TERCERA
LUIS BRITO Con el sol en la boca del ojo comienza el milenio

El ojo salta y brinca la cerca. El ojo del milenio pasado, el ojo del próximo milenio. Luis Brito es un ojo de ambos milenios. Sus fotografías muestran el borde de los hombres solitarios, los pies a ras de la tierra, los rostros ensimismados en las angustias, temores, vida y sobrevivencia. La fuerza dramática. ¿Cómo no sentir en su obra el aullido de los miserables, el lamento nostálgico de nuestras experiencias? Las relaciones paralelas en donde un Cristo puede estar en el suelo acompañado de otros objetos, en la sequedad, demostrando cuantas maniobras se esconden detrás de sus formas. El Cristo no, el Cristo con tanta experiencia nos ve con sus ojos apesadumbrados y se conjuga con los pies descalzos en la India o en las frías calles de Roma, en hombres y mujeres en diferentes ciudades y espacios, con los ángeles levitantes cerca del cielo. El rostro de unas monjas se oscurece en el resplandor del mundo religioso, en el vacío de la sombra. Lo inesperado. ¿Fotografías ingenuas y espontáneas? No lo creo, Brito dispara el tic desde la propia mente. La cámara fotográfica es un pretexto. Brito denota desde el cerebro. Mi contradicción es que en Brito se da también lo intuitivo, y la iconomántica de las luces, de la sombra, el asombro de lo que observa.

Hemos visto fotografías de Brito de la Semana Santa caraqueña, de la Semana Santa de Sevilla, de las mujeres rezando en las plazas. Un antropólogo o científico social, o un investigador-crítico seguramente encontrará en estas fotografías dramáticas los hombres del subdesarrollo, los del tercer mundo. Lejos, muy lejos están las fotografías de Brito de estas ideas. Él es un ojo que ve, casi perfecto, es como el ojo de Dios. El tercer ojo que ve más allá de la miseria, y trasciende el abandono, porque lo hace la mirada del creador, del hacedor icónico, como si fuese dos veces otra vez el ojo que ve.

En estas fotografías siempre hay un tiempo, aunque sea la última vez del tiempo. Puede ser que ocurra o que no ocurra, pero la disyuntiva está en la dimensión del espacio. Según el viejo sueño de los poetas, los dos ojos están esperando el tiempo. Ahora bien, Luis Brito escogió el viaje hacia otra percepción que goza de una realidad y que no se puede nombrar ni calificar dándole supuestos nombres, el nombre es personal: la fotografía. Luis Brito eleva una cortina de fuego insaciable, como la que separaba a los románticos o aquella de la cual hablaba el viejo Eliot entre los muertos y los vivos. Apartando la "verdad" del pasado, del caos. Ese caos del recuerdo, de la rememoración proustiana, del recuerdo vivido, o de la detención de la imagen. Cómo distanciar todas las dimensiones del tiempo en una lucidez que las revele como la única y misma nostalgia de la acción fundadora de la distancia, del apego original, en lo más oficioso del laboratorio. Estas fotografías, esa careta increíble de Rilke a Lou donde le habla de su incredulidad acerca del devenir humano. Y a través de esta pequeña puerta, Brito nos permite visualizar, apreciar, encontrar los conductos ramificadores del ojo que adivina, el ojo que nos ve, nos lleva, nos traslada desde el clic de la cámara hasta el papel fotográfico.

Serie A ras de tierra

No hay duda de que la intención de Brito es la de un maniático, obsesivo y temático. Sus rostros son múltiples, sus pies le pueden dar la vuelta al mundo varias veces por sus caminatas, por sus envejecimientos, por la sabiduría del caminante, del buscador de espacios imposibles, de pie monográfico: el fetiche del ojo frontal, el ojo que está representado en el interior del triángulo, llamado en el mundo simbólico como el ojo de la penetración y es "la imposibilidad de estar fuera de su campo de acción y de visión". Es oso de sobrecogimiento, de imágenes presintiendo el inconsciente, con ese "sol en la boca". El ojo de los alquimistas buscando en el imaginismo la explicación por sí sola. Cada una de estas fotografías corresponde a segmentos de invertebrados, una mirada de un tercer ojo, como ojo único y de los dos ojos como movimiento perpetuo de la imagen. Y ésta es una dinámica relacionada al eje esencial del paisaje interior, a la sensibilidad abierta de la creación del alma como espejo. Estas fotos son espejos de fin de Milenio. El rostro de Cristo del siglo XX representado en ese personaje semidesnudo con ropa deshecha. De El Nazareno en el tiempo de la pausa. No hay más que un camino en la gloria y en la pena.

Se siente el placer sensual por la pasión de estar viendo constantemente lo oculto, lo no visible. Brito capta esos instantes únicos, el momento convertido en gesto espacial, en impulsos enérgicos, en una vía de intercambio de representaciones, en un cambio hacia las imágenes que se ambientan en ese intenso modo de buscar con una animada sencillez, donde se exalta el mínimo detalle. Si es religioso, está pegado del cielo, si es cielo, lo veremos dando vueltas en las sombras de los pies que se arrastran en la penumbra.

Luis Brito es un fotógrafo esencialmente religioso.

[ Volver ]