Entrevista a Elizabeth Schön
El amor permite que el poeta encuentre el lugar que le falta:

Por María Antonieta Flores

 

 

 


Elizabeth Schön (1921) publica su primer poemario La gruta venidera en 1953. También dramaturga y ensayista, es una de las primeras voces femeninas que empiezan a surgir no sólo en la poesía sino en la sociedad venezolana como pioneras del pensamiento y la acción en la segunda mitad del s. XX cuando se empezó a sentir con fuerza mayor la presencia de la mujer en todos los ámbitos. En 1962, publica su segundo poemario En el allá disparado desde ningún comienzo, donde el trabajo del lenguaje poético desde la exigencia y el rigor para alcanzar nuevos límites, fue reconocida por la crítica como un trabajo singular. Vendrá después El abuelo, la cesta y el mar (1965), libro que cuenta con numerosas ediciones y que desde lo elemental, elabora poéticamente un aspecto psíquico de la transformación humana propiciada por el abuelo como presencia arquetipal. Siguen trece poemarios publicados entre los que se pueden mencionar: Mi aroma de lumbre (1972), Del antiguo labrador (1983), Árbol del oscuro acercamiento (1992), La flor, el barco, el alma (1995) y el último editado: Del río hondo aquí (2000). Entre varios premios, destaca el Premio Nacional de Literatura, el más importante a nivel nacional.

Su poesía se conecta con la tendencia esencialista del lenguaje y hay quienes han encontrado en su obra una visión filosófica, pero su poesía no se restringe sólo a estos aspectos. La no existencia de los contrarios ha sido un principio que marca su concepción poética, al igual que la circularidad como movimiento cósmico.

Conversamos en su casa, una típica casa caraqueña de las que quedan pocas, con un patio interior signado por las orquídeas. En este diálogo ofrece su visión particular de una experiencia y convivencia de cincuenta años con la Poesía y deja testimonio de su amistad con la poeta venezolana Ida Gramcko (1924-1994).Una estética del ágape


María Antonieta Flores(MAF): Elizabeth, ¿cómo crees tú que el poeta puede contribuir con la libertad?

Elizabeth Schön(ES): El poeta puede contribuir amando, porque tú para manejar lo real, lo real que te da la vida, tienes que amarlo y entonces trabajar sobre eso. No puedes desligar el amor de tu proceso expresivo, de tu lenguaje. Claro, tienes que tratar la parte positiva y la parte negativa de la realidad misma que nos está dando el hombre.

MAF: Y, ¿cómo se te ha manifestado esa parte negativa de la realidad, aspecto donde la violencia y el poder se expresan de manera tan destructiva?

ES: Desde que estaba muy niña, desde un día que vi a un muchacho completamente amarrado a un poste de teléfono y le sangraban las manos, un muchacho de doce, catorce años. No sé quién era, si él había robado, si había hecho algo. En ese momento, sentí un acercamiento hacia eso. Fue mi primer contacto con la parte negativa de la vida. Lo complejo de la vida está en que tanto el bien como el mal están constantemente caminando juntos, no caminan separados. Si alguien lucha por una libertad, tiene que ver qué es lo que le impide la libertad. Entonces, tanto la libertad como la opresión van juntos, aunque en la realidad tú puedes decir este lado es una parte y éste, de otra. Para mí es muy bello ver como se desenvuelven los hechos existenciales en la vida, bellos en el sentido de que yo pienso que las libertadas han triunfado. La libertad nace cuando tú sales del vientre.

MAF: Y esa libertad, ¿cómo se concreta en la palabra poética?

ES: Amando. Porque la libertad nunca puede ser sólo para ti, la libertad tiene que ser para todos. Y el poeta cuando sólo habla para sí es como quien se toma un jugo de naranja y olvida por completo la siembra de donde nació esa naranja, ese fruto. La misma libertad te da el hecho de amar más. Si estás restringida, sometida, no puedes amar con una plenitud.

MAF: ¿Y cómo se da esa relación entre el amor y el poema?

ES: Una palabra no cabe en el poema, el amor la encuentra. El amor es una fuerza generativa. El poema es una fuerza generativa combinado con la sensibilidad, la emotividad, el recuerdo, las presencias. Todos esos factores íntimos del poeta se unen para equilibrar. El poeta sitúa la palabra donde tiene que estar por consistencia del amor. El amor permite que el poeta encuentre el lugar que falta. Cuando al poeta le falta el amor, el poema sale descarnado como si le faltara un aliento.

MAF: De alguna manera, estás proponiendo una estética que gira en torno del amor, del eros como fuerza vital, una estética del ágape. Es obvio que tu escritura poética ha sido un ejercicio de amor, pero también ha sido un ejercicio de rigor. ¿Cómo coexisten estas dos fuerzas?

ES: Por el mismo amor. El mismo amor te enseña a tener un equilibrio. Al romperse el equilibrio, todo queda como un árbol caído. Lo bello es que ese árbol crezca y mire hacia el cielo. Creo que el amor en ese sentido es indispensable, porque por el amor tú consigues un rigor. El rigor no está allá fuera solo. El rigor es producto de un conocimiento, de un conocimiento donde van implícitas la libertad, la razón y la intuición. El rigor de un poeta se consigue a través del hombre y por la palabra, por hacer que lo que él diga de la realidad tenga algún espejo donde los hombres se puedan mirar, o encontrarse o no encontrarse.

MAF: ¿Cómo concibes el poema como espejo?

ES: Es lo que alumbra. Es un espejo donde los hombres se puedan mirar. El espejo alumbra tu cara, la poesía alumbra al hombre para encontrarse o para no encontrarse, porque cuando tú rechazas un libro por X motivo, tú no te has encontrado en ese libro. Lo apartas, no te convenció. ¿Por qué? Porque tu rigor, tu exigencia se han ido elaborando en un sentido muy propio e imprescindible para acatar o no acatar. Ese acatamiento no quita que mañana o pasado tú puedas aceptarlo un poco más. Yo no creo en la rigideces. A veces el poeta se hace un poco rígido y quizás es por miedo.

MAF: A partir de esto es inevitable preguntarte cuáles han sido los espejos que te han alumbrado en la poesía: esos libros, esos poemas, esas voces que te han alumbrado el rostro y que han alumbrado tu palabra.

ES: Cuando tomo un libro de poemas, lo abro. Leo una frase o, quizás sea demasiado rigurosa ahí , dos o tres o cuatro o cinco o seis, pero si de repente yo logro ver su raíz me quedo con ella. Entonces, me alumbro. Me llena de luz porque estoy viendo una raíz que se extiende hacia la naturaleza, hacia la vida común, hacia el objeto más pequeño, más mínimo. Ahí está y alumbra todo, porque la palabra alumbra. La palabra, para mí, es una claridad, pero no es la claridad del sol porque la claridad del sol se va y viene, la claridad de la poesía siempre está ahí. Y es bello cuando tú coges, por ejemplo, a Ida Gramcko que te dice “el mismo yo mas caracol”: allí hay un mundo tan largo que tú llegas a tocar lo más mínimo de la arena. Por eso yo creo que la poesía tiene el poder de alumbrarnos, pero con una luz donde participa el caracol, el yo, el mismo yo, todo. No es una luz divisoria, es una luz unificadora, por la raíz. Yo no concibo ningún poeta si no lo levanta una raíz, bien sea el amor hacia lo más pequeño, bien sea el amor al sexo, bien sea el amor al desgaste, porque tú para escribir sobre el desgaste tienes que de alguna manera amarlo. No puedes sentirlo de otra manera, no lo puedes sentir como algo fuera de ti sino parte de la vida. Entonces, tú, para darlo tienes que amarlo aunque sea doloroso porque cómo lo vas a dar. De otra forma, te sale algo completamente seco.

MAF: Y, en todo esto, ¿qué papel cumple el miedo?

ES: El miedo es un temor a no tocar... y a no dejarse alumbrar por lo que está ahí.

MAF: En lo último que has estado escribiendo, ¿no ha estado el miedo presente?

ES: Está el miedo porque primeramente es la sensación de no poder. Ya ahí te frena, porque crees que no vas a poder. Es una lucha. Pero, el miedo es mucho más fuerte y tú no lo eliminas. Vamos a suponer, que es mucho más sencillo. Este cuarto. Cierro las puertas y lo dejo en la oscuridad... Tú, en seguida lo que piensas: -Ay, me va a salir un fantasma. Y te asustas, porque ni sabes cómo es el fantasma ni sabes lo que es lo oscuro. Lo oscuro es lo lumínico, pero es lo oscuro por el miedo. Se hace oscuro por el miedo, porque el miedo te impide ver la claridad que trae el poema. Por ejemplo, Huidobro tiene momentos, tiene palabras, tiene imágenes que te proponen lo oscuro, te proponen el desgaste, te proponen el hundimiento. Pero, tú te encuentras que al lado de todo eso hay una proposición de claridad.
El silencio es lo más fructífero del mundo.

MAF: Me has comentado acerca de una sensación de memoria tomada, borrada, que sientes actualmente por el momento que se está viviendo, momento donde a veces se nos pide que tomemos posiciones extremas. ¿Cuál sería tu papel como poeta en estos momentos?

ES: Para mí, los extremos nunca han sido muy provechosos. El extremo es cortar otro árbol y tú no tienes derecho a cortar. Pero a veces, es necesario un extremo. Cuando hay un gobierno totalitario y de extrema, eso cae por él mismo. Nunca se han sostenido. El poeta debe de buscar siempre las raíces. A mí nunca se me olvida que quién más me enseñó eso a mí fue Lao Tsé cuando dijo que el estado era innombrable, porque entonces tú te sientes con plena libertad de crear. La raíz es innombrable. Al constituirse en una forma ya inmediatamente implica lo Uno, tú eres el que va a formar ese Uno. No sé si me explico. Cuando Tales de Mileto te dice que el agua es la esencia del mundo, te da algo que es Uno.

MAF: Pero, ¿también no lo recibes?

ES: Lo recibes pero en ese recibimiento te está impidiendo llegar a lo innombrable. Eso Uno te forma tu propia concepción. La raíz de tu percepción no es tuya sino de otro. Apunto a Lao Tsé como algo que me deja libre para yo sentir casualmente que lo innombrable puede ser cualquier cosa. Cuando se encuentra algo que es fundamental, que es tu raíz, que es lo que te alumbra y tú lo pierdes, uno se puede volver loco porque, desgraciadamente, no sabemos conformarnos con la nada. Porque la nada es como un silencio, aunque yo creo que el silencio es lo más fructífero del mundo.

MAF: ¿Cuál ha sido tu experiencia con el silencio en la escritura?

ES: Un proceso. El silencio es como una semilla. Va interiormente preparándote para tú recibir todo lo que te viene, porque a uno le viene, a uno le llega. En ese llegar, da. No es un callar en el sentido correcto del lenguaje. Del silencio surgen, amando al mundo, las mujeres de Reverón, las playas de Reverón.

MAF: Ante los acontecimientos del mundo que el poeta contempla, ¿el silencio podría ser una etapa, un derecho o es un pecado?

ES: Yo no creo que sea un pecado, en absoluto, ni es una etapa. Él está y tú lo oyes de vez en cuando. Es como el alma, el alma se oye porque ella se mueve dentro de ti. Él que no lo oye es porque se ha aferrado a lo otro, casi siempre a lo negativo. Tú cierras este cuarto y hay un silencio total y siempre ha estado ese silencio ahí, lo que pasa es que los muebles, la perra, la palabra, el habla, son como la ola.

MAF: Pero, nuestra sociedad actual pareciera no entender o no aceptar el silencio.

ES: Claro, es natural. De ese silencio nace el sonido y para darse necesita la fuente que es el silencio. Por ejemplo, tú lanzas una piedra y en ese momento la distancia que atraviesa fue hecha por un silencio anterior a cuando tú la lanzaste. El silencio y la soledad son fuentes incubadoras.

MAF: ¿Cómo ha sido tu experiencia con la soledad?

ES: Desde muy niña, distinguí que el cielo era azul y como yo nací en una familia muy religiosa, yo pensaba que el azul era por la virgen, porque ése era la falda de la virgen. Entonces, yo me sentía acogida. Yo lo veía distante pero no perdida porque ahí estaba el manto del silencio como si lo pudiera tocar con un dedo.

MAF: Y esa religiosidad, ¿cómo se hace poema?

ES: Amando. Porque el amor es el que provoca la transformación del hecho en palabras. El amor participa de la imaginación, participa cuando tú intuyes, cuando tú pronuncias... Es el amor el que provoca, como si cogiera todas esas cosas y elementos y los unieras. Por eso es que tú puedes pronunciar, puedes decir : “el mismo yo, mas caracol”. Eso no sale así tan suavemente. Claro que tú no percibes eso. Pero está ahí porque en ti, hay amor; en ti, hay silencio; en ti, hay soledad. Y la soledad no es un desamparo, es una riqueza.

MAF: Todo esas coordenadas que forman el mapa de tu escritura, incluyen también el desamparo.

ES: Como no... pero yo he ido viviendo. Hay desamparo porque perdí lo más esencial que fue mi madre. A veces, en el caso mío, eso no lo llena nadie. Yo siento que me lo puede llenar la muerte.

MAF: Nos estás hablando de un ciclo que se cierra, eso tiene que ver con el movimiento circular y abarcante que se observa en tu escritura, movimiento que no deja nada afuera.

ES: Todo ese movimiento interior brota dentro de mí y lo doy. Lo importante es que el otro descubra esa luz de la que yo hablo y que yo la tengo como en la intuición, pero cuando la leo soy capaz de ver la redondez y todas esas cosas, pero me digo: -¿Esa soy yo? Entonces, me entra el miedo.

MAF: ¿La poesía conduce a vivir constantemente con el miedo?

ES: Sí, constantemente. Porque te asustas. Por ejemplo, cuando escribí La espada, yo jamás en la vida había pensado escribir algo de la espada. Nunca. Porque para mí una espada era una señal terrible, pero resulta que en el libro se me transforma en la señal del equilibrio. Es la espada la manera de cortar inteligentemente lo que no es positivo para los demás.
La vida y la palabra

MAF: Ahora que mencionas tu poemario La espada, sería oportuno conversar acerca de lo que ha sido tu proceso de escritura.

ES: Yo fui una niña muy imaginativa. Las cosas, ellas mismas, se me daban como siendo otra. El cielo se me daba como la falda de la virgen, una montaña se me daba como lo que me impedía seguir el curso de esa falda. Una vez pasó la burriquita por mi casa en un carnaval y lo que llevaba era una cosa de papel con un color rojo, pero yo no vi eso. Lo que yo vi fue un bombillo, una lámpara que hería al hombre y le sacaba sangre y a mí me horrorizó eso y me fui. Por eso a mí no me gusta el carnaval, porque ésa es la imagen que yo tengo. Había muchas cosas que estaban dentro de mí y yo no las decía. No porque tuviera pena, sino porque me parecían naturales. Yo las veía constantemente en la vida. Pero, cuando comienzo a escribir me doy cuenta de que se me daban. No eran naturales. Ellas se me daban y me dejaban dentro algo que me sorprendía mucho. Por ejemplo, cuando pasa la burriquita y veo ese plato de sangre, eso se me dio así en esa forma. Era la forma como yo captaba la realidad. Nunca pensé que podía escribir, jamás en la vida, hasta que un día le escribí una carta a mi papá para que se viniera a vivir para Caracas, porque él se había quedado solo en Puerto Cabello. En 1941 yo me casé y estando casada, le escribí una carta a mi papá muy larga que no sé cómo la escribí porque yo leía, pero lo que me gustaba era la música. Yo leí a Marco Aurelio porque era lo que me gustaba, aunque no entendía muchas cosas pero a mí me parecía que el lenguaje tenía una sonoridad bellísima. Yo lo relacionaba con el movimiento de las hojas. Y todavía continúo en eso. Yo, por ejemplo, leo algunas cosas de Leibniz y me parece bello porque es como un muchachito hablando. Y eso no se impuso a mí, era la conexión mía con la realidad. Bueno, yo convencí a mi papá, que era más terco que nadie, para que se viniera a Caracas. Entonces me dije: - Ay, tantas cosas que yo tengo por dentro y están como vivitas en una casita, a lo mejor yo puedo hacer algo. Y empecé a escribir yo sola. Lo hacía porque tenía eso por dentro, pero cuando me decían que era muy bueno, me extrañaba y me decía: -voy seguir probando. Entonces empecé a escribir, a escribir, pero yo no lo enseñaba. Una vez escribí un poema y se lo llevé a Ida, entonces Ida me lo corrigió. Me dije: -Es que me falta escribir más. Entonces empecé a escribir. Empecé a escribir y me metí en la Escuela de Filosofía de la Universidad Central de Venezuela y, una vez, estaba haciendo un trabajo sobre Kant y vino Ida y me preguntó:

MAF: ¿Qué son estas páginas?

ES: Ese es un trabajo que estoy haciendo. Si tú quieres leerlo, léelo.
Entonces ella empieza:

MAF: Pero, qué bello es esto, esto es bellísimo.
Yo dije:

MAF: ¿Bello? Ida, ¿a ti te parece bello Kant?

ES: Pero si yo no estoy leyendo a Kant.

MAF: ¿Qué estás leyendo tú?

ES: La selva.
Me puse fría, porque yo había escrito eso por la mañana y yo creía que eran las cosas mías que yo hacía para desahogarme. Cuando Ida me dijo eso me quedé helada. Me dijo ella:

MAF: Y, ¿tienes más?
Ay, qué le digo, porque yo tenía libros. Ella cogió las cosas y me dijo:

ES: Pero, Ely si tú tienes aquí un libro.
Y así salió La gruta venidera y así empecé a escribir.
No fue una cosa buscada, fue un deslizamiento desde niña. Si no es por Ida, no salgo a la luz. De ahí, ya quedé esclavizada, totalmente esclavizada quedé. Es cuando uno comienza a ver lo que es el lenguaje. Lo más bello es el encuentro del poeta con el lenguaje. No es tanto la realidad como el lenguaje, porque la realidad la tienes tú ahí. Y tú tienes que formar el lenguaje. Porque a veces no encuentras la palabra justa que tú quieres decir o lo que lo está dentro de ti quiere decir, que siempre es una iluminación. Así seguí yo, y siempre me cuesta trabajo. Lo importante para mí es que mi lenguaje pueda iluminar a otro.

MAF: Ahora que hablas de esa iluminación, es inevitable nombrar El abuelo, la cesta y el mar y además señalar que eres una de los pocos poetas que comenzó su obra encontrando tanto en el poema como en el verso en prosa un vehículo expresivo. No era usual en los años cincuenta en la poesía venezolana.

ES: Bueno, La gruta venidera es puro poema en prosa. Yo empecé escribiendo la poesía en prosa. Para expresarme no tuve impedimento entre poesía y prosa.

MAF: Y, tú aceptaste esa forma...

ES: Porque era más que yo. Después tú vas podando... Fíjate que para que un árbol viva, hay que podarlo. Yo siempre relaciono todo con los árboles porque me son tan familiares... Cuando pequeña, yo vivía montada en un árbol, viendo al cielo y a la virgen. Yo vivía todas las tardes montada en una mata de guayaba y ahí hacía mis ejercicios y me sentía trapecista y me veía el cuerpo todo lleno de lentejuelas en mi mata de guayaba. Ese es mi proceso. En el fondo hay varias cosas. Primero, lo real. Porque lo real es lo que te hace pronunciar. Después, el lenguaje. Solamente con esas dos vertientes ya tienes para estar abarcada, ya tienes para estar totalmente invadida. Y no debes hacer que tu poesía sea algo para la ostentación, para el nombre, para que te aplaudan. No. La poesía es un compartir. Un compartir lo luminoso que hay en la vida y en todo lo que tienes por delante.

MAF: ¿Para ti la poesía tiene un sentido más allá de lo estético?

ES: La poesía no puede ser un adorno, una cosa bella. La poesía tiene un contenido humano espantoso. Su problema es el hombre.

MAF: ¿Qué es lo que te ha dado la poesía a ti, después de entregarle tantos años de tu vida, tanta pasión?

ES: Haber podido descubrir ciertos aspectos de la vida y saber que ciertos libros míos llegan al público y saber que son útiles.

 



Elizabeth Schön. (Caracas, 1921). Poeta, dramaturga y ensayista. Ha publicado los poemarios: La gruta venidera (1953), En el allá disparado desde ningún comienzo (1962), El abuelo, la cesta y el mar (1965), La cisterna insondable (1971), Mi aroma de lumbre (1972), Casi un país (1972), Es oir la vertiente (1973), Incesante aparecer (1977), Encendido esparcimiento (1981), Del antiguo labrador (1983), Concavidad de horizontes (1986), Árbol del oscuro acercamiento (1992), Ropaje de ceniza (1993), Aún el que no llega (1993), Campo de resurrección (1994), Antología poética (1998), La flor, el barco, el alma (1995) y Del río hondo aquí (2000). Obtuvo el Premio Municipal de Poesía en 1971 y el Premio Nacional de Literatura en 1994.


 

Esta entrevista forma parte del libro en proceso: Versos comunicantes II (poetas entrevistan a poetas iberoamericanos), que será publicado en México por la revista de poesía Alforja.

 

 
Enviar a un amigo

 

 

[ Home | Atrás | Subir ]