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Su imagen es el fuego dulce, una llama sutil que calienta las venas en baño de María. Bajo su luz se sugieren las formas de la imaginación hasta convertirse en deseo, como un teatro de sombras anheladas. Poco a poco van subiendo los pensamientos, remonta la soledad, transfigura rostros e inunda los espacios vacíos con su suave calor. Una vez que hace de los ojos –atrás va el alma- dos lunas llenas y tibias, el fuego dulce va derritiendo la razón hasta evaporarla: vemos el mundo como una caricia inagotable, envolvente, dispuesta a saltar en lo cotidiano, lo pequeño, lo más rico. Más allá de las llamaradas de la pasión, de su incendio arrasador y divino, el erotismo es una flama azul, casi invisible. Aparece cuando casi no se le ve, esquivo como una virgen caprichosa. Mientras la pasión baja cual lava para nublar los sentidos y fundir la sensatez, el erotismo es mucho más etéreo, gaseoso, encantador. Su lenguaje es el de la sutileza, la sugerencia, lo velado que susurra agárrame si puedes. Muchas veces se despliega consciente de sus encantos, pero cuando surge de manera silvestre se hace mucho más precioso. Es ese destello espontáneo que transforma un signo, un gesto, en una invitación al placer. En esta metáfora del fuego se han cocinado muchas ideas. Está el fuego implícito en el piropo, que empieza diciendo pyros para dejar en claro su espíritu fogoso. También surgen las llamas del infierno, a donde todo deseo malsano según la regla moral termina llevando al impío. Mi preferida está en La Llama Doble, donde los sentimientos combustionan desde la sexualidad hasta el amor y una vez que alcanzan ese punto último más allá de la luz visible se hacen imperecederos, sublimes, eternos. La llama del amor, el soplo inicial que agita las alas de Eros. Como dios del amor, Eros es capaz de moverse con rapidez de un ser a otro. Un flechazo del hermoso hijo de Afrodita basta para que las agujas enloquezcan y giren más allá de la razón. Ciego como se le pinta, Eros nos lleva a sentir el mundo más allá de lo obvio. Unas líneas de Mary Zimmerman en su obra Metamorfosis, al reinterpretar el mito de Eros y Psyque: el alma vaga en la oscuridad, hasta encontrar al amor. Así, donde quiera que vaya nuestro amor, allí encontraremos nuestra alma. Así pasa si tenemos suerte, y nos permitimos ser ciegos...en lugar de estar siempre mirando. La tentación a seguir adelante y dibujar la silueta del amor es mucha. En su Banquete, Platón comienza preguntándose si se quiere y ama aquello que se tiene, o por el contrario, lo que no se tiene. La disquisición es larga, pero algo queda claro: su naturaleza amplia escapa las fronteras que queramos delimitar. Alado, volátil como es su naturaleza, el amor conoce todos los destinos y tenores que en el alma de un ser humano quepan. En fin, todas sus temperaturas. Y aquí la espiral da otra vuelta: siendo el erotismo una de las temperaturas del amor, es porque aquello que nos erotiza despierta un sentimiento único, inefable y que reclama atención de nuestros sentidos. Es ahí cuando empieza el proceso maravilloso de crear imágenes, hacer de ese impulso más que excitación y vital burbujeo. Me dijo una vez Armando Manzanero: ya no confundo el amor con las ganas. En medio de esa frase merodea el erotismo. Comienza entonces el fuego dulce a ser fuerza creadora.
Como fuerza interna que trastoca los estímulos para hacerlos materia combustible, si encuentra un alma con talento se permuta en arte para expresar lo que en suave hervor se cocina dentro del cuerpo. Vuelve la espiral a girar sobre si misma, pues aquello que erotizó a alguien, erotiza a otros, una centrífuga donde se comparten imágenes, significados e interpretaciones para hacer de la flama solitaria un mar de velas. Eros cumplió su cometido, la flecha rebota de un corazón a otro. Una vez que entramos en el círculo de su tibieza la energía es otra. Hay un cosquilleo que puede terminar en corrientazo, un despertar que va más allá de palabras. ¿Dónde está el amor en todo esto? En el inicio, dónde le gusta estar. Si bien muchos estímulos y sentimientos pueden resultar erotizantes, sea dinero, poder, odio o sangre, su despertar es un desvío del deseo. Lanzado a tener aquello que se anhela de manera enfermiza, quien se excita con el reflejo de la llama dulce termina persiguiendo una imagen fría e insatisfactoria. Más allá, en el halo acogedor de la tibieza, el amor se encarga de mantener el fuego vivo. Es curioso, pensamos en el amor como algo reservado a ciertas personas, algo tan sublime o inalcanzable (cuando no trágico o complicado) y en realidad su alcance y capacidad de adaptación es infinito. A Eros no lo cuesta mayor trabajo inflar el alma cuando de trata de elevarla más allá de este cuerpo, que por más bello y deseable, no deja de estar inevitablemente llamado a la tierra. Quisiera dar otra vuelta al espiral: el erotismo como llamado a la vida. Por más que la reproducción clame dentro de nosotros con la regularidad de la luna o los coletazos de la leche vital, antes de que se multipliquen esas minúsculas cadenas ancestrales, un impulso erótico –flechazo incandescente- se coló entre miradas, caricias y orgasmos. De nuevo al comienzo, allí está, en la tibieza de la piel cuando la envuelve el abrazo. La otra cara de la moneda: la erótica de la muerte. Su imagen fría pareciera decir que reina lo oscuro, la desolación, lo inerte. Si todo terminará ahí, no estaríamos compartiendo estas líneas. En ese erotismo de tinieblas se adora el paso de un estado al otro: el tránsito del alma antes de buscar un flechazo que la caliente de nuevo. A estas alturas hago una pausa, entro en la red y escribo en un motor de búsqueda la palabra erotismo. El resultado dista mucho de la amorosa imagen que he venido tejiendo. La tendencia a desvestir el erotismo con pornografía ha sido asunto de vieja data, solo que ahora su enfoque es más explícito. Baudrillard diferenciaba el close-up de la pornografía y el plano sugerido del erotismo: mientras el primero estimula la fantasía sin dejar espacio a la imaginación, el segundo susurra las claves para que la fantasía remonte en alas del imaginario personal. ¿No es asunto de Eros la sutileza, el velo sobre los ojos, a fin de ver con los sentidos? Cierro el navegador. Prefiero el placer de dedos suaves y largo aliento. La galería del erotismo está atiborrada en estos días. Demasiada información, mucha publicidad, exceso de estereotipos. Nos quieren vender lo que se supone es erótico, y peor, pretenden erotizarnos para vendérnoslo. De tanto estimular los ojos, ya casi no sabemos hacia donde mirar. Aquí doy el último giro: entregarse al erotismo es sensibilizar el alma, y al hacerlo, la calidez del amor transforma lo simple, lo instintivo, lo primigenio, en una experiencia profunda y muy personal. Es así como se dispara una fuerza creadora capaz de cambiarle la luz al día, y en las noches, cuando más pinchan los anhelos, el erotismo sublima las ganas para transformarlas en placer. Con su fuego dulce, el erotismo calienta la madera de la que estamos hechos y enciende así una brasa que nos cobijará en la soledad, nos energizará la creatividad, y lo mejor, nos permitirá disfrutar del mundo como si fuese una invitación permanente. Por eso el mayor placer está en llenarse de las mejores imágenes y experiencias, a manos llenas, para armar nuestra propia galería de luces. Imágenes:
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