Estudio sobre las tribus perdidas de Israel

M.I. Brito Steling

     Hace 1300 años, en las tierras de las riberas marítimas de la península arábiga, un profeta predicó a una cantidad de tribus semi-nómadas, politeístas, laxamente relacionadas, que se dedicaban al comercio y al transporte de mercaderías entre las dos riberas de la península y los puertos levantinos, la obediencia a un sólo dios. La celeridad con que estas tribus se unieron y aceptaron la prédica monoteísta habla de un origen común ancestral y una memoria atávica lo suficientemente lejana como para que el politeísmo haya sido aceptado comúnmente, y lo bastante fuerte como para que cuando se le recuerde su creencia original la hayan adoptado fanáticamente. Es decir, habla de un acervo común entre los pueblos monoteístas antiguos, una manifestación de lo que se llama el “inconsciente colectivo”, en ese particular tema.

     Hace aún más tiempo, cercano el séptimo siglo de Cristo, el reino de Israel fue destruido y su población deportada a algún lugar del vasto imperio asirio. Los sitios están descritos en la Biblia y nombrados allí, situados en los confines del mundo conocido, en las riberas de los Ríos Gemelos, en el arco que marcan estos ríos y la región deltana de Egipto asiático, llamada tierra de Gosén, es decir, el norte de la península arábiga. No hay que olvidar que Asiria había conquistado todo el ámbito ecuménico antiguo y, por lo tanto, podía decirse que el imperio asirio era el dominador mundial  (incluyendo las riberas levantinas del Gran Mar y Egipto, y, por supuesto, todas las tierras que bordeaban el Gran Desierto Sirio). A Judá le tocó el turno el siglo siguiente y sus dos tribus fueron deportadas a Babilonia. Esas tribus judías regresaron a Judá a mediados del siglo V a.C., pero las 10 tribus israelitas se perdieron en el turbulento Cercano Oriente de finales del primer milenio a.C. Es posible que esas 10 tribus israelitas deportadas por los asirios se hubieran asentado en los bordes del desierto arábigo, parte del imperio asirio, y recorrieran ambas orillas de la península arábiga,  poblándola o mezclándose con los politeístas nativos, nómadas que comerciaban con la India y Mesopotamia, a través de las ciudades de Dilmun y de Bahrein, en el Golfo Pérsico, y La Meca, en la ribera del Mar Rojo, ciudades siempre escasamente pobladas. Al perder su identidad étnica, olvidaron su monoteísmo inicial y adoptaron las costumbres politeístas de sus vecinos o de sus enemigos que los deportaron, y luego desaparecieron del Cercano Oriente antiguo como pueblo separado. Así, cuando el Profeta predicó de nuevo el monoteísmo, su memoria atávica hizo que lo recordaran como la creencia correcta y lo adoptaran como la religión verdadera. El hecho de que las reglas dietarias e higiénicas de la antigua Biblia fueran iguales a las del nuevo Corán hizo más fácil la captación y la inserción en la memoria colectiva actual de esos recuerdos atávicos monoteístas.

     La Biblia dice específicamente que las tribus de Israel fueron deportadas “... y llevó (a los habitantes de) Israel cautivos a Asiria, donde los estableció en Halah y cerca de Habor, río de Gozán, y en las ciudades de los medos” (Libro IV, Reyes, 17:6). Y más adelante: “Y así Israel fue llevado cautivo de su tierra a Asiria, hasta el día de hoy”  (Libro IV, Reyes, 17:23). La identificación moderna de esa amplia “Asiria” de las ciudades de los medos” o de “Halah, cerca de Habor, río de Gozán” ni siquiera ha sido intentada. La referencia más próxima es la identificación de la antigua “Gozana” con el sitio del Tell Halaf, en Iraq del Norte, en las montañas de Media, los Zagros del Norte (Parrot, 1969).

     En cuanto al sitio de Samaria, la capital del Reino de Israel, hay algunas discrepancias en los records reales asirios. Samaria cayó en la “estación de lucha” del año 722 a.C., es decir, en la primavera tardía o el verano temprano de ese año. Shalmanasar V murió al final de ese mismo año; su heredero Sargón II terminó el trabajo de subyugar la región y tomó, según sus listas reales, 27.290 prisioneros, número demasiado grande para ser de Samaria sola. Los records asirios son sorprendentemente exactos, ya que se cuidaban de listar los prisioneros que podían ser vendidos en esclavitud o usados para proyectos de construcción pública. Sargón II comenzó su palacio de Khosabad poco después y muy probablemente usó muchos de estos prisioneros israelitas como obreros de construcción. Solamente en el 721 a.C. terminó Sargón II de dominar la región y acabar con la resistencia armada o pacífica de sus habitantes que fueron subsiguientemente deportados. Solamente a fines de su reinado Sargón II se adjudica la destrucción de Samaria, pero una crónica babilónica identifica al asaltante de la ciudad como Shalmanasar V (Free & Voss, 1992, p. 169,170).

     La identificación de los pueblos árabes con los israelitas de las 10 tribus perdidas tiene muchos puntos de certeza, entre ellos el que permite la inferencia mítica. No hay que olvidar que la Biblia misma afirma que los pueblos ismailitas (árabes) descienden de Abraham a través de su esclava Hagar, y la mitología árabe afirma tal hecho en los cuentos y leyendas antiguas. Para los árabes antiguos el Dios era de hecho el mismo Dios de Abraham (Ibrahim), ya que derivan su ancestría de Isma’il y su madre, Hagar, quienes fueron exiliados de la caravana de Abraham por Sarahi, la esposa de Abraham, y éste los llevó a un sitio cercano a La Meca, porque en ese mismo sitio los ángeles de Dios habían erigido una tienda para Adán en el único sitio sagrado de la tierra, el ombligo del mundo, lugar de consuelo por la pérdida del Paraíso merced a las intrigas de Iblis, quien los tentó para que no lograran la sabiduría y fueran iguales a los ángeles, seres de fuego puro. En La Meca estaba una piedra negra, sitio de descanso de Adán, donde se adoraba al Dios único. Andando el tiempo, hubo un Diluvio que acabó con toda la tierra y el santuario de La Meca fue elevado al cielo por los ángeles de Dios. El profeta Nuh (Noé) hizo en el sitio un altar para la adoración; estas ruinas fueron las que dieron cobijo a Hagar y a su hijo Isma’il cuando Abraham los llevó allí y los dejó. Cuando se les acabó la comida y el agua, Isma’il, recién nacido, comenzó a llorar y Hagar corriendo desesperada recorrió siete veces la distancia, haciendo un camino, entre los montículos Safa y  Marwa. Mientras Isma’il se retorcía de sed y de dolor al verse solo, con sus patadas las rocas se abrieron y brotó un manantial puro llamado el pozo de Zemzem. Hagar recobró la cordura y cuidó de Isma’il hasta que llegó una caravana de nómadas, los jurhumitas, quienes se asentaron con ellos y cuidaron del pozo y el sitio sagrado. Andando el tiempo, Isma’il tomó una esposa jurhumita y sus descendientes, los ismailitas, siguieron adorando al Dios único enseñado por Abraham, quien visitó a Isma’il y juntos erigieron de nuevo la Morada Sagrada en el sitio sacro de La Meca y adoraron al Dios único. Sus descendientes se unieron a los jurhumitas y olvidaron la adoración a un sólo Dios, practicando el politeísmo usual; sólo unos pocos se esparcieron por todo el mundo y quedaron en La Meca recordando los tiempos de Isma’il e Ibrahim y su adoración de un único Dios (Al-Saleh, 1986, p. 17,18,20). Nómadas se asentaron en el sitio de La Meca por sus ventajas en el comercio, siendo éste un camino caravanero y sitio obligado de paso y descanso para las caravanas camelleras. Así, los nómadas adoptaron los ídolos de los pueblos con los que comerciaban, llevando sus caravanas de camellos hacia el Levante y las ciudades del Golfo Pérsico. De esa manera, se extendió el politeísmo en Arabia.

     En el campo de la arqueología hay suficientes vestigios e indicios para concluir que la población de la península arábiga sufrió varios períodos de sobrepoblación y de necesidad de emigración de las tierras cada vez más desecadas de sus pobladores semíticos. Estos episodios determinaron las guerras e invasiones de los asirios, canaanitas (incluidos los fenicios y hebreos), arameos y, finalmente, los árabes. Así fue posible que los israelitas, súbditos del Reino de Israel, quienes fueron deportados por los Asirios en los años 722 y 721 a.C., a la caída de Samaria y del Reino del Norte, y que fueron exiliados a los demás dominios asirios, se mezclaran con sus vecinos nómadas del Norte de Arabia y olvidaran su monoteísmo, hasta que la prédica de un Profeta hizo aflorar su memoria ancestral y los llevó a que fervientemente abrazaran el nuevo monoteísmo.

     Naturalmente hay que profundizar en las hipótesis que ofrecen las fuentes mitológicas, legendarias y bíblicas por igual, para concluir una tesis definitiva que deberá ser demostrada de manera convincente.


Bibliografía

Free, Joseph P. y Howard F. Vos (1992). Archaeology and Bible History. Grand Rapids: Zondervan Publishing.
Parrot, André (1969). Assur. París: Gallimard.
Al-Saleh, Jurat (1986). Ciudades fabulosas, príncipes y yinn de la mitología árabe. Madrid: Generales Anaya.
Lewis, Bernard (1993). The arabs in History. London: Oxford Press.
Glubb, Sir John (1969). A short history of the arab peoples. New York: Dorset Press.
Cassini, E. (et al.), “Los imperios del Antiguo Oriente III, la primera mitad del primer milenio”, en Historia Universal Siglo XXI (1971). Madrid: Siglo XXI.

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