Jugar a los
soldaditos
Artemis
Nader y Rafael Pereira

R:
Es Ud., sin duda, uno de los artistas más representativos de la FIA, y,
seguramente, en reconocimiento a ello, Ud. es invitado especial de esta
novena edición. ¿A qué atribuye Ud. el afecto despertado por su obra en
la colectividad caraqueña?
I: Yo creo que mi pintura tiene una invitación al pueblo, es como si invitaras
a un amigo a jugar a los soldaditos: mi propuesta es ésa. Vivimos en los
soldaditos, llamamos a otro para mostrarle y el otro sin ningún problema
entra allí, a ese mundo; no se resiste a entrar, no pone peros, no pone
juicios; se informa, se deja llevar por lo que el otro le dice. Entonces,
de alguna manera, también eso tiene que ver con todos los soldaditos,
y esa invitación a jugar tiene que ver también con una relación de parentesco
con lo doméstico y lo cotidiano.
R:
El adulto que compra tu obra lo hace un poco porque se siente invitado
a jugar.
I: Yo creo que sí.
R: Con ese tamaño
de las figuras.
I: Eso es ambiguo, porque muchas personas lo quieren leer de una manera
un poco intelectual. Las diversas lecturas son aceptables, pero los de
esa lectura en particular siempre piensan que hay una reducción del alma,
y también hay una reducción para mí: es el soldadito. Y si tú pensás que
cada cuadro es -como yo pienso que es- un mundo, cuando pongo un sillón,
por ejemplo, pienso que es como la tierra. Algunos pintores usan
la figura chica como representación del hombre disminuido. Yo no digo
que no sea la representación del hombre, pero hay un cambio de escala,
si uno piensa que es un soldadito. Pintando uno tiene infinidad de posibilidades
de movilizarlos de la manera que querás. A veces hay uno que está parado
y no me gusta y lo pongo de rodillas, o le alargo el brazo: ése es el
soldadito que a mí se me ocurre.

R:
O sea, que el trabajo de la obra también va a ser así; trabajas poniendo
las figuras como jugando.
I: Sí, distribuciones de personajes que yo ya voy conociendo porque la
pintura es un círculo, alrededor de algo, alrededor de sí mismo. El otro
día le pregunté a un psicólogo si no estaría yo un poco loco, o algo así,
de pintar tanto. Me dijo que no tanto, porque como yo le daba vueltas,
no estaba siempre mirando desde un punto de vista; iba como girando, girando
la misma cosa de diferentes puntos. Y en ese dar vueltas sobre uno mismo
me fueron apareciendo nuevamente personajes que ya había hecho. Tengo
varios personajes que son como prototipos.
R:
La instalación que se muestra en la FIA, ¿la hiciste aquí o la trajiste?
I: Si yo pinto, entonces le digo a mi galerista: bueno, puedo ir y pintar
los paneles. Hubo un silencio. Unos días después, contestó Omaira, nuestra
directora, que sí, que encantada. Y como la feria no estaba instalada,
llevamos los paneles al taller de Ricardo Benaim y, en la misma posición,
así más o menos, lo fui haciendo. Se trataba de tocarlo, de dejar una
huella, una presencia, y la hice con mucha alegría y con mucha devoción
y entusiasmo.
R: Nos complació mucho
porque es la primera vez que en esta feria hay un gesto de este tipo.
De verdad que nos sorprendió muy gratamente porque se supone que la gente
trae sus cuadros y es un problema de venta, mientras que en este caso,
como tú lo has dicho, la intención es dejar una huella, y además esa pieza
habla de una nueva etapa de tu obra donde los soldaditos son más móviles.
I: Sí.
R:
No hay tanta rigidez. Hubo una cosa muy interesante, no me acuerdo quién
fue el que lo dijo, que tú eras el menos Torres García de los pintores
uruguayos. Todos tienen a Torres García en la cabeza porque es ineludible,
es una figura tutelar. Independientemente de la invitación al juego que
hay en tu instalación, la cual es evidente, hay un control, vamos a decir,
en la composición que va más allá del personaje, hay una estructura preexistente
que es la que soporta y amarra todo aquello.
I: Sí, claro.

R: Y ahí es, en todo
eso, donde está la herencia de Torres García.
I: Sí, claro, ahí está.
I: Al trabajar sobre la cotidianidad y al trabajar con la espátula, voy
al estudio como recurso de evasión, de alguna manera porque a mí la pintura
me produce un momento de hipnosis ; me olvido de mí mismo, no de
la gente. No tengo ese abochornamiento de ideas molestas que se tiene
de grande, y siempre uso la espátula, el pincel sólo a veces. Uso la espátula
porque mi pulso me tiembla, cada día me tiembla diferente. Entonces utilizo
la ocasión del día y empiezo siempre el cuadro con un gesto. Un día me
siento circular, otro día me siento alargado y de distintos tamaños, pero
siempre empieza en una estructura. Después esa estructura se transforma
en un lavamanos, en lo que sea, porque, bueno, al irme metiendo dentro
del cuadro es como encontrar primero el mueble y después poner los soldaditos
arriba. Es el pretexto. Sí, está captado perfecto.
R: ¿Cómo fue tu formación?
I: Mi formación está muy relacionada a mi padre y a mi madre. Yo siempre
he citado a mi padre porque citar a la mamá siempre queda como una cosa
rara; a veces se lo comento a ella. Mi madre ha sido una profesora de
todo el mundo, de historia, de metodología del arte, todo eso; una gran
influencia. Pero la figura paternal ha sido también muy trascendente en
mi vida, de hecho en el catálogo de la exposición ahora en Nueva York,
Donald Kuspit habla precisamente de la relación que tuve con mi padre,
de la vida de mi padre en la guerra española, de los dolores, de infinidad
de cosas que yo fui como deteniendo. Y a su vez el espíritu: yo he estado
muy apegado siempre a mis padres. Mi madre me corrige; es
la primera vez que lo digo, la mamá que corrige al nene de 51 años de
edad, pero, bueno, no me dejan entrar en mundos perversos, en cosas raras;
no, eso no, por ahí no, mientras esté ella, yo...
R: Mientras esté ella,
tú sigues jugando a los soldaditos.
I: Sí, yo creo que sí. Lo acepto.

La casa de la casa de la casa, oleo sobre tela,
180 x 230 cms.
R:
Sin embargo, ese trabajo, cuando uno ve tu trabajo que es con tantas capas
de pintura, es como tocar esa parte oscura de uno.
I: Bueno, la parte psicológica en mí tiene mucha importancia porque a
partir de cierto momento yo ya no pinté más representando la realidad,
sino que empecé como a inventar una cosa, una realidad que es un paralelo
también con cierta cosa, pero que no es de un dominio consciente. Aquí
yo vine sin ninguna idea premeditada, sin ningún dibujo, agarré una pared
y empecé sin saber hacia dónde se encaminaba la situación. La parte psicoanalítica
está muy presente en la ejecución de la obra y en la manera de presentarse
a la tela. Entonces hay una cosa que es la temática humana, que es la
cotidianidad.
R: El alma.
I: Qué es, qué nos pasa, porque un día de repente estamos contentos y
otro día tristes, y no hay una motivación exterior, es un estado
de ánimo. Lo que a mí siempre me preocupa es cómo salir de la oscuridad,
y eso lo relaciono con la posibilidad de que aquí existe un poco de religión.
Cómo se puede ser héroe, cómo desde la oscuridad podés meterle algo
que tenga que ver con el humor, con algo que la desintoxique.
R:
Que haga crecer.
I: En eso hay tradición familiar. Un concepto familiar muy profundo, por
una anécdota muy particular, muy íntima, pero que marcaría la realidad.
Durante la guerra, a mi padre, siendo muy chico, le mataron a su hermano.
Salió a buscarlo y, bueno, al final lo encontró, y lo reconoció por el
pijama. Terminada la guerra, lo llamaron, pues ya se sabía quién lo había
matado, y esa persona estaba en un sanatorio, herida. Fue mi abuela con
mi padre a verlo porque tenían que reconocer si era o no. Mi abuela, quien
había presenciado cuando se llevaron a su hijo de San Sebastián, dijo:
no, ése no es. Mi padre tenía un cigarrillo y lo tiró en la cama. Eso
me lo contó mi padre. Este antecedente me modificó absolutamente la vida,
porque el perdón se me hizo un hecho tremendamente fundamental. Bueno,
entre el perdón y la recuperación, yo trato de buscar una postura ante
mí. De chico, tuve un asma impresionante. Horas y horas sin dormir, pues
si vencés el insomnio, no con una pastilla, sós capaz de enfrentar el
insomnio, con todos los bichos y las cosas que se agrandan y que te asustan,
y a eso te acostumbras. Bueno, ya hay un paso bastante adelantado para
entender la oscuridad y no tenerle miedo.
R: El tono lúdico
es demasiado patente en tu obra. Eso me hace recordar que el director
del Museo Stedelijk en Ámsterdam, amonestó a Guillermo Kuitca en un texto,
señalándole lo importante de disfrutar al pintar la obra, porque eso es
lo que se comunica al espectador. Si un cuadro no trasmite ese goce, está
muerto. La pintura tuya traduce ese goce, ese goce clave, el cual enunció
León Battista Alberti, el gran tratadista del renacimiento, como voluptas:
el alma gozándose a sí misma en el acto creador.
I: ¡Qué bueno!

La Casita, Oleo sobre tela, 70 x 90 cms.
R:
Ahora bien, es inevitable, tratándose en tu caso de un artista uruguayo,
pedirte comentarios en torno a la relación de tu obra con la de Torres
García.
I: Lo que pasa es que Torres, si bien es un pariente anterior, un tío
a quien uno miró, yo creo que a quien más le puede haber pegado no es
a los alumnos; a quién más le puede haber llegado Torres es a mi generación,
algunos de mi generación, a Lara, a mí y algunos otros que hemos atendido
muy bien a nuestros parientes. Otros artistas de Uruguay tienden a lo
de afuera. Yo he seguido la cadena de nuestros parientes, pero si Torres
no hubiera aparecido, igual hubiera surgido ese color, porque ese color
pertenece a una actitud psicológica, incluso hasta el margen marrón, la
sobriedad del uruguayo, la clase media a través de la literatura se entiende
claramente con Benedetti, con una serie de escritores. Lo que no voy,
de ninguna manera, es a decir que yo no soy pariente. Soy pariente de
Torres, como de Figari, como de Blane, como de gente de ahora, mayor que
yo. Pero si no hubiera existido Torres, ese color hubiera estado presente
en el tiempo actual.
R: Pero fíjate que
a mí no me parece tanto la cuestión del color como la estructura.
I: La estructura sí, en eso estoy totalmente claro, eso sí.
R: A eso me refiero.
Se ve que ya es una generación que ya ha digerido y se ha distanciado.
I: ¡Claro!
R: Porque, como tú
dices, los alumnos quedaron tal vez con excepción de Fonseca.
I: Sí.
R: Y eso porque encontró
otro soporte, el muro de piedra.
I: Exacto. Ahora entiendo, sí, yo soy duro de entender.

Tutti siamo bene
R:
En tu obra reciente es notorio que ahora no es el soldadito nada más el
que se mueve, también el encuadre. Me gustó mucho un cuadrito -creo que
es el que más me ha gustado de lo que he visto- que es como ventanas,
entonces ya allí hay como un close-up del mueble. Antes no, antes siempre
el mueble estaba entero. ¿A qué se debe eso, ese movimiento que se da
ahora?
I: Parto de otro lado. El animarme a hacer lo que hice aquí no lo hubiera
hecho hace años, porque no sé, tendría que hacer un recorrido para poder
decir. Pero tengo por suerte mucha confianza en los demás. Digo en los
demás porque no me producen más miedo, incluso casi siempre siento que
es un humor, siendo un poco filosófico, un "yo" en otras circunstancias.
R: Todos tenemos de
esto.
I:No le temo, entonces sólo te vas soltando, hay muchas cosas que te pueden
dar la confianza, los años, un determinado éxito -éxito en el sentido
de que la gente te apoye o te aliente. Ahora, en esta conversación, yo
me siento alentado por las cosas que tú me dijiste y, bueno, además de
ir aprendiendo me va dando una cierta tranquilidad el ver cómo tus
ojos vieron cosas que yo pensé, que sólo yo las veía: la estructura. Está
clarísimo.
R: Es que ahora quedó
a la vista. Pero también lo que más me entusiasma es eso del encuadre,
porque eso genera una cosa muy interesante que es un lenguaje abierto.
Tienes unos elementos y según como tú los combines, producen un cuadro
nuevo.
I: ¡Claro!
R: Entonces tú tenías
ya un lenguaje abierto. Hay una cosa muy interesante: la facilidad que
ahora muestras de acercamiento y distanciamiento, incorpora una nueva
agilidad en tu estudio. Como que ahora existe una capacidad muy libre
de movilidad en el espacio, entonces eso le añade un novísimo elemento
a lo que ya era un lenguaje abierto.
I: Bueno, ves lo que te digo. Eso es lo increíble de la pintura, no puedo
creer que se puedan leer esas cosas. Me llama increíblemente la atención,
me da realmente confianza porque yo sé que eso pasa, y te lo voy a describir
claramente: en este momento, no sé si has visto que en general cuando
se muestra un pintor, está pintando y de repente se aleja. ¿Para qué se
aleja? Se aleja para buscar la armonía, para buscar el esteticismo. Yo
ya no me alejo más, y eso me pasó en estos años. Ya no estoy pensando
en eso.
R:
¡Claro!
I: Cuando veo de repente un cuadro, una posición fríamente, ahí sí de
repente me juzgo de lo que sale.
R:
Sí, pero no en el acto.
I: Pero creo que apareció esa actitud nueva que es reciente, que de repente
coincide con lo que tú me decís. Yo siento que ahí hay un gran cambio.
R:
¡Claro!
I: Un profundo cambio.
R:
Sí, sí.
I: En que la pintura no es un hecho esteticista.
R:
No, es un hecho vital.
I: Es un hecho vital, viene de un lugar, de un cuartito del cual al hombre
le cuesta la comunicación. La palabra es uno de los elementos, pero después
tienes otras formas de sacar lo que tienes dentro. La pintura es otra.
R: La obra tuya ha
sido el origen de muchas colecciones. ¿Tú estabas al tanto de eso?
I: No.
 |
| Yo en el reloj
de mi abuela, 200 x 100 cms. |
R:
Pero es así. De alguna manera tú has calado aquí y lo que llamaba Jung
coincidencia significativa se presenta en el momento en que la obra tuya
tiene Ese nivel de libertad, y es, precisamente, cuando te nombran invitado
especial y tú te permites hacer esa instalación.
I: Es curioso como se dan las cosas sin querer. Yo no creo que tampoco
es una coincidencia, ni de un lado ni del otro; una premeditación. Se
dio naturalmente en un momento apropiado; en otro momento no lo hubiera
hecho. Esas son las coincidencias, el ángel existe, el ángel en el cual
uno debe confiar porque se mueve apropiadamente. Vine a la FIA desde Nueva
York, donde expongo actualmente. Coincidieron mucho las situaciones, porque
en la muestra de Nueva York (en la Marlborough Gallery) no tuve intervención
ninguna, mandé las obras, eligieron ellos, pusieron lo que quisieron.
Mi voluntad hubiera sido, bueno, ninguna, porque en realidad dejé hacer
las cosas. Pero, de alguna manera, me quedé como con un resabio de la
muestra, de no haberme mostrado yo mismo en lo que yo estoy haciendo,
lo que yo estoy sintiendo, y era como un desahogo hacerlo. Entonces lo
más importante para mí en este momento no fue la muestra ésa, sino hacer
esto que no tiene ninguna pretensión.
R: Además, ni siquiera
es el soporte material característico de tu trabajo.
I: No, ni siquiera, jamás me puse a perforar la madera. De alguna manera
ya había perforado el cartón buscando la entraña, el material, pero aquí
perforé la madera y no sabía qué iba a encontrar, y también apareció la
entraña y esa cosa de la incisión en busca de la entraña, en busca de
lo que hay dentro, detrás. Es muy adentro y muy afuera porque cuando yo
estoy en estudio no estoy sólo, estoy súper acompañado, es la mejor manera
de repasar las conversaciones que he tenido con la gente, de recordarlos,
de pensar en los demás, porque cuando uno está frente a una persona, me
cuesta mucho la expresión verbal; hay ciertas cosas que las puedo decir
porque ya las tengo pensadas, pero necesito la reflexión, necesito que
mi discurso sea pensado. Soy lento en poder elaborarlo. Por eso uno se
retrae, se mete en el estudio, repasa sus cosas y, bueno, ése es el lenguaje
personal que no tiene nada que ver con nuestro lenguaje, porque ahí, en
estas cosas, está dado bien el lenguaje natural que se da en mí, que es
el lenguaje de la expresión plástica. En una entrevista me preguntaron:
y si sale mal, me dijeron; bueno, y si sale mal, salió mal; porque eso
no me importaba, me importa mostrar esa cosa que es lo que a la larga
me doy cuenta que comunica porque la pintura tiene la posibilidad
de seducción, pero también tiene la posibilidad de enamorar, y para enamorarse
larga o tempranamente uno tiene que ser uno mismo. Sí, no es imposible
porque te descubres; en la seducción podés pasar desapercibido, pero en
el amor es imposible porque te quieren como sós, o no te quieren porque
te descubren.
R: Tú te sientes descubierto.
I: Bueno, yo me siento al descubierto. Te digo que es la gran satisfacción
lo que me devuelve a mí la pintura, la pintura me devuelve algo
para la vida, para ir en confianza, para estar tranquilo, para poder estar
sin miedo y además perdonando. La pintura me ayudó mucho, porque yo creo
que una de las cosas de la pintura, del pintor, del artista, es que ayuda,
ayuda muchísimo a la construcción de la personalidad. Entonces no importan
el resto de las cosas. Y bueno, ahí está un poco mi mensaje de querer
decir que está bueno pintar, o que está bueno hacer música.
R:
¿Haces muebles?
I: Sí, claro, sí.

El Sofá Elefante, escultura, 160 x 200 x
40 cms.
R: ¿De qué están hechos?
I: De papel, todo de papel, de elementos que estén cerca, sin ir a buscar
cosas raras y que además no me cambien el ritmo, porque yo tengo una velocidad,
un timing, como dicen, que el timing es fundamental, el tiempo.
R: De realización.
I: Fundamental en todos los aspectos, hasta en el fútbol uno tiene que
tener su tiempo. Mi tiempo de realización es éste; si paso a la escultura,
tiene que ser así. Para que sea así no puede ser una piedra, tiene que
ser un cartón para poderlo hacer en tajos y después pegarlo, y así
van saliendo los muebles.
R:
En este caso lo desconcertante fue la revelación de tu obra, la cual,
te lo confieso, no tenía atractivo alguno para mí. Tenía, eso sí, presencia
porque me la tenía que tropezar en cada FIA. Era inevitable. Cuando algunas
personas me llamaban para que les ayudase a elegir un Iturria, les decía
que ésa es una pintura muy personal y que escogieran aquella que más les
impactase, para que se cumpliera con lo que decía Miró: una buena pintura
es como el "knock-out" de un gran boxeador; primero te deja sin aire y
después empiezas a preguntarte qué fue lo que pasó. Fue muy desconcertante
porque siempre estoy viendo tu obra una y otra vez, lo cual es importante
porque al ojo no hay manera de controlarlo. El ojo tiene sus mecanismos
de archivo, hay uno que es el voluntario y hay otro autónomo. Hoy justamente
fue cuando esos cambios de tu obra registrados autónomamente produjeron
una repentina emoción: el "knock-out" del cual hablaba Miró.
I: Pues fíjate cómo importa una feria, cuando a veces se desacredita.
R: Es verdad.
I: Porque tu fuiste leyendo todo eso con pequeños retazos de mi obra.
R: Así es.
I: Porque no hay una cosa muy espacial o espaciosa como para que puedas,
pero igual la has ido leyendo con mucha facilidad.
R:
Por supuesto. Y hoy meternos dentro ese Iturria que inaugura una nueva
fase de su obra, fue un privilegio.
I: Me voy totalmente contento a trabajar.
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