El Canto de
Circe III
(El brillo del diamante)
Miguel
von Dangel*
Ese
transformar y ese poder convertir que veníamos desarrollando, ese
ver las cosas dentro de ellas, desde fuera o desde distintos puntos o
perspectivas, aún reduciendo las dimensiones o la importancia de
muchos de sus aspectos, como vimos, nos remiten desde la antigüedad
clásica a los atributos o talentos de dioses y demiurgos.
El
mismo hecho de causar la muerte o matar como entendiéramos en Dedalus,
no es otra cosa que trasmutar de la vida a la muerte como lo debieron
saber luego El Caravaggio, por ejemplo, o aun Van Gogh cuando decide trascender
a través del suicidio su locura genial.
Pero
aquellos dioses, intérpretes y demiurgos se verían ellos
mismos y sus significados, transformados en anuencia de nuevos poderes
como los que debían consolidar a partir de la Edad Media.
Con
Hécate, Apolo, Artemisa, Palas, Hermes, Pan y Kore, nos encontraremos
nuevamente a continuación, ya convertidos por razones de otras
arbitrariedades e intereses de poder, ahora incorporados a la iconografía
de nuevos olimpos o cielos (cristianos) poblados de santos o semidioses,
vírgenes en forma de madres de Dios, o, en su defecto, sobre la
fecha que nos interesa definir, en brujas execrables de la oscuridad de
la noche, súcubos e íncubos temibles salidos del Hades a
los cuales en consecuencia habrá que exorcizar. Y ya que este aspecto
del negocio de la cacería de brujas y otras inquisiciones devienen
en específico temario y que a lo sumo nos complementaría
una lectura del fenómeno, insistamos por el momento, apenas en
la manipulación de uno de los conceptos más ilustrativos,
desglosado para el caso por Sócrates ante Hermógenes, milenio
y medio atrás, convertidos a partir del Renacimiento de esos mismos
dioses, en la más peyorativa e injusta definición de lo
que no era otra cosa que simple bondad. En consecuencia, hablemos de Demonio
y, por extensión, y por la pérdida de claridad de la palabra,
de la misma gema del brillo y la luz de Satanás o Lucifer. Cuenta
Sócrates que "desde la aurora" ha estado conversando
y escuchando a un tal Eutifrón y que "parece pues que inspirado
como estaba él, no sólo me colmó de oídos
con esta daimoniaca sabiduría, sino que me arrobó el alma".
Luego
Sócrates propone a Hermógenes que valiéndose de esa
daimoniaca sabiduría considerar lo restante acerca de los
nombres, para así al día siguiente expulsarla solemnemente
y luego a los fines de purificarse buscar algún sacerdote o sofista
que les pueda ayudar. En consecuencia propone analizar el nombre
de los dioses y el término mismo.
Asegura
Sócrates que "los primeros hombres de Grecia me parecen haber
creído ser solamente dioses a los que, aún hoy, tienen por
tales la mayoría de los bárbaros. Sol, luna, astros y cielos.
Viendo pues que todos ellos marchan y corren (thein) nombraron
a los dioses (theous). Más tarde, incluyendo con razón
a los demás, les dieron ya a todos ese mismo nombre".
Retoma
aquí de Heráclito "el todo fluye (panta rei)
y nada permanece", de lo cual este último decía que
"no había como entrar dos veces en el mismo río".
Continúa
Sócrates preguntando de lo inasible del nombre dioses, diciendo
"¿qué pondremos a consideración después
de esto?, que no sea, daimones, héroes y hombres?".
"¿Qué
significará ese nombre de daimones?, para concluir que, según
Hesíodo éste se refiere a ellos como ´santos terrestres`,
´buenos defensores, guardianes de los mortales hombres".
"Que
por razón de oro entiende, no nacida de oro (primera creación
del hombre) sino buena y bella...", "más los buenos,
¿qué son sino santos?".
"Como
me parece, esto es precisamente lo que entiende por daimones, que por
sensatos y sapientes (daémones) los llamó daímones,
(...) que cuando muere un justo alcanza alto destino y honor y hácese
daimon, viniéndole tal nombre de sapiencia. De esta manera sostengo
que es daimonio todo varón que sea bueno".
Sin
embargo y a pesar de la claridad de lo aquí expuesto por los clásicos,
en la Edad Media una vez llegado el Renacimiento, el poder consolida la
arbitrariedad de los amos de la razón, y el grado de la perversión
y abuso en que deviene tal praxis, hacen urgentes e ineludible la aparición
de distintos movimientos de reformas, sin los cuales muy probablemente
hoy no estaríamos hablando de algo remotamente parecido a la cristiandad.

Sandro Botticelli:
Nacimiento de Venus, tempera en lienzo, 172.5 x 278.5 cm
Uno
de esos movimientos sería el que intentara el dominico Gerolamo
Savonarola (1452-1498), y cuyas consecuencias podríamos medir en
el desarrollo o en la decadencia de la obra de Sandro Boticelli (1444-1510).
Periplo este pintor, que define por sí solo el paso del esplendor
del último Renacimiento con sus alegorías mitológicas
(Nacimiento de Venus, Venus, Marte y Amor, etc.)
a los anuncios manieristas del Barroco. Muerto 35 años antes de
la instauración del Concilio de Trento, y siete años antes
de la publicación de la tesis reformista de Martín Lutero
en Wittenberg, su figura se nos revela virtualmente trágico anuncio
del inmediato porvenir de una época de tal brillo, que el artista
ciertamente merecía otro destino a aquél que probablemente
le coloca en la fila de aterrorizados burgueses, fanáticos, artesanos
y artistas en espera del turno concedido en la Plaza Mayor de Florencia
para engrosar con sus libros, obras y conciencia, el fuego purificador
de una pira devoradora de los más grandes tesoros artísticos
y literarios que pudiéramos imaginar.
El
arte de la pintura consolidaría en los siguientes años una
tendencia gradual, según la cual, las alegorías implícitas
y las metáforas deducibles (en) de las obras de los grandes maestros,
se convertirán gradualmente en obras maestras de la dialéctica
emblemática, encargadas ahora preferiblemente a obedientes artesanos
que fueran, por demás, dóciles a las directrices propagandísticas
que emanaban del poder.
La
institución les encargará, en consecuencia, los instrumentos
catequísticos de retórica confesional. Acotemos aquí
la observación obvia que estos procesos incipientes de reconducción
de la mirada, y la censura sobre la que la institución sustentará
su autoridad, serán luego definidos por las conclusiones del Concilio
de Trento, y se dirigirán por igual en contra del Reformismo Luterano
que de los postulados alcanzados hasta entonces por el Humanismo renacentista,
específicamente italiano.
La
figura "puente" entre el drama boticceliano, las conclusiones
de Trento y la cronología indispensable de nuestro discurso, será
un tal Andrea Alciati, padre de la emblemática. Jurista italiano,
nacido en Alzate, el ocho de mayo de 1492 -recordemos esta fecha por lo
que nos significará el Barroco y la emblemática a los americanos-,
provenía de una vieja familia de Milán, en donde además
trabajó algunos años como abogado, para luego morir en Pavía,
el 12 de enero de 1550. Enseñó leyes indistintamente en
Bourges, Pavía, Ferrara y Avignon. De lenguaje crítico y
agresivo practicará la Jurisprudencia amparado por un excelente
dominio del latín, valiéndose de la Filosofía como
método, llegando a ser considerado promotor de la así llamada
escuela del "Derecho elegante". Su recopilación de escritos
serán reunidos en su Opera Omnia, siendo también
editado en Dijon en 1560 y en Frankfurt del Meno en 1617.
Asimismo
escribe una historia de la antigüedad en cuatro tomos que abarcan
hasta Justiniano. En los trabajos poéticos de Alciati (1522) y
sus epigramas sobre las virtudes, y los vicios de sus contempóraneos,
estos fueron los más apreciados y buscados a causa de las bellas
xilografías que los ilustraban.
El
caso es que aún antes de analizar los problemas de la emblemática
(o lo que es según el sentido y no en sí mismo), y el emblema
propiamente dicho, debemos estar claros sobre el dilema que se le plantea
al hombre del siglo XV-XVI, en cuanto al riesgo de adorar demonios (no
socráticos seguramente), en su defecto, la forma de desligarse
de la antigüedad pagana sin repudiar la propia demencia innegable.
La
salida debería ser agresivamente dogmática. Y como decíamos,
Trento dará la respuesta; Loyola el sustento dialéctico
a la sensualidad del ojo (ver) y su permanencia y estímulo por
la memoria que despierta; la Compañía pondrá la obediencia
y suma inteligente de sus soldados, y América o el Nuevo Mundo,
en especial, el fecundo suelo para sus batallas, triunfos y derrotas por
los próximos siglos.
Concluimos
este tercer cuerpo reflexivo, que hemos llamado El canto de Circe
o el brillo del diamante, retomando una crónica de 1505 compilada
en el libro Imagen y culto, de H. Belting, algunos datos transcritos
de la Enciclopedia alemana Brockhaus en su edición de principios
de siglo, y unos pocos datos mínimos indispensables para iniciarnos
en los puntos emanados del segundo Concilio de Nicea y de Trento, sin
cuyo conocimiento y precedencias de causa creo sería imposible
abordar el arte americano, sus especiales características, los
dilemas en los que hoy se debate y de los que, queramos o no, formamos
parte.
Como
decía, pues, ya en 1505 el benedictino Johannes Butzbach envía
sus consejos escritos a alguna monja pintora, significándole la
superioridad de su pintura cristiana sobre aquella hecha en la antigüedad
pagana, convirtiendo la existencia de artistas, aún de algunos
tan importantes como Fidias o Apeles, en hitos apenas superables, en virtud
de que las representaciones de los falsos dioses helénicos nunca
podrían ser superiores a los del dios verdadera, y su madre...
"la más bella de las mujeres, ni como la de los santos que
seguramente ya gobernarían en el cielo acompañándolos,
ni más finas aquellas obras por el arte con que las pudieron los
paganos representar".
Menciona
el autor un cuadro, como el de Daniel Mauch (1535), encargado por el humanista
Berselius, en el cual la antigüedad, a través de una leyenda
escrita en la pintura, entrega una palmera a los nuevos tiempos; posibilidad
que el benedictino repudia para su caso como vana invención del
artista.
En
la segunda parte de su escrito se afirma el origen del arte, puesto que
Cristo sería el único pintor y escultor, pero que el arte
habría perdido esa condición por la degeneración
de las costumbres hasta su recuperación por la reforma de los hábitos
a través de Giotto.
Del
emblema propiamente dicho, el término en griego significa "trabajo
engastado", eventualmente sobrepuesto, y en la antigüedad se
trataba de unos apliques metálicos que eran soldados a envases
del mismo material. Luego significará marca de producto, símbolo,
imagen que le da sentido. En un momento dado se convierte en sinónimo
de atributo (hoy por cierto estaríamos hablando de diseño).
Con la mayoría de Emblemata se definirían posteriormente
colecciones de mostrarios de imágenes así identificadas
y acompañadas de interpretaciones versificadas.
Pintores,
arquitectos, orfebres, etc., acostumbraban a utilizar tales emblemas como
modelos o matrices a los fines de decorar y comunicar el sentido específico
de las imágenes que deseaban dar a entender.
La
poesía emblemática que se valía a partir de cortas
epigramáticas interpretaciones de esos mismos emblemas, se extendió
desde Italia con Alciati hasta Francia; con Claudius Paradinus, a Holanda
(Hidrianus Junius) y a Alemania, en donde al lado de Fischart,
Reusner y Gabriel Rollenhagen, fue representado por Matthías Holzwart
(Emblematum Tyrocina, Poesía pictórica). La censura
y la limitación de la representación icónica define
las anatemáticas insolencias de las conclusiones del Concilio de
Trento, acompañadas por algunas conclusiones tomadas virtualmente
al calco de las mismas del Concilio de Nicea, y un signo reiterativo y
retórico, casi bizantino se extiende a lo largo del orbe católico
occidental.
Bien
pronto pareciera que la repetición de copias de copias acompañadas
de idénticas prohibiciones, marcarían un estilo, que a la
larga no podría convertirse en otra cosa que en escuelas artesanales
en detrimento de una verdadera creatividad. En consecuencia también
podríamos hablar del fracaso en el intento de relevo de la palabra
por la imagen didáctica, si es que alguna vez se propuso seriamente,
y de la predeterminación por formar una mentalidad de copistas
y miméticos de copias impuestas, dándose acceso libre a
la posibilidad de siempre nuevas dependencias, aún como fórmulas
de identidad impuestas, o simulacros de identidad. De ello y de la guerra
de las imágenes en América y del demonio indispensable a
la creación del arte, continuaremos en la próxima entrega.
*Pintor.
Premio Nacional de Artes Plásticas.
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