Una poética pensante

Por Yolanda Pantin

Entre tanto, el pensamiento
¿seguirá siendo esa luz un tanto azulada donde se encuentran
las arenas del cóncavo círculo del mar’
Elizabeth Schön

 

 

 


Toda poesía tiene su hora por lo que no hay que forzarla nunca para que nos diga. Y es que cuando uno es joven se deja normalmente seducir por la fulguración de las imágenes en el poema, y por la emoción que brota del canto. Esa es la juventud y esa es la obligación de los jóvenes poetas: tener confianza ciega en las palabras, dejarse arrastrar por el torrente verbal hasta que hagamos ‘piso’. Así, no es igual ser lector a los veinte años que a los cuarenta. El joven es impaciente, no se contiene, quiere ser conmovido hasta los huesos, perder la cabeza. Pero la poesía de Elizabeth Schön es contenida desde sus inicios, una poesía que según entiendo, fue escrita con entera conciencia y responsabilidad, una poesía que quiere comunicar lo que piensa, una poesía reflexiva como para ser leída en un lugar apartado de la casa, sin que nada nos distraiga.

Hemos visto que muchos poetas valoran más lo que surge del inconsciente como fuerza bruta que lo que resulta del esfuerzo intelectual. Pero la poesía de Elizabeth Schön congrega ambas fuerzas porque no es posible separar el corazón de la cabeza, la sensibilidad de la razón siendo la poesía el punto de equilibrio: no es pensamiento, no es emoción. Y es por la confluencia de ambas fuerzas que me parece la suya una poesía profundamente humana ya que no separa, no disgrega y por lo que la percibo cercana a las búsquedas de algunos artistas contemporáneos.

Pero ahora quiero destacar la importancia que a mi modo de ver tiene en su obra el ejercicio del pensamiento lo que se hace muy evidente en el libro que hoy presentamos: La granja bella de la casa.

Hay un poema de María Clara Salas que habla de cómo dependemos del ‘hilo’ del pensamiento para no perder la cordura. El hilo del pensamiento es una imagen que me hace recordar también a una artista contemporánea a Elizabeth y entre las que he podido establecer alguna relación: es Gego, aquella mujer que se sentó a tejer el espacio, a crear de la nada universos infinitos de relaciones.

Es muy estimulante ver a estas dos grandes artistas frente a sus contemporáneos, cómo sostuvieron sus discursos desde el lugar apartado que inevitable y afortunadamente condiciona el hecho de ser mujer: Gego, sin dejarse tentar por las empresas titánicas de los ‘fundadores de la modernidad’ (pienso sobre todo en Alejandro Otero y en Soto) y Elizabeth, otro tanto, pero con una particularidad interesante, a mi modo de ver: Aunque más joven, se aparta con mucho respeto de la producción de las mujeres que eran sus contemporáneas: de la de Ida Gramcko que fue muy amiga de ella; de la de Antonia Palacios entregada a la voluntad de sus fantasmas; de la de Ana Enriqueta Terán seducida por los grandes capitanes agrarios que fueron sus ancestros y la de Luz Machado, presa de aquella casa que le negaba su derecho a ser. Mientras todo aquello sucedía, es decir: mientras pasaba la historia de la literatura y del arte venezolano, Gego y Elizabeth Schön permanecieron concentradas en su hacer callado. El tiempo las ha ratificado en la elección que sostuvieron contra las mareas que trae el viento. Porque lo que yo admiro de ambas es la coherencia y la fidelidad a su pensamiento.

Pero de la misma manera que Gego tejió aquellas redes que nos recogen del vacío, la poesía de Elizabeth Schön nos recoge de la pasión y de la emoción exaltada en la urdimbre que teje su ‘pensamiento’. Ludovico Silva en un artículo sobre el libro El antiguo labrador( En: Ensayos temporales, El libro Menor, Academia de la historia, Caracas 1983) ve cómo ‘en esta poesía aparece un pensamiento que es como una complicada urdimbre’. Una ‘urdimbre reticularea’ añade Ludovico… Además, ella misma, en conversación reciente, me confió que la suya era ‘una poética pensante’. Pero ‘¿qué significa pensar?’ se pregunta la poeta en un fragmento del libro que ahora presentamos y ella misma responde a la pregunta de Heidegger: ‘pareciera ser pensar el Ser.’

Cuando fui a saludarla la primera vez a Los Rosales vi como ella había llenado de sentido aquel lugar que es su casa: un lugar poblado de su ser. Pero ahora nos dice siguiendo el pensamiento de Heiddeger (el lenguaje es la casa del ser) que la palabra es la casa del ser. Y de esto hemos hablado muchas veces porque Elizabeth me ha confiado cómo con los años se le ha hecho cada vez más evidente lo que significa profundamente para ella la poesía. La poesía nos acoge a todos puesto que es potestad de la metáfora anular los signos contrarios, los opuestos y las contradicciones entre las partes.

La granja bella de la casa es un ensayo pero también un hermosísimo poema entretejido de emoción y de intelecto, sin que ninguna fuente prevalezca sobre la otra. Así, a partir de la frase del filósofo alemán que encabeza La carta sobre el humanismo, la poeta comienza a abrir las muchas relaciones que han desencadenado la imagen de la casa, para tocar ese tema que digo, y que ahora puede verse como el que da sentido a toda su obra. Ahora caigo en cuenta que es por ello que Luisana Itriago destaca en la poesía de Elizabeth su deseo de vincular, el mismo que a mi modo de ver recorre la obra de Gego. Pero el vinculo solo se pueda dar sin traumas, sin violencia, el vinculo solo se hace real a través de la metáfora y es por ello que solo la poesía puede congregarnos en esta hora de fracturas y de divisiones. Ella misma lo dice:’la metáfora, aro vivo e irrompible, es propiedad de un poblado que no admite separaciones; tanto ésta como la imagen llevan consigo una consigna indivisible’.

Cuando mencioné la relación de la poesía de Elizabeth con la obra de sus contemporáneas, pensé en las diosas de la mitología griega y en la que ella eligió de entre todas para acompañarla, una diosa considerada como ‘menor’ como puede ser ‘menor’ el tono de su poesía ya que no es ampulosa, ni grandilocuente, ya que no pretende más de lo que puede alcanzar. Eligió a la que cuidaba el fuego del hogar para que permaneciera encendido, y la que en su modestia escondía su rostro tras un velo. No estaba en Hestía mostrarse sino permitir que hubiese calor, luz, mientras ella se apartaba. No era Hestía una protagonista sino una facilitadota, aunque Elizabeth le da al rostro cubierto de la diosa una inédita interpretación:

La libertad se anuncia desde la quietud invisible del rostro de Hestía. Empieza ahí el anhelo de conocerle sus facciones, y es el vacío lo que nos abraza con su ilimitada oscuridad.

Hestía representa ‘lo innombrable’ donde está la posibilidad del poema que puede o no ser escrito:

Es cuando la palabra se abre al patio de la casa donde los pilares y la techumbre están y alguien anuncia: hermoso no ser nombrado, bello un rostro desconocido totalmente para la contingencia diaria, andante.

Elizabeth Schön le ha sido fiel a su pensamiento, pero ha hecho falta toda una vida, una vida entregada a las palabras, para que haya podido recogerlo en una prístina poética: La granja bella de la casa donde argumenta apoyada en un ‘pensar poético’ que el ser está en la palabra: ‘¿Cuál es el oficio del Ser? –se pregunta- ‘El alberga en la palabra y es ella la que expresa, porque es el pensar el que permite que la rosa crezca dentro de sí...’ Y más adelante agrega: ‘la palabra al existir se arroga una realidad tan potente como la de una colina o un rojo, adquiriendo de esta manera, la dignidad de un ente lingüístico.’ Se trata de un todo indivisible porque el ‘Ser y la palabra toca el cielo’. Ambos en silencio unívoco, sin división alguna, sin exigencias, como es el vínculo de Elizabeth con la poesía. Así, ¿cómo no sentir admiración por ella? Porque a mi también me admira cómo la poesía vive en ella, como se expresa no solo por la vía de la escritura, sino a través de la conversación sensible e inteligente, cómo se muestra en los espacios que habita, en ese patio tan generoso, lleno de verdor y de flores bajo el cielo caraqueño.

Escuchando hablar y leyendo a Elizabeth Schön caigo en cuenta que el valor que ella le da a las palabras en un sentido ético -siendo además que no hay separación entre su poesía y su persona, entre lo que ella piensa y lo que ella es-, se corresponde con la armonía entre todas las cosas del cielo y de la tierra. Armonía que ella logra de alguna manera comunicar y por lo que tanto conmueve su poesía, y su presencia. “¿Y el universo qué es? –se pregunta la poeta en un momento de este ensayo que puede ser leído también como un poema en prosa: ¿Acaso la estrella que resguarda entre sus brillos la redonda y sonora casa del Ser?”.

Por ella he podido entender que todo tiene sentido porque nada es contrario ni opuesto: todo es parte de un misterio, el que representa el rostro cubierto de Hestía y desde donde nos llama el poema. Queda de parte nuestra, por la inteligencia que nos fue dada, por el regalo del discernimiento, hacer el esfuerzo por traspasar los límites que son también nuestras cárceles: En el lugar donde está la posibilidad del poema, está también la libertad, la anulación de las fuerzas que nos separan del Ser indivisible dentro de la palabra. Ciertamente Elizabeth nos ha dado una lección al ofrecer su vida al don que le fue entregado. Ella supo valorarlo, apreciarlo; supo compartirlo con nosotros, sus amigos y sus lectores. No lo desdeñó, le dio como lugar el centro de su casa, como está el pan sobre la mesa, ya que su relación con la poesía no es solamente literaria. Escuchemos entonces lo que tiene que decirnos esta poeta mayor. .



LA CASA ABANDONADA

Compilado por Magaly Villalobos*

Y allí está..., lo que ha pasado es el tiempo... La veo empolvada, llena de telarañas. Los muebles tapados con telas de género, para protegerlos de ese tiempo, lleno de recuerdos, nostalgia, historia... Una sensación de inmovilidad, están y no están... Un lugar abandonado como nuestra casa interior. Ese es el sitio de Hestia, la diosa olvidada, hoy desvalorizada, venerada como el fuego doméstico, diosa del hogar y de la ciudad.

Emerge una figura que se ha mantenido oscura en la mitología y en los estudios arquetipales, con dificultad, la Vesta de los romanos, es a la vez la llama y el hogar. Aparece con el dios Hermes vinculados como protectores conjuntos del mismo, y ambos patronos del ciber espacio. Un centro virtual que está y no está, Hestia y aquél, el externo, el centrífugo, las redes de conexión, Hermes.

Hestia diosa del hogar es una figura de estabilidad primordial, permanencia y prosperidad, se la representa como una mujer austera, sentada y cubierta con una túnica. En la tradición mitológica existen pocas narraciones sobre ella, pero reviste gran importancia simbólica y ritual. Es verdaderamente la más antigua, la más honrada, el centro de la vida de la familia, y por extensión, de la ciudad.

Kerényi, señala: ella obtuvo el puesto central de la casa como su sitio sagrado, la hoguera, el fuego del hogar, que es lo que significa su nombre, Hestia ocupa su lugar en el centro del lugar de encuentro, de residencia y por ende debe ser central en la vida psíquica.

No había estatuas de ella en su templo, sólo estaba el fuego sagrado, su imagen y su lugar son idénticos. Como decidió no casarse, Zeus le otorgó el privilegio de recibir el primer y el último sacrificio en todas las ceremonias, como centro viviente de la familia o la ciudad. Según Nilsson, antes de partir para fundar una colonia,“tomaba fuego del fogón de la ciudad madre para llevarlo al de la tierra extraña y constituir así el centro de la nueva ciudad.” En épocas posteriores, se estableció la costumbre de un fogón común como centro ideal de una confederación de estados.

Hestia es la hija primogénita de Cronos y de Rea. Es una Olímpica, sin embargo no goza de culto hasta una época relativamente tardía, ya que su nombre no aparece ni en la Ilíada, ni en la Odisea. Su padre la engulle al nacer y es la primera en ser devorada y la última en ver la luz, podríamos decir que conforma la memoria colectiva pues en este espacio atemporal y oscuro se hace sabia.

Esta diosa silenciosa, reservada y privada era representada sentada o de pie, en actitud solemne, sosegada, seria, calmada y digna, a veces con un velo que desde la cabeza le caía por la espalda, pero sin atributos distintivos. Su símbolo era el círculo.

Hestia nunca interviene en guerras o disputas. Además como Artemis y Atenea, ha resistido a todas las invitaciones amorosas de los dioses, titanes y otros. Afrodita es incapaz de subyugar, persuadir, someter o incluso “despertarle una dulce añoranza”.

Hestia permanece inmóvil en el Olimpo. Así como el hogar doméstico es el centro religioso de la morada, Hestia es el centro religioso de la mansión divina, y cuando Dionisio entra al Olimpo, ella se retira. Son dos esencias contrastantes: ella centra, él desordena. No pueden coexistir al unísono.

Afrodita hizo que Poseidón, la emocionalidad instintiva, y Apolo, la luz, la inteligencia se enamoraran de Hestia, a ninguno de los dos ella respondió. Lo que si logró con su actitud misteriosa fue constelizar una esencia opuesta: Príapo, dios itifálico, es decir, pene erecto que requiere inmediatez y urgencia, nunca pudo satisfacer su lujuria.

Durante años continuó esa pasión. Hestia hizo todo lo posible por conservar su pureza y Príapo, enamorado, usó de todas sus artimañas para saciar su deseo. Y permaneció sediento de amor. Ni la pasión, ni el sufrimiento de Príapo consiguieron perturbar su pensamiento incorruptible.

En latín, la palabra hogar es focus. Hestia se concentra en su experiencia subjetiva interna. Es muy intuitiva, de esta manera puede percibir la esencia de la situación.

Hestia es el interior, cerrado sobre sí, el lugar donde se atesoran las riquezas y donde la realidad del grupo hunde sus raíces. La diosa se abre al exterior a través de su cómplice Hermes, a los extranjeros de paso, a la circulación de las riquezas, al tejido de las alianzas, a esa organización del espacio que, en Grecia, comporta el carácter patrilocal del matrimonio.

Confirió a las criaturas el sentimiento de seguridad y pureza que precisaban para regir sus vidas. Vidas áridas y violentas, hechas de amor y odio, de dolor y alegría, de búsqueda y desencuentros, encontraron allí, junto al fuego del hogar, un lugar donde las relaciones humanas tejen su corona de hondos y suaves afectos.

Nos llama la atención la extraña falta de imágenes, se resiste a que se le personifique como una figura humana.

Bachelard en su obra La poética del espacio, nos trae una imaginería de Hestia a través de la habitación con chimenea. El espacio se hacía eco de la redondez de la tierra, la cual era doméstica, vinculada a las ciudades y a las casas. El espacio era sagrado.

Habitación y hogar nos dan un reflejo de la condición de nuestra alma. Los hogares que creamos y donde habitamos interior y exteriormente, manifiestan un aspecto de nuestra alma. Los “lugares” de sueños y fantasías, nuestra habitación, rascacielos, viejas casas embrujadas, sótanos, pasillos y dormitorios, nos dicen mucho acerca de dónde está nuestra alma en el momento” (Barbara Kirksey). Hestia hace posible que el espacio sea una forma de realidad psicológica. Ella pone al alma en un sitio donde pueda habitar.

Bachelard nos dice que la casa es un estado psíquico y siempre revela intimidad.

Como la psicología de Hestia es una revisión del alma en términos de metáforas espaciales, la patología del alma a través del lenguaje de Hestia contiene frases relacionadas con lo espacial. “Fuera de base, descentrado, desubicado, no me encuentro, fuera de sitio, etc”.

Bachelard nos relata: “la casa resguarda las ilusiones, la casa protege al soñador, la casa le permite a uno soñar en paz”. Si Hestia no construye su casa, no hay ni protección ni paz para el que sueña. Su falta amenaza a la estructura completa de la psique con un gran caos. Ella actúa como mediadora para la integración psicológica, en conjunto con las actividades de Hermes de conector y agitador del alma.

Se presenta también como guardiana e invocadora de los grandes misterios de lo desconocido. La sangre late en sus venas al unísono de las fuerzas naturales. Es la perfecta mediadora para expresar las fuerzas que actúan en el consciente y el inconsciente de la humanidad y de la existencia. El aspecto místico del ser se expresa mediante ritos: rituales de nacimiento, ritos de pasaje, matrimonio y muerte; en el ámbito de las sacerdotisas y la magia.

Los rituales de Hestia están simbolizados por el fuego. Cuando una pareja se casaba, la madre de la novia encendía una antorcha en su propio hogar y la llevaba ante la pareja recién casada para alumbrar su primer hogar. Este acto consagraba la nueva casa. Vinculando el antiguo hogar con el nuevo, simbolizando la continuidad y la relación, la conciencia compartida y la identidad común.

Posteriormente en Roma, Hestia fue venerada como la diosa Vesta. En sus templos, el fuego sagrado era atendido por las vírgenes vestales, a quienes se exigía encarnar la virginidad y el anonimato de la diosa.

Las Vestales no debían poseer defecto físico alguno, tenían que ser de condición libre y bajo ningún concepto podían dejar extinguir el fuego del templo circular, tolos que todavía se conserva en Roma.

Hestia es un arquetipo de conexión con el centro interno. El hogar circular de Hestia con el fuego sagrado en el centro tiene forma de mandala, una imagen utilizada en la meditación, que es símbolo de totalidad y de universalidad.

En relación al simbolismo del mandala, Jung nos dice que es una especie de punto central en el interior de la psique, con el que todo está relacionado, por el que cada cosa se ordena y que es en sí mismo fuente de energía. La energía del punto central se manifiesta en la compulsión y urgencia casi irresistibles de devenir, lo que es lo mismo que cada organismo, cualesquieran que sean las circunstancias, es llevado a asumir la forma característica de su naturaleza. Este centro puede expresarse como self.

Cuando se olvidan y dejan de honrarse los valores “hestianos” se pierde la conexión con el santuario interno, ese ir hacia adentro para encontrar el sentido a las cosas, y de la familia como lugar sagrado y fuente de calidez.

La casa que Hestia erige o edifica provee las fronteras para nuestra alma, la protege de la invasión del mundo externo y nos protege del caos, de la trivialidad, de diversos acontecimientos y experiencias de desconexión.

El enfocar o ver con claridad, nos conecta con la psique. Una imaginería nos viene del teatro moderno. En el teatro el focus es el punto mejor iluminado del escenario. Aquellos personajes que aparecen en nuestras experiencias psicológicas muy luminosos o con más claridad que otros, son el foco de dicha experiencia psicológica. Hestia está a cargo de la iluminación durante el drama. Ella está tras bastidores y es muy necesaria para esa producción.

El drama de la vida psíquica contiene un punto focal, un punto iluminado donde se pueden ver las figuras y si nos tomamos en serio la antigua creencia de la vigilancia a través de la iluminación, es necesario darle luz y protagonismo a aquellas figuras que aparecen en las escenas de nuestro consciente. Enfocar al personaje, precisarlo, le permite al drama psíquico llevarse a cabo. Al hacer eso, la imagen queda preservada, reverenciada y protegida.

María Fernanda Palacios, en su trabajo titulado “La mujer y la casa”, nos dice: “Para que las cosas arraiguen se necesita un centro que haga resistencia y haga fraguar la mezcla en un cuerpo, en un paisaje, en una imagen... El verdadero centro de gravitación de todas nuestras influencias no está en las fronteras exteriores (una geografía, unas instituciones, unos mitos, unas tradiciones) sino en las fronteras interiores, en la dimensión invisible y posible de una morada comprensiva que sirva de punto de refracción al oleaje incesante y al asalto caprichoso de culturas e influencias disímiles. Podemos haber nacido aquí y sin embargo no llevar en la sangre las imágenes que permiten reconocer esta tierra como nuestra...

.... En las imágenes de la mujer y la casa está escrito el calendario donde podemos aprender los ritmos lentos y ensimismados de toda incubación, el misterio de las transformaciones: hervir, hornear, macerar, fermentar, madurar...

Allí está el calendario vital, el reloj interior que puede enseñarnos a lidiar con lo embarazoso, con los combates chiquitos, los que no se libran en campos de batalla, la lucha que no se aprende en los cuarteles. Nosotros, que venimos de tantas guerras gloriosas y grandiosas (desastrosas y grotescas también) perdemos a diario esas batallas menudas: la lucha secreta de todo lo que necesita incubación y paciencia, hamaca y mecedora.

Es en la casa donde aprendemos el secreto de ese impulso ligero y necesario para mecer suavemente una carga pesada y abanicar nuestros calores...

En la mujer, en lo profundo de su cuerpo
se construye la casa,
entre murmullos y silencios.

... dicen unos versos de Eugenio Montejo. Este poema nos da las imágenes para iniciar la construcción”.!

Fuente: http://www.kalathos.com/may2000/hestia.html


 

 

 
Enviar a un amigo

 

 

[ Home | Atrás | Subir ]