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El crepúsculo se mimetizaba con San Giorgio Maggiore, la costa de enfrente, la misma iglesia que toda la mañana estuve perdiendo y encontrando, similar al rastro de tu sombra esquiva... tu sombra malva que ahora me atormentaba. La tarde que desapareciste la costa estuvo más sola que nunca. Triste, malva, el tañir de las campanas daban un mayor valor de nostalgia a mi impresión por tu partida. Creí que el primer crepúsculo tardío de mi vida presagiaba la permanencia en este lugar, frente a tus ojos, a tus pies... permanencia perdida en tus muslos, pero no fue así. En ese instante infinito comencé a descubrir la realidad de mi cautiverio, sentada junto a las indecisas olas que bañaban, golpeaban quizás, las escaleritas mohosas que descendían al canal. Todo era indeciso: real o ficticio, decadente o eterno, prisión o laberinto, pérdida o entrega. De alguna manera todas las palabras eran a la vez sinónimos y antónimos, como tú y yo. Como tú o yo. Te tenía y te perdía, tu vestido verde era un disfraz y a la vez toda tu esencia, me amabas y me huías, yo te adoraba y lo negaba. Te deseaba esa tarde como ninguna otra. Mientras yo me deshacía en deseo por ti, tú corrías descalza por los recovecos traseros de San Marco, sin emitir sonidos ¿A dónde habrás ido? ¿cómo podía encontrarte? Niña, si aquel atardecer hubiese sabido que era la última vez jamás te habría tocado. Tus dieciséis años eran demasiado para mí. Ayer en la mañana, cuando me dabas la espalda asomada en la ventana, me dijiste ¡odio Venecia, sácame de aquí! No tuve tiempo de horrorizarme, te admiraba como si fueses un caracol de vidrio, una gema de Murano, artificial como la ciudad. En la noche, mi vientre se inflamó por ti como nunca lo habría hecho si hubiese estado segura de que te tendría unida a mi cuerpo, recostada en la cama con tus cabellos rojizos desparramados en la almohada y tus ojos azules implorando una penetración imposible. De haber tenido la certeza del roce de tus muslos en los míos, de la sensación hermana de tu humedad contra mis nalgas, esa tarde no te habría deseado y sólo sería el espacio del crepúsculo de San Giorgio Maggiore. Sólo hubiese sido la arquitectura y un hombre. Porque yo antes de conocerte recibía clases de vida, lecciones de madurez. El hombre que me había raptado no estaba cerca, ni siquiera disponible. Estaba enamorado, sí, pero de otra, y me deseaba a mí para algún fin...indeciso... Yo contemplaba los barcos atracando en el puerto, y el crujido del acoplamiento me sonaba tan extraño... Sí, los acoplamientos solían ser traumáticos, en una aparente dulzura escamoteaban el trauma real que causa su aparición. Y yo, ¿en cuál puerto había encallado durante toda mi vida? ¿cuándo dejé de ser bote para ser puerto, y esperar a Antonio, y desparramarme de deseo por él durante su tenaz ausencia? ¡Tran! Allí el choque. ¡Tran! Allí que corrías y te estrellabas contra mí y todos los panfletos se te caían al suelo... Yo, molesta, los recogí sin ganas, te los entregué y seguí al hotel a guardar mis cuadernos.
En la mañana, mientras esperaba la cuenta del hotel de pacotilla, llegaste como nunca pudiste ser más Ana. No me reconociste, tampoco hablaste. Nadie te hablaba. Y para mí fuiste como una liberación, liberación del recuerdo de dos hombres caminando abrazados, borrachos bajo la lluvia de Venecia, regocijados en su suma masculinidad. Dos hombres hermosos, maravillosos, viriles, que se bastaban a sí mismos... los amigos de la infancia reencontrados, mientras yo y mi amiga, caminando detrás de ellos, nos derretíamos de una lujuria tal que ni la lluvia podía aplacarla. Antonio, uno de ellos, se fue, no le importó. Se fue a cantar cuerdo, olvidándose de que alguna vez estuvo ebrio y de que me había dicho espérame aquí sentada... vengo domani sera... Durante mi espera, cada barco traía lotes de regalos imprevistos: el brillo de las joyas, la inverosímil suavidad de los tejidos, las formas inacabables dentro de los laberintos, los perfumes infinitos, la ternura de los príncipes y la docilidad de los perros. Todo esto me satisfizo un tiempo, olas y fantasías no naturales en esas incursiones del mar. Pero necesitaba a Antonio, o a lo que se fue de Antonio, y apareciste tú Ana, y me volviste loca. Ana, serena y eterna... niña sigilosa... reina del silencio y del Adriático. Tus ojos, tus manos, el perfil
de tu rostro y tu edad... he allí el látigo que le
presta tu ángel a mi duende. Corro al encuentro de tus manos
inocentes un jueves, sin conciencia del arrebato producido por la
ausencia que ha antecedido mi vida. Sin explicaciones trato de acercarme
lo más lejos posible -que es un acercarse como de masoquista.
Tú, ángel, te has adueñado de mi cielo entero:
todo lo celeste son tus hombros y tus alas asoman brillando detrás,
y tu sonrisa arrasa toda memoria... luego, sueltas los panfletos
y me llevas de la mano a recorrer tu ciudad sin darme ninguna explicación.
Yo soy más feliz que nunca, sólo puedo reír. Te adoro, y tu sonrisa enigmática desde lo alto me hace amar la vida, el teatro malo y barato. Te adoro, y tus dedos tras los recuerdos de tu inmediata infancia en el carnaval me hacen amar la vida, el teatro vago y absurdo. Te adoro. Cada recuerdo de ti me propone un verso. Al mediodía no pude contener más la presión entre mis piernas y hube de decírtelo. Sonreíste, no te importó y en ese mismo puente te abriste el vestido, silenciosa de ropas interiores también. Luego, aunque yo no sabía cómo hacerlo, te hice mía, y tú me hiciste tuya, como en una dictadura. La suavidad, el jadeo, el vaivén, un extraño vértigo, un extraño lamido en mi ingle -de lenguas internas-, una extraña conjunción, expulsaron a Antonio de nuestro paraíso (tras nuestro estremecimiento mutuo, tus formas rellenas se desvanecieron, y yo pretendía correr desnuda tras de ti. Sólo llegué al canal, donde me recibieron el crepúsculo y las campanas de la iglesia de San Giorgio). Mi avión partía esa noche. Niña, si aquel atardecer hubiese sabido que era la última vez jamás te habría tocado. |