EL ARTE: TESTIMONIO
DE LAS
TRANSFORMACIONES DE LA HUMANIDAD
Arte y Psicología (individual y colectiva)
Eduardo
Carvallo

Sandro Botticelli,
Giovanna degli Albizzi recibiendo un regalo de flores de Venus
Para
mí, el proceso creativo ha sido un motivo de reflexión hacia el que he
volcado mi atención a lo largo de muchos años. Desde que tengo memoria,
vivo rodeado del arte en todas sus manifestaciones y me he podido relacionar
con el mismo desde diferentes ángulos. He tenido la fortuna de tener encuentros
íntimos y frecuentes con artistas plásticos, galeristas, coleccionistas,
músicos, escritores, comerciantes de arte y farsantes, y cada uno de ellos
me ha proporcionado un pequeño aspecto relativo al proceso creativo y
a la obra de arte.
¿Qué
fuerza impulsa a un hombre a expresarse artísticamente? ¿Por qué y para
qué existe el arte? ¿Desde cuándo existe? ¿Qué es lo que es verdadero
arte? Podemos encontrar intentos de responder a estas preguntas en diferentes
disciplinas: sociología, antropología, filosofía, historia, psicología.
Yo no pretendo dar una respuesta definitiva, sino invitarlos a que me
acompañen en un recorrido que nos pueda dar algunos elementos para aproximarnos
en una forma un poco más completa al proceso creativo.
Gracias
a los hallazgos arqueológicos, tenemos constancia de que desde las culturas
más arcaicas ha existido un impulso a representar aspectos de nuestra
realidad, a través de diferentes materiales e instrumentos. El resultado
de este impulso es, en muchas ocasiones, una pieza que aún hoy en día
tiene la facultad de conmovernos o de hacernos sentir esa extraña emoción
que surge cuando estamos frente a la presencia de algo que se manifiesta
como suprapersonal. Es quizás este aspecto lo que primero nos acerca al
arte. Oímos hablar de piezas musicales, de piezas de arte y, en alguna
forma, esto nos remite a la imagen de fragmentos a través de los cuales
se intenta mostrar un todo invisible, inasible, al que sólo podemos acercarnos
a través de la intuición. Quizás ésta sea la base del impulso a coleccionar:
tener una serie de estos trozos de ese algo intangible, pretendiendo que
en algún momento logremos un conjunto a través del cual éste se nos manifieste.
Retomando
la observación de que hemos encontrado piezas que, a pesar haber sido
creadas en un lejano pasado, aún mantienen su vigencia expresiva, podemos
hacer un seguimiento del impulso que las originó y encontrar manifestaciones
parecidas en la historia. Esto habla de un elemento arquetipal, es decir,
un elemento intrínseco a la naturaleza humana. El término arquetipal,
en la acepción que estamos utilizando aquí, fue introducido por Carl Gustav
Jung y es la base de su desarrollo acerca del inconsciente colectivo,
donde él plantea que éste es "la suma total de los procesos psíquicos
y sus contenidos que son capaces de hacerse conscientes. Son potencialidades
que nos acompañan desde tiempos primordiales en la forma específica de
imágenes mnémicas". En este concepto podemos encontrar 2 aspectos
importantes. El primero, que hay un potencial preexistente, y el segundo,
que hay una línea que tiende a que ese potencial se desarrolle y que este
desarrollo tiene que ver con el que aparezca la conciencia.
Si
observamos la evolución de cualquier ser humano desde su nacimiento, podemos
identificar que a lo largo de ésta van apareciendo transformaciones, muchas
de las cuales son paulatinas mientras que otras disparan un salto cualitativo
en la estructura de la persona . Sabemos que al nacer somos de las criaturas
más indefensas y dependientes de nuestro entorno. La maduración de nuestro
sistema osteomuscular, que permite el control de todo nuestro cuerpo,
se completa pasado aproximadamente un año de haber nacido, lo cual es
muy tardío si nos comparamos con otros animales que se movilizan de manera
independiente prácticamente desde el nacimiento. Desde el punto de vista
psicológico, este proceso de desarrollo es aún más lento. Nacemos sumergidos
en un caos indiferenciado donde no hay una distinción entre lo que somos
y lo que nos rodea, lo cual pudo constatarse por las investigaciones de
la psicoanalista inglesa Melanie Klein; y es a partir de ese caos, gracias
a la presencia constante de la madre, de donde comienza a formarse el
esbozo de un yo, que permite establecer una diferenciación precaria entre
lo que soy yo y lo que no soy yo. Ahora, no es sino hasta aproximadamente
los dos años cuando ese esbozo del yo ya ha adquirido, derivado de la
manipulación y la interrelación con su entorno, un cierto campo del cual
comienza a surgir la conciencia. Campo que se expande rápidamente con
la adquisición del lenguaje.
En
el largo proceso evolutivo de la raza humana podemos encontrar paralelos
con la evolución de la psique individual que acabo de describir. Aún no
se sabe a ciencia cierta cómo fue el salto evolutivo para llegar al hombre,
pero lo que los antropólogos sí nos han podido describir es que los primeros
hombres vivían en estructuras primitivas muy similares a los rebaños,
donde no existía una diferenciación individual, lo cual es un equivalente
al caos indiferenciado inicial. Estudiando comunidades que en la actualidad
aún se encuentran en estado primitivo, se ha podido observar que entre
los integrantes de las mismas existe una comunión en la cual lo que afecta
a un individuo, afecta directamente a los demás, y de la misma forma,
lo que afecta a la naturaleza que los rodea los afecta a ellos. Este tipo
de conexión fue llamada, por el antropólogo francés Lévy-Bruhl, participation
mystique, que desde el punto de vista psicológico puede ser entendida
como una conexión puramente inconsciente. No existe la posibilidad de
vivirse como individuo separado de los otros. No es sino cuando entre
los integrantes de este rebaño surge un individuo que se diferencie de
los demás, en el sentido que sea, que el resto puede iniciar igualmente
un proceso de evolución. Esta primera diferenciación es la que permite
la transformación de la estructura de rebaño en la de tribu, donde los
integrantes comienzan a adquirir roles diferenciados y en cierta forma
jerarquizados. Este primer salto evolutivo, acompañado por la transición
de una forma de vivir nómada a una sedentaria, gracias a la posibilidad
de la cría de los animales y de los cultivos, es la que permite una lentitud
y una permanencia desde la cual puede comenzar a surgir un cierto campo
de conciencia, así como la presencia constante descrita en la relación
entre la madre y el bebé, permite surgir el campo de conciencia individual.
Sabemos que estas transformaciones en la historia de la humanidad tomaron
miles de años antes de que aparecieran las primeras civilizaciones conocidas.
Ahora,
¿qué es lo que define a una civilización como tal? ¿Cuál es la diferencia
entre el hombre arcaico y el hombre civilizado? Podemos afirmar que la
civilización es un producto de la conciencia que permite el establecimiento
de normas repetibles y aplicables a un grupo de individuos para garantizar
la subsistencia y la convivencia, así como un bebé se diferencia de un
niño en que éste ya no reacciona sólo desde sus instintos heredados, desde
una biología, sino que desarrolla conductas más complejas, moduladas por
patrones introyectados, introyección que ya pone de manifiesto la presencia
de un aparato psíquico más o menos complejo.
Si
continuamos la línea de desarrollo del psiquismo en el individuo, podremos
seguir identificando cambios, expresados a través del comportamiento humano,
más o menos definidos. Sabemos que debido a la relación de dependencia
entre el niño y los adultos que lo rodean, aquél se encuentra destinado
a comenzar a realizar sacrificios de su naturaleza impulsiva, es decir,
inconsciente. La conciencia, recién adquirida, comienza a mediar entre
sus impulsos y las consecuencias de los mismos, obligándolo a reprimir
cantidad de manifestaciones naturales con el objeto de garantizar la aceptación
de sus adultos protectores. Siendo la conciencia aún un tanto precaria,
no podemos decir que esta negociación se hace en un plano consciente tal
como la conocemos, razón por la que muchas de estas transformaciones permanecen
en el campo de la inconciencia. A partir de estas transacciones comienza
a aparecer una estructura nueva, el Yo, con la cual comenzamos a identificarnos.
Una
vez aparecido, este Yo se comienza a nutrir de las características y actitudes
que nos gustan o que creemos se esperan de nosotros y, por lo tanto, excluye
al campo de lo inconsciente todo aquello que rechazamos, no permitiendo
que emerjan del mismo contenidos amenazantes o censurables. Con este Yo
seguimos interactuando con el mundo y nos presentamos ante el mismo. Como
podemos ver, ya aquí comienza a presentarse una clara disociación entre
diferentes estructuras que conviven entre sí, pero de la cual no nos percatamos
porque estamos identificados con un solo aspecto de las mismas: el Yo.
Por años vamos paseándonos con el soberano Yo desde el cual vamos tomando
decisiones, sin percibir que de cuando en cuando somos impulsados por
poderosas fuerzas internas que se oponen a nuestra voluntad, poniendo
en tela de juicio tal soberanía. Por años, toda nuestra energía está en
función de conquistar el mundo externo, de cumplir nuestros proyectos,
hasta que -ya sea por el fracaso de las decisiones tomadas desde el Yo
o porque la presencia de esas fuerzas internas obligan a voltear el foco
de percepción hacia las mismas- nos damos cuenta de que vivimos divididos
y que nuestro Yo, que creíamos era el único soberano, no es más que un
aspecto más de una personalidad compleja.
Es
a partir de este momento cuando el proceso evolutivo puede volcarse a
conocer e integrar los contenidos de nuestra psique para desarrollar esa
personalidad única y compleja que somos nosotros mismos, y cuando puede
comenzar la verdadera diferenciación del colectivo que nos rodea.
Esta
resumida exposición de la evolución de nuestro psiquismo, nuevamente tiene
un paralelo con la historia de la humanidad. Prefiero pecar por hacer
un vuelo rasante y sumamente resumido de lo que para mí ha sido el desarrollo
de las civilizaciones antes que continuar aburriéndolos con detalles que
además se preguntarán ustedes qué tienen que ver con el arte. Espero no
estar abusando de su paciencia antes de llegar al punto en que para mí
estos aspectos tocan lo relativo al proceso creativo y sus manifestaciones.
La
historia la habíamos abandonado en el punto en que aparecieron las primeras
civilizaciones. Desde una visión muy general, han ocurrido pocos cambios
desde aquellas épocas hasta nuestros días. Así como el niño comenzó a
interactuar con los otros, las civilizaciones emergentes tuvieron que
comenzar a interactuar con otras que comenzaron a aparecer aisladamente.
Esta interacción estuvo marcada por el intercambio comercial de productos
que unas tenían y de los cuales las otras carecían, y, por otro lado,
muchas de ellas desarrollaron técnicas e instrumentos que las hicieron
más poderosas que sus vecinas, a las que más temprano que tarde invadieron
buscando esclavizar a sus integrantes para que se encargasen del trabajo
pesado o para que revelasen las técnicas de producción y extracción que
habían alcanzado. Muchas veces las relaciones de intercambio se alternaron
con relaciones de control y sumisión. De estos intercambios los pueblos
se fueron nutriendo, asimilando tradiciones, técnicas y costumbres, proceso
que podríamos equiparar con el de ampliar el campo de la conciencia. Desde
el inicio podemos ver cómo la hegemonía del poder se ha rotado y hemos
visto que civilizaciones que en un momento eran las más poderosas fueron
sobrepasadas por otras que supieron adaptarse más rápidamente a los cambios
y asimilaron técnicas para conquistar riquezas y territorios. Así, hemos
visto cómo las cabezas que dictan las leyes y detentan el poder han sido
sustituidas una y otra vez por diferentes imperios que ya han desaparecido:
el babilónico, el sumerio, el egipcio, el romano, y así sucesivamente
hasta nuestros días. El poder de turno es el equivalente a ese Yo individual
que, por años, rige los designios de cada uno de nosotros.
Podemos
observar cómo el llamado espíritu de los tiempos -la tendencia que como
especie se presenta en cada época diferente- guarda un paralelismo con
la línea evolutiva de nuestra psique. Así como en nuestra biología hay
un paralelismo entre la filogenia y la ontogenia, podemos ver que existe
un paralelismo entre el desarrollo de nuestra psique y el llamado espíritu
de los tiempos, observación que podemos relacionar con uno de los principios
expresados en la Tabla esmeraldina de Hermes Trismegisto: "Como
es arriba es abajo, como es abajo es arriba. Esto es lo que permite que
el milagro del Uno sea alcanzado".
Hay
un último aspecto que quisiera considerar en relación al desarrollo de
la psique: cómo, al lado de ese principio que va activando los diferentes
elementos del potencial primigenio con que nacemos y que permite su evolución,
opera otro principio no menos importante: el de compensación, que actúa
como un giroscopio, balanceando a la psique cada vez que ésta se queda
fijada a un solo aspecto, ya se encuentre éste relacionado con la actitud
de la mente consciente o con algún elemento del inconsciente. Esto lo
podemos ver expresado en los diferentes ejemplos que tenemos, tanto en
lo individual como en lo colectivo, de períodos de gran represión que
se alternan con períodos de gran libertinaje. También podríamos señalar,
como ejemplos, períodos de una percepción materialista del entorno alternados
con otros donde predomina la metafísica, o de períodos de una búsqueda
hacia afuera alternados con períodos de una búsqueda interna.
Creo
que con esto ya tenemos todos los elementos para hacer un intento de aproximarnos
al arte y al proceso creativo.
Antes
que nada, es importante recordar la observación inicial de que el arte,
visto como una manifestación que nos acompaña desde los tiempos primigenios,
puede verse desde una óptica arquetipal. Esto nos habla de un impulso
a expresar aspectos, visibles e invisibles, del entorno y de nuestro mundo
interno. Ahora bien, acabamos de ver cómo nuestra percepción varía dependiendo
del grado de conciencia alcanzado, del espíritu de la época y de los mecanismos
compensatorios que están presentes en un momento determinado. Por otro
lado, también hemos considerado que la conciencia es una adquisición tardía
en el proceso de transformación evolutiva que sufren las fuerzas innatas
que nos acompañan.
Tomando
en cuenta estos elementos, podemos ir viendo cómo la expresión artística
ha sufrido grandes transformaciones no sólo en cuanto a las imágenes que
produce, sino también en la utilización de estas imágenes. Así, observamos
que en las manifestaciones de las culturas primitivas el elemento de participation
mystique, que mencionamos anteriormente, está presente en la medida
en que las imágenes pretendían invocar una alianza entre las fuerzas de
la naturaleza y el esfuerzo del hombre para desempeñar una determinada
actividad, ya sea ésta la caza, cosecha, procreación o cualquier otra.
Constancia de esto lo tenemos en todas las ceremonias y rituales que hemos
encontrado descritos en relación con el mito de la fertilidad, donde se
utilizaban diferentes expresiones artísticas, tales como danzas invocatorias
y pinturas sobre los cuerpos, en los objetos de los participantes o en
las paredes de sus moradas, que buscaban facilitar el logro de su objetivo.
Estas ceremonias y rituales eran dirigidos por un especialista que tenía
la facultad de relacionarse con esas fuerzas primigenias en una forma
que el resto del grupo no podía hacerlo. Aquí ya comenzamos a ver una
diferenciación entre los diferentes integrantes de esos grupos, y en cierta
forma, una especialización. Estos son los ancestros de nuestros artistas
modernos.
En
el acto creativo, encontramos que la mayoría de las veces el artista no
es más que un instrumento a través del cual se expresa una fuerza que
lo posee, esté conciente o no de la misma, y lo obliga - podríamos decir
que tiránicamente- a buscar la forma de darle salida a una imagen o a
una emoción. No en balde para los griegos, uno de los tipos de locura
era la producida por la posesión de las musas: la locura artística. En
este sentido, las musas son las voceras de esas fuerzas primigenias que
descansan en el inconsciente de todos los seres humanos y que aparecen
como expresión artística en unos pocos elegidos: los artistas. Por esto,
el acto creativo no se puede provocar a voluntad. La conciencia o la voluntad
sólo sirven para escoger las vías y los instrumentos más adecuados, más
no así las imágenes ni los elementos presentes. Estos aparecerán por sí
mismos, y la función del artista es lograr atraparlos y trabajar sobre
ellos hasta que sean los mismos los que determinen cuándo se concluyó
la obra. Por ello, me parece una aberración el que se confunda el arte
con una cantidad de esfuerzos por conseguir una fórmula para lograr piezas
llamativas, relegando el arte a una simple y vulgar relación de comercio
entre una oferta y una demanda, con un público que, en la mayoría de los
casos, en lugar de sensibilidad lo que tiene es un deseo de estar a la
moda.
Ahora,
¿cómo se manifiesta la conexión con esas fuerzas primordiales? Una obra
de arte es un intento de expresar un símbolo, entendiendo por símbolo
una parte que hace referencia a un todo que lo contiene. El origen de
la palabra se remonta a una práctica de civilizaciones ancestrales en
las que al cerrarse un trato, los participantes rompían una tablilla de
barro y cada uno de ellos conservaba uno de los trozos, el símbolo. De
esta misma forma, cuando estamos en presencia de un símbolo intuimos que
encierra una conexión con un todo difícil de ser captado, y es ésta conexión
con ese todo y la presencia de ese velo, lo que produce una emoción muy
particular cuando estamos en su presencia. El artista es un especialista
capaz de percibir esos símbolos, que muchas veces se le imponen sin que
él pueda evitarlo, y de intentar expresar esas ideas intuitivas de diferentes
maneras. Algunas con éxito y otras no, siendo realmente el público que
ve la obra el que le puede servir como espejo, así como la sociedad sirve
de espejo al individuo. Un símbolo significa un reto perpetuo a nuestros
pensamientos y emociones. Esto quizás explique el porqué una obra simbólica
es tan estimulante, porqué nos mueve tan intensamente y el porqué raramente
sólo nos proporciona un placer estético. En este sentido, considero absurdo
darle significados a las obras de arte. Ellas son lo que son: intentos
de atrapar un símbolo. La importancia especial de una obra de arte radica
en el hecho de que ha escapado de las limitaciones de lo personal y ha
escalado más allá de las consideraciones personales de su creador. Así,
podemos decir que una obra de arte es algo suprapersonal.
Evidencias
de esta afirmación las encontramos a lo largo de la historia del arte.
Podemos encontrar piezas de arte que tocan temas universales y que, por
lo tanto, siempre estarán presentes: la maternidad, lo divino, el niño,
el mal, la muerte, la compasión; otras que son expresiones del espíritu
de la época que las produjo, gracias a las cuales podemos seguir el proceso
que ha seguido la raza humana; y otras que quizás buscan compensar una
actitud presente y provocar un giro haciéndonos conscientes de la misma,
por lo cual los artistas han sido perseguidos tantas veces. Ejemplo de
esta última forma de expresión -la que emerge desde la compensación- la
encontramos en el arte moderno, que ha roto con las visiones estéticas
preexistentes acerca de lo que es bello en las formas y significativo
en los contenidos, remplazando las serenas y cálidas representaciones
por abstracciones de las más diversas naturalezas que actúan como una
sacudida. En este sentido, Jung nos dice en uno de sus ensayos: "El
espíritu profético del arte nos ha alejado de las viejas relaciones con
los objetos para precipitarnos en los tiempos venideros -en el oscuro
caos del subjetivismo. Ciertamente es el arte, desde esta oscuridad, lo
que nos puede descubrir, lo que puede mantener unidos a los hombres y
darle una expresión a su completud psíquica. El desarrollo del arte moderno
con su aparente nihilismo que nos muestra la desintegración, debe ser
entendido como un síntoma y un símbolo de una tendencia universal a la
destrucción y a la renovación que ha sido la marca de nuestra época".
Son quizás estas expresiones las que hacen del arte una verdadera necesidad,
y a los artistas unos sacerdotes que velan, tras bastidores, por la subsistencia
de nuestra especie.
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