Nasser Abdalla
Parábola del
sultán
que domó a las serpientes
Escena
1
De comer -dijo- os daré miel,
para vosotras el reino de las abejas,
ya que su zumbido no me deja dormir;
a cada una de vosotras daré dos agujeros
y una condecoración
y a la larga nombraré
comandante de la guardia del Sultán.
A la lista real de prohiciones-dijo-añadiré
que está prohibido maldecir serpientes o matar gusanos;
pero que se permite matar airones.
Sepan todos mis súbditos, a partir de la hora de ahora,
que los sentimientos de toda serpiente de nuestra corte
son idénticos a los del corazón del Sultán.
Escena
2
Mas,
tal como ocurre cada lapso de tiempo,
queridos amigos,
llegó el momento que tenía que llegar,
y llevaron al Sultán a la tumba,
por una mordedura de serpiente.
En la capilla ardiente, rezaron a Dios
y hablaron: tal y tal y cual;
mas, lo más raro,
lo verdaderamente raro, grave y amargo fue
que el que oficiaba la oración
y guiaba la gente
era la serpiente.
Escena
3
Y las abejas:
siguen como antes zumbando.
El chivo y
el espejo
Erase
una vez un chivo
que mirándose al espejo,
vio a otro chivo mirarse en el espejo;
movió la cabeza,
y entonces el otro movió la cabeza.
Fue cuando el chivo creyó que el otro chivo lo desafiaba.
Enfureció, se incorporó y lo injurió;
al tiempo que el otro chivo enfureció, se incorporó y lo injurió.
El chivo le dio una cornada al chivo,
se abrió la cabeza, se arrancó el cuerno.
Entonces,
se paró el chivo fijándose en la nada,
no vio nada.
No está mal-balbució-,
ante el valiente chivo, el chivo cobarde huyó.
No está mal,
aunque me quede sin cuernos,
aunque se me rompa la cabeza,
no está mal.
Para
todos los chivos de nuestro tiempo:
este es el precio de la victoria.
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