Una mirada al libro de Felipe Márquez B. “D”


Magally Ramírez R.

 

 

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Lo primero que se me ocurre y hay que decirlo de una vez es que estos textos de Felipe Márquez amanecen en la nada. Se entrevé una sintaxis de lo heterogéneo, desde el vacío, se inscribe una dedicatoria al hermano “Dumbo” que ha traspasado los márgenes de la nada. Es el silencio lo que se impone, por que los perros de cierta raza, sólo están ahí así sin saber como ni por que, vivir es entonces consumir las formas del tiempo. El autor no da respuestas al visitante fugaz de estos textos, estábamos hambrientos de palabras y resulta que nos hemos situado en un ritmo, el de los dibujos que van, desde el blanco y negro hasta el gris, pasando por todos los tonos.

Paradójicamente el discurso poético no permanece aislado de la riqueza de los trazos, en su ambivalencia y como por arte de magia en su continuidad, rozan una estética del deterioro, de manera que hay en ellos un ritmo que va y viene, como las olas del mar, entonces se fusiona lo sólido y lo líquido, la palabra en constante fuga entre lo concreto y lo abstracto. Dumbo ya no está, o agoniza frente a la familia, que contempla estupefacta el deterioro del personaje literario, ante lo sin respuesta me pregunto ¿quién entonces visita la ciudad irreal? ¿Cuál de los personajes se detiene a contemplar solitario y abismado, el deterioro de su existencia? Parece que desde el principio de los tiempos, y hasta el medioevo, todo el mundo batallaba por vivir, estos dibujos son lo suficientemente dúctiles, como para saber adaptarse a los movimientos líricos del yo, éste parece desdoblarse permanentemente en el vivir y en el tiempo, en el trazado de esa alteridad, para capturar los hechos en el instante en que ocurren, las imágenes, simulan rastrear el cese del mundo de lo conocido.

Desde un principio, siguiendo a Krishnamurti, se impone la salida del universo de representaciones, para aproximarnos a los otros, sin el prejuicio de la experiencia previa. Los personajes se deslizan, simplemente, en el límite de una expectativa, sin la seguridad del andamiaje de lo aprendido, las certezas se diluyen devoradas por la muerte, o por la precariedad e invalidez del lenguaje o del dibujo, para trascender el tiempo. El cuervo es un símbolo de muerte, un ave de rapiña cuyo significado apunta hacia la descomposición de lo racional, se indaga más bien en lo repulsivo del saber fijo, en la norma establecida, se infiere el término inmediato de todas las convicciones, el devenir y la transitoriedad son las marcas o signos, que se reconstruyen en la memoria de un papel, para fijar lo que ya ha ocurrido, entonces no quedan si no preguntas, seguir el ritmo del preservador de imágenes, del artista que enfrenta la fuerza destructora que pone fin a todo cuanto signifique. Todos los contenidos de los dibujos, se articulan en la paradoja que, por acto reflejo, activa una secuencia semántica afín y complementaria, se instala lo fugaz y se respira el exilio del desterrado de los hombres o de la raza humana, es decir, es el ser vencido que está de paso.

De lo finito, aunque esté cerrado, siempre puede esperarse salir, mientras que la infinita vastedad, por no tener salida, es la cárcel. Así como todo lugar sin salida se hace infinito, el lugar del extravío ignora la línea recta, allí nunca se va de un punto a otro, no se sale de aquí para ir allá, ningún punto de partida y ningún comienzo en el andar, los cuadros duplican las apariencias, el hombre pierde sus rincones y desaparece en la incomprensible inmensidad. Todo otro, es otro yo mismo, ha señalado Maurice Merleau-Ponty, yo y el otro somos como dos círculos casi concéntricos, que no se distinguen más que por un ligero y misterioso desencaje, ese misterioso desencaje, se vincula con uno de los cuadros de Felipe Márquez, titulado, “envidio tanto que casi siempre soy otro”, en otro momento el personaje del cuadro, escoge el título del libro de Milton, “canto a los paraísos perdidos porque el purgatorio es una silla en un ascensor”, el autor explora el mal o su presencia aplastante, el cielo es para los pájaros libertinos y el pacto es con el diablo.

Los protagonistas de estos dibujos acusan una revisión de sus vidas, de pronto escuchamos “ahora entiendo a mi hermano Dumbo, él deseaba que no lo comprendieran, sólo quería una mano tendida”, en el delirio de recomponer el futuro no hay sino ilusiones que petrifican cada instante, se diría que los personajes viven en una ficción, que se estrella constantemente contra la cruda realidad y la paradójica expulsión del mundo “cómodo” en que se hallaban instalados. Todos los hombres, somos constructores de una existencia vacía, atados a roles que parten de un yo contradictorio, que se detiene frente al inminente vértigo del fracaso de todo lo acontecido, se podría afirmar qué Dumbo, o su reflejo, son el símbolo de un moderno Ulises que viaja hacia su propia interioridad, para rescatar el paraíso perdido, o acaso estemos ante a un personaje del absurdo, cuyo significado vital, se resumiría en la frase de Sartre, “la vida es una pasión inútil”. Pensar la vida, sería entonces, saborear el disgusto de arrepentirse, o sentir el malestar de no estar de acuerdo con lo sido, vivir sería en tal caso, el dato más oscuro de un itinerario hacia lo infinito sin respuestas, la existencia es una condena, y la muerte la última crucifixión, un viaje hacia la nada, venimos de ella y hacia ella vamos.

Y al final todas las imágenes colgadas sin ningún orden, se impone el barroco de los autorretratos y las figuraciones, la conjetura de una torre de Babel que conduce al caos y al absurdo como absoluto.

 

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