EXALTACIÓN DE LA SENSUALIDAD,
LA MEMORIA Y EL TIEMPO
EN KONSTANTINOS KAVÁFIS

Msc. Magally Ramírez R.

Konstantinos Kaváfis, Alejandría, 1863-1933
¿y si la nuestra fuera, de veras, una
nueva época helenística?
Ernst Robert Curtius

Konstantinos Kaváfis hizo circular su poesía tan sólo en hojas sueltas, Alejandría crisol o mortero en que se funden todas las épocas, todas las creencias, todos los dioses “cinco razas, cinco lenguas, una docena de religiones, el reflejo de cinco flotas en el agua grasienta, más allá de la escollera innumerables calles donde se arremolina el polvo, la ciudad abigarrada de moscas y mendigos, y entre ambas, especies de todos aquellos que llevan una existencia vicaria. Pero hay más de cinco sexos, la mercadería sexual al alcance de las manos es desconcertante por su variedad y profusión, tal vez los amantes simbólicos del mundo helénico, Alejandría no es un lugar placentero, es el más grande lagar de amor, escapan de él los enfermos, los solitarios, los profetas, es decir, todos los que han sido profundamente heridos en su sexo, allí ha venido el poeta “a reconstruir piedra por piedra esa ciudad en su mente, esas provincias melancólicas que el viejo veía llenas de las ruinas sombrías de su vida”, “los cuerpos hoscos de los jóvenes inician la caza de una desnudez cómplice y en estos pequeños cafés, a los que solía ir Balthazar con el viejo poeta de la ciudad, de noche una prostituta borracha camina por una calle oscura, sembrando los fragmentos de una canción como si fueran pétalos” (Lawrence Durrell, 1998).

La ciudad de Alejandría según varios autores, es la ciudad estética y real del poeta, sin Kaváfis Alejandría no es la misma, pero Konstantinos Kaváfis no es sólo un poeta que lleva colgada en su mirada a su Alejandría, él es un poeta dramático y trágico que construye un mundo lírico que se objetiva en breves situaciones, pequeños episodios históricos o imaginarios, donde el autor sintetiza el sentido trágico de una situación, según Castillo Didier, “hay poemas que constituyen verdaderas tragedias en escasos versos”, con fondo escénico, con un personaje dramático, con un insinuado clima de escena, los textos aluden a una reflexión filosófica o pedagógica tras la mirada rápida a un hecho histórico, el autor trabaja con paciencia artesanal aprovechando su don de síntesis, su maestría, para provocar la evocación de situaciones y ambientes dramáticos y para utilizar alegóricamente la historia, sobre un mundo contemporáneo, el universo de poemas es un universo de engañadores y engañados, una red de trampas, maquinaciones, miedos, sospechas, malos cálculos, esperanzas burladas, vanos intentos. Los dioses se burlan, los hombres se burlan, pero no son sino juguetes en manos de los dioses, del tiempo y del azar, no hay fe salvadora y sólo la fe en el arte, Kaváfis se comporta como un condenado que envejece en prisión, tatuándose frenéticamente en el cuerpo imágenes voluptuosas, o bien se funde con una multitud de muertos y epitafios.

Ciento venticinco voces hablan por su boca, el autor se cubre el rostro con máscaras y utiliza un método mítico, es decir, una comparación constante entre lo contemporáneo y lo antiguo, al poseer diversos personajes o máscaras por cuya boca ya no hablarán ni el homosexual torturado de los primeros años, ni el pequeño burócrata matutino, ni el prosaico corredor de comercio que, por la tarde se mezclaba con las múltiples nacionalidades que llenaban las calles y tiendas de la ciudad, sino quien habla “es la mente de un poeta erudito, filólogo, y por añadidura historiador”.

DE LA SENSUALIDAD, LA MEMORIA Y EL TIEMPO

El hablante Kaváfis es un ser en situación, un ser que impúdico se muestra como respiración, como éxtasis. Lo escrito como memoria del cuerpo exhibe su palpitar, su quiebra, el grito del éxtasis parece la erupción vocal que desde el espasmo señala el goce de un salirse de sí mismo. El hacer poético es provisional desde el cuerpo que vive en el suplicio de no poder cesar en el deseo, deseo de recordar, de volver a vivir, el cuerpo “es dios, dios doliente, Dionisos”. El poeta sabe que el cuerpo es lo discontinuo, lo finito, lo que se presiente como memoria o paisaje inconcluso, el cuerpo carece de argumento, su tiempo es vertiginoso, sus códigos oscilan entre la suerte, el azar, el vacío, los esplendores, la fuga y el hastío. Lo mostrado en su escritura es el instante, la revelación del tiempo del ser y el no ser, tiempo del goce de la carne, la obra poética narra lo bello y se instaura como un himno del vivir y actuando como la vida misma se erige en fuga ilusión y apariencia, la gracia del vivir el insostenible goce de un instante, su tiempo y el yo poético se revelan como memoria defensiva contra el incesante devenir hacia ningún lugar.

Según Marguerite Yourcenar, “los poetas orientales se entregaban hasta desfallecer a las delicias de las fuentes y los jardines”, Kaváfis se entrega al escenario del amor, a los cafés populares, a las calles oscurecidas por la caída de la tarde, las casas de mala fama frecuentadas por dudosas y desconocidas figuras jóvenes no son presentadas sino en función de la aventura humana, del encuentro y la despedida y es esto lo que le da una belleza tan nítida a los más modestos bosquejos al aire libre o de interiores.

Escoger el instante no es escoger el placer en el sentido de lo placentero, sino la lucidez. Cada instante en efecto encarna una plenitud que está al borde del abismo; vivir intensamente no es negar la muerte sino incorporarla también a esa intensidad: “vivir muriendo, pero también morir viviendo”. El cuerpo y el instante no buscan ni consolación ni recompensa: se saben a la intemperie. Suponen, decíamos la pasión y la conciencia. Por lo primero estamos ante una erótica: no el erotismo en bruto, tampoco el meramente psicológico o subliminado sino el erotismo del cuerpo como un absoluto que encarna o puede encarnar el sistema de relaciones (aún las más opuestas entre sí) del universo mismo. Por lo segundo, estamos ante una suerte de iluminación: la intuición, nunca la mera seguridad intelectual, de que somos el tiempo, o, mejor, de que podemos cambiar su opacidad a través de la intensidad del instante. El cuerpo como cuerpo y emblema de otro cuerpo más basto, el instante como presencia y resumen del tiempo: ambos constituyen una sabiduría y una mística. Una sabiduría que no es un estado intelectual, sino la disciplina de una experiencia: una mística que, por su parte, quiere fundar las relaciones del hombre y el universo sobre bases no espirituales o espiritualizantes sino materiales.

El amor y la pasión ignoran el tiempo. El que ama vive conjugando un presente y una eternidad. La vida se escapa fugaz e inaprensible. Un hombre sólo es lo que son sus recuerdos, tránsito que va y viene, terriblemente imprecisos se vuelven borrosos, como sueños. Si hablamos de la pasión, todas estas características se agudizan. El amor perdido crea una eternidad que apunta al pasado. Manifiesta su existencia en cuanto que esa eternidad tiende a desdibujarse. Se provoca, en ese momento, una fuga del fluir temporal, donde los acontecimientos que pasan a reposar en el pasado, se desvinculan de la actualidad y tienden a la desintegración, al olvido. En palabras de Carles Miralles, “la poesía versa sobre el pasado. Sólo la palabra del poeta puede rescatar de ese olvido”. Kaváfis mancha el papel de signos y tachaduras hasta que le da forma a una de las más bellas construcciones poéticas de la cultura occidental de este siglo veinte. Me he imaginado al poeta apagando la lámpara, cansado, más cansado que nunca, no como aquél que disfruta con lo que hace, no satisfecho por el esfuerzo: como aquél que extrae de su carne un dardo enconado, como aquél que, sin saber cómo ni desde cuándo, envenenado agoniza, lo he imaginado en su habitación, hundido en un sillón, aspirando los vestigios del dulce olor a petróleo construyendo “La ciudad”, la mítica ciudad, Alejandría,  como una condena escrita donde el poeta ignora hasta cuándo permanecerá el marasmo de su mente, toda la ciudad y el contorno de la misma le muestran los negros escombros de su vida destruida, la ciudad con su persistente olor a velas, con sus posibilidades irrealizables, de lo que ella siempre será, ayer.

Kaváfis reprodujo en su poesía las pautas de un pasado rico que le permitió crear y vivir en el presente. Él utilizó el hilo temporal de la memoria para tejer una comunicación entre sucesos lejanos, reubicando emocionalmente pasados acontecimientos en el mundo sentimental del presente. Kaváfis percibe que la poesía histórica, biográfica o erótica converge en tantos puntos que hace su división muy difícil. En ciertas ocasiones, poesía y vida confluyen absolutamente. La experiencia poética deja translucir que no es mera capacidad de fingimiento. La poesía hizo en Kaváfis un modo de vivir el pasado biográfico. Hay dos poemas que son determinantes en este punto, “Fui” y “Comprensión”. En el primero se relata con concisión la historia de su liberación y se advierte que el tiempo puede otorgar sentido al pasado, constituyendo una percepción aceptada por el poeta de lo que fueron aquellos años. Kaváfis piensa, naturalmente, en el joven que fue veinte años antes y escribió algún apunte sobre el asunto: “no sé si la perversión da fuerza”.

Me liberé de ataduras. Me abandoné del todo y fui.
Hacia los placeres, que medio reales,
medio imaginados en mi cerebro estaban,
fui en la noche iluminada.
Y bebí licores fuertes, como
los que beben los temerarios de la voluptuosidad.
Konstantinos Kaváfis,  “Fui”

En “Comprensión”, Kaváfis ejerce de intérprete de su propia existencia. Su juventud se entiende como un estadio prepoético, en el que se hizo posible toda su poesía posterior. Esta nueva visión de la propia juventud, hace que el poeta vea lo imposible de sus deseos, nunca satisfechos, de cambio. Kaváfis abraza así el viejo adagio: ama lo inevitable. El pasado del poeta, su juventud, plasmada con esta elegante concentración de palabras, se hace a la vez poema, germen de la poesía y suceso personal significativo. Cuando ocurre esto, no hablamos ya de un mero ejercicio de la memoria. Estamos ante un modo más fructífero de hacer poesía, que a la vez refunde lo que el poeta ha sido y lo que ha alcanzado en su reconocimiento. La vida se convierte en un devenir interpretable, la poesía es el método de interpretación de lo vivido.

Como un jugador de ajedrez, Kaváfis mueve las piezas al servicio de intrigas ptoloméicas o bizantinas, le interesa “el espectáculo de perfidia, desorden, heroísmo inútil o baja inercia que tan a menudo caracteriza la historia de Grecia”, sus poemas de la bajeza y de la derrota no son inspirados por acontecimientos de nuestra época, escritos hace más de setenta años, y en pleno siglo veinte, fueron creados con temas de hará veinte siglos. La experiencia clandestina de los poemas eróticos es, según Marguerite Yourcenar, “una experiencia donde la belleza es un aguafuerte trazado con el más corrosivo de los ácidos”, una experiencia “anormal, enfermiza que se salta los límites de lo usual y lo permitido... su poesía erótica es una visión punzante y no obstante frívola del placer”, el hablante Kaváfis “ha extinguido la línea divisoria entre lo divino y lo humano", en lo divino una vulgar plaza puede ser el lugar de la hierofanía de un dios, el dios incógnito puede ser un aprendiz de sastre en “El espejo en el vestíbulo” o cualquier otra clase de empleadillo, pero, dentro de la estructura del poema se trata de un dios, que a su vez, sufre un proceso de desacralización, ya que termina su paseo no en las colinas de una Jonia de sueño, “Poema jónico”, sino en una taberna de mala muerte o en una escuálida casa de citas.

En su poesía no hay arrepentimiento ni voluntad de desandar un camino equivocado. La vía de la memoria se convirtió en el instrumento para crear una erótica del tiempo. Kaváfis en su recuperación de sensaciones pasadas, no pretende sólo una recreación, trata de hacer que placer y memoria se igualen. Un ejemplo de ello es “Vuelve”, donde Kaváfis ha obviado cualquier referencia al psicologismo, bajo la invocación de una sensación pasada, que debe despertar la memoria del cuerpo, los labios, la piel... que son los que recuerdan. El cuerpo parece tener capacidad cognoscitiva, al menos en la esfera sensual, indeleble. El cuerpo siente, pero también piensa, recuerda... el cuerpo sabe. Equivalencias similares las hallamos en poemas como “Una noche”, “Voluptuosidad” (donde la memoria acapara la erótica más espléndida de la juventud), “Grises” (un nuevo giro en la elucubración por el tiempo y la memoria), o “Desde las nueve”. Vida, memoria y placer se aúnan en un todo. El placer es la memoria y la memoria la auténtica vida del poeta. A veces, la memoria no necesita un catálogo completo de experiencias. En algunos poemas, lo pasajero, lo fugaz, crea todo un universo de sensaciones. Basta un instante mínimo, quizá furtivo y veloz, como queda patente en poemas como “Informándose de la calidad” o “El espejo del recibidor”. La atracción por la belleza no necesita ningún otro estímulo. La mirada cavafiana sólo necesita la confrontación con lo bello, pese a la parquedad temporal del encuentro.

Su arte se construye desde la plataforma de una estética de lo secreto, una poesía de apariencia trivial que se apoya en procedimientos literarios fingidos e inteligibles, elaboración y simplificación, una voz que realiza un prontuario desde la hoja arrancada de la agenda de un solitario, su poesía es un monólogo, aquello que no se dice, la voluntad del silencio, el reiterado patetismo de Kaváfis reconstruye una poética de laberinto, de circuito cerrado, en donde el silencio y la confesión, el texto y el comentario, la emoción y la ironía, la voz y el eco, se mezclan inextricablemente unos con otros y el travestismo se convierte en un aspecto del desnudo, el uno mismo, especie de persona imperecedera.

Para finalizar, el habla del más grande poeta neoclásico del siglo veinte, es como el habla de Nietzsche, un habla del conocimiento, un lenguaje solitario sin el código moral tradicional, transferible sólo por la vía poética y en consecuencia distanciada de la economía de todo lenguaje.

Bibliografía general:

Castillo Didier, Miguel (1983).  Kaváfis, toda su poesía. Caracas: Embajada de Grecia.
_________________  (1986).  Literatura neohelénica. Antología. Caracas: Embajada de Grecia.
Durrell, Lawrence (1998).  Justine, El cuarteto de Alejandría. Barcelona: Edhasa.
Miralles, Carles (1980). Una biografía crítica. Madrid: Ultramar.
Ossot, Hanni (1979).  Memoria en ausencia de imagen, memoria del cuerpo. Caracas: Fundarte.
Rivera, Francisco (1987).  Cien poemas, Cavafy. Caracas: Monte Ávila.
Seferis, Giorgos (1988).  K.P. Kaváfis, T.S. Elliot. México: Fondo de Cultura Económica.
Sucre, Guillermo (1985).  La máscara y la transparencia. México: Fondo de Cultura Económica.
Yourcenar, Marguerite (1994).  A beneficio de inventario. Madrid: Alfaguara.

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