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Erotismo de la infancia: paraíso, infierno y utopía “Lo que da tanta belleza es
saber que nunca más volveremos aquí”
Una plaza de juego en uno de los hermosos parques londinenses, impresiona inicialmente por la suave algarabía, limpia arena, cortos roces de baldes y palitas, y toda la idílica semblanza clásica del mundo infantil. Sin embargo, la plaza esta rodeada por una cerca siniestra: ningún adulto sin niños puede sentarse en la proximidad. Se protege de ese modo a los niños de las miradas perversas y las acechanzas de la pedofilia. En las escuelas inglesas se imparte en atmósfera cordial la conveniencia de tocar a los niños de los codos para arriba, por el mismo sentido preventivo. A la timidez de la infancia, a la cortedad sensual británica, esta atmósfera procura la envoltura de un nuevo celofán de inhibiciones. No es claro que estas medidas eviten la pedofilia, pero quizás afecten la sensualidad necesaria que exige el desarrollo infantil. En todo caso, cabe preguntarse si una sociedad que no toca sus niños, y evita la erotización mediante una coacción en los vínculos, no suscita una confusa demanda sensual y afectiva no conceptualizada. Cabe pensar que muchos adultos que padecen pedofilia podrían haber sido niños “mal tocados”, victimas de relaciones afectadas por una modalidad que genera prevenciones de este orden. La paradójica medida “protectora” de la sociedad inglesa, como ocurre también en muchos países desarrollados, no es tan extraña en la amplia perspectiva contradictoria de cultura y sexualidad. En ella se reconoce una subterránea conflictividad sexual de la sociedad, dificultades amorosas entre adultos, como asimismo la persistente concepción angelical de la infancia: una de las fantasías nucleares de la pedofilia. La sexualidad infantil El descubrimiento freudiano de la sexualidad infantil, fue uno de los aportes centrales y también más controversiales de su obra. Inicialmente el recuerdo patógeno, base de las primeras aproximaciones clínicas de Freud a la histeria, ilustraba múltiples escenas de seducción. Un avance posterior de gran importancia teórica y clínica para la investigación, ilustró el poder de los fantasmas inconcientes y las trampas de la memoria: tales escenas podían no haber sido reales. El giro permitió fundar “la realidad psíquica”, reconocer en ella la autonomía fastuosa de las representaciones y el vigor inexorable de la pulsión. Este escenario significante impulsó un nuevo desarrollo del psicoanálisis. Sin embargo, dio lugar a presunciones sobre el peso de una censura tácita sobre este mundo de seducciones que pasaron de reales a imaginarias. Abandonado ya el tema sobre la textura real de las fantasías rememoradas, unos años atrás Jean Laplanche, un importante psicoanalista francés, retomó la vieja tesis original al considerar el nacimiento de la sexualidad como derivada del erotismo de los padres, de la inevitable y necesaria erotización maternal. A la importancia del apego, ese fenómeno vincular básico cuya alteración explica fenómenos severos como el hospitalismo y el marasmo que estudió René Spitz, o lesiones en la matriz del tejido afectivo e intelectual, sumó Laplanche la dimensión sexual. Esta presencia en la madre, anticipada en Freud y que siempre parece retornar teóricamente por sus fueros, es el inevitable origen de la sexualidad adulta. Emerge como exceso, como un “plus” agregado a la función de cuidado y alimentación. Es una parte ambigua y fantasmal del modelo evolutivo de apuntalamiento que propicia la conservación. Por esta imprecisión, ella está en el centro de una inquietud que hará gravitar un vasto mundo de imágenes y símbolos, y hará de la sexualidad humana una dimensión creativa, individual, cambiante, extremadamente irregular y sensible. No obstante su comienzo, el intento de estudiar la sexualidad y la maternidad planteará siempre una gran dificultad para afrontar la fuerza de represiones primordiales, una gran barrera levantada sobre la experiencia fundante. La operación defensiva que preserva la maternidad alejada de la sexualidad ( cuya síntesis mayor es la figura de la Virgen y el Niño) es una de las construcciones más poderosas por su fuerza mítica, simbólica e imaginaria. Culturalmente deriva de ideales centrales de la sociedad, premisas antropológicas destinadas a desexualizar el origen para permitir la circulación de mujeres de la tribu. En la subjetividad, encarna la angustia por la tentación incestuosa y, paradójicamente, preserva además la utopía incestuosa (esa madre que excluye al padre es, imaginariamente, sólo para el niño). En esta poderosa trama de equívocos se inserta la aspiración narcisista por la “infancia”. El ímpetu fantasioso por la región angelical de los primeros años nutre doblemente el paraíso perdido y la utopía: las fotos con las que Lewis Carroll quería fijar para siempre la infancia de Alicia, y el relato de Alicia que funda lo posible al “otro lado del espejo”, la imagen narcisista que aprisiona y la escritura simbólica que impulsa, transforma y libera esa ilusión.
Sexualidad y subjetividad Una paciente norteamericana señala en su primera entrevista, al contarme y tratar de entender su historia, haber sido “sexualmente molestada” en su infancia. Este término, de claro origen jurídico, ha determinado fundamentalmente su manera de verse eróticamente, su perspectiva sobre el pasado, igual que a muchísimas otras personas del gran país del norte. También este concepto inefable, “sexualmente molestado”, ha influenciado un considerable sector clínico norteamericano. El termino plantea una sexualidad que nace de manera inadecuada (como todas si no se considera un Standard evolutivo ideal ), pero además sobre una posición pasiva: es una sexualidad no concernida, sin subjetividad que la encarne. De ese modo se mantiene el “alma bella” adulta con relación a la sexualidad, y desde otro ángulo persiste también el ideal angelical, el tenaz prejuicio sobre la sexualidad infantil. En estos ejemplos se advierte que la intensa
represión ejercida sobre la sexualidad infantil no sólo
afecta la cultura, también ha permeado momentos de la teoría
y la clínica. Ya había ocurrido antes en áreas
más sofisticadas, en centros claves del trabajo teórico.
El período de latencia, por ejemplo, es una fase evolutiva
clásica del psicoanálisis que implica un adormecimiento
represivo de la sexualidad. Ocurre después que la organización
del SuperYo ha sepultado el drama edípico y ha enfriado en
forma de figuras normativas la densa lava de sus pulsiones. La etapa
normativa y reglada fue también estudiada por Piaget en su
desarrollo de la inteligencia para el mismo período etario,
y atravesó impecablemente generaciones enteras de acuciosos
psicoanalistas. Hoy esta etapa se revela como inexistente, producto
no tanto de la represión de la etapa, o de los padres que
la encarnaron desde otro ángulo, como de la misma teorización.
El ejercicio represivo había ocurrido en el mismo pensamiento
que lo estudiaba. Otro tanto ocurre en categorías vinculadas
a género o identidad sexual, términos que flotan en
la controversia y fueron afectadas en su conceptualización
por estos núcleos represivos. Pero el caso de la sexualidad
infantil es entre todos paradigmático por el enorme poder
de sus ideales en nuestra cultura. La infancia esta vinculada a los más intensos núcleos narcisistas: feliz ignorancia del paso del tiempo, protección de las divinidades que son los mayores, encarnación palpable de la ilusión materna, y las vivas fantasías de indefinición sexual y generacional. La pérdida de ese imperio imaginario suscita todos los paraísos perdidos y sus consecuentes utopías. Las figuras culturales que hacen circular las pulsiones, determinaran los modelos eróticos a partir de este doble horizonte. La condición fetichista[1] tiene, como una de sus áreas privilegiada en la cultura de nuestro tiempo, la recreación disfrazada de muchas atmósferas infantiles. Recientemente Michael Jackson ha sido acusado de nuevo por pedofílico. En su resonancia, esa acusación despliega un debate cultural mayor entre valores fetichizados por la virtualidad y el erotismo humano. Por una parte una figura caricaturesca, que mantiene el ideal de la comiquita, la repetición mecánica intemporal del ritmo, la indefinición sexual y la eternidad de la infancia, por otro alguien rebajado a un común deseante, que se alimenta de carne fresca casi como un humano. La actitud “Dejad que los niños vengan a mi” no había sido entonces una inspiración cristiana de la estrella, la inmaculada generosidad del planeta infantil que había promovido, sino una expresión real de pulsiones y deseos que el espectáculo edulcoraba. La sociedad castiga así la emergencia de la misma pedofilia que promueve como fetiche en la pantalla. No hay aquí el ejercicio convencional de la represión, sino el castigo por la caída de la ficción fetichista, castigo por la exposición impúdica de la carencia que afecta la sexualidad humana. Aunque un tanto caído de ese olimpo, Michael Jackson pertenece así a la misma estofa imaginaria que la Virgen y el Niño. Dos obras literarias mayores del siglo XX, “Lolita” de Vladimir Nabokov y “Muerte en Venecia” de Thomas Mann despliegan la pedofilia fusionada con la nostalgia por una cultura perdida. La alta cultura y el paraíso de la infancia se cruzan en esas obras sin solución de continuidad, e ilustran la irredimible vertiente erótica de la estética. La cultura crea su infancia alegórica y elabora su pérdida en el arte, igual que en otras épocas (especialmente en el siglo XVIII) se había elaborado una pérdida imaginaria con los griegos y los romanos. Esas nociones de “un despertar” histórico o un “amanecer” de Occidente, aparte de un homenaje que el presente suele hacerse mediante el procedimiento de enaltecer su origen, suelen recrear en la nostalgia aquella dimensión de la infancia. Esas alboradas subjetivas y culturales se solapan. Pero esta nostalgia cambia también sus cristales, incorpora matices que van tornando emotivamente, desde la añoranza, como recreación del objeto perdido en todos los duelos, hasta la fijación rígida de la pedofilia. Quizás esto explique la dimensión perversa que tiene la fanática busca del origen en los mitos fascistas, esa incapacidad de duelo, esa anulación de la distancia con el objeto que siempre afecta las perversiones y el totalitarismo (que es una perversión social). En la literatura hubo distintos paraísos que recreaban estas modalidades de pérdida : el de Dante, que es un premio y funda la utopía mas ingenua, el de Milton, que es una nostalgia de perfección bíblica, y el Vathec de William Beckford, que es simultáneamente premio y castigo, cielo e infierno. Según Borges, el de Beckford prefigura las flores malignas de Baudelaire, ese placer oscuro que inaugura poéticamente la modernidad (en los mismos años que en Oxford, Charles Dogson, antes de ser Lewis Carroll, ajustaba su lente sobre Alicia ). Desde el psicoanálisis, desde los estudios de Freud sobre “el problema económico del masoquismo” y los de Lacan sobre el goce, este último paraíso que funde el cielo y el infierno es también el padecimiento de la pedofilia: un sufrimiento gozoso, un goce mortífero por la utopía perdida. Sólo cabe preguntarse si alguna vez, quizás al comienzo de la modernidad, se alimentaron mutuamente el mito nefasto de la perfección de la antigüedad y la glorificación patológica de la infancia. [1] La condición fetichista mantiene la dinámica del fetichismo pero en la normalidad, es el rasgo perverso de la elección de objeto según Freud. Mi artículo “El fetichismo como gozne histórico del erotismo”, para ser publicado próximamente por la revista Trópicos, ilustra este fenómeno en la cultura. |