Dos relatos de Luis Felipe Castillo


Por Luis Felipe Castillo

Existe un momento
en las separaciones
en el que la persona amada
ya no está con nosotros.
Flaubert
La educación sentimental

 

 

Carol

 

Las hojas que necesito para mi trabajo las compro en una papelería ubicada en el recién inaugurado centro comercial que está cerca de mi casa.

Voy a ese local desde que una tarde descubrí que es el único sitio de la zona en el que venden cuadernos en los que puedo escribir con pluma fuente por ambas caras de las hojas sin que la tinta inutilice el envés de la página borroneada. Este detalle, quizás nimio, para mí es fundamental. No sólo por el ahorro de papel sino porque me parece que ese es el proceso natural de la escritura hecha a mano, por las dos caras de las hojas, como en las libretas que usaba en primaria. Desde entonces, desde mi “descubrimiento”, los artículos de escritorio los compro en esa tienda, y de paso voy al centro comercial y veo a las jovencitas, a las “niñas” de pantaletas ínfimas y jeans a la cadera que su juventud les permite lucir y que, dada mi treintena ya avanzada, para mí son inalcanzables (las ninfas y su ropa interior y el secreto que guardan) en el plano de la realidad si bien no en el de la fantasía.

Al bajarme del carro, fui inmediatamente al negocio (aunque eso no me impidió examinar el entorno), compré el papel, me reaprovisioné de cuadernos, adquirí un frasco de tinta azul real, pagué, salí y caminé en dirección a las escaleras mecánicas. Ya en ellas, me apoyé en el pasamanos, bajé con la mirada alerta y comprobé una vez más que la fama de las caraqueñas se funda en el color almíbar de su piel, los extraños ojos claros (verdes, amarillos, grises, azules) u oscuros (negros o pardos), las facciones que combinan lo europeo con lo árabe y lo criollo, y unas tetas paraditas y un culo redondo, sensacional.

Convencido de lo anterior y un poco frustrado (la punta de mi lengua únicamente pudo hacer un viaje de pocos pasos) enfilé hacia al carro con la intención de regresar a la soledad de mi casa, al titilar del cursor en la pantalla, a las hojas corregidas con alguna de mis diversas plumas. Sin embargo, antes de llegar al descampado del estacionamiento, justo donde la boca del edificio se abre a los paseantes, vi que una tienda de discos exhibía en su vitrina un afiche enorme en el que se promocionaba un CD de Santana, no el Supernatural, que me parece un trabajo fácil y decadente, sino uno que contiene las canciones con las que Santana se hizo un nombre a finales de los sesenta y principios de la década siguiente.


El afiche era enorme y rojo y en letras azules anunciaba “The Best of Santana”. “Lo mejor de Santana” repetí hasta que llegué a las puertas de la discotienda.

No tuve que esperar mucho para ser atendido, el local estaba vacío. Así que apenas pregunté por el disco la dependienta abandonó su puesto, se dirigió a los anaqueles y sin dudar estiró su brazo y tomó el pequeño recuadro de plástico que me entregó enseguida.

El CD reunía, reúne (lo tengo a mi alcance, al lado de uno de los frascos de tinta y a la derecha del monitor), piezas como “Jingo”, “Evils Ways”, “Black Magic Woman”, “Oye como va”, “Samba pa ti”, “Dance Sister Dance”. Y apenas lo tuve en mis manos pedí a la joven que me permitiera escucharlo. Ella, casi de inmediato y, tendría que decir, de forma rutinaria, abrió el estuche, me extendió el aro de plástico y me señaló un aparato y sus respectivos audífonos. Y me dijo unas palabras que quisieron ser amables: “Ese disco es buenísimo. Se está vendiendo muy bien.”

Hablo de una minitienda. De manera tal que sólo tuve que recorrer pocos metros para colocarme al lado del reproductor de compactos y ponerlo en funcionamiento.

Una vez que el equipo de sonido engulló el disco, a través de los audífonos oí los primeros segundos de cada una de las canciones y después seleccioné las que más recuerdos me traían. Me quedé entonces viendo las paredes mientras la música me llevaba a pensar en mis hermanos, mis amigos de infancia, la disciplina del colegio, las vacaciones en las costas de Oriente, todo perdido en el pasado, a casi tres décadas de distancia. Escuché “Jingo” y “Oye como va”, completas, y luego repasé algunos fragmentos de “Samba pa ti” y “Europa”. Así, inmerso en esas melodías y sintiendo en el pecho el gemido de la guitarra de Santana y la percusión profunda y seductora que repicaba al fondo, me dije: “Carajo, Santana fue original. Carajo, Santana maduró en plena juventud”. Por eso, porque mi atención estaba puesta en el disco y todo lo que éste era capaz de evocar en mí y me hallaba aislado del entorno, no vi ni escuché a nadie entrar. Por eso no sentí a Carol.

Yo había ingresado a un local vacío, pero al darme vuelta la vi. Creo que fueron apenas unas milésimas de segundo las que necesité para reconocerla, a pesar de que ella estaba de espaldas. Pero el dibujo de sus piernas, el color de su pelo, los lunares que tantas veces vi y lamí cuando en plena faena ella o yo sugeríamos que se diera vuelta, no me dejaron dudas. Y menos aún las tuve al quitarme los audífonos y escuchar su voz.

Habían pasado más de diez años desde nuestro último encuentro en Madrid. Carol se había ido con su familia en el 89. Los saqueos y la represión de finales de febrero y comienzos de marzo de ese año hicieron pensar a su familia que quizás en España vivirían mejor. Para principios de 1989 Carol y yo terminábamos nuestras carreras y apenas teníamos unos meses viéndonos en las canchas de la universidad y desnudándonos subversivamente y todo lo rápido que podíamos en la casa de sus padres o en la de los míos o en el bosque de pinos de la USB y, con más calma, en las carpas que aún se podían instalar en algunas playas o en los hoteles de la Avenida Andrés Bello que visitábamos luego de ver una película más o menos intelectual en la Cinemateca o el Cine Prensa.



Aquel 27 de febrero, el día del inicio de los saqueos, ella y yo llegamos a la Simón Bolívar a las nueve de la mañana. A la altura de Santa Rosa de Lima oímos en la radio una noticia acerca de los disturbios en la UCV, anuncio al que no le prestamos atención debido a que las protestas de los encapuchados de la Central habían pasado a ser una demostración clara de la máxima que postula que si la frecuencia de los eventos rebasa cierto límite los hechos pierden significado. A las nueve y media cada uno fue a su clase y al mediodía almorzamos en la Casa del Estudiante, ese mamotreto inmenso ubicado a las puertas de la universidad. Ya en la tarde, Carol fue a su laboratorio y yo me dirigí a la hemeroteca a fichar un conjunto de artículos que mi tutor me había sugerido revisar.

Esa tarde le hice a un amigo un comentario breve, de pasada, sobre el aire de ingobernabilidad que se había generado tras las medidas económicas tomadas por el gobierno, y en ese instante creo que eran muy pocos los que en la Bolívar sabían que en Guarenas, el Centro, Parque Central, Petare, San Bernardino, la policía estaba en la calle y ya disparaba contra quienes derrumbaban santamarías y quemaban carros. Señalo esto porque a las seis fui a buscar a Carol y como si nada estuviera ocurriendo, ella, yo, y muchos otros, sudamos en la pista de cross country, y luego de bañarnos, regresamos a la ciudad sin siquiera imaginar que la gente protestaba sin pararle bolas a la Guardia Nacional y que su impotencia se había trocado en rabia.

Además de la noticia matutina a la que no le hicimos caso, tuvimos otra señal. A eso de las ocho de la noche, ya de vuelta, vimos en la Autopista de Prados del Este una furgoneta del Ejército y a varios soldados con el fusil apuntando al cielo. Nos pareció extraño, pero como el tráfico era normal, Carol siguió explicándome cómo había logrado minimizar las dificultades de interpretación que introducía el desgaste de los electrodos en los resultados de sus pruebas (lo recuerdo como si me lo acabase de decir). Yo soy ingeniero electrónico, de modo tal que de metalurgia no sé nada, no recuerdo nada, más bien. Sin embargo, a finales del 88, luego de que Carol y yo, estacionados frente a su casa, prolongáramos la madrugada con besos, las propiedades físicas de los materiales comenzaron a interesarme ya que me había quedado claro que era una forma de aproximarme a la textura y facultades de diversos rincones de esa piel femenina que me ofrecía su olor. Así que aquel 27 de febrero del 89 presté atención a las palabras de Carol, le hice uno que otro comentario obvio y seguí manejando y me olvidé de los soldados y de la amenaza de sus armas.

Carol me contaba aún cómo había logrado disminuir los efectos de la corrosión en sus probetas en el momento en que su mamá, la señora Carmen, salió al patio y, alarmada, nos preguntó cómo habíamos hecho para atravesar la ciudad. Un poco extrañados contestamos que no habíamos tenido ningún problema y ella de inmediato nos hizo un resumen de los sucesos del día y ya frente a las imágenes de la TV nos dimos cuenta de que en el país estaba pasando algo que la estabilidad de los setenta y principios de los ochenta ni siquiera nos permitió imaginar. Esa noche me fui temprano de casa de Carol y para el momento en que conversé con mi familia ya el Ministro del Interior hablaba de Estado de Excepción y los disparos retumbaban en el aire y se perdían en las faldas del Ávila.

Las clases no se reiniciaron hasta un mes más tarde. Los muertos “oficiales” fueron 247, pese a que una revisión superficial de los periódicos, las morgues y los hospitales, desmentía ese número, y que los muertos extraoficiales, pero muertos al fin, como decía un amigo, sumaban varios miles.
Aquellos días de febrero y marzo poco a poco nos fuimos acostumbrando al terror, a los disparos con los que el ejército sofocaba los brotes de protestas y los que acompañaban el inicio del toque de queda. Durante esas semanas miramos a través de la pantalla del televisor cómo los pobres y la clase media irrumpían en negocios que desvalijaban sin compasión. Vimos a la policía colaborar con el saqueo y ponerle alto, y después vimos cómo todos los cuerpos armados disparaban aterrorizados a la gente que a pesar de las balas aún salía a descargar su frustración.

En la medida en que los periódicos pudieron circular nos fuimos enterando de los diversos sucesos que se fueron expandiendo hasta tocarse y convertirse en uno solo. Carol y yo hablamos por teléfono a diario y al comenzar a apaciguarse la situación, empezamos a vernos en mi casa hasta minutos antes del toque de queda, aunque fueron muchas las ocasiones en que ella aprovechó la medida para dormir conmigo en la misma cama (cosa que ni de vaina sus padres hubieran permitido en su casa) y deshacer el lecho con nuestro deseo durante esas noches en que los disparos recrudecían y dejaban de ser brotes aislados.

Cuando volvimos a la universidad ya todos teníamos claro que Venezuela había cambiado. Tres años después, los golpes de estado de febrero y noviembre terminaron de hundir a Pérez, promocionar a Caldera y a Chávez, si bien para ese entonces Carol residía en Madrid y luchaba por conseguir un empleo que su condición de española reengachada y su acento de sudaca le hacían esquivo.

Fue su padre, el señor Manuel, quien tomó la decisión de volver a Europa. Él tenía claro que el período vivido en Venezuela lo había convertido en algo que era distinto del español que había llegado por el muelle de La Guaira a principios de los cincuenta; pero la violencia desatada, la falta de seguridad jurídica y personal que ofrecía la menguada democracia venezolana, lo hizo tomar el riesgo y llevarse consigo a toda su familia, incluida su hija menor, ingeniero de materiales de la Universidad Simón Bolívar, y novia mía.

Carol se graduó en julio del 89 y yo unos pocos meses después, en octubre. Celebramos mi grado en la ya casi desierta casa de su familia y a pesar de que yo estaba contento y ella a mi lado, todas las veces que entré al baño tuve que lavarme la cara para ocultar mis lágrimas. “Carol se va... Carol se va y yo me quedo”, le dije a mi hermano días antes. Esa vez, esa noche, la de la fiesta, me emborraché terriblemente y no recuerdo cómo pasé de uno de los sillones de la sala de mis suegros a la cama estrecha de mi cuarto en la casa de mis padres.




Carol y su familia viajaron el 17 de noviembre de 1989. A partir de ese amanecer en que recorrí desconcertado y triste la autopista que une a Caracas con el aeropuerto de Maiquetía, hablamos por teléfono todas las oportunidades que pudimos.

Por mi parte, fui a Madrid en marzo de 1990 y nos comportamos allá, Carol y yo, como unos novios que se encuentran separados por circunstancias accidentales. Con ella recorrí calles sin pensar en la posibilidad de un asalto aunque en más de una ocasión nos detuvimos asustados ante grupos de cabezas rapadas que vieron con desprecio cómo una chica rubia, blanca, europea, iba tomada de la mano de un tipo (tío dirían ellos) que no podía ser más que un despreciable marroquí. Así, supongo, interpretaron mis facciones árabes tan comunes en el Caribe. No obstante esas sombras de espanto, ese mes que pasé en España logró que Carol y yo nos estrecháramos con más fuerza y minimizáramos el problema que significaba la distancia enorme de un mar que nos estaba separando. Cuando le tocó a ella irme a despedir casi podíamos asegurar que nada más era cuestión de tiempo que yo volviera con un cupo en una universidad madrileña o con un cargo en una empresa que había solicitado mis servicios. No ocurrió nada de eso. Ni siquiera pude obtener una beca. La situación política y económica de Venezuela se había tornado tan oscura que todos los proyectos de financiamiento de estudios de postgrado habían sido suspendidos por el gobierno, y en cuanto a la contratación no fue más que una ocurrencia desesperada que tuvimos Carol y yo después de llorar luego del amor. Hoy lamento que el correo electrónico no fuese para esa época un instrumento de uso común. Quizás las palabras, las frases sombrías que yo hubiera escrito sin duda, hubiesen servido para mantener un vínculo que fue adelgazando hasta diluirse y desaparecer. Estoy seguro de que el e-mail me habría ayudado a vivir ese despecho que me hizo maldecir con las mandíbulas apretadas al país en el que me había tocado ser adulto.

Vuelvo atrás, tan sólo un poco. Luego de que Carol recibió su diploma de manos del rector de la USB, ni ella ni yo tuvimos mayores compromisos académicos. A mí me faltaba defender mi tesis, cosa que hice con éxito la última jornada de actividades del mes de julio. Al salir del recinto en el que el jurado evaluó mi trabajo, Carol me dio un beso con el que sellamos nuestra condición de veinteañeros libres, y dos días más tarde, ella y yo, cargamos mi carro y nos fuimos a recorrer las costas de Oriente. Viajamos todo lo que pudimos por las playas que visitamos durante nuestra infancia y adolescencia, cada quien por su cuenta, supongo que con la intención de recuperar con la memoria un país que había dejado de ser, de existir. Sus padres, conservadores, católicos, fueron todo lo permisivos que la situación exigió, y así, ella y yo, Carol y yo, nos sumergimos el uno en el otro con el abatimiento de la pérdida.

El 4 de febrero de 1992, a la una de la tarde, al rendirse los militares rebeldes, el teléfono de la casa de mis padres sonó. Yo pensé en unas de esas tantas llamadas que habíamos recibido desde la madrugada y creí que era otro amigo o familiar que telefoneaba con el fin de dar una información o hacer un comentario. Con eso en mi cabeza descolgué el auricular y segundos después identifiqué la voz extrañamente cercana de Carol. Al reconocerla, con el corazón acelerado, repetí: “¿Carol? ¿Carol?” “Sí, Alberto, soy yo”, respondió ella. “¿Cómo estás? ¿Cómo están por allá?”, agregó.

En Madrid eran alrededor de las seis y ella se acababa de enterar de que el golpe había fracasado. “Sí, se rindieron”, le dije yo. “Aunque por la actitud que mostró uno de ellos han convertido la derrota en un triunfo”; “¿Y cómo estás?”, me preguntó. “Asustado. No te imaginas todo lo que pensé al ver esta mañana a esos tipos gritar consignas por la patria y el honor”; “Sí me imagino lo asustado que puedes estar. Pero piensa que todo ya pasó”; “Por ahora, como dijo el que habló ante las cámaras”, la corregí.

Escribo esto y me parece lejano y además absurdo. En estos meses en que Chávez se desmorona, en que él mismo comienza a sentir la presión de lo que puede ser una insurrección militar, en que las marchas de protesta hacen colapsar el tráfico de la ciudad, en que los antiguos amigos del régimen se desmarcan y toman distancia y abren espacios para que la transición no los devore, en que los articulistas de opinión comienzan a escribir en pasado de esto que han llamado el chavismo, ver de nuevo a Chávez con su uniforme de campaña y su boina roja y comparar su juventud pasada con el rostro cansado y tumefacto que aparece en las cadenas televisivas que todo el mundo detesta y sabotea con el ruido de las cacerolas, me parece absurdo. Chávez no es más que el engendro del sistema inoperante en que los políticos venezolanos convirtieron la democracia. Y pagamos el precio. Nos hemos dividido impulsados por el odio, hemos padecido la tortura del insomnio, a la par que nos empobrecíamos y hasta las fiestas infantiles eran trocadas en actos proselitistas. Todo ha sido una insensatez, una locura colectiva que estaba implícita en aquel “Por ahora” transmitido en vivo y en directo y que no me permitía hablar con Carol con tranquilidad.

“Mi papá ha estado el día entero gritando que menos mal que nos vinimos, que él no se caló a Franco y a estas alturas de su vida no se aguantaría a ningún milico”, apuntó Carol.

Y creo que lo dijo con la intención de excusar su propia huida. Ella tenía veinticuatro años cuando me dejó hecho trapo. Los dos supimos siempre que pudo haberse quedado. Aunque ante los acontecimientos, los de aquel momento, no era necesario que se disculpara. Yo no me fui del país porque no pude hacerlo. Creo que su padre supo, así sea por pura intuición, calibrar las circunstancias y actuar en consecuencia.

Sin embargo, no le dije nada. Y como ella también calló, tuve que hablar yo. Le pregunté:

“¿Cómo estás?”

“Bien”, me contestó. “Me acabo de casar.”

Yo tenía una novia con la que me casé poco tiempo más tarde (y de quien me separé tres años después). Tenía meses que no hablaba con Carol y la última oportunidad en que lo habíamos hecho la había mandado al infierno yo a ella y al carajo ella a mí. No tenía nada que reclamar. No obstante, repetí asombrado:

“¿Te casaste?”

“Sí”, confirmó ella.

Callamos de nuevo.

“Adiós Alberto. Menos mal que se libraron de los gorilas... Adiós...”, dijo.

Oí cómo se cortó la comunicación y me quedé con el teléfono en la mano. Poco a poco lo puse en su sitio. Seguidamente me encerré en mi cuarto y mientras veía las imágenes con las que el gobierno de Pérez comenzaba a defenderse del “intento de ruptura del hilo constitucional”, como repitieron hasta la indigestión, cerré los ojos y me puse a llorar.




“Maldito país, maldito país”, susurré a medida que veía estallar los recuerdos de Carol. “Maldito país”, articulé con rabia y tomé la sábana y me limpié el rostro. Y he repetido la misma frase durante todo este ciclo en que los hechos lamentables comenzaron a sucederse hasta adquirir la velocidad actual.

Y Carol se esfumó, se redujo al Carolina Guerrero Mieres escrito en los libros que hace años me regaló.

Para el instante en que la vi conversando con la misma muchacha que minutos antes me había atendido a mí, ya mi despecho había desaparecido aunque el miedo que me llevó a esperar que Carol saliera del local me hizo ver que aquella separación aún me duele. La vi caminar, a esa mujer que todavía guarda elementos juveniles en la ropa que usa y en la cadencia con que se desplaza, y la vi bajar el rostro y tomar de la mano a una niña que la había estado aguardando a las puertas de la tienda.

“Es su hija y pudo haber sido mía”, pensé de inmediato con esa vocación que podemos tener para atormentarnos.

Esperé, paralizado, a que Carol se perdiera entre la gente para colgar del gancho los audífonos que rodeaban mi cuello. A continuación extraje el CD y fui a la caja.

“¿Qué tal? ¿Le gustó?”, me preguntó la dependienta y con mi mejor sonrisa, con esa sonrisa con la que intenté ocultarme, rehice mi rostro y respondí que sí, que el disco era buenísimo y que me traía muchos recuerdos.

“Qué bien”, comentó la joven mientras recibía el dinero y procedía a finalizar la transacción.
“Hasta luego”, dije y salí.

Ya Carol se había alejado lo suficiente como para que un cambio repentino de rumbo (por parte de ella) no me incluyera en su campo de visión. Pero aun así, con mi disco de Santana bajo el brazo, caminé rápidamente hacia mi carro.

Desde la tarde en que la vi me han pasado por la cabeza muchas cosas más. He aceptado que nuestra relación casi adolescente fue truncada por un hecho que con el pasar de los años ha manifestado con más fuerza su importancia, porque hoy está claro que aquellos saqueos significaron un “colapso ético” y precipitaron la crisis institucional que padecemos desde aquellos días. También he comprendido mejor su decisión de no abandonar a su familia (y sí a mí) y no importa que en el 89 no entendiéramos lo que estaba comenzando a ocurrir. De igual modo he revisado con detalle el paulatino alejamiento impuesto por la distancia y por la realidad. Asimismo me he preguntado que en el estado actual de las cosas qué razón pudo tener Carol para regresar a Venezuela. Unas vacaciones tropicales en las que su hija (si es que no tiene otra u otro) conocieran los parajes exóticos del país en que residió su madre durante más de veinte años, no son suficiente motivo para exponerse a vivir la crisis política de un país extranjero. Por trabajo no regresó, a menos que esa parte de su vida que desconozco la haya llevado al periodismo de aventuras que hace un corresponsal de guerra (pero ella es ingeniero de materiales, eso es indudable. Yo soy testigo. Le di un beso al concluir su acto de graduación. Esa misma noche, al terminar la fiesta, cuando sus padres se acostaron, la tomé de la cintura y abrí sus piernas y antes de penetrarla mezclé mi saliva con sus fluidos de mujer ansiosa cuyas entrañas reclamaban con violencia el calor de un miembro que se derramara para darle sosiego). Su papá vendió sus negocios, de modo que es muy difícil que se encuentre en medio de unos trámites sucesorales, si es que hay algún muerto de por medio. ¿Qué viniste a hacer aquí?, ¿qué coño viniste a hacer, Carol? ¿No te has percatado de que este país se cae y que puede ser peligroso, que aquella ciudad que nació con los saqueos del 89 y que fue rebautizada con el alias de la “ciudad de la furia” es peor ahora, es tan peligrosa que todos los lunes hace público su parte de guerra y que son sesenta, setenta o cincuenta los muertos del fin de semana? ¿Qué viniste a buscar aquí Carol?

Hice mis averiguaciones. A través del correo electrónico me puse en contacto con sus amistades, esas mismas que en un encuentro fortuito me indicaban que la habían visto en Madrid y luego callaban a pesar de mi risa y de mis manifiestos buenos deseos hacia ella. A esos amigos escribí un mensaje en el que divagaba sobre la política nacional y enviaba saludos, si bien en definitiva terminaba preguntando por qué Carol no me había dicho que iba a venir.

Obtuve dos respuestas. Las personas que se pusieron en contacto conmigo mostraron también su asombro, manifestaron estar sorprendidas por esa visita (así entendían el paso de Carol por Caracas) inconveniente y secreta. Ambas agregaron estar preocupadas de la misma manera por lo que nos estaba cayendo encima de nuevo: “la interrupción del mandato presidencial por vía violenta o pacífica, traumática y peligrosa, a fin de cuentas”, decían casi con las mismas palabras.

Y no logré averiguar nada más. Al irse Carol y su familia entera y al no obtener datos relevantes en mis mensajes de auxilio, me quedé sin rutas, sin ninguna dirección específica que me colocase ante ella sin el desconcierto y el pánico que me paralizaron en la discotienda. Por ello, supongo, me sumergí en el recuerdo y el dolor.



Lo que vino después fueron los sueños, los sueños del reencuentro. Los sueños que me dejaban devastado apenas abría los ojos. Mentira, mucho antes, porque aún estando dormido sabía que no era más que una ilusión y, por tanto, una pesadilla.

Recuerdo un sueño en particular. Carol y yo y Mariana (la niña que “conocí” en el centro comercial y a la que le puse ese nombre por esa extraña lógica del mundo onírico, o por capricho o como manifestación de un deseo) caminábamos por las arenas de un balneario que paulatinamente se fue transfigurando en una de las playas de Margarita visitada en nuestro viaje de novios que empezaban a despedirse pero que aún creían en la posibilidad de un futuro.

Al llegar a la playa, en el sueño, distinguí el enorme surco de arena hundido en la colina que se alzaba a orillas del mar. Se lo mostré a Carol, quien apenas alzó los hombros y quien no hizo ningún gesto de reparo cuando Mariana (nuestra hija) corrió hacia la duna.

Caminando despacio observamos a la gente ascender por la línea incrustada en la montaña y luego de imaginar (los dos) el masaje del agua después de subir y bajar la cuesta, nos dimos un beso.

Mirando a menudo la figura de Mariana nos aproximamos a un grupo de sombrillas clavadas en la arena. Vi el cielo. Pensé en la noche, en el sexo y, no sé por qué, en la muerte.

Nos ubicamos en una mesa. Ordenamos whisky, que bebimos poco a poco. A través del fondo de mi vaso el traje de baño de Mariana adquiría contornos que muy bien podían ser monstruosos y ahí dejé de pensar en la niña y en la amenaza que significaba su figura y su vida observada a través del espesor deformante del cristal.

Al rato sentí un hormigueo en la planta de uno de mis pies y un leve espasmo en el muslo derecho. Me acomodé en la silla y, por fin, resbalé a un sopor ligero. Le dije a Carol que la felicidad podía ser rasgada, a veces.

Desperté cubierto de sudor. Salí de mi cama y tras tomar un vaso de agua fui al balcón. Me asomé y vi el mar, vi el sol, aun cuando lo que tenía ante mí era la oscuridad. Las imágenes del sueño lo decían claramente: no se puede ocultar el alma. Así que acepté que mi rostro, ajado en miles de pliegues, debía reflejar más que cansancio ese extremo de la tristeza que es la ruina.
***

He estado buena parte de la últimas semanas en casa, sentado al lado del teléfono. He leído revistas y visto televisión. Como ya dije, he sido testigo de la caída de Chávez. Y Carol no ha llamado. Una frase me ha rondado durante estos días. Su autor es Raymond Carver. Dice que el amor es como la comida que pasa mucho tiempo fuera del refrigerador. Llega el momento en que definitivamente se echa a perder.

 

Detén la noche

El vehículo es un rústico de color blanco. En él se encuentra una mujer de 32 años llamada Beatriz Burgos. Esta mujer ha dejado de fumar hace unos meses pero la contemplación del cielo azul interrumpido por las nubes también blancas y por los colores extremos de los varios parapentes que lo surcan, la ha relajado y le ha provocado enormes ganas de sentir el humo cálido en su garganta y pulmones. Es cierto que no sólo la combinación de azules, violetas, rojos y verdes, más el aire que sopla con calma y que le alborota el pelo, es lo que le ha generado esa sensación de placer que le ha avivado el deseo de tener un cigarrillo entre los labios. A todo lo anterior hay que agregar el hecho de que se encuentra en las afueras de Caracas, que es domingo en la mañana, que tiene dos días durmiendo acompañada por Ignacio, el hombre que guía uno de los aparatos que flota en el cielo y que ella supone que es aquél que combina varios tonos de verde con un amarillo intenso y unas bandas rojas que todavía logra distinguir.

Tengo que decir, para no crear falsas expectativas, que Ignacio morirá dentro de poco, en media hora. Una de las correas del arnés que lo sostiene se rasgará y a Ignacio, tomado por sorpresa, no le quedará otro remedio que caer sin que nadie lo note desde una altura más que suficiente como para que su cuerpo quede hecho de huesos astillados y carne triturada. Pero eso aún no ha ocurrido. Él apenas acaba de despegarse del suelo, el mismo suelo que no lo recibirá con ternura esa mañana soleada en la que vuela y respira hondo y Beatriz mira el firmamento.

Después de que Ignacio tomó altura, Beatriz nada más pudo suponer que el de él era el parapente recién descrito porque una vez que lo vio elevarse se distrajo un tanto. Se encontraba un poco nerviosa (y con razón) aunque contenta, tranquilizada por el recuerdo de las explicaciones que Ignacio le dio durante la hora y media de camino que tuvieron que recorrer para llegar al sitio desde el cual Beatriz mira hacia arriba y piensa.


 

Al levantar la vista de nuevo se encontró que entre la distancia y el parecido de las velas que ondulaban en el aire mañanero no podía reconocer la de Ignacio. Se dijo que de todas formas eso habría de ocurrir porque los pilotos estaban ganando altitud, aprovechando el viento cálido que rebotaba en las faldas de la colina, y que tan sólo unos binoculares harían posible observar con detenimiento el dibujo del lienzo.

“Un cigarrillo”, murmuró Beatriz al tiempo que pensaba que ver el humo escapar de su boca y sentirlo entrar a sus pulmones y calentarlos, sería una buena manera de celebrar su encuentro con Ignacio, ocurrido el último viernes en una fiesta en la que ambos naufragaban, hartos de la discusión política.

Ella, Beatriz, se había ido al balcón con un trago en la mano y desde ahí miraba la noche caraqueña, la noche que había visto crecer porque ahora se extendía más allá de lo que podía abarcar su mirada. Cuando era niña, la Caracas de comienzos de los setenta era considerablemente más pequeña, no se había estirado tanto, sus cerros aún no habían sido colonizados hasta el extremo de que la niebla y las luces hicieran pensar en un faro que anuncia la proximidad de tierra. Es cierto, esas luces tímidas, las personas que las encendían, constituían una de las razones por las cuales en los últimos años todo era más violento que antes, que en la época en que la miseria no había aniquilado a los pobres y desnudado a la clase media.

“Una mierda, una mierda de país es el que me ha tocado a mí”, pensó.
Y detrás de ella, Ignacio, uno de los amigos de los amigos que la habían invitado, dijo:

–Estoy harto del chavismo...

Y como Beatriz no respondió nada, agregó:

–Y de la multitud de irresponsables que votaron en cada elección por AD y COPEI.

Beatriz sonrió y le aclaró que no estaba interesada en conformar el grupo que debía reñir en el balcón. Y él con rapidez aclaró que no, que era mejor tomarse unos tragos, ver los restos de la noche sin amargarse y emborracharse lentamente.

–Menos mal -agregó ella.

Y si Beatriz, después de comprobar que a los dos les hacía falta renovar sus tragos, no lo señala y estira su mano y le entrega su copa, quizás Ignacio se hubiera despedido y la historia sería diferente. Él se hubiera matado y punto. Y ella, Beatriz, no estaría sentada en el carro de él, e Ignacio no intentaría verla mientras el aire templado lo eleva suavemente.

Pero volvamos a la fiesta.

Ignacio tomó el vaso que Beatriz le ofrecía y caminó hasta la cocina.

Beatriz, desde la terraza, no lo podía observar, sin embargo imaginó cómo vertía el líquido más allá de lo manejable.

“Me quiere emborrachar”, murmuró.

Y no estaba equivocada. Es verdad que él estaba un poco nervioso y eso lo llevaba a actuar con torpeza. Es cierto que al verla recostada de la baranda, le midió las piernas y los senos y, como se dijo anteriormente, tratando de huir de la discusión acerca de la situación política del país, caminó hacia ella. Sí, la quería emborrachar. ¿Y qué?

Al regresar le entregó su copa.

Beatriz la sostuvo con cuidado e inmediatamente la alzó un poco.

–Salud -dijo.

–Salud -contestó él.
Ella se apoyó de nuevo en el metal de la baranda y sonrió.

Beatriz, en este momento, en tanto descansa su cabeza en el asiento y recuerda, cree que no fue nada más el hecho de que Ignacio estuviera, como ella, hastiado de las diferencias que hoy nos dividen, lo que la impulsó a aceptar el ofrecimiento que él le hiciera de llevarla a su casa. Hay que añadir a lo anterior que también tenía muchos meses sola, masturbándose cada tres días.




Había venido en taxi y pensó que sería más seguro irse con Ignacio. No obstante, cuando en el camino, impulsada por el alcohol y el deseo, le dio un beso en la mejilla y él se detuvo en medio de la oscuridad a responderle con un beso en la boca y una medida suave y extensa de las tetas, cambiaron de planes y se dirigieron al apartamento de él.

–Allá tengo preservativos -explicó Ignacio.

Y esa fue la frase que terminó por decidir la cuestión. Ir a la casa de él les ahorraba el trámite de buscar una farmacia de turno y el riesgo de la madrugada.

Ignacio la besó profundamente y durante todo el trayecto recurrieron a varios métodos de contacto, sin dejar de lado el bucal, que al fin y al cabo es tacto puro, en y con las partes que más importan.

Apenas entraron al apartamento, practicaron posturas incomodísimas en el sofá hasta que estuvieron desnudos y comenzaron a recorrer sus cuerpos sin el estorbo de la ropa.

La excitación llevó a Beatriz a rogarle a Ignacio que se pusiera el condón y una vez que lo hizo ella se abrió de piernas dispuesta. Cuando él resbaló en la humedad agitada de ella, Beatriz gritó y comenzó a moverse. Por su parte, Ignacio sintió cómo le tocaba el fondo y como ella se erizaba aumentó la profundidad del empuje y Beatriz comenzó a jadear. En ese momento se detuvieron y ella se volteó y se puso en cuatro uñas, para que él la penetrara así, como los perros, y, poco a poco, unido a ella, moviese sus manos de las nalgas a las caderas a las tetas, promontorios, muestras de mano que masajeó mientras entraba y salía.

Con las tetas presionadas y expandida y mojada, Beatriz, sin timidez, comenzó a decirle, primero despacio y luego más fuerte, hasta que lo llegó a gritar: qué rico, qué rico, qué rico, qué rico, qué rico... qué rico...

Entonces Ignacio la colocó boca arriba, se acomodó en medio, y Beatriz aprovechó para juntar sus tobillos y sentir en el remolino del culo el golpeteo cadencioso de las bolas.

Al poco rato ella se vino, por lo que Ignacio arqueó su cuerpo, aflojó los músculos de la pelvis y sintió cómo la corriente de semen le aumentaba la erección. Beatriz, entonces, alzó el pubis y se movió más rápido. Ignacio se dio cuenta de que en el instante en que él acabara ella lo haría por segunda vez y le pareció una maravilla eso de estar cogiéndose a una multiorgásmica y quiso romper el preservativo. Beatriz lo besó y se movió con violencia y en segundos le inundó de saliva la cara y las orejas, el cuello y los hombros.

Después de un rato, Ignacio se paró y fue al baño. Haló el condón y lo echó a la papelera.

Cuando regresó, tenía aún una erección aceptable que ella no quiso desperdiciar por lo que segundos más tarde Beatriz sintió en su boca la combinación de semen y lubricante más el sabor de mujer que había quedado en el nacimiento del pene de Ignacio.

Luego fue ella quien se levantó.

Ignacio escuchó el chorro de la orina y el sonido del lavamanos.

A la mañana siguiente la llevó a su casa. Se despidieron y quedó claro que se podían llamar y encontrase para ir al cine, para cenar, para tomarse unos tragos y para revolcarse en una cama en la que los dos cupieran con sus ganas y sus gritos y la atracción y el descubrimiento de un cuerpo nuevo. Se verían en un futuro cercano, en dos días o tres, acordaron. Aunque a las seis de la tarde el recuerdo de la noche llevó a Ignacio a tomar el teléfono y llamarla. Al escuchar la contestadora estuvo a punto de colgar, sin embargo, se controló, y dejó un mensaje breve.



Beatriz abrió los ojos en el momento en que él dijo adiós. Corrió hasta el aparato pero al tomar el auricular sólo pudo oír el zumbido de la línea. Buscó su cartera, sacó un papel, lo leyó y enseguida hundió las teclas que los llevaron a verse.

La conversación sirvió para preguntarse cómo habían pasado el día. Y ella le dijo que muy bien y él percibió la picardía con la qué Beatriz enfatizó que había dormido rico. E Ignacio, ya con una erección que le maltrataba, propuso:

–¿Repetimos la noche?

–Si tú quieres -respondió ella.

Por eso fue hasta el edificio en el que Beatriz vive por segunda ocasión en pocas horas y se estacionó enfrente.

Ignacio escuchó su nombre al bajarse del carro. Miró hacia arriba y vio la seña que ella dibujaba con su brazo.

Beatriz estuvo en la calle en apenas minutos y la falda que cubría sus piernas se movió con la brisa que además le alborotó el cabello.

–Hola -le dijo antes de besarlo.

–Hola -contestó él.

Fueron al cine y no se comportaron como unos adolescentes, no se tocaron demasiado porque sabían que más tarde podrían hacerlo como quisieran, sin miedos ni vergüenzas, así que se concentraron en la película que narraba una historia convencional de persecuciones, muertes y revanchas sangrientas.

Salieron de la profusión de lugares comunes acerca del poder y el triunfo que los personajes repetían alternativamente, en la medida en que la balanza se inclinaba a su favor.

–Estuve a punto de aburrirme -señaló Ignacio-... Y eso que estoy contigo.

–Caramba -dijo Beatriz-. Eso sí es un piropo.

Hay que recordar que Beatriz se encuentra sentada tras el volante de un rústico blanco, que tiene ansias de fumar y que observa el cielo en el cual Ignacio vuela. A ese punto es al que debemos llegar, de forma tal que nos podemos saltar todo lo que hablaron, con una mesa de por medio, en un restaurante vasco en el que comieron mariscos y pescados que, junto con lo que se siente al principio, aumentaron sus ganas de no tener ni siquiera un trozo de ropa que les impidiera tocarse. Para abreviar observemos cómo ahora en la cama Ignacio la levanta y la deja caer y la parte en dos y ella mira el espejo y ve cómo la penetran y se queja. Beatriz apoya las manos y los talones y se impulsa y hace más fuerte el movimiento. Ignacio la toma por la cintura y ayuda a que el propósito de ella se cumpla: que él se la coja hasta el fondo mismo del vientre, hasta ese lugar oscuro y viscoso que se derrama sobre el preservativo y le gotea el pubis.

Beatriz cierra los ojos, siente su piel erizarse mientras Ignacio le moja el cuello y con la mano le extiende la abertura hasta el clítoris. Junta un poco las piernas y le dice que la está matando, que la está cogiendo, ya se sabe, rico y él, Ignacio, ríe.

Es Beatriz quien desmonta y mira cómo el pene, esa flecha de carne gruesa y tensa, sale de ella y piensa qué tuvo que hacer para olvidar el goce del sexo. No se detiene por mucho tiempo. En seguida lo empuja y le salta encima. Siente más aún la punzada rítmica, siente el placer y el dolor mezclado y cabalga más rápido, hasta que los gemidos son gritos y la vagina envía sus contracciones a sus piernas y a su culo.

Así terminaron la noche.

Ignacio ya le había hablado de sus planes de ir a volar y ella, emocionada, se durmió, húmeda y contenta, con la imagen de un raso circular envolviéndola con levedad.

–Un parapente no es un paracaídas -fue lo primero que le aclaró Ignacio en plena carretera, a eso de las ocho de la mañana-. Un parapente se parece a los paracaídas modernos, pero se levanta desde tierra y comienza su viaje con la vela desplegada. Se mantiene en el aire gracias al viento y el sol. El aire caliente al chocar contra una montaña genera un flujo ascendente que uno aprovecha para elevarse.

–¿Cuánto dura un vuelo?

–Depende -dijo Ignacio-. De los vientos, del sol, de las ganas que uno tenga de volver a lanzarse o de ver a la persona que lo espera en el sitio de aterrizaje.

–¿Y cuánto puede ser eso?

–Unos cincuenta minutos.

Hizo una pausa y después agregó:

–Cincuenta minutos sin verte.

Beatriz, como se apuntó líneas atrás, estaba acostumbrada a la soledad. Por lo que esas muestras de afecto, de galantería y cortejo, la hicieron sonrojar.

Ignacio se dio cuenta y le acarició el rostro. Y, de golpe, sin pensarlo casi, le preguntó si no se quería lanzar con él.

–En tándem...

–Estás loco -objetó ella-. Ya he cometido suficientes chifladuras este fin de semana... No, prefiero mirarte.

–Mirarme nada más no... Me tienes que ir a buscar.

–Perfecto. Tú me dices dónde y yo te recibo con un beso. ¿Qué más quieres?

Ignacio no insistió. Sin embargo, la forma en que ella lo miró le hizo pensar que pronto volarían juntos. Quizás esa misma tarde, quizás.


El viernes Ignacio era una persona que había ido a una fiesta para no seguir cocinándose en el silencio de su apartamento. Ese mismo viernes estuvo a punto de despedirse de quienes lo habían invitado al percatarse de que el ambiente y el tipo de discusión le podían joder la noche. Fue al balcón porque vio las nalgas de Beatriz, porque miró su perfil. Ahora estaba con ella, luego de dos noches de las que lo menos que se puede decir es que fueron movidas, viajaban juntos y en poco tiempo estaría suspendido en el aire, contento, aunque horas después habría de morir, pero eso no tenía manera de saberlo.

Básteme decir que Ignacio, saboreando la imagen en la que Beatriz se aferra a él, asustada por la altura y la novedad, por el choque de adrenalina, rió calladamente y enseguida dijo:

–¿Por qué no pones un disco? Están en la guantera.

Beatriz abrió el compartimiento, revisó el estuche y seleccionó un CD de U2, pero cuando encendió el aparato e iba a introducir el disco, cuando ya comenzaba casi a escuchar la voz profunda y seductora de Bono, Los 007 cantaron

Detén la noche
Para los dos hasta el otro mundo
Detén el tiempo en tus manos
Abrázame
Y quiéreme
Detén la noche

–¿De dónde sacaste eso? -le preguntó.

–Si revisas verás que también tengo discos de Los Impala y Los Darts.

–¿Andas en una onda retro? -bromeó ella.

–Si lo quieres ver así.

Beatriz pensó en la casualidad de que ella estuviera oyendo una canción como “Detén la noche” y a su lado se encontrase un hombre que la había salvado, por lo menos por unos días, de la soledad a la que ella había reducido su vida. De verdad le dio risa y estuvo a punto de sacar el rostro por la ventana y sentir el aire golpear su piel. Estuvo a punto de decirle que tras de lo que les había tocado, ella habría querido detener la noche única dividida en dos en la que se habían abrazado y que ahora los arrojaba a la calle relajados y alegres. No obstante Beatriz calló. No quería ser ella quien se apresurase. Los días siguientes servirían para medir si eran capaces de soportarse, en una cama, en un parapente, en el tedio y los problemas. Recostó entonces su cabeza, que, como se ve, es un gesto característico en ella, y siguió la canción que le recordaba a su padre y su niñez en los setenta, cuando el país entero no se había ido al carajo.

Como ya sospechará el lector, estamos aproximándonos al instante en el que Beatriz e Ignacio llegaron a la pendiente de despegue. Son las nueve de la mañana e Ignacio lucha con la cuesta y los baches. Todavía se hallan a unos metros del sitio en el cual se habrán de parar pero ya pueden ver el cielo limpio.

Una vez que se estacionan, Ignacio corre hacia el precipicio, comprueba que el viento es el adecuado y trotando regresa al jeep. Sin decirle nada a Beatriz toma su morral y extrae el equipo de vuelo y comienza a prepararlo. Quiero aclarar que no cometió ningún fallo. El soporte del arnés se rompió, simplemente. La rasgadura que crecerá con el aire pasó desapercibida porque era imperceptible.

–Me vas a ir a esperar a ese descampado en el que se ve ese círculo de cal y la banderilla roja. Tienes que bajar por ese camino -dijo Ignacio y giró su cuerpo y señaló el lugar por el cual otro rústico descendía-. Calcula entre cuarenticinco minutos y una hora. ¿Está bien?

–Está bien -aceptó Beatriz.

Ignacio le dio un beso, se puso el casco, esperó que otro parapentista partiera y a continuación corrió pendiente abajo, movió sus brazos encima de su cabeza y la vela se infló y sus pies dejaron de tocar el terreno.

Beatriz, como se ha dicho, lo miró asustada. Con el mismo miedo que siente cuando se monta en un avión y por el sonido y ángulo de la ventana con respecto a la horizontal, se da cuenta de que el aparato se ha separado de la pista y de cada poro de su piel emerge una gota de sudor.

Lo vio alejarse, le hizo un ademán de despedida que él no pudo ver y se quedó mirándolo hasta que Ignacio se elevó tanto que ella sintió que no hacía nada ahí.

Caminó entonces en dirección al carro. Se montó. Oiría, se dijo, otra vez, sola y sin pudor, esa canción, “Detén la noche”. Pero le dieron ganas de fumar y entre las ansias y el placer se distrajo un poco y al mirar el cielo advirtió que le era imposible distinguir a Ignacio.

Le había costado mucho dejar el cigarrillo. Ya no le dolía el pecho ni la espalda al levantarse. Ya podía hacer ejercicios sin quedar ahogada el resto del día. Eso era un logro. Y cuando por fin se sentía acompañada y bien, se llevaba de nuevo un cigarro a los labios. ¿Era un modo de comenzar a hacerse daño?, se preguntó.

No tuvo chance de darse una respuesta porque al ver a una joven que fumaba, se bajó y fue hacia ella.
–¿Me regalas uno? -le preguntó.

La muchacha sacó del bolsillo de su chaqueta un paquete y un yesquero y se los ofreció a Beatriz, quien, luego de extraer el minúsculo cilindro y llevárselo a los labios, hizo pantalla con sus manos y aspiró con fuerza hasta que sintió el aire caliente en su paladar.

–Gracias -dijo mientras retenía el humo.

Volvió al carro y fumó recostada del capó casi hasta quemarse los dedos. Después tiró la colilla y la aplastó con cuidado. Subió, se acomodó tras el volante, puso el disco, se reclinó en el asiento y se durmió.

Al despertar miró el reloj y comprobó que ya debía ir a recoger a Ignacio. Giró la llave, escuchó el ronquido del motor y sintió su vibración suave y pareja.

Con cautela manejó por una trocha llena de huecos hasta que la pendiente cesó.

En algún momento vio la banderilla que Ignacio le había indicado. Se aproximó un poco más y se preparó para aguardar. Eran las diez y veinte. Y ella no sabía que estaría en ese lugar unas horas más.


Imágenes:

1: Deep blue I.
2: Markus Jerko.
3: Richard Evans. Hope star.
6: Markus jerko: Soledad en azul.
9: Richard Evans. Ra.

 
Enviar a un amigo

 

 

[ Home | Atrás | Subir ]