
Juan Manuel Roca*
Para hacer un mapa lo primero que se necesita es tener un país. Si ya se tiene, la cosa es más sencilla: no acuda a un pendolista antiguo para que le escriba sus coordenadas, pues podría tardar mucho en encontrarlo, y al hacerlo, a lo mejor ya el país se haya esfumado. Fíjense que hay quienes tienen en su bufete algunas medallas, cruces y legiones de honor de países que ya no existen, ni siquiera en la memoria. Pero bueno, contemos con que venezolanos y colombianos habitamos países, sea esto lo que fuere. No es menester, entonces, buscar rollos de ningún mar muerto ni pergaminos que sigan los cánones cartográficos, desde Babilonia a nuestros días.
Podemos sí, a lado y lado de una embelecosa frontera. trazar un mapa común a nuestro aire y medida -¡qué gran cartógrafo es el deseo¡ - para mezclar así, en una amorosa babel geográfica, mapas lingüísticos, demográficos y topográficos. Nadie mejor para hacerlo, aunque sigamos cacofónicos, que los artistas gráficos.

El mapa del arte tiene las virtudes de limitar al norte con el deseo, al sur con el viento, al oriente con el sueño, a occidente con la utopía. Con lo cual, más que la representación geográfica de un trozo de tierra en una pobre superficie plana, en el mapa del insatisfecho que es el artista se tiende a borrar aduanas y fronteras. Si se trata de un pintor, de hecho sabe que para encontrar una esencia hay que tener a la mano el desdibujo. Si de un escritor, de seguro que tiene conciencia de que es más necesaria la mano que borra que la mano que escribe. De hacerle caso a Corominas, y no veo motivo para lo contrario, la palabra mappa, que es abreviatura de mappa mundi, esto es mapa del mundo, significa pañuelo o servilleta, porque era de pequeño lienzo donde de antiguo se trazaban los mapas. Me imagino que de ahí vendrá la idea peregrina y popular de que "el mundo es un pañuelo". Un pañuelo, habría que agregar seguramente usado una y otra vez por mandatarios y banqueros siempre resfriados.
Ya lo dijimos: lo primero para hacer un mapa es tener un país. Pero también se puede mandar al cuarto trasero la ciencia cartográfica, aunque no sea nuestro deseo borrarla, literalmente, del mapa. Borges, hablando de un imperio cartográfico de gran virtuosismo y perfección, donde "el mapa de una sola Provincia ocupaba toda una ciudad", cuenta cómo las generaciones que siguieron a estos cartógrafos decidieron dejar esos mapas a la inclemencia del tiempo. Y como en lo que quedó de esos mapas, en sus ruinas, empezaron a habitar los mendigos.
No quiero hacer de aguafiestas, pero Colombia y Venezuela, sin haber tenido mapas de tal perfección, se adelantaron a la ruina y ya tienen muchos mendigos habitando en sus geografías. Por lo cual no volveremos a citar a Borges cuando al hablar de su ciudad afirmaba que no lo unía a ella el amor sino el espanto. Porque en este caso, a los artistas venezolanos y colombianos nos unen dos extremos de una misma soga: nos amamos más allá de la geografía, y nos espantamos más acá de nuestros geógrafos. Este doble proyecto, la correspondencia intima ni tan intimo, entre Venezuela y Colombia, una serie de cartas puestas en el buzón del viento, sin matasellos de ningún país y sin otro estafeta que el deseo, ha funcionado como un correo brujo, como un correo de chasquis donde el cartero es fantasma y el destinatario es un libro.

Sumada a esta cartografía de expresión epistolar y amorosa, está la otra cartografía, la del proyecto Mapa, en el que los artistas plásticos de los dos países imaginan uno sólo. Y no dejo de pensar en aquel pájaro legendario imaginado por Apollinaire, que por tener sólo un ala debía volar en pareja. Los dos países que realizan este proyecto hacen las veces del pájaro de una sola ala: cada uno pone la parte que le corresponde en el aletaje y en el vuelo compartido. Es, un poco, la creación de una patria única cuya constitución se funda en la doble causa del amor y del humor.
La estancia que me tocó en la Correspondencia íntima, no pudo ser más grata, porque escribirle a una escritora del talento y la calidez de Stefania Mosca, espoleado por ese suscitador de fuego y de juegos que es Luis Angel Parra, es algo más que un compromiso editorial: es la forma en la que un precario escritor de cartas tiene para hablar con lo mejor de sí mismo, con el otra, que como interlocutor demanda una búsqueda de la palabra justa en el pajar del lenguaje. Pensar en el otro, crearse "su" otro, como lo dijo un levantisco muchacho de Charleville que pasaba temporadas de luz en el infierno, es pensarse a sí mismo y a este nos obligó el juego epistolar propuesto para el libro de Arte Dos Gráfico, cuya editorial también podría llamarse, de manera edénica, Hojas de Parra.

Se sabe, más allá de las fronteras, que la idea del Proyecto Mapa nació con un croquis dibujado en una servilleta (otra vez ronda Corominas) con el desenfado de sus gestores Ricardo Benaím y Luis Angel Parra. Me imagino que el boceto inicial debió ser realizado en una complicada técnica mixta llamada Whishigrafía, de la cual los dos guardan el secreto. Quizá Dalita Navarro sepa del nacimiento de esa modalidad escosesa del grabado, pero en su discreción no lo ha dado a conocer.
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Ambos proyectos, el del mapa y el de la correspondencia- concluirán con un encuentro de todos los participantes, pintores, escritores, poetas, fotógrafos, caricaturistas, en dos regiones de la común Orinoquia. Esto ocurrirá, para llevar la contraria a los cartógrafos ortodoxos, -léase bien- en Puerto Inírida, Venezuela y San Fernando de Atabapo, Colombia. O viceversa.
*Poeta, colombiano
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