Alirio Palacios

Eugenio Montejo

     El arte de Alirio Palacios se impone con una contundencia poco común en el ámbito de las artes plásticas latinoamericanas contemporáneas. La maestría que manifiesta sus cada vez más convincentes propuestas en el curso de estas últimas décadas lo ha convertido en una referencia ineludible de los logros plásticos venezolanos alcanzados durante la segunda mitad del siglo que concluye. En un acercamiento forzosamente sucinto a su trabajo como el presente, creo que deben señalarse dos rasgos capitales que para mí han marcado su búsqueda desde el inicio. El uno se refiere a su incomparable formación creadora, una de las más sólidas entre los artistas de nuestros días, una formación conquistada mediante un rigor casi ascético que lo llevó a permanecer durante largos años como estudiante en China, Polonia, Alemania, en una etapa en que tal vez otros se hubiesen dado por satisfechos con lo aprendido en la Escuela de Artes Plásticas de Caracas. Esa rara ambición de dominio formativo ha hecho de él un maestro en el arte del grabado oriental y occidental, en el empleo de procedimientos y medios inusuales o poco conocidos que combina con singular pericia en sus propios grabados y pinturas. Sin embargo, el cabal desempeño del oficio no se ha convertido para él en un academicismo petrificante, en fórmulas rígidas de procedimientos que pretendan bastarse por sí mismos. Al contrario, nuestro pintor es consciente de que los secretos de la hechura deben siempre ponerse al servicio de la intuición y de las visiones creadoras. De allí nace la convincente vitalidad de sus cuadros. A este primer rasgo, que corresponde al adueñamiento de oficio, a la asimilación de una paciente sabiduría técnica, conviene añadir otro, no menos determinante a lo largo de toda su obra. Se trata de la base mítica que le sirve de referencia, la raíz sagrada de su espacio, sin la cual el aprendizaje técnico tal vez se habría condenado a la inventiva gratuita.

     Alirio Palacios es oriundo del Delta del Orinoco, en la región sur-oriental venezolana, una de las geografías más seductoras y misteriosas, donde el agua y la tierra se muestran en lucha perenne. Un paisaje selvático de fuerzas indómitas, de feracidades inigualables, en la que el hombre se percibe a sí mismo, más que en otra parte, en perpetuo tránsito fugitivo, a imagen del soberbio río que todo lo gobierna. No se trata de un paisaje que podamos asociar preferentemente a la contemplación, sino un paisaje de prueba, un espacio iluminante y difícil, al cual el hombre debe sobreponerse para llegar al pleno dominio de sí. Ese ámbito hechizante y sus ingentes mitografías, entrevisto a través de las vivencias del autor, han dirigido, por decirlo así, el sentido de su obra plástica. A través de los más diversos medios expresivos que a lo largo de los años el pintor ha logrado hacer suyo, siempre se reiteran de un modo u otro los temas de las presencias míticas de su entorno deltaico: aparecidos, duendes, herejes, figuras hieráticas que nutren la raíz de esta obra. Sin la fidelidad a esta base mítica en la que el artista ha sabido reconocerse desde sus comienzos, la incorporación de las variadas técnicas en su obra no se habrían resuelto tal vez en la unidad que las caracteriza. Estamos, pues, ante un singular oficio, un saber dilatado y profundo, y junto a ello, determinándolo, una raíz mítica que proviene del espacio ancestral que gobierna toda su obra. "Sin la interiorización del Delta -nos confesaba en una oportunidad el pintor- quizá no habría pasado de ser un imitador de los chinos, de los polacos, quizá no habría llegado a asimilar, sin perturbarme, cuanto me ofrecían esas antiguas culturas".

De la Serie Versiones · 1
Técnica mixta, 200 x 120 cms.
De la Serie Versiones · 5
Técnica mixta, 200 x 120 cms.

     Al radicarse el artista en Nueva York, a mediados de los ochenta, comienza para él un período por demás sugestivo, en que gracias a la cercanía del barrio chino, y sobre todo de los implementos y materiales que no tenía a su alcance desde su época de Pekín, emprende el grabado en planchas de gran formato, destinadas a ser impresas a base de agua, pigmentos naturales y tintas de China y de la India. La depuración de sus variadas técnicas progresivamente se van combinando en una sola forma nueva, gracias a un decantamiento conquistado mediante su larga experiencia. El arte del grabado y la pintura alcanzan de este modo una feliz alianza en este último período, pues el formato amplio de sus nuevos grabados le abre así mismo la posibilidad del grabado intervenido, en el cual, mediante la combinación de papeles y pigmentos distintos, una misma matriz produce resultados muy diferentes. La alianza del grabado y pintura que se cumple en su obra marca una de sus características más señaladas. En el arte de Palacios, el grabado influye desde temprano en el pintor y termina por modelarle muchas de sus proposiciones. Uno de sus maestros venezolanos, el pintor Alejandro Otero, fue el primero en resaltar esta peculiaridad al manifestar su admiración hace ya treinta años entre los grabados pertenecientes a la etapa polaca del artista. Se trata de implicaciones más significativas de lo que a primera vista puede admitirse. A propósito de ello, reparemos en que, como grabador formado originalmente en China, su preferencia se manifiesta por el sentido de la horizontalidad al encarar el trabajo, tal como lo impone la impresión a base de agua, en vez de la verticalidad que prevalece en occidente. Tal diferenciación no deja de proyectarse más tarde. De algún modo, como ha sido el caso desde su temporada en Nueva York, parece haber tomado la conducción de su obra. En los últimos tiempos ha incorporado también, siguiendo un procedimiento de su inventiva, el grabado directo en grandes placas de hormigón o piedra armada, nos referimos a sus concretografías, como se las ha denominado, algunas de las cuales se exhibieron en la soberbia muestra que presentó en el Museo de Bellas Artes de Caracas en 1999.

     En otras ocasiones, sus grabados sirven de pretexto para homenajear a grandes maestros del pasado mediante explícitas alusiones a algún célebre cuadro o a un fragmento de éste, como ha sido el caso con obras de Vermeer, Mantegna, Goya o Lin-Ku-Lin, este último, un antiguo maestro chino autor de un grabado acerca de un caballo, sobre el cual le correspondió a Palacios hacer un trabajo al final de su estadía en Pekín y que después ha reelaborado a partir de nuevos procedimientos.

     Una de las obras que ha sabido asumir con mayor decisión el emblemático legado de Armando Reverón (1889-1954) en la pintura de nuestro continente es la de Alirio Palacios. Es verdad que su proyección, sus medios y sus alcances son radicalmente distintos. Es conocida la enceguecida ansiedad de Reverón por pintar la luz de los trópicos a partir del blanco puro, en tanto que en Palacios predomina el empleo del negro que proviene de sus maestros chinos; el negro que al asumirse como color es el que mejor se relaciona con el universo fantasmagórico que a menudo se expresa en sus cuadros. Sin embargo, la fidelidad casi religiosa a la pintura como alfabeto donde podemos leer la vida y el ámbito originario de un hombre, se da en ambos con inigualable correspondencia: en ambos alcanza el hondo sentido de fidelidad a un destino.


A propósito de Remington · Versión 2,
Técnica mixta, 186 x 102 cms
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