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¿Por qué tan callado? Te estoy viendo, estás excitado, ¿quieres que te dé mi cuerpo?, dijo con una mezcla de timidez y picardía, hablando como puede hablar una muchacha, una prostituta nueva en un burdel barato. No me molesté, extendí el block y se lo dejé leer. La erección se fue acumulando hasta la noche, cuando la luna, a través de una minúscula ventana, se convirtió en el rostro de Mariana Montero. Sus ojos estaban en aquel círculo luminoso, en medio de la oscuridad, la brisa que entraba se transformó en sus labios que me besaron suave, acompasados, luego furiosos y deseosos. La noche en total intimidad, la cobija era su cuerpo, reptante sobre el mío, buscando acomodo. Una lluvia fina fue velando su rostro que entonces escondí en mi cuello, sintiendo su respiración lenta, luego agitada, entrecortada. Mi mano fue su intimidad y abrigó a mi verga urgida, desesperada por deshacerse de su rigidez. La lluvia arreció y se convirtió en sus lágrimas y las mías, las que humedecieron mi rostro. Fue entonces cuando me conmoví con el recuerdo de mi soledad, de mi abandono. Me conmoví con el recuerdo del día que me encerraron, caminando por un pasillo maloliente y lleno de pegostes de restos de vida, pero con el deseo palpitante de deshacer esos pasos pesados, en muy poco tiempo volver a estrechar entre mis brazos el aire de afuera, la luz del día, y los cuerpos de mis hijos. Me conmoví con el recuerdo de mis primeros días, de la imagen de mi ser, acuclillado y casi fundido en una pared sucia, temblando de miedo y de rabia, viendo cómo la desidia se iba apoderando de quienes me rodeaban. Me conmoví con el recuerdo de verme buscando entre una multitud de cabezas y cuerpos a alguien que me fuera familiar y cansarme de tanto buscar y acabar con los ojos adoloridos de escarbar en el enjambre, y no encontrar. Con el alma adolorida de desear una presencia y encontrar sólo la ausencia. Me conmoví con aquellos días de espera interminable, donde la hombría se fue en un gran río que me ahogó y que hizo que me abrazara a mi cobija y me tirara por días sobre la colchoneta que me negué a soltar, como si fuera un náufrago y ese pedazo de goma espuma mi única salvación. Me conmoví con el recuerdo de aquellos días en que soñaba con caminar con libertad hasta el momento que quisiera, de poder ver el cielo, el sol, la luna, las estrellas. Me conmoví con la inocencia que tiene todo hombre de creer en una palabra que signifique esperanza, así como también me conmoví con el recuerdo del día en que soñé que escribiría un libro. La noche de ese viernes me dio varios latigazos y yo entonces, por el recuerdo, los garrapateé en el block, con tan solo el reflejo de las luces del penal atravesando la lluvia, después que la luna, escondida entre nubes cargadas, fuera el rostro de Mariana Montero y me arrancara el semen y el cansancio. El sábado y el domingo caminaron lentos, húmedos y calientes, con lluvias nocturnas, con deseos a oscuras, con sexo en la total intimidad. Mi mano fue su intimidad .-. Un sueño, nada más Soñé que era un enorme elefante vagando en soledad por la planicie de algún territorio africano. Llevaba mi enorme trompa, rodeada de dos no menos enormes colmillos de marfil, en una danza a veces vertical a veces circular. Caminaba solo, buscando una hembra, sin importarme los peligros de la zona. Lo hacía tal cual como lo hacen los elefantes protagonistas en los programas de animales que pasan por televisión. Eso es complejo de macho, me contestó Ramiro cuando apenas iba por la mitad del cuento del sueño del elefante solitario. Hombre, no, complejo de macho no, y los elefantes sí caminan solos, Ramiro, le dije. Me vale verga tu sueño y tu soledad, lo que digo es que tienes un complejo de falo que no puedes con él, que deseas tenerla como una verdadera trompa de elefante y con ella esculcar cuanto sexo femenino se te plante por delante. ¡Qué soez!, pensé, ya no se puede contar un sueño porque enseguida te lo asocian con el inconsciente, el subconsciente y esa cantidad de cosas que no conozco y tampoco me interesan. En fin, me levanté y busqué a Mirna, estaba sola –como el elefante de mis sueños-, llorosa y entonces me provocó brindarle un trago. No, Chiquito, estoy tomando antibióticos. ¿Y eso por qué, mujer? Me salió un no sé qué en medio de la vida y me duele tanto. ¡Carajo, qué frase!, me dije, las putas, a veces, son poetas, son artífices de palabras bonitas y entonces Mirna, esa noche, me conquistó, tomó un pedacito de mi corazón, relamió en el interior de mi paila y sacó en su dedo meñique un restico de jalea que todavía me quedaba después de tanto puñetazo de esta existencia. Le pagué al portugués encargado del bar “Mi Porvenir” y la saqué de ese burdel con nombre de librería escolar. Déjate de pazguatadas, Chiquito, que hoy no puedo, cuando te digo que estoy mal es porque tengo la organización laboral desencajada, Toñeco. El instrumento de llevarme a mí misma el sustento se me averió. Igual le dije: vamos. Paré un taxi, la monté y fuimos a dar a su pieza. Un gorgoteo sonaba lejos, en medio de un silencio, un silencio que sonaba a orquesta que respeta los silencios de las partituras, y entonces me dio por ponerme triste, por sentirme mal, de esos ataques que arrancan lágrimas de donde no las hay, de esos que ponen a temblar el espíritu y sólo se pueden pronunciar frases cariñosas. Mirna, lástima por tu dolor, porque la verdad es que me hubiera gustado acariciarte esta noche. ¿Tú, Chiquito? Pero si hasta pensé que eras medio maricón. ¡Carajo!, volvió a decir mi interior, maricón yo. Maricón por no cogerme las putas del bar “Mi Porvenir”. Maricón por querer que mi porvenir sea algo más que un sexo ocasional. Maricón por pendejo, por pagar por una puta que debe tener una infección en su instrumento de trabajo. De igual manera: maricón. Se dio cuenta que me había herido y salpicó el reguero explicando que ella no lo pensaba, que eso lo decían el portugués y dos o tres borrachos tomadores de ron, asiduos al bar. Maricón por quererle hacer el amor a una mujer con palabras, sin esculcare el sexo como dijo Ramiro. Maricón por gentil y hasta por cursi. Pero está Divina, dijo Mirna sobre mi silencio. ¿Divina? Sí, mi hermana menor, respondió. Me la traje del pueblo, está nuevecita, la puedes usar con toda confianza, total, pagaste. Una virgen, me decía mi interior. Desde cuándo no me cogía una. Nunca, Chiquito, sonó el parlante de mi conciencia, todas las mujeres que habían pasado por mi vida tenían el entendimiento bien abierto cuando intenté esculcarlas, con varios diámetros de sabiduría en la vida. Ésta sería la primera. Ahí está, murmuró Mirna señalando a una suerte de carretera que serpentea entre el mar y la montaña, con una cabellera larga y lisa como si fuera una cascada, los ojos abiertos y enganchados en un beso apasionado detrás del cristal de la televisión. Divina, hay visita, mira que viniste a aprender, no a mirar tonteras. No sé por qué me llevé la mano a mi entrepierna, y ahí estaba, tal y como lo había puesto después de orinar, del mismo tamaño, nada que ver con la trompa del elefante. Divina se acercó y para ser virgen se desenvolvía a las mil maravillas. Rozó sus labios con los míos y la punta de su lengua probó el filo de mis dientes. Su mano diestra fue a dar a lo que Mirna llamaba la vida de la gente -no sé si el término sólo sirve para mujeres que se ganan la vida por el sexo-. En fin, Divina revolvió y lo que me pertenece de virilidad no se movió. Estará asustado o quizá no le gustan estas situaciones embarazosas: mucha luz, Mirna de aquí para allá, los gritos de la villana jurando venganza en la televisión. Me llamé yo mismo: maricón. Divina abrió mi bragueta y lo sacó, se retrajo aún más. Qué pena, maricón, y ella me susurró al oído, no te importe, papito, he visto muchas películas y sé como hacer que crezca. Malvado miembro cobarde, gallina y sí, mil veces maricón, cómo le vas a tener miedo a una carajita virgen. Y tú… ¿ya has…? ¿Tirado? El tartamudeo me dio sofoco y el sofoco me dejó la boca abierta. “Tirar”, ay, me dije, que palabra tan fea y más para un pobre pendejo con fama de maricón. No, respondió con una naturalidad sospechosa, sólo se la he chupado a unos cuantos pero nadie me la ha metido y yo juré que tenía que abrirme el espacio, tú sabes, tengo que practicar antes de ir a trabajar al bar. Si te quedas así te van a dar mucho dinero, le aconsejé, un virgo vale. Yo no lo quiero, quítamelo tú, por favor. Los gritos de la ficción televisiva enmudecieron y dieron paso a los acordes pellizcados de tres guitarras y una voz ronera y adolorida que cantaba un abandono, que clamaba por una copa rota para hacer sangrar sus labios y así borrar el último beso traicionero. El ambiente se iba tornado propicio, igual no podía creer que eso me estaba pasando a mí, segurito no era un carajo virgen, segurito estaba bien rodada y me quería hacer pasar por bolsa para reírse cuando lo contara en el bar “Mi Porvenir”. Igualito, bolsa, maricón, lo que fuera, me dejé llevar hasta la cama, ella se desnudó y vi que la carretera era más peligrosa que cuando llegué, con las curvas bien apretadas y que no podría cerrar los ojos porque me estrellaría de seguro e iría a parar al fondo de quién sabe qué mar. Se acostó y abrió las piernas, vi que su selvita era tupida, aun así la cabeza de su pequeña serpiente asomaba en medio del azabache. Y yo, maricón, todavía nada. De mi cuerpo colgaban las bolas y un pellejo acomplejado, mis ojos estaban en aquel lugar que se me entregaba, que ella abría con sus dedos para que viera cómo sus líquidos comenzaban a fluir. Levantó su pelvis convidándome a probar los elíxires de aquel cuerpo. No me quedó más remedio, me acosté a su lado con la timidez de un principiante o de un verdadero maricón que intenta demostrar lo contrario. Su mano agarró mis testículos y los fue masajeando. Volví a pensar que para ser novata sabía mucho, que era summa cum laude en teoría y que yo tendría que aprobar la práctica. ¿A qué santo se le pide en estos momentos?, medité con el pulso repicando en todo el cuerpo como si fuera sólo y todo corazón. Milagro, ajá, ahí vamos, el pellejo del maricón dejó de ser un pellejo, fue dejando salir a la trompa del elefante, la boca de ella hizo lo demás, tanto que sentí que me dolía la vida, entonces agarró uno de mis dedos y lo hundió en su maraña azabache, estaba húmeda. El dedo fue a parar a mi boca para saborear el salobre de su manantial y aquello fue como un reconstituyente que le dio vigor a mi cuerpo. No pude más, sin miramientos, sin sentir lástima por posibles daños posteriores, propios de la iniciación, sin escrúpulos a sangres derramadas, a desgarraduras de vidas, metí la trompa soñada en aquella selva y sentí que se deslizó hasta el fondo, hasta tocar paredes de contención. Se dejó apretar por esa interioridad, se dejó arrullar por las palpitaciones de un corazón que latía dentro de Divina y entonces un chorro de mi existencia y posible descendencia regó aquel callejón. En fin, Mirna se quejaba de dolor en su vida, seguía con su eterno lamento guindada a la barra, acompañada de los mismos tres borrachos de siempre, cuando salí del baño del bar “Mi Porvenir” después de solucionar mi soledad en un sueño, nada más. Imágenes:
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