| La
Santísima Trinidad alternativa Por Olga Carrasco
Cuando se habla de zonas populares y vulnerables que padecen de terribles problemas sociales y económicos, en las cuales el aumento indiscriminado de la pobreza, el hambre y la violencia menoscaban a diario la vida de los habitantes que la integran, no sólo pensamos en una especie de olvido institucional, gubernamental y estadal, por alguna razón pensamos, hasta en un abandono divino. Se supone que, según la concepción cristiana, Dios debe proteger, o por lo menos acompañar a sus hijos en todas las vicisitudes que los acongojan en la tierra; sin embargo los habitantes del barrio descubrieron hace mucho que el dios cristiano que pertenece a los que en él creen, parece haberlos olvidado, o tal vez haberlos relegado a los cinturones de marginalidad y disgregación social que están erigidos alrededor de la ciudad. Ésta es la terrible sensación que dejan en nosotros los relatos recogidos en el libro Salsa y control de José Roberto Duque, escritor venezolano de amplia trayectoria en el trabajo de las crónicas negras y relator y re-constructor sin par de la vida y la violencia en los barrios de Caracas. En los relatos del libro se dibujan las historias de vida de cada uno de los seres que se suponen más desprotegidos, más desamparados, más olvidados: los “pobres” habitantes de los barrios y las zonas populares que se deduce son, “los sectores más vulnerables de la ciudad” (81), como explica Ana María San Juan en su artículo “Violencia, ciudadanía y democracia en Venezuela”. En la compleja realidad social caraqueña, esos barrios son vulnerables, pobres, desorganizados y respecto a los cuales hay una ausencia casi absoluta del Estado en la elaboración de programas específicos para el control y reducción de la violencia, según comenta Ana María San Juan en el artículo mencionado anteriormente (San Juan, “Violencia, democracia...” 84). Los barrios son lugares complejos que se encuentran insertos dentro de la misma ciudad como una obligación de agrupar a los lados de la metrópoli a distintos sectores de la población que no se adaptan a las áreas urbanísticamente planificadas o que no poseen recursos para formar parte de las mismas. El barrio se muestra como una prolongación de la ciudad que comporta dentro de sí una complejidad tan peculiar como la misma urbe. Esta forma de continuación, que es el barrio, abarca aspectos múltiples dentro de los cuales podríamos destacar carencias sociales y económicas. En lo que se refiere a la
ciudad de Caracas, constituida como un gran valle, se puede observar
que la ubicación de estos barrios y los ranchos que lo conforman
se encuentran incrustados en los abundantes cerros que se erigen
alrededor de la ciudad, configurando grandes cinturones de pobreza
que recogen y estrangulan a la capital que se encuentra dentro o
debajo de los mismos, revistiendo con cada rancho, un macizo de
marginalidad que sufre y tiene necesidades. El alto índice
delictivo, el aumento de los crímenes, diariamente vuelven
al barrio un territorio inhóspito para quienes viven fuera
de él, y para quienes viven dentro, un territorio donde la
vida se transforma en algo azaroso mientras la justicia proporcionada
por la ley no alcanza ni es efectiva amén de que cuando se
ejerce, según testimonios y crónicas, es abusiva.
Si estas zonas no obedecen a una mínima organización,
tan sólo la que ellos mismos puedan improvisar, no hay ningún
asombro en verificar que la ley que los rige es otra distinta, al
igual que el modo de supervivencia. La conglomeración y el
apiñamiento de las casas en los cerros no es diferente a
la situación de hacinamiento que tienen los individuos cuya
intimidad termina con la cortina que puedan tener a menos de tres
metros de distancia.
Justamente, de esos barrios se nos habla en Salsa y control. Gran parte de los relatos se desarrolla en un barrio llamado Camboya y la desprotección divina que sienten los personajes que pululan por las calles del barrio descrito en estos textos es tal que no es extraño escucharle decir a cualquiera cosas como“El dios de los perros y el de los pobres como que es el mismo cabrón” (Duque, Salsa y control 61). Y, es que ya estos habitantes parecen no creer ni siquiera en el mismo Dios por un desamparo bárbaro al que se sienten sometidos. En Camboya, en el 23 de enero o en “todo el planeta de rancho plomo y candela que son los barrios de Caracas” (Duque, Salsa y control 16), la religión que cuenta, el bautizo que debe hacerse es en nombre de otra Santa Trinidad, una que se ha instaurado a merced de las necesidades de cada uno y que se ha impuesto a la fuerza. De hecho lo primero que se nos menciona sobre Camboya es producto de un bautizo: “Porque este lugar, bautizado Camboya en el nombre del ladre, del tiro y del espíritu landro, alcanza para todo acto humano” (Duque, Salsa... 13). La alteración léxica de esta frase, muy conocida en el mundo entero (básicamente es la expresión religiosa más conocida en el catolicismo “en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”) da cuenta de una religiosidad o una directriz espiritual alternativa. La Santísima Trinidad es aquí, en Camboya, la pobreza, las armas y los malandros. Según se nos cuenta en la misma cita, la religión y la ley propia de Camboya alcanzan para muchas acciones, pues es permisiva para cualquier ejercicio que fuere maligno, violento, o fuera de la ley (dependiendo de la ley que se mire). No queda otra salida, no hay escape, tu única protección es un “Tres-Ocho-Largo” (Duque, Salsa... 21) o una “Nueve” (Duque, Salsa... 21), esos son los verdaderos dioses y diosas de Camboya, dioses ciegos que tienen la posibilidad de quitar la vida o dejar al pecador conservarla, y a la hora de que se desatan no hay redención posible, no hay perdones, la muerte te espera rápido y seguro cuando la furia de un “Tres-Ocho” decide alebrestarse. Suponiendo que nos guiamos por la expresión cristiana, el tiro es igual al hijo, y el hijo fue quien vino a salvar y rescatar a su pueblo inconverso, el tiro en Camboya redime y salva a los pecadores, pero no como Jesucristo entregando su vida, todo lo contrario quitándosela a quien peca, salvación alternativa particular. Si seguimos hurgando dentro de la tripleta de persignación camboyana, el padre es igual al ladre; “ladre” es una expresión venezolana utilizada para decir que se tiene mala situación económica, estar en el ladre es no tener dinero, esto quiere decir que el padre del tiro es el ladre, la pobreza que mantiene en vilo a todos los habitantes camboyanos es quien envía al tiro a la calle a redimir pecados, o, a traerle dádivas y elementos de subsistencia. Por último “el espíritu landro”, que es el alma de todo el asunto, alma de malandro, alma de delincuente que arropa con su grandeza a Camboya, al 23 de Enero, a La Silsa y a todo los barrios que pudieran describirse a partir de Salsa y control. Los pecados, esos también
en Camboya varían, porque si el tiro es el encargado de redimir
a los pecadores, asesinar o matar es parte de su trabajo como redentor.
De tal manera que, así como se crea un Trinidad alternativa,
se crean unos pecados nuevos y alternativos de igual forma. Entre
los pecados más terribles y que merecen un ajuste y una redención
más contundente están:
1. “Ser un pajúo, delator confesor” (Duque, Salsa... 13), falta que se paga no sólo con la pena de muerte sino que luego de muerto hay que “prenderle fuego al cuerpo inerte en plena escalera” (Duque, Salsa... 13). 2. Mirar más allá de lo debido a través de la ventana, “Cuidado se abre esa boca muchacha”, “Acuérdate de cuidar esa boca, puta” (Duque, Salsa... 14), pecado que se paga con “noches de ardua vigilia e hiriente amenaza”, “luz que no vuelve a encenderse”, “ventana cerrada” (Duque, Salsa... 81) o “una línea perfecta de luz que surca la quietud del cuarto desde la parte baja de la pared hasta el techo” (Duque, Salsa...14) como marca de que pecaste mirando lo que hacía un representante del “tiro”. 3. No compartir el dolor ajeno de una muerte, por orgullo. Aparecerse en “la triste sala del rancho de Urraca, hueco lleno de olor a velón y a flor de muerto, con una sonrisa a punto de volcarse en carcajada vengadora sobre la urna”, culpa que se expía con un “pasaje [directo, sin preguntas] al cementerio” (Duque, Salsa...29). 4. Parecerse a un malandro de alta peligrosidad, a una “inmundicia de hombre”, “Tú debes ser hermano de Fabricio, coño, es que eres idéntico a esa rata” (Duque, Salsa... 27), falta muy grave que se paga pasando por la furia redentora de Julito, un encuentro verdaderamente eficaz con el tiro del que se desprendería de los curiosos el siguiente comentario “Ven a ver cómo quedó: veinte disparos no es cualquier cosa” (Duque, Salsa...63). 5. Ostentar, de cualquier forma, que siendo mujer se es virgen, ser “intacta e intocable a sus dieciséis”, pecado de fácil redención sin la necesidad de ver al hijo de Dios, más bien expiable con la ayuda de cualquiera de los representantes del mismo, pero que de igual forma se paga gritando y llorando “como un perra, como una perra vas a llorar cuando te acabe adentro” (Duque, Salsa...40). 6. Ser un tipo de peinado gardeliano con un Montecarlo negro y osar mirar, codiciar a la mujer de un malandro que ha estado preso más de cuatro o cinco veces, coquetearle, bailar con ella y encima montarla en el Montecarlo para tocarle las zonas erógenas, falta que se paga enfrentándose a la fiera temida de los celos de un malandro que “atenazándole el cuello” (Duque, Salsa... 33) y con un arma con olor sulfatado amenaza con matarlo. 7. Ser una “mujer de cabello aquamarine” (Duque, Salsa...35) y salir del catacúmbico Plan Dos en altas horas de la madrugada, pecado a ser purificado extrañamente con muchos ojos escrutadores y palabras lascivas que reiteran “Hay una peste a hombre en la calle Sal si puedes...” (Duque, Salsa...35). 8. Ser habitante de Camboya o el 23 de Enero y “asomar las pestañas” (Duque, Salsa...63) en momentos de confusión, caos y crisis, en los que un “gobierno tambalea” (Duque, Salsa...84), falta que se paga “derramando la vida por la calle” con la “música de uzi, fal y puntocincuenta” (Duque, Salsa..74). 9. Llenar la cancha y la periferia del barrio siendo hombres de “braga y cámaras inexplicables”, falta que se paga “con la posibilidad de una escaramuza revanchista” (Duque, Salsa...16) ayudando a los redentores “con la destreza relampagueante del punzón bajo el brazo” (Duque, Salsa...17). Una tabla nueva de mandamientos que se escriben en nombre “del ladre, del tiro y del espíritu landro” (Duque, Salsa...13) con sangre y dolor, pero que dan cuenta al Extranjero de que así como la ley está quebrantada, la religión también está distorsionada, y que el desamparo de los habitantes es extremo, tanto que la ley y la religión son perfectamente alternativas y hay que aceptarlo así haya que entrevistarse con “el tiro”, o con “el ladre”, o con “el tombo” o con “el espíritu landro”. En este barrio no te salva ninguno de los dioses que conoce el Extranjero, “Ni Ochún ni Obbatalá ni Apolo ni Zeus ni el más poderoso de los dioses del cielo, la tierra o el agua bendita” (Duque, Salsa...21). Otra vez una instancia que podríamos llamar de delimitación de la violencia, no sólo hace el trabajo de reconocerla sino que participa activamente en su ejercicio, pues la religión que se cuenta en Salsa y control se sirve de la violencia para enseñar su doctrina y para hacer cumplir sus mandamientos. Por lo tanto si, normalmente, la religión cristiana, en este caso, se ha encargado de distinguir en los seres humanos aquello denominado como el Bien y el Mal, el cielo o el infierno, en Camboya no sólo los distingue sino que te obliga a seguir alguno de los dos caminos sin derecho a elección. El Dios de todos, según se ve en los relatos ha desprotegido tanto a los habitantes de Camboya o les ha dado tanta libertad que estos han creado, como en los tiempos de Moisés, ya no un becerro de oro sino una gran pistola, no sabemos si de oro, que los somete a todos por igual privilegiando a quien la posea y sometiendo a quien no quiera adorarla.
Imágenes: 1: Richard Evans. Trinity.
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