Poemas por Jesús Alberto León


 
Pasión de aire

El aire tiene envidia de lo quieto,
de la tierra y la piedra sobre todo.
Si fuera menos móvil, podría comprar su casa
y quizás reposar algunas veces,
como el agua del río que posee
el cauce, el lecho donde sostenerse.
Si en vez de andar lamiendo servilmente
las caras de los otros
tuviera rostro propio, no una máscara
ajustable a los ámbitos que ocupa,
pudiera sentir lágrimas cruzando
su sonrisa escondida en los espejos.
Si tuviera en el cuerpo algo palpable
y no esa transparencia migratoria
podría aferrarse a cierto amor espeso
en vez de andar quejándose, al volar,
de su única pasión, la libertad

.-.

Nubosidad variable

(Carmen Martín Gaite)

Se desfleca la nube, se disgrega,
fugaz candor,
blancura asustadiza.
Al moverse sugestiona a todos,
que se creen navegantes consumados.
Ya va otra vez:
cediendo,
repartiendo hilos blancos,
destejiéndose.
Ya va a dejar de ser:
con ironía,
niega el mundo y se niega
sin alardes

.-.

Lengua de mar

¿Cuándo inaugura el mar
el apetito,
el deseo aguerrido y melancólico,
el anhelo punzante de sentir y saber?

Cada ola es un sorbo tentativo
de la honda boca y un husmeo que acoge
el fragmentario olor de las rendijas.
Cada ola acaricia el fruto abierto,
como gran lengua que pasea y busca
los sabores extremos de la playa.

Cada ola descifra asiduamente
las blancas contraseñas de la arena,
contempla los fulgores, también las aflicciones,
los húmedos placeres prohibidos;
registra los rincones para ver dónde quedan
las promesas vencidas, las ofertas negadas,
y la desolación característica
de la fauna huidiza que pulula en las rocas:
cangrejos, caracoles, erizos reticentes
y las tenues medusas fatigadas
que se amparan aquí, bajo la luz.

.-.

Liviandad

¿De dónde saca el mar estremecido
la melodía rompiente,
el extravío,
la amplia costumbre de sonoridad?
Un aleteo de diálogo lo cruza:
despedida de espuma entusiasmada
para las nubes prontas y los pájaros
que nunca llegan, que siempre se van.
¿De dónde saca el mar
la cadencia viciosa
que acaricia los barcos balanceándolos,
y refresca los cuerpos suspendidos
cuando los lame con fruición mañosa?
La extravagante danza del oleaje
salpica, asperja, distribuye, ríe
¿De dónde saca el mar su voluntad
de despreocupación, su liviandad?

.-.

Perfume del instante

Si el tiempo todo es eterno presente
El tiempo todo es irredimible
T.S. Eliot
Instantes, signos de quién
Paul Celan

Entre víspera y luego,
va el delgado clamor
del elusivo ahora: lo único que es.
Corta el filo insaciable, el filo movedizo,
la carne tersa y tensa del instante.
Pues lo que fue ya fue,
ya desplomado, ajeno,
manchado por el tizne del olvido.
Y no es todavía lo que será,
abrasivo, inminente,
devorado en la angustia, en el después.
Esos dos espejismos nos succionan:
los pozos obsesivos de mañana y ayer,
Desgarro insuficiente, subrepticio,
el instante profiere su perfume,
pero nadie lo nota.

Para Laura Antillano

.-.

La patada pensante

Reflexiona el sensei:
el golpe no es del puño,
es un rugido del filo del espíritu.
Debemos ya abordar la ceremonia,
prólogo del combate,
y esa meditación: la calistenia.
Evitemos quedar en las orillas,
hay que flotar en la patada súbita.
Crucemos el espacio
con insistentes signos,
con rápidos conceptos...
Combatir y danzar,
quizás cantar,
(“un pensamiento triste
que se baila”)
son las pocas maneras de cumplir
la consigna imposible:
unificar
acción y pensamiento


 
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