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El
enigma de los de los celos a través de Medea de Eurípides
Resumen El autor se apoya en la tragedia de Eurípides sobre el mito de Medea, y expone su síntesis para explorar los sentimientos de celo y sus relaciones con la envidia en tanto que expresiones de lo femenino, como identidad de género, independiente del sexo biológico. El enamoramiento pasional que busca la fusión incondicional, borrar las diferencias y la unión indiscriminada, remite a la primitiva relación madre-bebé como unidad indivisible, idealizada, narcisista, la cual, al ser rota, genera odio. Este se expresa en un pasaje desde los sentimientos de celos hasta la envidia dirigidos hacia aquel que irrumpe dentro de dicha unidad. Ese pasaje dependerá de que predomine la posición depresiva o la esquizo-paranoide, del registro simbólico o el imaginario, del eje edípico o el eje narcisístico. En el mito termina reinando la envidia con sus acciones destructivas y con el predominio de las posiciones, registros y ejes menos integrados, más primitivos. Me propongo explorar algunas
características de uno de los sentimientos atribuidos a la
mujer: los celos y sus relaciones con la envidia, a través
de la tragedia Medea de Eurípides (1965). Una de
las tendencias teóricas que ha prevalecido en el psicoanálisis
ha adscrito este sentimiento como característico de la mujer
en tanto que sujeto de identidad biológica sexual. Otra tendencia
que se ha venido desarrollando como una lectura teórica diferente,
y la cual suscribo, plantea que una cosa es la identidad de género,
inscrita en el orden mental y sociocultural, y otra es la identidad
de sexo basada en la anatomía de hombre o mujer. De ese modo
la identidad masculina o femenina, perteneciente al género,
puede hacerse presente tanto en hombres como en mujeres en una combinatoria
muy diversa. Desde esta perspectiva, ser celosa es parte de la naturaleza
femenina, de su amor. Una mujer, sea cual fuere el sexo anatómico,
es más sensible, más dependiente de la mirada que
puede dirigirle el hombre. Los celos feminizan, pues al suponer
o reivindicar el Todo o el Uno, se exhibe la falta (Lachaud, 1988).
Descifrar esa diversidad es uno de los retos que nos plantea la
práctica psicoanalítica de cada sujeto en particular.
Como siempre, la obra de arte puede brindarnos su conocimiento,
aplicándola al psicoanálisis, para tratar de esclarecer
dichos enigmas. Para ubicarnos en la trama
de los afectos que se desarrollan en esta tragedia, creo necesario
exponer una breve síntesis de la obra y sus relaciones con
el mito de Medea y los Argonautas. La obra comienza con el lamento,
que expresa la nodriza, del viaje que emprendió Jasón
en la nave Argo hacia la Cólquida en busca del Vellocino
de Oro. Según el mito, Pelias se lo había exigido
a Jasón como condición para entregarle el trono usurpado
a su hermanastro Esón. Advertido por un oráculo que
le sería dada muerte por un descendiente del rey Eolo, padre
de Esón, mando a matar a todos los eolos importantes, pero
le perdona la vida a Esón, por respeto a la madre común
de ambos: Tiro, y lo hace preso. Esón tiene un hijo con Polímela,
y lo llama Diómedes. Ella para salvarlo, lo hace pasar como
si hubiese nacido muerto y así sacarlo de la ciudad. Lo llevan
al monte Pelión donde lo cría el centauro Quirón
quien le pone el nombre de Jason. Un segundo oráculo había
advertido a Pelias de cuidarse de un hombre con una sola sandalia,
y así durante una celebración de un sacrificio se
encontró a un joven que tenía una sola sandalia, resultando
ser el eolo predestinado a matarlo, de lo cual se entera al interrogarlo
sobre sus orígenes; Pelias le pregunta qué haría
si un conciudadano está predestinado a matarlo, según
un oráculo, a lo que Jasón dice que lo enviaría
a la Cólquida a buscar el Vellocino de Oro. Cuando Jasón
requiere la identidad a Pelias y éste la revela, Jasón
reclamó el trono usurpado. Es cuando se le pone como condición,
para devolvérselo, que para librar a su pueblo de una maldición,
debe repatriar el espíritu de Frixo, sepultado sin dignidad
en la Cólquida, junto con el Vellocino del carnero de oro. El Vellocino es guardado por
un dragón que no dormía y colgado de un árbol
en el bosque de Ares en la Cólquida. Cuando llega a la Cólquida,
Hera y Atenea, con el fin de ayudar a Jasón a conseguir el
Vellocino de Oro, deciden hablar con Afrodita, quien prometió
que su hijo Eros despertaría en Medea, hija del rey Eetes,
una repentina pasión por él. Jasón solicita
al rey el Vellocino, pero éste, que había ordenado
impedir la entrada de todos los griegos al mar negro, les ordena
retirarse so pena de cortarles la lengua y las manos. Aparece Medea
en escena y ante la respuesta suave de Jasón, el rey avergonzado,
decide entregarle el Vellocino, luego de que cumpla unas condiciones
casi imposibles como son las de uncir los toros con patas de bronce
que echaban fuego por la boca; labrar el campo de Ares hasta formar
cuatro surcos y sembrarlo con los dientes de serpientes que le diera
Atenea. Ante la perplejidad de Jasón frente a tal reto, surgió
en su auxilio Eros apuntando una de sus flechas a Medea clavándosela
en el corazón y quedando así locamente enamorada de
Jasón y comprometiéndose a ayudarlo con la única
condición de que regresara como su esposa en el Argo. Jasón
juró por todos los dioses que sería eternamente fiel
a Medea, quien facilitó entonces una loción que permitió
a Jasón cumplir las condiciones, pero el rey Eetes no cumplió
el trato. Medea llevó a Jasón al recinto de Ares donde
estaba el Vellocino y apropiándose de él, luego de
calmar al dragón con ensalmos y dormirlo con soporíferos,
huyeron en busca de la nave Argo, no sin ser heridos varios, entre
ellos Jasón. Según algunos relatos,
durante la persecución de Eetes y al alcanzarlos, Medea mató
a su hermano Apsirto y lo corto en pedacitos para que al tener que
recoger Eetes dichos pedacitos del río, con el fin de darles
sepultura posterior, se retrasase la persecución. Otra versión
es que Medea engañó a Apsirto y lo llevó a
tierra diciéndole que estaba raptada, lo que aprovechó
Jasón para matarlo, cortarle las extremidades y así
luego subir al Argo, atacar a los colquideos, ahora sin jefe, y
poder escapar. Jasón y Medea, según el oráculo,
no podían ser transportados en el Argo hasta ser purificados
por el asesinato, por lo cual acuden donde la hechicera Circe, tía
de Medea, quien de mala gana los purificó. Al ser desposada
Medea por Jasón se evita que ésta sea devuelta a la
Cólquida junto con el Vellocino. Al regresar a Yolco se encuentran
con que Pelias había mandado matar a los padres de Jasón
y a un hijo pequeño, Prómaco, pero éstos se
suicidan antes de ser asesinados. Jasón quiso invadir la
ciudad para matar a Pelias, pero Medea se comprometió a rendir
la ciudad sin ayuda de nadie. Se disfrazó de vieja arrugada
y con ayuda de sus siervos introdujo en la ciudad una figura hueca
de Artemisa con el argumento de que la diosa venía a traer
buena fortuna a Yolco. Así llegaron donde Pelias, quien preguntó
aterrorizado qué quería de él la diosa. Medea
explicó que la diosa estaba a punto de reconocer su piedad
rejuveneciéndole, y así podría engendrar herederos
al trono. Dada la duda de Pelias, ella hace desaparecer el simulacro
de vejez y ante sus ojos se vuelve joven. Luego vio como cortaba
a un viejo carnero y hervía sus pedazos en un caldero. Sin
que se percataran sacó un cordero joven escondido dentro
de la figura hueca de Artemisa, para confirmar el procedimiento
de rejuvenecimiento. Pelias, engañado, fue dormido con un
hechizo. Mandó entonces Medea a que las hijas de Pelias lo
descuartizaran para rejuvenecerlo, como hizo con el carnero, y que
hirvieran sus pedazos en el caldero. Cumplido esto envió
la señal convenida con Jasón para que pudiesen entrar
los argonautas a Yolco, donde no hallaron resistencia. Jasón
abdicó al trono, temiendo la venganza del heredero de Pelias
y aceptó el exilio dictado por el Consejo de Yolco y porque
además tenía esperanzas de acceder a un trono más
rico en otra parte. Luego de diez años
de vivir en Corinto, Jasón solicita en matrimonio a Glauce,
hija del rey Creonte, y le anuncia a Medea tanto el matrimonio como
la separación d ella. “Medea, enamorada de Jasón,
gozaba en complacerlo en todo sumisamente, pues la total sumisión
de la esposa al esposo es el vínculo más estrecho
del matrimonio”, dice la nodriza. Este tipo de enamoramiento
revela, de acuerdo a sus características, una búsqueda
de fusion incondicional con el objeto. El mismo remite al borramiento
de las diferencias entre el sujeto y el objeto, o si se quiere entre
él Yo y el no Yo y así reconstruir esa relación
original, única, como la unidad del bebé con la madre,
la cual sería total, indiscriminada. Madre-bebé son
uno, dice Melanie Klein en “Envidia y Gratitud”
(1957). El niño, puesto en el lugar del falo, está
atrapado en el goce de la madre que él hace toda
(Lachaud, 1988). El que el otro exista implica también la
exclusión del sujeto, en un modo imaginario. Esa sumisión
que busca re-unión vincular más estrecha, es productora
de goce. Goce tanto para el bebé
como para la madre, ya que esa relación simbiótica,
fusional, trae consigo la idealización del vínculo.
La ruptura del mismo, mediante la frustración, por lo contrario,
promueve la desidealización, pero también la separación
de las pulsiones y de los objetos ligados a ellas.
La envidia es el sentimiento
enojoso contra otra persona que posee o goza de algo deseable, siendo
el impulso envidioso el de quitárselo o dañarlo. Implica
la relación del sujeto con una sola persona y se remonta
a la relación más temprana y exclusiva con la madre.
(…) Los celos están basados sobre la envidia, pero
comprenden una relación de por lo menos dos personas y conciernen
principalmente al amor que el sujeto siente que le es debido y le
ha sido quitado, o está en peligro de serlo, por su rival.
La voracidad es un deseo vehemente, impetuoso e insaciable, que
excede lo que el sujeto necesita y lo que el objeto es capaz y está
dispuesto a dar. En el inconsciente, la finalidad primordial de
la voracidad es la de vaciar por completo el pecho, es la introyección
destructiva.. La envidia busca, además
de lo anterior, colocar en el pecho maldad, excrementos y partes
malas de sí mismo con el fin de dañarla y destruirla
en su capacidad creadora. Es un aspecto destructivo de la identificación
proyectiva que parte del comienzo de la vida (Klein, 1957) . Existe una estrecha conexión
entre celos, envidia y voracidad. En los celos, surge en el bebé
el deseo de exterminio hacia aquél o aquellos que vienen
a usurpar el lugar y que eran él cuando no había sido
destetado. Esos hermanos, tíos o padres, serán ahora
los reyes que ocuparán el trono al lado de la madre. Medea
lo expresa diciendo: “Ellos y todo su linaje deben ser exterminados”.
Como dice Lachaud (op.cit.) “el odio que eso engendra es porque
el otro da al rival algo que le niega al sujeto o encuentra en el
rival lo que no encuentra en el sujeto”. Esto se traduce en
el miedo a que alguien le saque de su lugar, de su empleo, de su
pareja, de su país, lo que está en el fondo de las
xenofobias y del miedo a los extraño o extranjeros. El racismo
tiene allí su origen. Pero también lo tiene la tiranía,
pues los tiranos, al igual que Medea, “están acostumbrados
a mandar y no obedecer, rebeldes a todo lo que les contraría”.
Tanto Medea como Jasón han sido, son, y serán desterrados
durante el desarrollo del mito. En el mito aparece frecuentemente
la referencia a los usurpadores de aquel lugar que es legítimamente
propiedad de otros, comenzando con Pelias y finalizando con Glauce,
la hija de Creonte, usurpadora del lugar que ocupaba Medea. Pero
entre Jasón y Medea existe una relación del doble;
uno es el alter ego del otro, en la medida en que ella se hace cargo,
a través de la identificación proyectiva, de los sentimientos
que él no puede asumir. El primer usurpado es él.
Medea fue desalojada de su lugar idealizado por su hermano Apsirto,
así como ahora por Glauce y Creonte. Pero también
sus hijos vienen a representar al hermano rival que, en el inconsciente
del celoso, se queda con la madre ubicada en Jasón. Es por
eso que luego también les dará muerte a todos. El sentimiento de envidia
despliega todo su esplendor. La mirada malévola, destructiva,
propia del “mal de ojo” se torna omnipotente, mágicamente
destructiva, en la fantasía del envidioso. Pero también
muchas veces en la realidad encontramos crímenes, parricidios,
fratricidios como expresión del triunfo de estos sentimientos.
La maga o hechicera Medea quiere “verlos aniquilados”
a Jasón y a su nueva mujer. Identifica proyectivamente su
envidia en los otros al decir que “unos la envidian por su
ilustración” y acusa a Creonte de mirarla
con mala voluntad. Medea logra que le permitan
mayor tiempo para concretar sus propósitos vengativos desplegando
toda su maldad contra el objeto idealizado, pero ahora odiado en
tanto que excluida de él. El mortífero veneno colocado
en el vestido y la corona de oro que, bajo engaño, envía
con sus hijos de regalo a Glauce, es el equivalente de los excrementos
y partes malas de él mismo que el bebé envidioso expulsa
dentro de la madre con el fin de dañarla y destruirla, fundamentalmente
en su capacidad creadora. Muere Glauce consumida por las “llamas
sobrenaturales que todo lo devoraban”. También
así va a ser aniquilado Creonte. Los ataques envidiosos estaban
entremezclados con la voracidad que consume el cuerpo, o el pecho
de la madre, devorándolo y dejándolo vacío,
mediante la introyección destructiva. El mensajero que lleva a Medea
la noticia del “horrendo crimen” cometido por ella,
es el portavoz del mensaje o enseñanza que nos lega Eurípides,
como corolario de esta saga mítica plasmada en la tragedia.
“No es ahora la primera vez que pienso que los proyectos de
los mortales son sólo humo, ni vacilo en afirmar que los
que se tienen por sabios y se consagran a investigar la razón
de las cosas, son los que más torpezas cometen. Nadie
es feliz: si llega a poseer grandes riquezas, podrá serlo
más que otro, pero nunca enteramente”. El modelo de riqueza buscado
por Medea (y por cualquier mortal que lo repita) es una búsqueda
desde lo imaginario, en una relación fundamentalmente narcisista
del sujeto para con su Yo, a través de la cual el compañero
devoto constituiría una garantía de la imagen perfecta,
toda. Un sostén del narcisismo. Siguiendo a Lacan diremos
que toda conducta, toda relación imaginaria, está
esencialmente dedicada al engaño (Laplanche y Pontalis, 19740).
En la obra trágica de Eurípides, Medea se vale permanente
del engaño para desplegar sus propósitos. Cuando finalmente Medea da
muerte a sus hijos, Jasón le dice que les “ha dado
muerte por el odio monstruoso y por la envidia que tenía
hacia su nueva esposa”. En un nivel manifiesto, el objetivo
de matar a los hijos era vengarse. Más profundamente sabemos
que al descargarse la furia y agresividad, menores serán
tanto la humillación como el sentimiento de desvalimiento
y la depresión, ante la idea de no ser digna del amor de
Jasón. La maldad y la destructividad pasan a ser vistas en
el otro y esto facilita la descarga de la rabia y el odio sin sentir
culpa. Más adelante Jasón le sentencia que el crimen
no la libra de padecer y Medea le responde: “Pero es un dolor
grato, porque se nutre de mi venganza e impide que te rías”. La envidia concretada en una
acción destructiva, no logra liberar al sujeto del sufrimiento,
pero le sostiene un goce en el sufrimiento, el dolor grato.
Este disfrute está fuera de la posibilidad de simbolización
y permanece bajo el dominio del principio del placer-desplacer. Si Medea y su doble Jasón
hubiesen alcanzado ser vaciados de este goce en el sufrimiento,
habría sido porque se instaló en ellos el registro
simbólico y el predominio del eje edípico sobre el
eje narcisístico. La envidia habría cedido su lugar
a los celos dando testimonio de la instauración del tercero
como portador de la Ley simbólica, de la falta, de la castración,
cuyo agente ejecutor es el lenguaje. Su evidencia, en el mito, habría
sido que el Vellocino de Oro, poseedor del don de la palabra, hubiese
sido colgado en el país de Yolco en lugar del templo de Zeus
en Beocia. La ley está disociada entre aquella donde reina la arbitrariedad y la violencia y aquella otra donde imperan el derecho y las leyes. Jasón se adscribe al reino de la justicia de los mortales a la que invoca, junto a las Erinias, al final de esta tragedia, para que Medea sea castigada por sus crimenes. Medea se ubica fuera de la justicia de los hombres, en la que no cree y por tanto ella misma encarna la ley; su ley, cruel, vengativa.
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