Día
de San José. Erika Reginato.
Editorial Eclepsidra.
Colección Vitrales de Alejandría. Caracas. 1999.
Roberto
Martínez Bachrich
Conozco
a Erika Reginato desde hace un par de años (quizá más o menos, la
verdad, nunca he sido bueno contando los días). Detrás de su perpetua
simpatía y de ese dejo apacible que modula su cuerpo, he creído entrever
–siempre– la marca inconfundible de la muerte en su mirada. Sabía
que escribía, pero nunca tuve la oportunidad, hasta ahora, de leer
–con ojos y piel– sus poemas. La letra temblorosa de la dedicatoria
recuerda la sombra de su mirada, contraria a la Erika con la que uno
suele conversar. Pero es ella. Leer su libro sólo confirma la lógica
de lo paradojal.
Día
de San José se teje bajo cuatro territorios que mucho tienen en
común: "El luto", "La enfermedad", "El adiós"
y "El encuentro". Sorprende la voz de Erika, su diálogo
abierto, frontal, con los fantasmas que la preceden y la sucederán.
Aquí no hay miedo, no hay contemplaciones para asumirse en familia
con las presencias subterráneas. Lo oscuro signa el libro, pero un
rayo de claridad va trazando el camino. La voz de Erika, su manera
de mirar lo que la rodea, su forma de sentir sin miedo lo que lleva
dentro, tienen esa sabiduría particular de quien sabe hacerse luz
desde la sombra para, así, salvarse. Viejo tópico: lo oscuro ilumina,
la sombra suele echar sus llamaradas.
El
padre y el abuelo son personajes protagónicos. Erika dialoga directamente
con ellos. El hilo que la une no es sólo el del recuerdo o el sueño.
La conexión es más profunda: la muerte, abajo o arriba, afuera o adentro,
sabe ordenar sus cables. Su sello garantiza ciertas comunicaciones.
"El
luto" es el primer canal de ese diálogo directo, pero lo reciente
del dolor de la pérdida (y el dolor no siempre pierde cercanía) obliga
al ser a tachar de insuficiente ese diálogo. Se busca el cuerpo a
cuerpo, se rechaza la distancia: "pero a lo lejos/ veo tu seca
mano/ acércala/ arrástrame contigo/ hasta el sepulcro". Se añora
el contacto, se busca afianzar (concluir) lo inconcluso, se duele
el ser ante el duelo de no haber conocido lo suficiente, de no haber
sido conocido por entero. Y es en el Hades donde se espera el remiendo:
"Bajo el espesor/ en la tierra/ estaremos juntos// Recibirás
la otra parte de mí/ un tesoro/ padre".
"La
enfermedad" es la sección más dura del poemario. La delicadeza
y la ternura que se tenían al hablar con el padre comienzan a diluirse.
El ser está solo ante sí, ante el espesor de su sangre, ante su propia
sombra: "Comienzo a tocarme/ el inicio de la errancia/ los fragmentos
de mi espesor". La sintaxis pierde los despliegues de suavidad,
se acerca a lo preciso, lo seco; porque la muerte en la sangre no
permite inflexiones: "Vomito mi vacío/ amo/ me pudro/ en esta
constante". Y comienza la duda, la lucha entre vida y muerte,
el terrible sonido del movimiento de la balanza: "Suspendida/
sobre cadenas/ hago equilibrio". Vuelve el miedo y se va. La
cercanía de la sombra otorga una extraña paz, una singular lucidez,
un tacto curioso consciente de sus riesgos: "Con cautela observo/
las formas oscuras/ que se detienen/ en el marco de la puerta".
Hay
metáforas que matan, asegura Susan Sontang en alguno de sus agudos
libros sobre la enfermedad. Pero despojar a la enfermedad de sus metáforas
malsanas y reelaborarlas desde el sentir propio, desde la convivencia
diaria con ese otro –la enfermedad– que deja de serlo para hacerse
parte de sí mismo: no órgano particular, no trozo aparte del cuerpo
propio, sino parte indivisible de un todo. Asumir la enfermedad –asumirse–
y verla –verse– para escribirla –y escribirse–, en ánimo de sentirse
–y palparse desde la palabra– más real; para –lugar común, tópico
inevitable–, de alguna manera, salvarse.
"El
adiós" y "El encuentro" serán ya variaciones sobre
una misma partida. El ser se despide de su infancia, de su padre y
su abuelo. Desde la lejanía, esas presencias lo abrazan, se le van
acercando para consolarlo o hacerlo reír. El ser ha estado despidiéndose
de sí mismo. El descubrimiento es casi amable. El anuncio de la despedida
es silenciosa, levemente musical. "En medio de la noche descubro/
el final de la distancia/ el paso de los días". Y el vaivén de
la mirada ante la sombra devuelve a la duda ("¿Podré dormir lentamente/
en el estanque?"), lleva al padre y a la pregunta. Se busca comparar
los espacios, resemantizarlos, despojarlos de sus cargas simbólicas
vacías, darles su dimensión ante la mirada propia. Aquí "Las
flores no se mueven". Allá: "No estás en el desierto/ sólo
descansas/ de tus pasos". Y porque para el ser "La tormenta
no termina// Avanza/ en mi vientre", se llegará a la lucidez
absoluta ante la sombra, a la sentencia con los ojos bien abiertos
ante lo oscuro. Se prefigurará, así, el tan dolorosamente anhelado
encuentro: "Busco en la oscuridad/ las cenizas/ la distancia/
el fin".
La
vida, la muerte, la escritura y la lectura no siempre obedecen a una
lógica suprema: las paradojas –perceptibles o no– se llevan en las
venas.
|