Rumbo y problemática de nuestra historia
(Discurso de Recepción en la Academia Nacional de Historia)


Por Mariano Picón Salas

 

 

 

Señores académicos:

Fue un lugar común de las últimas promociones considerar las Academias como herméticos sanedrines donde los escribas de la vieja ley parecen resguardarse contra las corrientes -a veces encarecidas- del tiempo histórico. Repitiendo el verso de Rubén Dario, decían los hombres de los grupos literarios a partir del Modernismo: “De las Academias, líbranos, Señor”. Pero a medida que la natural insurgencia juvenil descubre que nunca se nace por generación espontánea, que nuestro pequeño aporte o mínima pericia personal sólo se explica en función de lo que hicieron los antecesores y de lo que harán los descendientes, a medida que el individualismo altanero de los veinte años es sustituido por una conciencia más solidaria de comunidad, empieza a explicársenos esa tarea serena, de permanencia pacifica, que realizan instituciones como esta. El honor de pertenecer a ellas, que en el caso particular de la Academia Nacional de la Historia debo agradeceros del modo más vivo, no es sólo un galardón personal: es el estimulo que el escritor obtiene al saber que no está solo; que ha recibido para conservar y enriquecer, si es posible, el legado cultural de las generaciones precedentes; el testimonio de una cultura patria que nos abrió el camino en nuestros años de mocedad y que transmitirá a los hombres de mañana el signo de nuestros sueños, nuestras angustias y desvelos. Aún diríase que en épocas de tan violenta lucha universal como la que hemos contemplado en el último cuarto de siglo cuando el espíritu de facción ha prevalecido sobre toda generosidad humana, conviene que haya en cada país muchos institutos donde los hombres depongan algo de su beligerancia callejera y discutan en ese clima casi intemporal del estudio desinteresado, del gusto de conocer sin que el conocimiento se convierta, precisamente, en consigna política. En pleno corazón de Caracas, con su patio de cipreses que evoca el recogimiento de un claustro religioso -y no en balde se ha comparado al erudito con el monje-, esta Academia de Historia ha conservado contra todo el fragor que pudo reinar en Venezuela en las últimas seis décadas, el sentido de la nacionalidad; esos hilos, a veces sutiles, de pensamiento y hasta de utopía, conque el proceso de un pueblo sigue sobre todo temporal desengaño y toda desgracia: Como historia y como conciencia, la patria subsistió porque venturosamente siempre produjimos, junto al caudillo que en las guerras civiles del siglo XIX invadía la ciudad con sus mesnadas vindicadoras, el hombre de letras, el humanista o el historiador que, soñando con una nación más perfecta, dábase a adiestrar generaciones enteras, como el licenciado Aveledo, o atravesaba las calles de la ciudad, desafiando casi la irrisión que provocara en los aprovechadores y los audaces su viejo sombrero de copa y su levita de académico, todas las señales de su pobreza digna, el ilustre don Felipe Tejera. Otros podían hacer negocios o pedir a los dictadores de aquellas épocas una brizna de poder arbitrario, pero al don Felipe Tejera que yo conocí en mis años adolescentes le interesaba más describirnos en su fervoroso lenguaje los grandes hombres que forjaron nuestra nacionalidad; enseñarnos más que la patria de los caudillos, la gran patria legal de Sanz, de Gual, de Peñalver o recordar –como en sus perfiles- la nota a veces cándida, a veces lacrimosa, siempre transida de angustia venezolana, de nuestros viejos poetas románticos. ¡Qué buenas tertulias, qué vivos y provechosos diálogos, qué emocionada evocación se hizo siempre al margen de las sesiones oficiales en estos claustros de la Academia!

No nos reponemos todavía de la reciente ausencia de don Pedro Emilio Coll, cuyo sillón vacante, huérfano de lo que fue en él cordialidad y gracia y finísima agudeza literaria, habéis tenido la generosidad de ofrecerme. Al hablar de Pedro Emilio (como él quiso de preferencia llamarse), el riguroso elogio al gran escritor se me confunde con la emoción que suscita el amigo. No podría referirme a él en la lengua un tanto convencional de los discursos académicos. A pocos días de su muerte dije en dos artículos todo lo que perdían no sólo las letras venezolanas, sino lo que vale más que eso; la sensibilidad venezolana, la manera de amistad que tenemos los venezolanos, con la desaparición de este espíritu socrático, de este singular maestro de benevolencia y tolerancia en quien se conciliaban fraternalmente todas las generaciones literarias, todas las discordias que pueden erizarse en nuestro país. Pedro Emilio era de todos. Su risa y su ingenio, su arte de sentir y entender lo criollo constituían la sal de Caracas. Más allá de toda clasificación literaria pertenecía a esa escogida familia de los escritores caraqueños cuyo más ilustre ascendiente es el propio Libertador, tan de esta tierra luminosa en la rapidez de su espíritu, en la gracia para definir, en el ritmo vivaz del estilo. Dentro de lo que puede llamarse nuestra tradición literaria, la auténtica nota caraqueña –pensemos en Bolívar, en Pedro Emilio Coll, en Teresa de la Parra no es de ningún modo el tropicalismo estrepitoso, sino un arte más íntimo de sugestión, de prontitud metafórica y hasta de amable ironía que suaviza todo estruendo como las nieblas del monte Avila templan, desde el mediodía la abierta y regociada luz de este valle. El alma frecuentemente extravertida del hombre costero y la seria introversión de nuestro hombre serrano parecen armonizarse en este clima medio, en la espontaneidad no exenta de discreta reserva, del caraqueño. Aunque la inmigración antillana y el descuido de la escuela en corregir los defectos fonéticos, cada vez más frecuentes, están estropeando demasiado la lengua común, el caraqueño habla con gracia; una metáfora inesperada le sirve para reemplazar el más tranquilo proceso del pensamiento lógico. Y estos hallazgos del habla vernácula, casi lo que llamaríamos el surrealismo popular hecho de asociaciones y símbolos sorpresivos; este arte de evitarse todo un discurso de Sociología con una anécdota reveladora, constituía, en gran parte, el encanto de charlar con Pedro Emilio Coll. Su extraordinario y, mismo tiempo, bondadoso ingenio, glosaba con la misma agudeza en verso de Shakespeare, una página de Renan o un cuento –como en su narración de Las tres divinas personas- de la vieja cocinera mulata. Si su generosidad y espíritu efusivo no prefiriera conversar más que escribir todo lo que vio, todo lo que oyó y todo lo que se le ocurría, además del excelente crítico y ensayista que todos conocemos, hubiéramos tenido en Pedro Emilio un gran novelista o acaso memoralista a lo Saint Simón, que como nadie arrojaría luz sobre las expresiones más íntimas y casi más soterradas del alma criolla. Acaso por ser tan entrañablemente venezolano era, al mismo tiempo, Pedro Emilio tan universal. Un importante problema para los críticos e investigadores literarios de mañana será descubrir en aquellas confidencias de su juvenil y breve Castillo de Elsinor o en esas dispersas y exquisitas glosas que escribió sobre la vida y gentes caraqueñas a fines del siglo pasado, el perfil de todo un momento de la cultura venezolana transmitido por un testigo de prodigiosa sensibilidad. ¿ No valen por un libro de Historia algunos retratos suyos, escritos como al desgaire, en páginas confidenciales o de reminiscencias de costumbres, como la silueta del general Guzmán Blanco en su crónica de la Delpinada? Aplicando –acaso sin proponérselo- aquella teoría que desarrolla Blandés según la cual el retrato de César no consiste tan sólo en lo que era César, sino también en su mito, en su aura, en lo que los demás pensaban de él, nuestro bizarro caudillo surge no sólo de frente con tosa su gallardía física y su galoneado uniforme del segundo imperio, sino en la leyenda y el respeto supersticioso que forjó en los coetáneos. Y en la silueta de Pedro Emilio, el arrogante jefe de Caracas se opone en transposición muy humana- el buen papá, el ya nostálgico abuelo del destierro parisiene, que suspiraba recordando entre todos los refinamientos de la cocina francesa los ópimos y criollísimos aguacates de Guarenas.



Un poco de mis diálogos con el ilustre maestro, de sus chispeantes intuiciones venezolanas, de la Historia viva y bien conservada que él oponía a la de las grandes colecciones documentales, me ha surgido el tema del breve discurso que desarrollaré. Y sea a falta de cosa mejor, mi pequeño homenaje a la memoria de un hombre que si nuestros sucesores conocerán por su limpia y persuasiva prosa, nosotros conocimos también por lo que vale tanto como la inteligencia y el estilo: el ímpetu generoso del corazón.

Hasta nuestros días el estudio de la Historia nacional ha sido, desde el clásico Oviedo y Baños a Gil Fortoul -para no nombrar sino los muertos-, tarea de individualidades señeras, de solitarios y magníficos investigadores que siempre pidieron al pasado una conciencia y razón del presente. Casi podría decirse que en Venezuela -en todos los países latinoamericanos, tan probados y surtidos durante el siglo XIX por la lucha con su naturaleza titánica o por turbulentos procesos sociales- la Historia cumplió una urgente tarea, de salvación. En horas de prueba o desaliento colectivo se oponía el cuadro triste de lo contemporáneo, el estímulo y esperanza que se deducía del pasado heroico e idealizado. Ya un sentimiento de lo criollo, de que no sólo es posible, sino también grato, arraigar en esta tierra y oponer a la dispersión y aventura de los primeros siglos coloniales una nueva conciencia de territorialidad y permanencia pacífica, aparece en el libro de Oviedo y Baños con que se inauguró culturalmente nuestro siglo XVIII. Y después de la inmensa hazaña y diáspora heroica de la Independencia, cuando predominó una dirección y una voluntad venezolana en media América del Sur, y cuando, cumplido el milagro histórico, al sueño libertador de los hombres de 1811 se opuso la prueba del caudillismo y las dictaduras militares, la gran Historia, la que narró Baralt en su prosa neoclásica y la que pinto Tovar y Tovar con tan severa elegancia, era nuestra esperanza en la crisis, aquel “Bolívar miserere nobis” con que los venezolanos intentamos conjurar toda derrota. Tuvimos la Historia romántica, que como en Juan Vicente González, Felipe Larrazábal y Eduardo Blanco, acrecentó el mito épico y creó, en cierto modo, el cantar de gesta nacional, tuvimos después la Historia positivista, que buscaba la concordancia entre el medio y las instituciones, y ahora, cuando ambas corrientes del pensamiento histórico parecen haber cumplido su proceso y agotados sus premisas, conviene pensar un poco en los rumbos posibles de una futura Historiografía. No se trata de disminuir lo que cumplió, a veces magistralmente, nuestra literatura histórica, sino de completarla con otros puntos de vista, con nuevos métodos de investigación. Junto a la Historia militar y política, preferente trabajo de nuestros historiadores durante el siglo XIX y primeros años del vigésimo, ya vemos surgir como otra cara del problema una Historia Económica y una Historia cultural.

Diríase que la interpretación personal llevada a cabo por nuestros más eximios historiadores requiere ampliarse, a la luz de las necesidades y exigencias venezolanas de este momento, con una sistemática tarea de grupo en que colaboren por igual ling_istas, etnógrafos, antropólogos, folkloristas, etc. Porque el trabajo científico fue en Venezuela puro impulso de la vocación, horas de absoluta gratuidad espiritual robadas al apremio económico, tenemos apenas sobre nuestro país un conocimiento disperso que es preciso perseguir con voracidad de maniático en raros folletos o colecciones de periódicos guardados en alguna hermética biblioteca. No son accesibles al público los grandes digestos documentales, y aun esto, como la ya agotada colección Blanco y Azpúrua, exigen una nueva mano ordenadora que nombre bien las cosas y sustituya con mejor criterio las pintorescas y a veces arbitrarias denominaciones que ponía a sus papeles el peregrino soldado, que fue a la vez, y en multiplicidad muy criolla, sacerdote e historiógrafo. La narración de los fastos de la Independencia absorbió de tal manera nuestro trabajo histórico, que casi no tuvimos tiempo – aparte de algunas páginas de don Arístides Rojas, de Tulio Febres Cordero, de Lisandro Alvarado, de los ensayos de Vallenilla Lanz y de una que otra acotación sagacísima de Gil Fortoul, para movernos tan solo en el ilustre Elíseo de los muertos- de estudiar en su integridad la historia del pueblo venezolano, no sólo como tema jurídico u objeto de discurso político, sino como comunidad que se formó en encuentro y alianza de grupos raciales, en el contacto modificador de la tierra, el clima y el trabajo ancestral y en el predominio de distintas formas de cultura, que unas veces venían de Sevilla o las Canarias, otras del virreinato de México, otras de Santo Domingo, otras de la relación con piratas y corsarios, otras, finalmente, del núcleo colonizador y civilizador que proyecto Nueva Granada sobre el Occidente venezolano y cuyo enlace era el camino que conducía de Santa Fe de Bogotá a Mérida con los hitos necesarios de Tunja y Pamplona. Aunque la región andina se incorporó a la Capitanía General de Venezuela en 1777, no se perdió por ello el contacto tradicional con la Nueva Granada, y en víspera ya de la independencia seguía el entronque acostumbrado entre las familias merideñas y pamplonesas. Así, cuando en la emigración de 1814 los patriotas de Mérida buscan una línea de escape contra las mensadas realistas, lo hacen reinternándose en los viejos caminos virreinales y protegiéndose hasta en los escondidos y selváticos llanos de Casanare. Para quien la Historia es mucho más que el documento oficial y el papel escrito, para quien desea completar el testimonio de las gentes con el testimonio de las cosas mismas, la explicación de muchos fenómenos culturales venezolanos es una perpetua interrogante. ¿Por qué el habla de Cumaná y de la región oriental de Venezuela presenta tanta semejanza con el idioma común de Santo Domingo y Puerto Rico? ¿Por qué el “papelón” de forma piramidal de la antigua provincia de Caracas se trueca ya, al llegar al Estado Trujillo, en la “panela” cuadrada? ¿ Por qué en los Andes el “requinto” sustituye al “cuatro” como instrumento popular, y aún los campesinos de Mérida celebran los festejos navideños acompañando sus villancicos y viejas canciones al son de rústicos violines, caso único en nuestro folklore musical? He aquí una serie de cuestiones usuales, sensibles a quien recorre el país y que piden su respuesta a los futuros historiadores de nuestra cultura. De pronto, un ritmo que, por el hábito de oír en la radio canciones antillanas, parecía de origen negro –como nos ocurrió recientemente presenciando un “baile de tambor” en las inmediaciones de Maracay- revela su absoluta semejanza con una vieja melodía castellana del siglo XVI. Al compás de los músicos nativos, un folklorista español que estaba con nosotros pudo seguir la línea melódica de la canción en sus antiguos versos; y notábase en el grupo de danzantes que los más ancianos, los ya menos permeables a la deformación que producen los programas de radio, bailaban con un ritmo distinto de quienes caprichosamente la africanizaron. La suma y el análisis de tantas cosas menudas, el trabajo ordenador de lingüísticas, etnógrafos, antropólogos, etc., que colaboren con el historiador nos llevará a una visión más completa de lo venezolano, a la historia del pueblo, que ha de completar la historia del Estado. Y tal labor es necesaria, no sólo para satisfacer la curiosidad del folklorista a la nota de típica autenticidad que busca el escritor, sino también para que todo lo que se haga en materia de progreso o reforma social consulte hasta donde sea posible las modalidades locales. Quien ha recorrido el país, siquiera con una modesta libertad de apuntes, sabe, por ejemplo, que junto al derecho escrito en las oficinas de Caracas hay en la vida venezolana muchas formas consuetudinarias que nunca fueron absorbidas por nuestros códigos civiles de inspiración napoleónica, y que son muy distintas las relaciones de familia y el concepto de propiedad en una comunidad navegante y pesquera como Margarita y en un Estado de tan vieja tradición agrícola como Trujillo.



Se hace así urgente ampliar lo que yo llamaría las fuentes de nuestra Historia. Por explicable razón política y por la emoción que tiene todo testigo de dar valor primordial y casi exclusivo a los hechos en que participó, los historiadores del siglo XIX vieron el proceso de Venezuela como si las provincias de nuestro territorio hubieran estado soldadas siempre en firme comunidad y como si el movimiento emancipador iniciado en 1811 marcara una censura infranqueable con el vasto período precedente. Aunque antropólogos como Marcano empezaron a estudiar los residuos de la prehistoria indígena, fue un lugar común desechar completamente aquellos orígenes, diciendo, con verdad de Perogrullo, que nuestro pasado prehispánico carecía de toda importancia comparándola con el de mexicanos y peruanos y con nuestros vecinos occidentales los chibchas. Tampoco el lenguaje de los arqueólogos podía dar una noción clara y fácilmente asimilable de tales testimonios. Por autodidactismo y por la frecuente creencia de que se pueden conocer historias locales sin conocer el método histórico, la Arquelogía y la Antropología fueron en nuestro siglo XIX, con excepciones tan ilustres como la de Marcano, temas de desordenadas divagación y fantasía. En toda Hispanoamérica hubo pintorescos eruditos, exegetas de un solo libro y posesos de una peculiar manía, que se planteaban tan absurdos problemas como el de sí los hebreos habían llegado al Amazonas; si los chinos influyeron sobre México en remotísimo tiempo, o -siguiendo, la barroquísima teoría de Sigüenza y Góngora en el siglo XVII- si el mito de Quezalcoatl puede identificarse con la leyenda cristiana del apóstol Santo Tomás, evangelista de las más lueñes regiones. Cada persona que encontraba un cementerio indígena, un conjunto de cráneos, de hachas y vasijas, da base a formar hipótesis sobre el más antiguo poblamiento de América. El análisis de cualquier raíz o desinencia lingüística llevaba a la más arbitraria relación entre alguna lengua americana y otra del Viejo Mundo. Un poco de claridad metodológica, de rigor severo en la clasificación, de honesto acopio de datos antes de formular teorías se requiere en materia que se ha hecho tan intrincada, a veces tan farrágosa, como la de nuestra proto-historia aborigen.

Pero mientras que antropólogos, arqueólogos y lingüistas ordenan y sistematizan los materiales, si es posible comenzar a ver el mundo indio de modo más intenso, siquiera con mayor emoción estética que la que le dedicamos hasta ahora. Un mundo muy nuestro, sensible ya al misterio de nuestra naturaleza y a los materiales de la tierra, una mitología que se irá aclarando, se nos ofrece en los maravillosos vasos de la cultura tacarigua, en las estatuillas timotocuicas, en los aún hoy vivos tejidos, adornos y cántaros de guajiros y orinoquenses. Los viejos cronistas que como Gili o Gumilla, tuvieron en el siglo XVIII tan profundo contacto con las poblaciones autóctonas, requieren releerse e interpretarse con un criterio ya diverso al de recoger noticias sueltas y datos pintorescos, que fue el que prevaleció hasta hoy. Dentro de la historia de la cultura universal hay que incluir esos testimonios directos de especial importancia: la descripción in situ de tribus y grupos étnicos antes de que los acabara de dispersar el conquistador, y la extraña problemática que el mundo físico y las sociedades americanas produjeron en el europeo; ávido interrogatorio de temas de ciencia natural y conocimiento histórico que contribuirían, en grado no pequeño, a la transformación de la propia y muy orgullosa cultura europea. Una de las hazañas que de modo singular, en México, Argentina y Perú está realizando la nueva escuela de historiadores hispanos-americanos es la revisión de esas fuentes iniciales de América; esa a veces olvidada literatura de misioneros y evangelizadores, que –como en el caso de Sahún, del padre José de Acosta o de nuestro Gumilla- presenta para el lector contemporáneo la novedad y fascinación de las obras maestras. A la luz de la ciencia etnológica y antropológica presente, muchos de esos libros, antes menospreciados, comienzan a ser para la cultura universal tan valiosos como han sido para el hombre europeo durante veintitantos siglos las obras de Estrabón o Herodoto.

Ya venturosamente la historiografía de todos nuestros países, y de modo especial en Venezuela algunos eminentes investigadores de esta Academia, han superado muchos de los antiguos prejuicios sobre la colonización y el pasado español. Como quise demostrarlo en un libro, la cuestión no consiste en sustituir la leyenda negra que se elaboró en los países émulos de la vieja España imperial por otra leyenda blanca y seráfica en que el conquistador se convirtiera en santo. Pero no es con nuestros conceptos de hoy como se entienden los problemas de la expansión oceánica del siglo XVI. Más que factorías de mera explotación económica como son aún ahora las colonias tropicales de los países imperialistas, la enorme huella de España por el vasto mundo indiano originó naciones de tan firme conciencia territorial y psicología tan diferenciada como las que integran Hispano-América. La rica cultura colonial creadora ya de un arte mestizo, de una nueva visión del hombre que del pensamiento misionero de un Las Casas pasa a las grandes interpretaciones del mundo indígena de Sahagún y Motolinía e influye, además en las utopías renacentistas; de un doble debate sobre la libertad y dignidad humana que en teólogos como los criollos Avendaño y Alegre parece anteceder al liberalismo moderno, constituye un vivo legado civilizador; un tema permanente de nuestra conciencia histórica. Es claro que debemos distinguir -como en toda Historia- las fuentes oficiales; la perfecta ley escrita o la Real Cédula que no se cumplía y la costumbre y el hecho, motivado por la circunstancia ambiental. Pero ante nosotros el problema de la colonia ya se plantea de modo muy diverso a como lo consideraron los historiadores –testigos de la independencia (Yanes, Baralt)-, influidos por el racionalismo simplificador de la ilustración y el encono de la guerra reciente, y de la manera pintoresca como la viera en deliciosas páginas de costumbrismo histórico don Ricardo Palma. Porque entonces se inició nuestro proceso de mestizaje, porque el impacto entre los grupos raciales y culturales que formarían la futura América se observaba allí de modo más vivo, es dicho período un punto de partida y repertorio insuperable de toda investigación sociológica sobre nuestros pueblos.

Casi diría que, por ello mismo, es la época que exige mayor cultura y fineza interpretativa en el historiador. Quien se sumerge en ese medioevo americano -conque se ha comparado la colonia- tiene ante sí la más enredada problemática. Primero, junto al documento oficial envuelto frecuentemente en fórmulas de devoción o etiqueta barroca hay que poner otras fuentes que como los procesos inquisitoriales recogidos por José Toribio Medina o Jenaro García, da él trasfondo oscuro de la existencia diaria.

Que la colonia fue mucho menos santa de lo que habitualmente suponemos, nos lo señalan algunas crónicas de ciudades como los famosos Anales potosinos, de Martínez Vela, o el Diario de Lima, de Mugaburu, y obras de señalado encanto literario como El carnero, de Rodríguez Freile, libros todos que ofrecen una como Historia secreta y condimentada murmuración de lo que no se escribía en los papeles públicos. En cartas privadas, testamentos, deposición de testigos en los más acres juicios eclesiásticos y civiles, hay que perseguir este otro rostro resbaladizo de aquel período. Y no pensar, tampoco, con falsa ilusión histórica, que desde el punto de vista social y cultural, la colonia finalizó radicalmente con el movimiento iniciado en 1810. Cuánto de colonia queda en las costumbres y estilos de vida de algún rincón aldeano; en ciertas formas de lo que puede llamarse nuestro Derecho consuetudinario; en las tradiciones del arte popular, en ritos y supersticiones, es todavía tema de investigación para el sociólogo o historiador de la cultura.

Otros problemas aquel que dos grandes investigadores latinoamericanos como don Fernando Ortiz y Arturo Ramos han denominado con palabra utilísima “transculturación”. La “transculturación” no consiste tan sólo en el transplante de la cultura europea a América, sino también en el producto nuevo o en el obligado retroceso que a causa de las condiciones del ambiente sufre con frecuencia la forma cultural europea. El estilo de los monasterios e iglesias construidos por los primeros frailes franciscanos en México durante el siglo XVI -valga un ejemplo-, más que al gótico florido de la corte de los Reyes Católicos o al Renacimiento que ya penetraba en España, se parecía a las fortalezas medioevales porque el temor ante los indios, la sensación de peligro del mundo nuevo y las formas económicas de una comunidad cerrada retardaban la hora de América en comparación con el tiempo europeo. Junto a la estructura del Estado español traído a las Indias, se suponía la circunstancia autóctona; aquella frecuente discordia entre ley y realidad histórica, definida hasta la exageración en la famosa y destemplada carta de Lope de Aguirre, el Tirano, a Felipe II. He leído en el Archivo Nacional curiosos papeles de encomenderos de comienzos del siglo XVII, que al hacer ante la corona su recuento de servicios, dan una imagen de la vida venezolana en aquellos años que podría homologarse a la difícil existencia europea durante el feudalismo. La influencia organizadora del estado se relajaba a medida que se salía de los pequeños núcleos urbanos con su iglesia y su cabildo, a la naturaleza semibárbara. Ver más allá de la Historia externa y de las fórmulas frecuentemente convencionales y mentirosas, lo que don Miguel de Unamuno llamaba la intra-historia, el culto y replegado meollo de los hechos, es así la tarea sutilísima del historiador. Porque lo contrario sería proceder como en cierto desventurado Manual de Historia Patria que se enseña en muchas escuelas y colegios en que el proceso político nacional, el tránsito de uno a otro presidente, se narra como si todo hubiera transcurrido en la más perfecta y serena legalidad; como si el país no conociera jamás dictaduras y actos de violencia. Dicha historia, inspirada más en los documentos de la Gaceta Oficial que en los hechos mismos, casi se confunde con la de un apacible país como Suiza y en los días de más sosegada democracia. Como en un cuento de nuestro libro primario, el deber del historiador es no conformarse con la apariencia y averiguar qué es lo que está encerrado en el saco.


En la palabra “Venezuela”, que a partir de 1777 significó la fusión de núcleos territoriales que vivieron dispersos y que con la guerra de Independencia adquirieron la más valedera unidad histórica, caben hoy -como en los motivos musicales de una sinfonía- la variedad de regiones, costumbres y formas de cultura. Desarrollada ya en gran parte la historiografía militar y política, convendría detenerse un poco en la historia cultural. Lingüística, etnógrafos, antropólogos, folkloristas, economistas, mancomunando su esfuerzo, deben trabajar en esa “Summa” de Venezuela de que estamos requeridos. Tanto como las grandes batallas de la Independencia, es un problema histórico saber cómo en estos cuatro siglos que abarca nuestra historia documentada el venezolano transformó su suelo; qué etapas ha sufrido su economía, qué ideas o consignas rigieron su vida espiritual. La historia de las ideas en que comienza a interesarse un grupo nuevo y muy empeñoso de historiadores hispano-americanos es mucho más -como ya lo advirtiera Gil Fortoul Y Ballenilla Lanz- que estudiar la influencia del pensamiento europeo en América; es esclarecer, al mismo tiempo, qué reacciones, cambios y reajustes suscitaron aquellas ideologías en su choque con un medio social distinto. ¿No es casi un tema patético inquirir, por ejemplo, la continua metamorfosis que la despierta cultura europea sufrió en el alma ardiente de Simón Bolivar? Seminarios de investigación donde jóvenes diligentes se entrenen en la nueva historiografía; colecciones documentales que hagan menos penoso el trabajo de búsqueda, clásico y obras raras que desde el círculo cerrado de los eruditos se difundan en escuelas y colegios, se necesitan para la tarea exploradora. Y completar siempre la Venezuela ya escrita en los archivos y papeles viejos, con la que el emocionado caminador, el auténtico baqueano de la patria, descubre en un diálogo campesino, en una canción popular, en una de esas casas de provincia donde parece haberse detenido el tiempo.

Quizá para la empresa de grupo, de donde surgirá nuestra futura historiografía, sea necesario dividir el país en zonas y áreas culturales. Habrá que hacer, por ejemplo, -como lo realizan ya muchas naciones-, nuestro mapa lingüístico que arrojará mucha luz no sólo sobre el habla común del pueblo, sino sobre las influencias indígenas y africanas y sobre tantos problemas semánticos que definan nuestra psicología colectiva. Porque en el idioma, el hombre ofrece la más válida configuración de su alma. Tanto como una fuente escrita son testimonios históricos para explicar contactos o formas peculiares de cultura los instrumentos musicales del pueblo, el ritmo de sus canciones, los materiales de su casa o decoración, el estilo de su cocina. Que la historia nos sirva más; que concurra con sus datos a aclararnos problemas e interrogantes de cada día; que no sea tan solo el tema del discurso heroico, sino la propia vida y el repertorio de formas de la comunidad, es cuestión que ya nos planteamos.

Quisiera decir que en pocos momentos como el que ahora se perfila el país requirió de mayor conciencia histórica. Los grandes choques y corrientes espirituales ya no rebotan en Venezuela como en un país aislado, de relativa insignificancia dentro de la economía universal. Las grandes potencias y consorcios monopolistas extranjeros –como ocurrió en el siglo XIX- podían contentarse con estas tierras casi virginales con negocios de alto rédito como los ferrocarriles y obras portuarias que constituían casi todo el progreso técnico conocido por las generaciones precedentes. Los barcos de arribo a nuestros puertos arrojaban sus fardos de mercaderías y se llevaban, en cambio, el café y el cacao cosechado por sumisos peones, en un régimen patriarcal o feudal, según sea la connotación política con que queremos definirlo. A espaldas del trasatlántico en que los hacendados y los políticos prósperos iban a Europa; a espaldas de las grúas de los muelles, vivía el país una existencia soterrada, casi colonial. Generales audaces y, de pronto, un civil efímero, se sucedían en la presidencia de la República. Un mal año de cosechas y una turba creciente de cesantes, excluidos del presupuesto, desembocaban en una revolución para la cual se escribían las más resonantes proclamas. Con su ímpetu, con su desorden, con su siempre frustrado romanticismo libertario, Venezuela llevaba una existencia hermética al amparo de estas montañas costeras, de los inmensos llanos, de las cresterías andinas de donde surgían a veces hombres de voluntad conquistadora. Pero desde que en 1920 el petróleo comenzó a sustituir al café y al cacao como producto dominante; desde que un capitalismo técnico y financiero pesó en la vida del país; desde que la política mundial con sus nuevas místicas se hizo sentir en las discusiones públicas, habíamos dado el salto tremendo y sin duda arriesgado que nos separaba del siglo XIX.

Parece que el país es potencialmente muy rico, nuestro débil crecimiento demográfico sufrirá un cambio vertiginoso con las gentes que ya están llegando porque escucharon la nueva Leyenda del Dorado. Como en el sueño de los libertadores, América se ofrece como la convalecencia de Europa. Hay que esperar que los inmigrantes que ya comienzan a congestionar las ciudades descubrirán los caminos y bajarán los fosos que desde esta accidentada serranía central conduce a Venezuela más ancha, más desconocida. Entre tanto empiezan a oírse en los cafés de Caracas, en los hoteluchos y albergues, todos los idiomas. Las instituciones y servicios públicos, el ritmo tradicional de la vida criolla parece lento y anticuado cuando se le compara con ese impulso foráneo de intereses económicos, de aventuras y sueños insatisfechos que parece ceñir nuestras playas. Adaptar a Venezuela a esas gentes que vienen y seguirán viniendo; defender contra los nuevos conflictos de poder y hegemonía que habrán de suscitarse en el mundo, la línea de la nacionalidad, la verdadera tradición del Libertador, es nuestra próxima y más urgente tarea de educación histórica. Una nación –lo sabéis vosotros, señores académicos, que con tanto esmero habéis estudiado lo que puede llamarse el legado moral de nuestro país-, una nación no es sólo una suma de territorios y recursos naturales, sino la voluntad dirigida, aquella conciencia poblada de previsión y de pensamiento que desde los días de hoy avizora los problemas de mañana. Por eso, no sólo por lo que fue, sino también por lo que es y por lo que será, cuando un grupo de venezolanos estamos juntos invocamos, como el del más desvelado contemporáneo, el nombre de Simón Bolívar. Es que por sobre el uso y el abuso verbalista que se haya hecho de nuestro héroe fundador, él constituye una de las primeras y primordiales razones de nuestro vivir histórico. Hubo en ese momento del siglo XIX, que fue el de Bolívar, un potente núcleo de sudamericanos que, contra los designios de la santa alianza, pusieron cerebro y corazón animoso para que las tierras de nuestros países no fueran de reparto entre grandes y empezásemos a ser dueños de nuestro destino. Había que lanzar, hasta sobre la desolación y la desdicha, los datos de la Historia como lo hizo el Libertador. Pero la lucha por la independencia de América no se cerró en Ayacucho: es proeza que revive contra peligros y armas distintas en cada generación. Y como lo ha dicho Benedetto Croce en un libro admirable, la Historia sería vano ejercicio retórico y recuento de hechos que, por pasados, son irreversibles, si el hombre no viera en ella una permanente y siempre abierta hazaña de libertad.


Señores académicos:

Os reitero las gracias no sólo por el honor que me habéis discernido, sino por la oportunidad, insista a él, de departir en vuestra sabia compañía y de colaborar con vosotros en una tarea de conocimiento venezolano que nos importa a todos. Aquí os traeré –ya que no pretendo emular vuestra ciencia: ya que en el campo de la historia patria apenas hice excursiones veloces-, aquí aportaré, por lo menos, mis dudas, mis preguntas, mis perplejidades. ¿No es el mejor y más sereno símbolo de la vida intelectual de un país ese diálogo, ese cuestionario a veces angustiado, a veces caviloso, conque cada generación quiere aprender e interrogar a las que le precedieron?


(*) Zona Tórrida #. 27 Revista de Cultura de la Universidad de Carabobo pág. 17 -32


Imágenes:

3: Markus Jerko. No mires atrás.
4:
Jeff T. Alu. Post.



 
Enviar a un amigo

 

 

[ Home | Atrás | Subir ]