Los periódicos
Henry James
Barcelona, Alba Editorial, 1998.
Traducción de Guillermo Lorenzo.
Roberto
Martínez Bachrich
Los
periódicos
es una de las últimas noveletas de Henry James. Escrita –dictada, advierte
el traductor– hacia 1903, pone en escena el universo de la prensa desde
una perspectiva en que luce a toda sombra como ente voraz. Maud Landy
y Howard Bight, los protagonistas, son dos periodistas que se construyen
por oposiciones, no sólo en el físico y las maneras, sino –y sobre todo–
en la forma de relacionarse con la profesión: hecho que no resulta muy
distinto –para ellos– a las maneras de ver, sentir y vivir la vida. El
asunto de la ética periodística, hábilmente debatido por los personajes
de James, le da a la novela un cargado filón de lectura.
Maud
no califica en el cascarón del periodista exitoso común. Su ética humana
aplasta la posibilidad de convertirla en periodista estrella. Cierta vena
moral le impide arrojarse sobre noticias que podrían sacarla de la aparente
precariedad en la que vive, pero que a su vez podrían desatar el desmoronamiento
de la persona-objeto de la noticia ("Preferiría esa vergüenza...
a la repugnante honradez de publicarlo"). Es en eso, precisamente,
en lo que se diferencia de Bight. Él no puede distinguir entre persona
y objeto de la noticia. Para Bight todo ser con algún rasgo noticioso
es automáticamente noticia: fuente de alimento y de vida ("Se vuelve
uno cruel...Vamos, la profesión lo exige").
La
trama de la novela se va deshilvanando –que no es necesariamente desarrollando–
a partir de dos sujetos cuya relación con el mundo de la prensa también
es opuesta. Beadel Muffet es un hombre-noticia –o debo decir una noticia-hombre–,
del que Bight ha comido por mucho tiempo. Mortimer Marshall, por otro
lado, es un escritorzuelo que quiere a toda costa convertirse en noticia.
Ha puesto esta tarea en manos de Maud, pero a la chica parecen importunarle
sus patéticos dejos de efímera trascendencia.
El
auge de Beadel Muffet va creciendo en contraposición al deseo imposible
de Marshall. Hasta que, llegado el clímax de la obra, las noticias parecen
irse tragando no sólo a los sujetos que las han parido, sino a los mismos
periodistas. En un momento clave, Bight le propone a Maud convertirse
en su noticia. Ella –con sus dudas– rechazará ese salto a la fama.
La
revuelta sintaxis de James –y de sus personajes– y los diálogos elípticos,
donde la ironía esconde buena parte de la realidad real a los ojos del
lector, van dando al relato una atmósfera grisácea, asfixiante, como manchada
de tinta de periódico, que combina a la perfección con el mítico cielo
plomizo londinense bajo el que deambulan estos personajes. Pero nunca
decae el interés del lector. La misteriosa desaparición del hombre-noticia
sólo aumenta el olor a sangre en los periódicos, intensificando la marcha
del tren de las vidas de Maud y Bight. Aquí comienzan las culpas y ciertas
reflexiones desahuciadas que van dando a la obra otro tono. El tono con
el que se llegará a la verdad y a la única salvación posible para los
periodistas: "Al diablo los periódicos".
Pero
se sabe que no es nada fácil cambiar de vida así como así. El narrador
ha anunciado desde el principio: "De no haber existido los periódicos
hubieran sido inconcebibles dos jóvenes del tipo al que aludimos..."
(y el lector cae en la ridícula tentación de imaginar a dos personajes
que se disuelven en las páginas de la novela al echar un periódico por
el bajante). Dos seres para quienes "los periódicos constituían,
sobre poco más o menos, todo el mobiliario de su conciencia".
Pero
no sólo el narrador deifica –y deja en claro la adicción de la gente–
a los periódicos (el periodismo como un sistema de vida que se traga al
ser humano y lo aparta de "una vida normal" para encerrarlo
en una sala de redacción o apresarlo en la perpetua carrera tras la noticia).
Los mismos personajes echan su frasco de tinta al asunto. Dice Bight:
"Los periódicos lo son todo y más". Esa omnipotencia del periódico
–no hay que olvidar que el escenario es Londres a principios de siglo–
otorga un supremo poder a sus constructores: "Tenemos capacidad para
sentenciar a muerte. Y lo maravilloso es que lo hacemos de una manera
impecable". Maud, por su parte, tiene una visión algo distinta de
las cualidades de su profesión: "Era periodismo en su más pura esencia.
Una columna vacía de sustancia, por así decirlo, una tortilla hecha sin
siquiera cascar el huevo..."; pero no puede evitar "la costumbre,
crónica en su caso, de ver el tiempo marcado sólo a través de la esfera
de los periódicos".
Es
vieja, pues, la reflexión en torno a los medios de información (o comunicación,
la diferencia depende del punto de vista) como monstruos voraces de los
que todos somos víctimas tarde o temprano. Imposible ahuyentarlos, dormirlos,
eliminarlos. Por eso el único camino que pueden tomar dos periodistas
hostigados, agotados, engañados y hartos del medio, es el del amor. El
amor entre Maud y Bight –que ha echado sus escupitajos aquí y allá, brevemente,
cuando los vendedores de periódico no andan gritando por las calles, cuando
las noticias se suspenden por segundos, contenidas por un dique sentimental
que se rompe inevitablemente, una y otra vez– resuelve el final de la
novela. Ese amor, eludido antes, es aceptado por ambos. Y es ese amor
el que los expurga de los periódicos. Pero el amor –y Maud, Bight y James
bien lo sabían– puede convertirse en un poco de tinta sobre las páginas
sociales.
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