| El kitsch nunca nos deja indiferentes,
y el buen gusto
Estamos rodeados permanentemente por lo kitsch; los cambios vertiginosos que ha propiciado la vida urbana de fin de siglo, en lo que se refiere a valores como el confort, el gusto, el mercado y la originalidad, no han desdeñado su contundente vigor. Para seguirle, en la actualidad, los pasos a este fenómeno, tema de estudio de importantes pensadores modernos, y poder contestar, si es posible, nuestra pregunta inicial, es necesario acercarnos a su definición, o mejor dicho, a sus definiciones. En su sentido más clásico, el kitsch es definido como un estilo caracterizado por la ausencia de estilo. Se constituye a razón de ciertos principios: a) principio de inadecuación, hay una desviación entre el objeto y su fin nominal; b) de acumulación, vinculado a la sobrecarga de medios como soporte estético; c) principio de mediocridad, en donde el kitsch deja de lado la novedad y se coloca al servicio de las masas; y d) principio de confort, el objeto kitsch y su fervoroso deseo de la fácil aceptación. (Abraham Moles. El kitsch, 1973). Cada una de estas características lo definen de una u otra forma, pudiendo encontrar numerosos ejemplos de cada uno de sus principios. Más recientemente, este “no estilo” es abordado como uno de los fenómenos constitutivos de la posmodernidad, en donde, según Celeste Olalquiaga (Megalópolis, 1993): “las cualidades que le han atribuido: canibalismo ecléctico, reciclaje, gusto por los valores superficiales o alegóricos, son aquéllas que distinguen la sensibilidad contemporánea de la anterior creencia en la autenticidad, la originalidad y la profundidad simbólica”.
Si queremos determinar, entonces, qué nos queda de auténtico kitsch, si al voltear la mirada en cualquier esquina de intensa actividad comercial en algunas ciudades latinoamericanas (incluyendo Nueva York, por supuesto), notamos el florecimiento de toda una cosmogonía kitsch en forma de tarantines de los más variopintos, con figuras de santos y héroes divisando una panorámica donde reposan cortaúñas, ungüentos, cd´s y lp´s, ropas que imitan marcas de prestigio, revistas Condorito, productos piratas, etc, etc, constatando su principio de acumulación y alejando cualquier intención de originalidad; si aún sobrevive intacta la estética ritualística del matrimonio católico, con un matiz abrumadoramente massmediático (hecho que pude constatar recientemente en una boda donde la novia simulaba, más que una virgen inocente que le pide permiso al “señor” para desposarse, una estrella de cine rodeada de un nutrido grupo de fotógrafos y camarógrafos); si, en fin, todavía persiste esa hiperrealidad de la iconografía kitsch: en Caracas, por colocar un ejemplo que vivo todos los días de punta a punta, todavía podemos contemplar a María Lionza desnudita y voluptuosa en plena autopista Francisco Fajardo, imagen cuyo valor reside, más que en una relación de fe, en su carácter de imagen misma, signo antes que objeto; si aún poseemos, en fin, esta fuerza de percepción, es pertinente echar un vistazo a la sensibilidad contemporánea: matizada en este incipiente siglo veintiuno por el empuje ciclónico de la sociedad globalizada y la alta tecnología masificada, que pareciera ser antikitsch, atendiendo a su noción de funcionalidad y rentabilidad en los mercados comunes (europeo, MERCOSUR, andino, etc), pero que, no obstante, ha tomado otros rumbos, más cerca de lo kitsch de lo que uno piensa. Así pues, a este fenómeno, cuyo origen pudiera estar en las excentricidades de Luis de Baviera (un neo Rey Sol) en Münich, le sale adelante su contrafigura, el antikitsch, vinculado directamente al funcionalismo, con Gropius, Meyer, la Bauhaus y movimientos homólogos posteriores que surgen desde la primera década del siglo XX a la cabeza, el cual le ha dado la guerra a ese “no estilo”: cuyo lema es irrumpir con una puesta en escena amparada en el acto de la fe devota (las imágenes religiosas), o en la imaginería volcada sobre sí misma, es decir, sin más referente que ella misma (la escultura de María Lionza, como ya señalábamos); uno, el kitsch, profesando la inutilidad y el simulacro, el otro, el funcionalismo, ascético, copulan en la actualidad globalizada, donde lo étnico y las diferencias culturales “han perdido –según Olalquiaga– sus valores intrínsecos para adquirir otro más susceptibles de ser intercambiados en el mercado.” (Megalópolis, p.67) Es precisamente en la pérdida de esos valores, en el carácter vicario y caníbal de la cultura urbana contemporánea, vicario entendido (Olalquiagamente) como la apropiación de elementos que son extrínsecos a la sensibilidad de la cultura oficial, la cual contribuye a la disolución de las fronteras de la identidad y de la diferencia cultural; más aún, es en la irrupción de la simulación ocupando el lugar de sistemas de referencias tradicionales, panorama cultural presente, con mayor o menor ímpetu, en las distintas capitales latinoamericanas y sus manifestaciones artísticas y gustos masivos, es precisamente allí, donde se abre la posibilidad de observar una reelaboración del fenómeno kitsch, una especie de neo-kitsch que busca incorporar una funcionalidad a cada objeto inútil.
No cabe duda que, a pesar de estar todavía en la línea de salida del siglo XXI, el fenómeno de la globalización, cocinado en la década pasada, hizo entrar a todas las sociedades en una paranoia que permite vislumbrar una época que busca la “serialización” de nuestro modo de vida. La especificidad cultural ha ido cediendo el paso a una internacionalización de los signos que, a su vez, pierde originalidad y gana en exposición y circulación para, de esta forma, acceder a la hegemónica cultura del mercado del precio justo y el supermercado. En todo ello se ha ido gestando una reelaboración del objeto kitsch, un neo-kitsch que, lejos de querer explicar la realidad mecanizada y massmediática, redefine las fronteras culturales tradicionales en Latinoamérica. Imágenes: 1: Imagen de Ursula Steffens.
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