Rumbo y problemática de nuestra historia
(Discurso de Recepción en la Academia Nacional de Historia)
Por Mariano
Picón Salas

Señores académicos:
Fue un lugar común
de las últimas promociones considerar las Academias como
herméticos sanedrines donde los escribas de la vieja ley
parecen resguardarse contra las corrientes -a veces encarecidas-
del tiempo histórico. Repitiendo el verso de Rubén
Dario, decían los hombres de los grupos literarios a partir
del Modernismo: “De las Academias, líbranos, Señor”.
Pero a medida que la natural insurgencia juvenil descubre que nunca
se nace por generación espontánea, que nuestro pequeño
aporte o mínima pericia personal sólo se explica en
función de lo que hicieron los antecesores y de lo que harán
los descendientes, a medida que el individualismo altanero de los
veinte años es sustituido por una conciencia más solidaria
de comunidad, empieza a explicársenos esa tarea serena, de
permanencia pacifica, que realizan instituciones como esta. El honor
de pertenecer a ellas, que en el caso particular de la Academia
Nacional de la Historia debo agradeceros del modo más vivo,
no es sólo un galardón personal: es el estimulo que
el escritor obtiene al saber que no está solo; que ha recibido
para conservar y enriquecer, si es posible, el legado cultural de
las generaciones precedentes; el testimonio de una cultura patria
que nos abrió el camino en nuestros años de mocedad
y que transmitirá a los hombres de mañana el signo
de nuestros sueños, nuestras angustias y desvelos. Aún
diríase que en épocas de tan violenta lucha universal
como la que hemos contemplado en el último cuarto de siglo
cuando el espíritu de facción ha prevalecido sobre
toda generosidad humana, conviene que haya en cada país muchos
institutos donde los hombres depongan algo de su beligerancia callejera
y discutan en ese clima casi intemporal del estudio desinteresado,
del gusto de conocer sin que el conocimiento se convierta, precisamente,
en consigna política. En pleno corazón de Caracas,
con su patio de cipreses que evoca el recogimiento de un claustro
religioso -y no en balde se ha comparado al erudito con el monje-,
esta Academia de Historia ha conservado contra todo el fragor que
pudo reinar en Venezuela en las últimas seis décadas,
el sentido de la nacionalidad; esos hilos, a veces sutiles, de pensamiento
y hasta de utopía, conque el proceso de un pueblo sigue sobre
todo temporal desengaño y toda desgracia: Como historia y
como conciencia, la patria subsistió porque venturosamente
siempre produjimos, junto al caudillo que en las guerras civiles
del siglo XIX invadía la ciudad con sus mesnadas vindicadoras,
el hombre de letras, el humanista o el historiador que, soñando
con una nación más perfecta, dábase a adiestrar
generaciones enteras, como el licenciado Aveledo, o atravesaba las
calles de la ciudad, desafiando casi la irrisión que provocara
en los aprovechadores y los audaces su viejo sombrero de copa y
su levita de académico, todas las señales de su pobreza
digna, el ilustre don Felipe Tejera. Otros podían hacer negocios
o pedir a los dictadores de aquellas épocas una brizna de
poder arbitrario, pero al don Felipe Tejera que yo conocí
en mis años adolescentes le interesaba más describirnos
en su fervoroso lenguaje los grandes hombres que forjaron nuestra
nacionalidad; enseñarnos más que la patria de los
caudillos, la gran patria legal de Sanz, de Gual, de Peñalver
o recordar –como en sus perfiles- la nota a veces
cándida, a veces lacrimosa, siempre transida de angustia
venezolana, de nuestros viejos poetas románticos. ¡Qué
buenas tertulias, qué vivos y provechosos diálogos,
qué emocionada evocación se hizo siempre al margen
de las sesiones oficiales en estos claustros de la Academia!
No nos reponemos todavía
de la reciente ausencia de don Pedro Emilio Coll, cuyo sillón
vacante, huérfano de lo que fue en él cordialidad
y gracia y finísima agudeza literaria, habéis tenido
la generosidad de ofrecerme. Al hablar de Pedro Emilio (como él
quiso de preferencia llamarse), el riguroso elogio al gran escritor
se me confunde con la emoción que suscita el amigo. No podría
referirme a él en la lengua un tanto convencional de los
discursos académicos. A pocos días de su muerte dije
en dos artículos todo lo que perdían no sólo
las letras venezolanas, sino lo que vale más que eso; la
sensibilidad venezolana, la manera de amistad que tenemos los venezolanos,
con la desaparición de este espíritu socrático,
de este singular maestro de benevolencia y tolerancia en quien se
conciliaban fraternalmente todas las generaciones literarias, todas
las discordias que pueden erizarse en nuestro país. Pedro
Emilio era de todos. Su risa y su ingenio, su arte de sentir y entender
lo criollo constituían la sal de Caracas. Más allá
de toda clasificación literaria pertenecía a esa escogida
familia de los escritores caraqueños cuyo más ilustre
ascendiente es el propio Libertador, tan de esta tierra luminosa
en la rapidez de su espíritu, en la gracia para definir,
en el ritmo vivaz del estilo. Dentro de lo que puede llamarse nuestra
tradición literaria, la auténtica nota caraqueña
–pensemos en Bolívar, en Pedro Emilio Coll, en Teresa
de la Parra no es de ningún modo el tropicalismo estrepitoso,
sino un arte más íntimo de sugestión, de prontitud
metafórica y hasta de amable ironía que suaviza todo
estruendo como las nieblas del monte Avila templan, desde el mediodía
la abierta y regociada luz de este valle. El alma frecuentemente
extravertida del hombre costero y la seria introversión de
nuestro hombre serrano parecen armonizarse en este clima medio,
en la espontaneidad no exenta de discreta reserva, del caraqueño.
Aunque la inmigración antillana y el descuido de la escuela
en corregir los defectos fonéticos, cada vez más frecuentes,
están estropeando demasiado la lengua común, el caraqueño
habla con gracia; una metáfora inesperada le sirve para reemplazar
el más tranquilo proceso del pensamiento lógico. Y
estos hallazgos del habla vernácula, casi lo que llamaríamos
el surrealismo popular hecho de asociaciones y símbolos sorpresivos;
este arte de evitarse todo un discurso de Sociología con
una anécdota reveladora, constituía, en gran parte,
el encanto de charlar con Pedro Emilio Coll. Su extraordinario y,
mismo tiempo, bondadoso ingenio, glosaba con la misma agudeza en
verso de Shakespeare, una página de Renan o un cuento –como
en su narración de Las tres divinas personas- de
la vieja cocinera mulata. Si su generosidad y espíritu efusivo
no prefiriera conversar más que escribir todo lo que vio,
todo lo que oyó y todo lo que se le ocurría, además
del excelente crítico y ensayista que todos conocemos, hubiéramos
tenido en Pedro Emilio un gran novelista o acaso memoralista a lo
Saint Simón, que como nadie arrojaría luz sobre las
expresiones más íntimas y casi más soterradas
del alma criolla. Acaso por ser tan entrañablemente venezolano
era, al mismo tiempo, Pedro Emilio tan universal. Un importante
problema para los críticos e investigadores literarios de
mañana será descubrir en aquellas confidencias de
su juvenil y breve Castillo de Elsinor o en esas dispersas y exquisitas
glosas que escribió sobre la vida y gentes caraqueñas
a fines del siglo pasado, el perfil de todo un momento de la cultura
venezolana transmitido por un testigo de prodigiosa sensibilidad.
¿ No valen por un libro de Historia algunos retratos suyos,
escritos como al desgaire, en páginas confidenciales o de
reminiscencias de costumbres, como la silueta del general Guzmán
Blanco en su crónica de la Delpinada? Aplicando –acaso
sin proponérselo- aquella teoría que desarrolla Blandés
según la cual el retrato de César no consiste tan
sólo en lo que era César, sino también en su
mito, en su aura, en lo que los demás pensaban de él,
nuestro bizarro caudillo surge no sólo de frente con tosa
su gallardía física y su galoneado uniforme del segundo
imperio, sino en la leyenda y el respeto supersticioso que forjó
en los coetáneos. Y en la silueta de Pedro Emilio, el arrogante
jefe de Caracas se opone en transposición muy humana- el
buen papá, el ya nostálgico abuelo del destierro parisiene,
que suspiraba recordando entre todos los refinamientos de la cocina
francesa los ópimos y criollísimos aguacates de Guarenas.

Un poco de mis diálogos
con el ilustre maestro, de sus chispeantes intuiciones venezolanas,
de la Historia viva y bien conservada que él oponía
a la de las grandes colecciones documentales, me ha surgido el tema
del breve discurso que desarrollaré. Y sea a falta de cosa
mejor, mi pequeño homenaje a la memoria de un hombre que
si nuestros sucesores conocerán por su limpia y persuasiva
prosa, nosotros conocimos también por lo que vale tanto como
la inteligencia y el estilo: el ímpetu generoso del corazón.
Hasta nuestros días
el estudio de la Historia nacional ha sido, desde el clásico
Oviedo y Baños a Gil Fortoul -para no nombrar sino los muertos-,
tarea de individualidades señeras, de solitarios y magníficos
investigadores que siempre pidieron al pasado una conciencia y razón
del presente. Casi podría decirse que en Venezuela -en todos
los países latinoamericanos, tan probados y surtidos durante
el siglo XIX por la lucha con su naturaleza titánica o por
turbulentos procesos sociales- la Historia cumplió una urgente
tarea, de salvación. En horas de prueba o desaliento colectivo
se oponía el cuadro triste de lo contemporáneo, el
estímulo y esperanza que se deducía del pasado heroico
e idealizado. Ya un sentimiento de lo criollo, de que no sólo
es posible, sino también grato, arraigar en esta tierra y
oponer a la dispersión y aventura de los primeros siglos
coloniales una nueva conciencia de territorialidad y permanencia
pacífica, aparece en el libro de Oviedo y Baños con
que se inauguró culturalmente nuestro siglo XVIII. Y después
de la inmensa hazaña y diáspora heroica de la Independencia,
cuando predominó una dirección y una voluntad venezolana
en media América del Sur, y cuando, cumplido el milagro histórico,
al sueño libertador de los hombres de 1811 se opuso la prueba
del caudillismo y las dictaduras militares, la gran Historia, la
que narró Baralt en su prosa neoclásica y la que pinto
Tovar y Tovar con tan severa elegancia, era nuestra esperanza en
la crisis, aquel “Bolívar miserere nobis” con
que los venezolanos intentamos conjurar toda derrota. Tuvimos la
Historia romántica, que como en Juan Vicente González,
Felipe Larrazábal y Eduardo Blanco, acrecentó el mito
épico y creó, en cierto modo, el cantar de gesta nacional,
tuvimos después la Historia positivista, que buscaba la concordancia
entre el medio y las instituciones, y ahora, cuando ambas corrientes
del pensamiento histórico parecen haber cumplido su proceso
y agotados sus premisas, conviene pensar un poco en los rumbos posibles
de una futura Historiografía. No se trata de disminuir lo
que cumplió, a veces magistralmente, nuestra literatura histórica,
sino de completarla con otros puntos de vista, con nuevos métodos
de investigación. Junto a la Historia militar y política,
preferente trabajo de nuestros historiadores durante el siglo XIX
y primeros años del vigésimo, ya vemos surgir como
otra cara del problema una Historia Económica y una Historia
cultural.
Diríase que la interpretación
personal llevada a cabo por nuestros más eximios historiadores
requiere ampliarse, a la luz de las necesidades y exigencias venezolanas
de este momento, con una sistemática tarea de grupo en que
colaboren por igual ling_istas, etnógrafos, antropólogos,
folkloristas, etc. Porque el trabajo científico fue en Venezuela
puro impulso de la vocación, horas de absoluta gratuidad
espiritual robadas al apremio económico, tenemos apenas sobre
nuestro país un conocimiento disperso que es preciso perseguir
con voracidad de maniático en raros folletos o colecciones
de periódicos guardados en alguna hermética biblioteca.
No son accesibles al público los grandes digestos documentales,
y aun esto, como la ya agotada colección Blanco y Azpúrua,
exigen una nueva mano ordenadora que nombre bien las cosas y sustituya
con mejor criterio las pintorescas y a veces arbitrarias denominaciones
que ponía a sus papeles el peregrino soldado, que fue a la
vez, y en multiplicidad muy criolla, sacerdote e historiógrafo.
La narración de los fastos de la Independencia absorbió
de tal manera nuestro trabajo histórico, que casi no tuvimos
tiempo – aparte de algunas páginas de don Arístides
Rojas, de Tulio Febres Cordero, de Lisandro Alvarado, de los ensayos
de Vallenilla Lanz y de una que otra acotación sagacísima
de Gil Fortoul, para movernos tan solo en el ilustre Elíseo
de los muertos- de estudiar en su integridad la historia del pueblo
venezolano, no sólo como tema jurídico u objeto de
discurso político, sino como comunidad que se formó
en encuentro y alianza de grupos raciales, en el contacto modificador
de la tierra, el clima y el trabajo ancestral y en el predominio
de distintas formas de cultura, que unas veces venían de
Sevilla o las Canarias, otras del virreinato de México, otras
de Santo Domingo, otras de la relación con piratas y corsarios,
otras, finalmente, del núcleo colonizador y civilizador que
proyecto Nueva Granada sobre el Occidente venezolano y cuyo enlace
era el camino que conducía de Santa Fe de Bogotá a
Mérida con los hitos necesarios de Tunja y Pamplona. Aunque
la región andina se incorporó a la Capitanía
General de Venezuela en 1777, no se perdió por ello el contacto
tradicional con la Nueva Granada, y en víspera ya de la independencia
seguía el entronque acostumbrado entre las familias merideñas
y pamplonesas. Así, cuando en la emigración de 1814
los patriotas de Mérida buscan una línea de escape
contra las mensadas realistas, lo hacen reinternándose en
los viejos caminos virreinales y protegiéndose hasta en los
escondidos y selváticos llanos de Casanare. Para quien la
Historia es mucho más que el documento oficial y el papel
escrito, para quien desea completar el testimonio de las gentes
con el testimonio de las cosas mismas, la explicación de
muchos fenómenos culturales venezolanos es una perpetua interrogante.
¿Por qué el habla de Cumaná y de la región
oriental de Venezuela presenta tanta semejanza con el idioma común
de Santo Domingo y Puerto Rico? ¿Por qué el “papelón”
de forma piramidal de la antigua provincia de Caracas se trueca
ya, al llegar al Estado Trujillo, en la “panela” cuadrada?
¿ Por qué en los Andes el “requinto” sustituye
al “cuatro” como instrumento popular, y aún los
campesinos de Mérida celebran los festejos navideños
acompañando sus villancicos y viejas canciones al son de
rústicos violines, caso único en nuestro folklore
musical? He aquí una serie de cuestiones usuales, sensibles
a quien recorre el país y que piden su respuesta a los futuros
historiadores de nuestra cultura. De pronto, un ritmo que, por el
hábito de oír en la radio canciones antillanas, parecía
de origen negro –como nos ocurrió recientemente presenciando
un “baile de tambor” en las inmediaciones de Maracay-
revela su absoluta semejanza con una vieja melodía castellana
del siglo XVI. Al compás de los músicos nativos, un
folklorista español que estaba con nosotros pudo seguir la
línea melódica de la canción en sus antiguos
versos; y notábase en el grupo de danzantes que los más
ancianos, los ya menos permeables a la deformación que producen
los programas de radio, bailaban con un ritmo distinto de quienes
caprichosamente la africanizaron. La suma y el análisis de
tantas cosas menudas, el trabajo ordenador de lingüísticas,
etnógrafos, antropólogos, etc., que colaboren con
el historiador nos llevará a una visión más
completa de lo venezolano, a la historia del pueblo, que ha de completar
la historia del Estado. Y tal labor es necesaria, no sólo
para satisfacer la curiosidad del folklorista a la nota de típica
autenticidad que busca el escritor, sino también para que
todo lo que se haga en materia de progreso o reforma social consulte
hasta donde sea posible las modalidades locales. Quien ha recorrido
el país, siquiera con una modesta libertad de apuntes, sabe,
por ejemplo, que junto al derecho escrito en las oficinas de Caracas
hay en la vida venezolana muchas formas consuetudinarias que nunca
fueron absorbidas por nuestros códigos civiles de inspiración
napoleónica, y que son muy distintas las relaciones de familia
y el concepto de propiedad en una comunidad navegante y pesquera
como Margarita y en un Estado de tan vieja tradición agrícola
como Trujillo.

Se hace así urgente
ampliar lo que yo llamaría las fuentes de nuestra Historia.
Por explicable razón política y por la emoción
que tiene todo testigo de dar valor primordial y casi exclusivo
a los hechos en que participó, los historiadores del siglo
XIX vieron el proceso de Venezuela como si las provincias de nuestro
territorio hubieran estado soldadas siempre en firme comunidad y
como si el movimiento emancipador iniciado en 1811 marcara una censura
infranqueable con el vasto período precedente. Aunque antropólogos
como Marcano empezaron a estudiar los residuos de la prehistoria
indígena, fue un lugar común desechar completamente
aquellos orígenes, diciendo, con verdad de Perogrullo, que
nuestro pasado prehispánico carecía de toda importancia
comparándola con el de mexicanos y peruanos y con nuestros
vecinos occidentales los chibchas. Tampoco el lenguaje de los arqueólogos
podía dar una noción clara y fácilmente asimilable
de tales testimonios. Por autodidactismo y por la frecuente creencia
de que se pueden conocer historias locales sin conocer el método
histórico, la Arquelogía y la Antropología
fueron en nuestro siglo XIX, con excepciones tan ilustres como la
de Marcano, temas de desordenadas divagación y fantasía.
En toda Hispanoamérica hubo pintorescos eruditos, exegetas
de un solo libro y posesos de una peculiar manía, que se
planteaban tan absurdos problemas como el de sí los hebreos
habían llegado al Amazonas; si los chinos influyeron sobre
México en remotísimo tiempo, o -siguiendo, la barroquísima
teoría de Sigüenza y Góngora en el siglo XVII-
si el mito de Quezalcoatl puede identificarse con la leyenda cristiana
del apóstol Santo Tomás, evangelista de las más
lueñes regiones. Cada persona que encontraba un cementerio
indígena, un conjunto de cráneos, de hachas y vasijas,
da base a formar hipótesis sobre el más antiguo poblamiento
de América. El análisis de cualquier raíz o
desinencia lingüística llevaba a la más arbitraria
relación entre alguna lengua americana y otra del Viejo Mundo.
Un poco de claridad metodológica, de rigor severo en la clasificación,
de honesto acopio de datos antes de formular teorías se requiere
en materia que se ha hecho tan intrincada, a veces tan farrágosa,
como la de nuestra proto-historia aborigen.
Pero mientras que antropólogos,
arqueólogos y lingüistas ordenan y sistematizan los
materiales, si es posible comenzar a ver el mundo indio de modo
más intenso, siquiera con mayor emoción estética
que la que le dedicamos hasta ahora. Un mundo muy nuestro, sensible
ya al misterio de nuestra naturaleza y a los materiales de la tierra,
una mitología que se irá aclarando, se nos ofrece
en los maravillosos vasos de la cultura tacarigua, en las estatuillas
timotocuicas, en los aún hoy vivos tejidos, adornos y cántaros
de guajiros y orinoquenses. Los viejos cronistas que como Gili o
Gumilla, tuvieron en el siglo XVIII tan profundo contacto con las
poblaciones autóctonas, requieren releerse e interpretarse
con un criterio ya diverso al de recoger noticias sueltas y datos
pintorescos, que fue el que prevaleció hasta hoy. Dentro
de la historia de la cultura universal hay que incluir esos testimonios
directos de especial importancia: la descripción in situ
de tribus y grupos étnicos antes de que los acabara de dispersar
el conquistador, y la extraña problemática que el
mundo físico y las sociedades americanas produjeron en el
europeo; ávido interrogatorio de temas de ciencia natural
y conocimiento histórico que contribuirían, en grado
no pequeño, a la transformación de la propia y muy
orgullosa cultura europea. Una de las hazañas que de modo
singular, en México, Argentina y Perú está
realizando la nueva escuela de historiadores hispanos-americanos
es la revisión de esas fuentes iniciales de América;
esa a veces olvidada literatura de misioneros y evangelizadores,
que –como en el caso de Sahún, del padre José
de Acosta o de nuestro Gumilla- presenta para el lector contemporáneo
la novedad y fascinación de las obras maestras. A la luz
de la ciencia etnológica y antropológica presente,
muchos de esos libros, antes menospreciados, comienzan a ser para
la cultura universal tan valiosos como han sido para el hombre europeo
durante veintitantos siglos las obras de Estrabón o Herodoto.
Ya venturosamente la historiografía
de todos nuestros países, y de modo especial en Venezuela
algunos eminentes investigadores de esta Academia, han superado
muchos de los antiguos prejuicios sobre la colonización y
el pasado español. Como quise demostrarlo en un libro, la
cuestión no consiste en sustituir la leyenda negra que se
elaboró en los países émulos de la vieja España
imperial por otra leyenda blanca y seráfica en que el conquistador
se convirtiera en santo. Pero no es con nuestros conceptos de hoy
como se entienden los problemas de la expansión oceánica
del siglo XVI. Más que factorías de mera explotación
económica como son aún ahora las colonias tropicales
de los países imperialistas, la enorme huella de España
por el vasto mundo indiano originó naciones de tan firme
conciencia territorial y psicología tan diferenciada como
las que integran Hispano-América. La rica cultura colonial
creadora ya de un arte mestizo, de una nueva visión del hombre
que del pensamiento misionero de un Las Casas pasa a las grandes
interpretaciones del mundo indígena de Sahagún y Motolinía
e influye, además en las utopías renacentistas; de
un doble debate sobre la libertad y dignidad humana que en teólogos
como los criollos Avendaño y Alegre parece anteceder al liberalismo
moderno, constituye un vivo legado civilizador; un tema permanente
de nuestra conciencia histórica. Es claro que debemos distinguir
-como en toda Historia- las fuentes oficiales; la perfecta ley escrita
o la Real Cédula que no se cumplía y la costumbre
y el hecho, motivado por la circunstancia ambiental. Pero ante nosotros
el problema de la colonia ya se plantea de modo muy diverso a como
lo consideraron los historiadores –testigos de la independencia
(Yanes, Baralt)-, influidos por el racionalismo simplificador de
la ilustración y el encono de la guerra reciente, y de la
manera pintoresca como la viera en deliciosas páginas de
costumbrismo histórico don Ricardo Palma. Porque entonces
se inició nuestro proceso de mestizaje, porque el impacto
entre los grupos raciales y culturales que formarían la futura
América se observaba allí de modo más vivo,
es dicho período un punto de partida y repertorio insuperable
de toda investigación sociológica sobre nuestros pueblos.
Casi diría que, por
ello mismo, es la época que exige mayor cultura y fineza
interpretativa en el historiador. Quien se sumerge en ese medioevo
americano -conque se ha comparado la colonia- tiene ante sí
la más enredada problemática. Primero, junto al documento
oficial envuelto frecuentemente en fórmulas de devoción
o etiqueta barroca hay que poner otras fuentes que como los procesos
inquisitoriales recogidos por José Toribio Medina o Jenaro
García, da él trasfondo oscuro de la existencia diaria.
Que la colonia fue mucho
menos santa de lo que habitualmente suponemos, nos lo señalan
algunas crónicas de ciudades como los famosos Anales
potosinos, de Martínez Vela, o el Diario de Lima,
de Mugaburu, y obras de señalado encanto literario como El
carnero, de Rodríguez Freile, libros todos que ofrecen
una como Historia secreta y condimentada murmuración de lo
que no se escribía en los papeles públicos. En cartas
privadas, testamentos, deposición de testigos en los más
acres juicios eclesiásticos y civiles, hay que perseguir
este otro rostro resbaladizo de aquel período. Y no pensar,
tampoco, con falsa ilusión histórica, que desde el
punto de vista social y cultural, la colonia finalizó radicalmente
con el movimiento iniciado en 1810. Cuánto de colonia queda
en las costumbres y estilos de vida de algún rincón
aldeano; en ciertas formas de lo que puede llamarse nuestro Derecho
consuetudinario; en las tradiciones del arte popular, en ritos y
supersticiones, es todavía tema de investigación para
el sociólogo o historiador de la cultura.
Otros problemas aquel que
dos grandes investigadores latinoamericanos como don Fernando Ortiz
y Arturo Ramos han denominado con palabra utilísima “transculturación”.
La “transculturación” no consiste tan sólo
en el transplante de la cultura europea a América, sino también
en el producto nuevo o en el obligado retroceso que a causa de las
condiciones del ambiente sufre con frecuencia la forma cultural
europea. El estilo de los monasterios e iglesias construidos por
los primeros frailes franciscanos en México durante el siglo
XVI -valga un ejemplo-, más que al gótico florido
de la corte de los Reyes Católicos o al Renacimiento que
ya penetraba en España, se parecía a las fortalezas
medioevales porque el temor ante los indios, la sensación
de peligro del mundo nuevo y las formas económicas de una
comunidad cerrada retardaban la hora de América en comparación
con el tiempo europeo. Junto a la estructura del Estado español
traído a las Indias, se suponía la circunstancia autóctona;
aquella frecuente discordia entre ley y realidad histórica,
definida hasta la exageración en la famosa y destemplada
carta de Lope de Aguirre, el Tirano, a Felipe II. He leído
en el Archivo Nacional curiosos papeles de encomenderos de comienzos
del siglo XVII, que al hacer ante la corona su recuento de servicios,
dan una imagen de la vida venezolana en aquellos años que
podría homologarse a la difícil existencia europea
durante el feudalismo. La influencia organizadora del estado se
relajaba a medida que se salía de los pequeños núcleos
urbanos con su iglesia y su cabildo, a la naturaleza semibárbara.
Ver más allá de la Historia externa y de las fórmulas
frecuentemente convencionales y mentirosas, lo que don Miguel de
Unamuno llamaba la intra-historia, el culto y replegado meollo de
los hechos, es así la tarea sutilísima del historiador.
Porque lo contrario sería proceder como en cierto desventurado
Manual de Historia Patria que se enseña en muchas escuelas
y colegios en que el proceso político nacional, el tránsito
de uno a otro presidente, se narra como si todo hubiera transcurrido
en la más perfecta y serena legalidad; como si el país
no conociera jamás dictaduras y actos de violencia. Dicha
historia, inspirada más en los documentos de la Gaceta
Oficial que en los hechos mismos, casi se confunde con la de
un apacible país como Suiza y en los días de más
sosegada democracia. Como en un cuento de nuestro libro primario,
el deber del historiador es no conformarse con la apariencia y averiguar
qué es lo que está encerrado en el saco.

En la palabra “Venezuela”,
que a partir de 1777 significó la fusión de núcleos
territoriales que vivieron dispersos y que con la guerra de Independencia
adquirieron la más valedera unidad histórica, caben
hoy -como en los motivos musicales de una sinfonía- la variedad
de regiones, costumbres y formas de cultura. Desarrollada ya en
gran parte la historiografía militar y política, convendría
detenerse un poco en la historia cultural. Lingüística,
etnógrafos, antropólogos, folkloristas, economistas,
mancomunando su esfuerzo, deben trabajar en esa “Summa”
de Venezuela de que estamos requeridos. Tanto como las grandes batallas
de la Independencia, es un problema histórico saber cómo
en estos cuatro siglos que abarca nuestra historia documentada el
venezolano transformó su suelo; qué etapas ha sufrido
su economía, qué ideas o consignas rigieron su vida
espiritual. La historia de las ideas en que comienza a interesarse
un grupo nuevo y muy empeñoso de historiadores hispano-americanos
es mucho más -como ya lo advirtiera Gil Fortoul Y Ballenilla
Lanz- que estudiar la influencia del pensamiento europeo en América;
es esclarecer, al mismo tiempo, qué reacciones, cambios y
reajustes suscitaron aquellas ideologías en su choque con
un medio social distinto. ¿No es casi un tema patético
inquirir, por ejemplo, la continua metamorfosis que la despierta
cultura europea sufrió en el alma ardiente de Simón
Bolivar? Seminarios de investigación donde jóvenes
diligentes se entrenen en la nueva historiografía; colecciones
documentales que hagan menos penoso el trabajo de búsqueda,
clásico y obras raras que desde el círculo cerrado
de los eruditos se difundan en escuelas y colegios, se necesitan
para la tarea exploradora. Y completar siempre la Venezuela ya escrita
en los archivos y papeles viejos, con la que el emocionado caminador,
el auténtico baqueano de la patria, descubre en un diálogo
campesino, en una canción popular, en una de esas casas de
provincia donde parece haberse detenido el tiempo.
Quizá para la empresa
de grupo, de donde surgirá nuestra futura historiografía,
sea necesario dividir el país en zonas y áreas culturales.
Habrá que hacer, por ejemplo, -como lo realizan ya muchas
naciones-, nuestro mapa lingüístico que arrojará
mucha luz no sólo sobre el habla común del pueblo,
sino sobre las influencias indígenas y africanas y sobre
tantos problemas semánticos que definan nuestra psicología
colectiva. Porque en el idioma, el hombre ofrece la más válida
configuración de su alma. Tanto como una fuente escrita son
testimonios históricos para explicar contactos o formas peculiares
de cultura los instrumentos musicales del pueblo, el ritmo de sus
canciones, los materiales de su casa o decoración, el estilo
de su cocina. Que la historia nos sirva más; que concurra
con sus datos a aclararnos problemas e interrogantes de cada día;
que no sea tan solo el tema del discurso heroico, sino la propia
vida y el repertorio de formas de la comunidad, es cuestión
que ya nos planteamos.
Quisiera decir que en pocos
momentos como el que ahora se perfila el país requirió
de mayor conciencia histórica. Los grandes choques y corrientes
espirituales ya no rebotan en Venezuela como en un país aislado,
de relativa insignificancia dentro de la economía universal.
Las grandes potencias y consorcios monopolistas extranjeros –como
ocurrió en el siglo XIX- podían contentarse con estas
tierras casi virginales con negocios de alto rédito como
los ferrocarriles y obras portuarias que constituían casi
todo el progreso técnico conocido por las generaciones precedentes.
Los barcos de arribo a nuestros puertos arrojaban sus fardos de
mercaderías y se llevaban, en cambio, el café y el
cacao cosechado por sumisos peones, en un régimen patriarcal
o feudal, según sea la connotación política
con que queremos definirlo. A espaldas del trasatlántico
en que los hacendados y los políticos prósperos iban
a Europa; a espaldas de las grúas de los muelles, vivía
el país una existencia soterrada, casi colonial. Generales
audaces y, de pronto, un civil efímero, se sucedían
en la presidencia de la República. Un mal año de cosechas
y una turba creciente de cesantes, excluidos del presupuesto, desembocaban
en una revolución para la cual se escribían las más
resonantes proclamas. Con su ímpetu, con su desorden, con
su siempre frustrado romanticismo libertario, Venezuela llevaba
una existencia hermética al amparo de estas montañas
costeras, de los inmensos llanos, de las cresterías andinas
de donde surgían a veces hombres de voluntad conquistadora.
Pero desde que en 1920 el petróleo comenzó a sustituir
al café y al cacao como producto dominante; desde que un
capitalismo técnico y financiero pesó en la vida del
país; desde que la política mundial con sus nuevas
místicas se hizo sentir en las discusiones públicas,
habíamos dado el salto tremendo y sin duda arriesgado que
nos separaba del siglo XIX.
Parece que el país
es potencialmente muy rico, nuestro débil crecimiento demográfico
sufrirá un cambio vertiginoso con las gentes que ya están
llegando porque escucharon la nueva Leyenda del Dorado. Como en
el sueño de los libertadores, América se ofrece como
la convalecencia de Europa. Hay que esperar que los inmigrantes
que ya comienzan a congestionar las ciudades descubrirán
los caminos y bajarán los fosos que desde esta accidentada
serranía central conduce a Venezuela más ancha, más
desconocida. Entre tanto empiezan a oírse en los cafés
de Caracas, en los hoteluchos y albergues, todos los idiomas. Las
instituciones y servicios públicos, el ritmo tradicional
de la vida criolla parece lento y anticuado cuando se le compara
con ese impulso foráneo de intereses económicos, de
aventuras y sueños insatisfechos que parece ceñir
nuestras playas. Adaptar a Venezuela a esas gentes que vienen y
seguirán viniendo; defender contra los nuevos conflictos
de poder y hegemonía que habrán de suscitarse en el
mundo, la línea de la nacionalidad, la verdadera tradición
del Libertador, es nuestra próxima y más urgente tarea
de educación histórica. Una nación –lo
sabéis vosotros, señores académicos, que con
tanto esmero habéis estudiado lo que puede llamarse el legado
moral de nuestro país-, una nación no es sólo
una suma de territorios y recursos naturales, sino la voluntad dirigida,
aquella conciencia poblada de previsión y de pensamiento
que desde los días de hoy avizora los problemas de mañana.
Por eso, no sólo por lo que fue, sino también por
lo que es y por lo que será, cuando un grupo de venezolanos
estamos juntos invocamos, como el del más desvelado contemporáneo,
el nombre de Simón Bolívar. Es que por sobre el uso
y el abuso verbalista que se haya hecho de nuestro héroe
fundador, él constituye una de las primeras y primordiales
razones de nuestro vivir histórico. Hubo en ese momento del
siglo XIX, que fue el de Bolívar, un potente núcleo
de sudamericanos que, contra los designios de la santa alianza,
pusieron cerebro y corazón animoso para que las tierras de
nuestros países no fueran de reparto entre grandes y empezásemos
a ser dueños de nuestro destino. Había que lanzar,
hasta sobre la desolación y la desdicha, los datos de la
Historia como lo hizo el Libertador. Pero la lucha por la independencia
de América no se cerró en Ayacucho: es proeza que
revive contra peligros y armas distintas en cada generación.
Y como lo ha dicho Benedetto Croce en un libro admirable, la Historia
sería vano ejercicio retórico y recuento de hechos
que, por pasados, son irreversibles, si el hombre no viera en ella
una permanente y siempre abierta hazaña de libertad.
Señores académicos:
Os reitero las gracias no
sólo por el honor que me habéis discernido, sino por
la oportunidad, insista a él, de departir en vuestra sabia
compañía y de colaborar con vosotros en una tarea
de conocimiento venezolano que nos importa a todos. Aquí
os traeré –ya que no pretendo emular vuestra ciencia:
ya que en el campo de la historia patria apenas hice excursiones
veloces-, aquí aportaré, por lo menos, mis dudas,
mis preguntas, mis perplejidades. ¿No es el mejor y más
sereno símbolo de la vida intelectual de un país ese
diálogo, ese cuestionario a veces angustiado, a veces caviloso,
conque cada generación quiere aprender e interrogar a las
que le precedieron?
(*) Zona Tórrida #. 27 Revista de Cultura de la Universidad
de Carabobo pág. 17 -32