aleatoriamente, en cada acción de los
espectadores que el Penetrable envuelve:
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me refiero a la noción expresada por Vitrubio de un cuerpo humano convertido
en la idea misma del espacio.4
Envolver al espectador: en esa breve frase se encubre, quizás,
otra que tiene en la obra de Soto la estatura de un principio rector.
La figura del hombre no me interesaba dice Soto comentando
el abandono de su amor de juventud por la pintura del Giorgone,
sólo me interesaba el hombre como idea, como creador de ideas.
Se puede quizás esbozar entonces la hipótesis de una relación entre aquella
intención práctica de envolver al espectador y esta voluntad
teórica de sólo interesarse por el hombre como idea.
Mucho tiempo después de su formidable invención, Soto evocará el recuerdo
del famoso retrato de la Emperatriz Margarita de Austria por Diego Velázquez,
mejor conocido como Las Meninas, integrándolo entre las imágenes que pueden
ser asociadas con el Penetrable.
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En 1967, precisamente, formaban parte del arsenal más polémico de la
crítica de arte la evocación de representaciones pictóricas clásicas como
Las Meninas, la consideración del espectador como un cuerpo sujeto de
acciones (y no sólo como un observador sujeto de visiones) y la calificación
de estas acciones y visiones como operaciones intelectuales capaces de
completar las obras. Se discutían por entonces, para esclarecer
el panorama de las prácticas contemporáneas de arte, los recursos de suspensión
por medio de los cuales muchas obras de la edad barroca interrumpían los
mecanismos de significación, convocando a los espectadores a un ejercicio
intelectual de recreación intencional de la obra, para completarla
o para comprenderla; se evocaban las estructuras abiertas
o cerradas de sus estrategias retóricas o plásticas; se
elucubraba sobre la capacidad de una obra para poseer una existencia propia
más allá de la presencia del espectador; se teorizaba sobre la potencia
de las obras de arte para producir la ficción de la ausencia,
de la neutralización o de la negación del espectador.
Aquel mismo año de 1967, en la revista Art Forum, el crítico Michael
Fried había ofrecido una polémica respuesta a un texto del artista Robert
Morris.5 En su ensayo, titulado Art and Objecthood,
Fried pretendía desmontar la sensibilidad literalista, denunciando
en ella una tentación teatral, una suerte de naturalismo
que dependía de las circunstancias reales del encuentro entre las obras
y sus espectadores, lo que el célebre crítico estigmatizaba como una
nueva versión de antropomorfismo.6 En el intercambio
de tales argumentos se constituía, entre las barricadas de los defensores
del formalismo moderno y las ofensivas de los defensores de la nueva escultura
literalista, la escena teórica del Minimalismo, llamada a convertirse
en uno de los más recalcitrantes estilos internacionales de
finales del siglo XX. Sin participar directamente de estas discusiones,
y hasta quizás ignorando su existencia; alejado en París o en Caracas
de la escena crítica norteamericana, Jesús Soto interviene,
así sea por simple razón cronológica, en este campo de discusión gracias
a la invención del Penetrable en 1967.
Se puede decir que el Penetrable de Soto es, en contra de la poética
minimalista postulada tempranamente por Morris, una experiencia óptica
radicalmente táctil;7 pero se puede pretender también que,
más allá del dogma formalista, el Penetrable es profundamente teatral:
existe sólo gracias a sus espectadores, que son su postulado,
quienes al desaparecer en su interior, envueltos o absorbidos,
le confieren entonces una existencia propia, más allá de ellos.
Los personajes de Las Meninas son espectadores que nos observan. Nosotros,
que los observamos, sabemos que hay en el cuadro un espejo en el cual
pudiéramos estar también reflejados, como la pareja Real, como otros personajes
del cuadro. Desde Charles de Tolnay hasta Johnathan Brown y Stephen
Orso, sin olvidar a Ortega y Gasset, Yves Bottinneau, Julián Gállego,
John Searle, Snyder y Cohen, Michel Foucault, Michael Fried, Hubert Damisch
o Victor Stoichita, ninguna de las grandes interpretaciones de este célebre
cuadro desautoriza la impresión de que el resultado principal de la obra
consiste precisamente en producir su espectador, funcionando no sólo
como una pintura singular sino también como una fenomenología de
la pintura.
Pero la magistral transparencia de una escena pictórica como
Las Meninas es muy diferente al tipo de experiencia táctil del Penetrable.
El espectador que accede a un Penetrable deja, por así decir, de ser espectador.
La densa multitud de hilos de plástico opaco que le oponen su áspero roce
llegan a nublar su visibilidad, de suerte que la experiencia
iniciada al observar desde fuera la forma impecablemente geométrica de
la obra, se concluye en una lúdica simulación de la pérdida de la visión,
o al menos en una evidente pérdida de su transparencia.
La experiencia del Penetrable no deja nunca de contener un elemento de
asperidad; no se lleva a cabo sin que surja en ella algo de lo que los
antiguos oradores designaban con el término de asperitas.
Es una experiencia de opacidad corporal por medio de la cual
los espectadores del Penetrable supeditan lo óptico a lo táctil.
Me gustaría proponer que este redescubrimiento de la asperidad (asperitas)
es, entre otras cosas, el resultado de haber abandonado Soto en sus obras
la práctica tradicional de la composición, cuya idea el humanismo del
Renacimiento había concebido y que el cuadro célebre de Velázquez lleva
a su más excelsa realización histórica. En efecto lo que Leon Battista
Alberti propuso, al trasladar el concepto retórico de dispositio
al campo de la pintura, bajo el nombre de compositio las
superficies se ensamblan como miembros, los miembros se ensamblan como
cuerpos, los cuerpos se ensamblan como escenas era una manera
de evitar, haciendo transparentes las escenas representadas, aquello que
la retórica antigua llamaba structura aspera, a saber el
encuentro desagradable de dos sonidos consonánticos o la molesta juntura
de dos superficies que se rechazan.8
Soto evoca los orígenes de sus obras seriales y repetitivas insistiendo
en su voluntad de acabar con las nociones de composición y equilibrio.9
Para el artista la repetición tenía por objeto la búsqueda de un estado
vibratorio, que le había fascinado ya en la obra de Velázquez y
de los impresionistas.10 En sus primeras repeticiones,
como en todo el resto de su obra, y especialmente en el Penetrable, no
existe la idea de composición, pues se trata de un orden que puede repetirse
hasta el infinito y donde cada fragmento es igual al todo. La
obra es, en sus propias palabras, el fragmento de una realidad infinita.11

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Se pudiera concluir que un puro estado vibratorio sobre una superficie
pictórica implica una experiencia de asperidad óptica, algo
así como un campo activado por ruidos visuales. Al materializarse
en un espacio real capaz de envolver a los espectadores, como en el caso
de la estructura áspera del Penetrable, la experiencia de
la vibración bascula entonces hacia el campo de lo táctil. Nublada nuestra
visión por una lluvia de plástico, lo que habíamos visto con la transparencia
de una pura forma geométrica se convierte entonces en una experiencia
de opacidades corpóreas, en el equivalente táctil de las
vibraciones ópticas que cosquillean nuestra epidermis como cosquilleaban
antes en nuestras retinas.
Pero el aspecto del Penetrable para quien se mantiene fuera, para un
espectador convencional que no accediera a su interior, esto es, para
un simple observador, es una experiencia paradójicamente opuesta a la
de la tactilidad: es el espectáculo de cuerpos accediendo con fluidez
placentera al Penetrable, fundiéndose con la densidad de la obra, convirtiéndose
en siluetas esfumadas, en sombras, en espectros, hasta desaparecer.
El Penetrable funciona entonces como una sorprendente máquina
de desmaterialización. Inquietante prodigio de geometría visible que absorbe
a los cuerpos y los desaparece, los deshace, los funde, los desmaterializa.

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Ambas experiencias del Penetrable son radicalmente opuestas: en una,
el espectador deja de serlo, pierde la visión propia y pierde, también,
la visión del paisaje, del contexto, de todo lo que lo rodea para sentir
sólo la materia táctil de su cuerpo; en la otra, el observador, ajeno
a esta experiencia, viéndola desde un punto de vista ideal, como si hubiese
dejado su lugar, su punto de vista sobre el mundo y se pensara en
una suerte de ubicuidad12

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constata que los espectadores desaparecen en la densidad del Penetrable
y observa cómo el dispositivo de la obra produce la ilusión óptica de
una desmaterialización de los cuerpos.
Por una parte es como si el Penetrable fuese la escena en la que el cuerpo
humano desaparece para hacer posible la ilusión de una forma absoluta,
de una figura pura.
El Penetrable acomete teatralmente lo que un principio rector de la abstracción
enuncia teóricamente: desvanecer a la figura humana para inaugurar un
arte de ideas visuales; convertir a la figura humana en sombra, es decir
transformar el hombre en idea, desincorporándolo o desmaterializándolo.
Por otra parte sabemos que esta desmaterialización es sólo una ilusión
óptica, similar en ello a las figuras de la representación clásica, que
eran sólo apariencias. Sabemos que lo que en realidad se produce dentro
del Penetrable es una experiencia de roce, de resistencia entre cuerpos
y materialidades que chocan entre ellas.

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En su diatriba contra el Minimalismo, Michael Fried pensaba que el arte
visual debía producir la absorción de sus espectadores, para
ser capaz de tener una existencia propia más allá de la presencia
de estos. Algunos años después de su polémico artículo publicado
en Art Forum en 1967, Fried puntualizó más precisamente su idea
sobre la absorción. Esta podía, según el crítico, producirse
en dos modalidades alternativas: por una parte, Fried veía en algunas
escenas de la pintura de la edad de Diderot
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que los personajes absortos en su soledad casi autista permitían establecer
la ficción de la ausencia del espectador ante la obra, cerrando
el cuadro a la presencia del espectador, en una concepción de la
absorción que él calificaba como dramática; por otra
parte, Fried constataba la existencia de una concepción pastoral de
la absorción,
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en la que a la inversa de la precedente, (se) absorbe casi literalmente
al espectador en el cuadro, haciéndolo penetrar y estableciendo
la ficción de una penetración física del cuadro.13
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Seguramente ignoraba Michael Fried que ese mismo año de 1967, Jesús Soto
había producido una obra (de apariencia visual minimalista pero estructuralmente
compuesta, es decir, antiminimalista) en la que se producía una absorción
absoluta de los espectadores, los cuales penetrando físicamente
dentro de ella, desaparecían de la visión, produciendo el espectáculo
ficticio de una desmaterialización, dejando ante nuestros ojos
un volumen virtualmente perfecto, intocado, ideal, indiferente a la presencia
o a la ausencia de cualquier espectador exterior. Si las dos formas
de absorción podían producirse entonces en una sola obra
es que, acaso, la oposición propuesta por el célebre crítico norteamericano
en contra del Minimalismo se revelaba contradictoria o había llegado a
un límite de inconsistencia teórica.
Como un moderno Narciso, el espectador del Penetrable encuentra una fuente
opaca en la que no puede reconocer ningún reflejo y en la que toda imagen
se desvanece. Como un moderno Narciso, el espectador del Penetrable
va a perder allí junto a su visión, su cuerpo. Como en la escena de
un moderno Narciso, el Penetrable que es al inicio de su experiencia visual
un volumen impecable termina por parecer, tras ser atravesado
por los cuerpos que allí desaparecen, como una fuente límpida
de aguas brillantes y plateadas que ni los pastores, ni las cabras que
en la montaña pastan ni otro ganado habían nunca avecinado, que no había
turbado ningún pájaro, ninguna bestia salvaje, ninguna rama caída de ningún
árbol, para retomar las palabras con las que Ovidio describe la
fuente de Narciso.14 No es posible dejar en el Penetrable
una huella, un rastro. Los cuerpos que por él pasan no dejan ninguna forma
de memoria de su estadía.
Pero no es sólo el espectador quien se desvanece en el Penetrable, enceguecido
por las ligaturas que lo obstruyen. No es sólo que, como Narciso, pierde
allí con su visión el cuerpo, dejándonos ver desde fuera el volumen impecable
de su apocalipsis. También se desvanecen en el Penetrable las contradicciones
y las oposiciones en cuyos términos se estableció aquella primera escena
teórica del Minimalismo.
Se pudiera pensar, entonces, desde la experiencia del Penetrable como
perspectiva neutralizadora de la diatriba Minimalista, o como sitio-lago
indiferente a una contienda cuyas oposiciones es sin embargo capaz de
desmontar, que la verdadera oposición no estaba entre Minimalismo y
Formalismo. Ambos respondían a la misma voluntad moderna de establecer
un ojo metódico, que reemplazara una maquina combinatoria
por una máquina visual; ambos se oponían, con equivalente
radicalismo moderno, a un arte basado en el teatro de la memoria
y ambos soñaban en hacerse equivalentes a los prodigios de una cámara
oscura.15 Produciendo la síntesis ignorada de sus posiciones
aparentemente divergentes, el Penetrable de Soto se une a ellos en esa
utopía de racionalidad visual que busca una visión descorporizada, por
una parte; o el aislamiento del cuerpo con relación a sus variables
sociales hasta hacerlo totalmente despolitizado, por otra.
El Penetrable, en efecto, se produce en ambos registros: es, como la
pintura moderna, un puro espectáculo visual para olvidar el cuerpo que
lo mira; pero es también una experiencia corporal para olvidar, como
en las instalaciones minimalistas, la dimensión políticamente conflictiva
del mundo. Radicalmente teatral, el Penetrable es también irreductiblemente
literalista. Y siendo estructuralmente literal, el Penetrable encarna
el colmo de la opticalidad escultórica: es un sueño de pintura
hecho volumen practicable; es una ilusión visual moderna hecha realidad.
Máquinas de olvido: trampas del humanismo. La verdadera escena crítica,
y la verdadera oposición no está, como bien lo sabían los artistas latinoamericanos
que leyeron tempranamente a Maurice Merleau-Ponty, entre el ojo y el
cuerpo; sino entre una visión despolitizada y una visión mundana, política,
de las cosas visibles. La verdadera oposición está entre un arte a la
medida del hombre como idea y un arte a la medida del hombre como situación,
que asume en sus propuestas las condiciones específicas de una economía
política de lo visual.
El interés de Jesús Soto por la geometría buscaba hacer del arte una
experiencia del espíritu.

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...El cuadrado representaba y representa todavía para mí,
dice Soto, la forma más genuinamente humana, en el sentido de que ella
es una pura creación del hombre. El cuadrado y las formas geométricas
en general, son una pura invención del espíritu humano, son una invención
netamente intelectual y lo que me interesa particularmente en ellas,
es que no poseen una dimensión específica. No se encuentran limitadas
por las relaciones de escala que existen entre el hombre y diversos objetos
y seres de la naturaleza. Una casa, un árbol, tienen dimensiones más
o menos definidas, tienen una medida, mientras que una forma geométrica
puede ser infinitamente pequeña o infinitamente grande , no tiene limitaciones
de orden métrico y, en consecuencia, escapan completamente al antropocentrismo
tradicional del arte occidental.16
El Penetrable ha sido pensado por Soto como parcela fragmentaria de una
estructura infinita, capaz de crecer ilimitadamente hasta cubrir, en
una imaginación puramente intelectual, el globo terráqueo: el mundo
reducido a ser una ínfima circunferencia que desaparecería en un Penetrable
inconmensurable, como el cuerpo de un pequeño niño o de un espectador
ordinario.
Pero el Penetrable, que puede ser virtualmente infinito, no puede por
definición ser infinitamente pequeño. Con el Penetrable, en 1967,
Soto se tropezaba con algo irreductible: el cuerpo real de los espectadores,
el cuerpo situado del hombre. Y en ese enfrentamiento el Penetrable
aparecía estrechamente vinculado a lo que Soto ha llamado el antropocentrismo
tradicional del arte occidental. El Penetrable como hemos
dicho es una máquina para hacer realidad una vieja imagen de Vitrubio
dibujada, entre otros, por Leonardo. Es una máquina humanística, antropocéntrica.
Lo único que puede oponerle el Penetrable a las resistencias del cuerpo
en su estructura áspera es su capacidad para seguir produciendo
ilusiones ópticas, como cualquier máquina humanística: que los cuerpos
desaparezcan visualmente en su interior, que se produzca el ficticio espectáculo
de su desvanecimiento, el supuesto (negado), puramente óptico, de una
imposible desmaterialización.
Hay en todo esto una fuerte implicación política: es la energía óptica
que supera las resistencias circunstanciales del cuerpo humano o de la
humanidad como situación. El Penetrable es el prodigioso monumento de
la desaparición del cuerpo como resistencia. En ello, sin dejar de ser
estéticamente prodigioso, el Penetrable es políticamente inquietante.
Mucho más allá de las polémicas entre el formalismo y el minimalismo,
y mucho más allá de la escena minimalista, el Penetrable se inscribe en
un contexto y en una economía política que no caben ni pueden ser comprendidos
en los términos de la escena crítica norteamericana de 1967.
No sería la resplandeciente resonancia de una instalación de Richard
Serra, o la helada teatralidad de un Robert Morris lo que mejor pueda
dialogar con el Penetrable de Soto.

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Es acaso, más cerca de nosotros, y más lejos aún de aquella escena crítica,
otro Penetrable: un Bólido de Hélio Oiticica, un homenaje al criminal
Cara de Cavalo,
en el que yace la imagen del cuerpo acribillado del héroe marginal, del
ciudadano sin ciudadanía, con los brazos abiertos como otra versión del
hombre vitrubiano, esta vez convertido en mártir. En esta obra se afirma
la imposibilidad absoluta de absorber los cuerpos, la imposibilidad de
hacerlos desparecer, la conmovedora pesadumbre de su presencia material,
que es también emocional y social, política y afectiva.
Tal es, quizás, la verdadera oposición crítica que conviene para comprender
el origen, y el destino, de la abstracción geométrica latinoamericana:
una tensión contradictoria, progresiva y regresiva al mismo tiempo, entre
un arte que quiso hacer desparecer los cuerpos y un arte que supo acogerlos
en su pesadumbre o en su dolor, en su fragilidad y en su indecisión.
Así, entre la utopía de una visión pura en una sociedad demasiado consciente
de su condición periférica y la utopía de una favela feliz,
donde la pureza es un mito, se establece la escena crítica de la
abstracción geométrica latinoamericana de la segunda mitad del siglo XX.
Quizás es trágico, pero es nuestra tragedia. Quizás no sea aún una
teoría; pero sólo de allí podrá surgir, si debe surgir, nuestra teoría.
Notas:
1 Jiménez : 2000, inédito, 23.
2 Brett : 2000, 31.
3 ...Se sabe que en el léxico de la retórica antigua,
esquema significa figura de estilo. Nosotros le otorgamos aquí (...) el
sentido de una matriz de representaciones posibles construidas en la imaginación
gracias a operaciones regladas que obedecen a un principio determinado.
El esquema participa entonces a la vez de la la forma del espacio y de
la categoría del entendimiento. Mediación, (el esquema) hace posible la
proyección de este en la forma de aquel, determinándola con sus operaciones.
Tiene entonces el valor de un instrumento epistemológico de descripción".
Marin : 1989, 121.
4 Vitrubio (1486): III, I, 1995, 132-133.
5 Morris (1966): 1988, 84-92.
6 Fried (1967): 1987 , 18
7 Hace falta establecer más netamente la distinción
entre el carácter esencialmente táctil de la escultura y la opticalidad
de la pintura. Cf. Morris (1966): 1988, 85.
8 Baxandall : 1989, 162.
9 Jiménez : 2000, inédito, 14.
10 Ibidem, 13.
11 Ibidem, 14.
12 Merleau-Ponty: 1945, 295.
13 Fried, (1967) y (1980) 1990: II-III y 123.
14 Ovidio: 1966, 100.
15 Stoichita: 1993, 173.
16 Jiménez: 2000, inédito, 14.
Imágenes:
1. Jesús Soto: Penetrable, 1967
2. Jesús Soto: Armonía Transformable, 1956
3. Jesús Soto: Penetrable -con espectadores-
4. Leonardo da Vinci: Estudio del cuerpo humano según Vitrubio
5. Niño dentro de un Penetrable
6. Diego Velázquez: Las Meninas, 1656
7. Espectadores entre hilos de un Penetrable
8. Espectadores accediendo a un Penetrable
9. Jesús Soto: Penetrable de Pampatar
10. Jesús Soto en un Penetrable
11. Niños enredados en Penetrables
12. J. B. S. Chardin: Jeune dessinateur, 1737
13. Diego Velázquez: Las Meninas, 1656
14. Espectador en Penetrable
15. Leonardo da Vinci: Estudio del cuerpo humano según Vitrubio
16. Richard Serra, Instalación-Greenpoint-, 1988
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