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Relatos introspectivos “(…) El relato es
movimiento hacia un punto, no sólo desconocido, ignorado,
extraño, sino concebido de tal manera que no parece poseer,
de antemano y fuera de este movimiento, realidad alguna, pero es,
sin embargo, tan imperioso que de él sólo extrae el
relato su atractivo, tanto así que no puede siquiera “comenzar”
antes de alcanzarlo; pero, no obstante, sólo el relato y
el movimiento imprevisible del relato proporcionan el espacio donde
el punto se vuelve real, poderoso y atrayente.” “(…) Había
en él especialmente un caudaloso gran río, que uno
podía ver en el mapa, como una inmensa serpiente enroscada
con la cabeza en el mar, el cuerpo ondulante a lo largo de una amplia
región y la cola perdida en las profundidades del territorio.
Su mapa (…) me fascinaba como una serpiente hubiera podido
fascinar a un pájaro, a un pajarillo tonto. (…) Seguí
caminando por Fleet Street, pero no podía sacarme aquella
idea de la cabeza. La serpiente me había hipnotizado.”
A pesar de que el trabajo fotográfico de Ricardo Jiménez nos remite en su cuerpo total a la experiencia del fotógrafo-viajero en su constante deambular por infinitas geografías, volviendo visible la calidad de lugares, paisajes y arquitecturas que se levantan sobre la sorpresa de la mirada, las obras que conforman su serie Bitácora [1] son algo más que la representación de esa tradición documentalista centrada en fijar y registrar las cualidades de una determinada ruta topográfica. Partiendo de un viaje realizado en su propio carro, sorpresivo e insospechado como todos los viajes, desde Caracas hasta Ciudad Bolívar, Ricardo Jiménez elaboró una inquietante secuencia visual, un mapa fotográfico de seis días de camino que más que una secuencia de un registro geográfico del paisaje, está conformado por imágenes que remiten a una topografía subjetiva, a un documento sugestivo del camino como el silencioso y tenebroso recorrido hacia la interioridad.
Este imaginario del viaje geográfico como experiencia interior y aventura iniciática es un territorio simbólico que ha contado con un amplio espacio de elaboraciones en todas las culturas, desde tiempos ancestrales hasta nuestros días. Sin embargo, un tópico que tal vez se ha repetido en los relatos modernos es el encuentro último en este viaje con la posibilidad de la propia desaparición. La aventura se torna en descenso, urdimbre tenebrosa que navega hacia la propia infinitud imposible del yo, representada en el encuentro con la nada y su poder, con la insondable vastedad de un territorio (geográfico, zoomórfico, fantasmal) que nos invita al desvanecimiento. En este sentido, grandes figuras modernas de este imaginario como la gran ballena blanca que acecha al capitán Achab y el tenebroso río que hipnotiza la mirada del navegante Marlow, son tal vez dos de las imágenes más contundentes de estos márgenes de lo informe donde el moderno y solitario viajero se sumerge en el tenebroso transitar hacia lo desconocido, hacia un fin donde le esperan los ansiados bordes, no por peligrosos menos atrayentes, del vacío. El inevitable poder seductor de esta nada incognoscible, que obliga a estos solitarios personajes ha embarcarse hacia ese corazón de las tinieblas del que habla Joseph Conrad, hacia esa muerte blanca que espera en el mar de Melville, es el mismo poder taimado y fascinante que subyace en las imágenes planteadas por Ricardo Jiménez en su bitácora interior. Iniciado durante la noche, el viaje del fotógrafo comienza con un relámpago que perfora el cielo de la oscura y lluviosa carretera vía al Socorro (Lunes 26, 8:00 PM. Carretera hacia El Socorro, Se rompe el cielo), el relámpago se abre para anunciarnos el inicio del recorrido, como si en esta visión magnífica ya tuviéramos una premonición de lo que será el final del camino, una premonición cercana a esa fijación que obsesiona al navegante Marlon: la imagen cartográfica de un río serpentario que le hipnotiza en las primeras páginas del relato de Conrad.
Igualmente, cada imagen de esta bitácora plantea su insólito recorrido, atravesando la vía que bordea al caudaloso Orinoco, una vía paralela que va, poco a poco, con el transcurrir de los días, las noches y las madrugadas, hablándonos, sin mostrarlo, del enorme y legendario poder de la imponente arteria fluvial; sin embargo, estas vías no están separadas, en el relato fotográfico ambas arterias confluyen, se acercan sin saberlo, a través de los nexos fantasmales y suspensos dramáticos que el fotógrafo atrapa entre uno y otro camino, retrasando esa llegada que es caída potencial del relato, avance e incertidumbre: ¿final del camino? Dentro del diario visual cada imagen está marcada por los apuntes del solitario fotógrafo-viajero. En la imagen donde tres niñas contemplan la inmensidad del río leemos la leyenda: Miércoles 28, 8:14 AM. Caicara, Es la misma orilla. Más adelante, dos solitarios avisos de la carretera son sorprendidos por la espalda: Miércoles 28, 4:35 PM. De Caicara a Ciudad Bolívar, Por detrás del paisaje. En otra, un solitario paseante se aposta frente a la nocturnidad del río. Viernes 30, 9:10 PM. Ciudad Bolívar, Arrojan sombras en el agua. De la misma manera, rostros, esquinas, espacios, vacíos y arquitecturas levantadas frente, detrás y en torno al río son atrapadas por la lente interior del fotógrafo: Martes 27, 6:00 AM. Chaguaramas, Antes del día. / Miércoles 28, 8:55 AM. Caicara, Sentado en el banco, a ver que me trae el río. / Jueves 29, 9:30 PM: Ciudad Bolívar, Oficio Navegante. / Viernes 30, 6:20 PM. Ciudad Bolívar, El aire quieto se anima. Dentro del recorrido visual estas leyendas que acompañan a cada imagen funcionan como el apunte esencial que desborda los límites del relato. Sus dramaturgias internas se extienden no sólo en la recuperación del itinerario fáctico del viaje sino que elaboran, gracias a las pequeñas alusiones que trazan dentro de cada imagen, nuevas líneas dramáticas que parecen remitir a una posible historia entre el viajero y lo que le rodea, una historia íntima, un itinerario fantástico del que sólo tenemos como espectadores una vaga intuición, pero cuyas verdades se encuentran escondidas tras el abismo del relato venidero, tras la potencia enceguecedora de su realización. Como en el análisis del canto de las Sirenas que plantea Blanchot [2] cada imagen de Bitácora es una apuesta por el vacío, un detenerse en la potencia “poderosa por su misma carencia” de la imagen que se ha encontrado con su propia incertidumbre, y por lo tanto con la nuestra. Al mirar estas imágenes nos preguntamos adónde va el viajero, pero su mirada es también la nuestra, en su viaje estamos nosotros en medio de un canto enigmático trazado hacia un fin desconocido, un fin que nos llevará en la navegación “venturosa o desventurada” de su propia realización.
Un último signo visual confirma el final inacabado de esta ruta circular del relato planteado por la fotografía de Jiménez. El itinerario de Bitácora, abierto por la imagen iniciática y deslumbrante del destello serpenteante del relámpago (Lunes 26, 8:00 PM. Carretera hacia El Socorro, Se rompe el cielo), se traslada de este insondable espacio, de esta deslumbrante fractura del cielo, de esta magnanimidad de una naturaleza desbordada sobre sí misma que parece abrir las puertas misteriosas del insospechado viaje, hacia un recorrido que bordeando las huellas humanas y fantasmales del río nos llevará al encuentro con la última imagen de este viaje: una puerta en la habitación de un viejo hotel que iluminada por una taciturna lámpara de pasillo nos muestra una enorme zanja trazada en su propio centro; en la leyenda, leemos: Sábado 1, 6:10 AM. Ciudad Bolívar, Estar afuera es estar adentro. De esta manera el poder del relato venidero se abre en su totalidad, de la fractura con la cual la naturaleza inicia el viaje de Bitácora, las imágenes de Jiménez nos llevan a la fractura interior abierta sobre esta puerta de llegada, como si el abrirse serpenteante de la naturaleza se cerrara sobre un relato doble y especular que se ancla en esta herida del tiempo que ha quedado fijada en la puerta de nuestra propia interioridad, una fractura también serpenteante e indómita, incógnita y atrayente, que nos invita de nuevo a desaparecer. La bitácora geográfica de Ricardo Jiménez se transforma entonces en tránsito circular: un encuentro con el tiempo interior del relato en un final que es nuevo inicio -estar afuera es estar adentro-, movimiento del canto enigmático, potencia infinita del relato que es en sí misma causa, contenido y consecuencia del viaje ya emprendido, del viaje por venir. Imágenes: 1: Ricardo Jiménez. Estar
fuera es estar adentro.
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