Pueda ser que
Bataille me oiga, Georges
Bataille, el que vio a Dios
el 37 en la vulva
de Mme. Edwarda, medias y
muslos de seda blanca, la noche
del cerezo en el burdel, y escriba
lo que no sé voluptuoso en el lino
del papiro la palabra
que él supo y no sé, la
Palabra.
Y así
todo sea jueves, el mar
jueves, el oxígeno
para arder, el mismo
hueso propicio, el trapecio
donde uno duerme como en la madre el ocio
hacedor.
A él
encomiendo mi hambre por
santo torrencial descarado, a él
mi libertino
liberto de todo, por
vidente y riente
que apostó entero el orgasmo al
desollamiento vertiginoso
de ser en el exceso hombre, a él,
escrito como está en el precipicio el Mundo, pardos los
azules ojos oscuros abiertos.