Territorios eróticos
 


Ana Teresa Torres

 



Estamos ya bastante lejos de los tiempos en que la vida erótica se explicaba a través de la hidráulica libidinal. Cargas y contracargas, inundaciones y diques, puntos de detención y concentración, puertas y pasadizos del artefacto pulsional concebido como una máquina de tubos y probetas por las que fluye el inasible chorro libidinal. La libido, soporte fundamental del erotismo freudiano, está paulatinamente cayendo en desuso en la literatura psicoanalítica; sin embargo, el concepto sigue viviendo a pesar de su muerte en los textos contemporáneos; está alcanzando, quizá, su momento de pase al diccionario de las ideas canceladas.

No hay nada que reprochar a Freud en esto. Necesariamente tenía que utilizar el pensamiento del cientificismo positivista del Siglo XIX, y la modernidad del maquinismo de principios del XX, para expresar sus descubrimientos. Somos nosotros los que podemos pensar el psicoanálisis desde los conceptos de nuestro tiempo, no sólo por ponernos al día, ni por el inútil ejercicio de llamar a las mismas cosas de otra manera, sino porque al pensarlas diferentes, resultan en cosas diferentes. La vida erótica no es sino uno de los fenómenos humanos, y al representarla dentro de conceptos que han perdido vigencia, corremos el riesgo de estar hablando de la historia y no de la existencia.

En la medida en que los códigos morales y sociales acerca de la vida erótica han cambiado por efecto de nuevas concepciones culturales, el psicoanálisis también se ha modificado. Los analistas de hoy no analizan como lo hicieron Freud o sus primeros discípulos, y la teoría analítica ha encontrado nuevas lecturas de la vida erótica y de otros temas; sin embargo, el concepto de libido como una energía constante e interior al individuo, en cierto modo amorfa e inespecifica, que se origina y se destina de acuerdo a las circunstancias vitales, genéticas e históricas, no ha sido sustancialmente modificado.

La libido es el artificio con el cual Freud quiso atravesar un puente insalvable entre el conocimiento científico del desarrollo humano y la apertura del inconsciente como nuevo terreno de la subjetividad. A partir de la libido fundó la teoría de la represión y del inconsciente, por lo tanto no es un concepto con un lugar cualquiera dentro de la metapsicología, sino central, si bien sufrió reformulaciones dentro de su propio pensamiento y también posteriormente a lo largo de la historia del psicoanálisis. Dentro de las teorizaciones postfreudianas, probablemente debamos a Otto Fenichel la mejor intención y el peor resultado. Es increíble la capacidad de supervivencia que ha tenido su estropicio teórico.

El concepto de libido, aun cuando ha demostrado una probada utilidad metodológica y comprensiva para el psicoanálisis, se aproxima a constituir un obstáculo para la lectura del fenómeno erótico. En su formulación, Freud encontró una de las mayores inconsistencias, pues si bien construyó un principio energético, una fuerza material, para legitimar su pensamiento dentro de la corriente científica, el mismo concepto resultó altamente metafísico. Para demostrar la cientificidad de su pensamiento escribió el Proyecto de una psicología científica para neurólogos (1895) -pesadilla de todos aquellos que por razones ajenas a nuestra voluntad tuvimos que leerlo-, y del cual apenas uno o dos párrafos permanecen rescatables. Finalmente, la libido no es medible, no es observable, no es experimentable, y lo que queda en manos del psicoanalista es sólo el fenómeno erótico. Suponer que detrás del mismo hay algo llamado libido, es, al menos innecesario, y, desde otro punto de vista, constituye un obstáculo epistemológico porque conduce la lectura por el camino de una esencia que tiene un ciclo predeterminado por la naturaleza y por la historia. Un ciclo, además, ensartado dentro del mito del eterno retorno, de modo que su comprensión obliga a entenderlo desde la repetición, desde la constante reapropiación de su fundamento.

Al establecer una esencia natural para la libido, es decir, al darle el carácter de una esencia material alojada dentro del cuerpo, encontramos el primer obstáculo. ¿Dónde está? El psicoanálisis contesta: en todo el cuerpo. Entonces, ¿por qué hablar de zonas eróticas? Porque concentra mayores cantidades en ellas. ¿Y por qué, entonces, ocurre en determinados sujetos, que no se haga manifiesta en la zona privilegiada? Porque ha sido anestesiada por una contracarga. Por este camino podemos continuar indefinidamente. Ante la persecución de una esencia que no tiene existencia, sus apariciones y desapariciones obligan a la fabricación de conceptualizaciones que expliquen su errático comportamiento. No hay una libido que se comporte de acuerdo al ciclo trazado y necesariamente hay que explicar las variantes del mismo: la libido no avanza, es porque una carga la detiene. La libido no está en la fase esperada, es porque otra carga la regresa. La libido ha modificado su cualidad, es porque una defensa la ha transformado, etc. En el fondo, toda la teorización de las pulsiones no es sino la fabricación de un argumento que explique por qué la libido no es lo que debería ser. Si la libido siguiera su camino, tal y como el ciclo normal la describe, no habría neurosis. La neurosis no es sino el resultado de los vericuetos de la libido en relación con sus objetos. El psicoanálisis encuentra aquí una puerta sin salida: los sujetos concretos se muestran neuróticos, mas en algún lugar de la teoría existe una libido que ha transcurrido de acuerdo a su ciclo.

Al establecer una esencia histórica y filogenética para la libido, al darle carácter de ciclo con origen, progreso y destino, el problema vuelve al obstáculo. La comprensión de su comportamiento establece previamente los pasos de su recorrido, de su constitución en el tiempo. La temporalidad libidinal sigue el curso de unas fases evolutivas, supuestamente naturales, en las cuales el pensamiento freudiano muestra su herencia evolucionista.

La libido es descrita dentro de un ciclo temporal que propone un desarrollo de fases, que pueden ser fijadas, avanzadas, regresadas. Es decir una evolución apoyada en el desarrollo del bebé humano según el cual, primero queda privilegiada la zona relacionada con la alimentación, luego con la excreción, y posteriormente con la emisión seminal. Estas fases han sido completadas o modificadas por la teoría analítica postfreudiana pero en conjunto revienen a lo mismo: un simulacro científico en el cual el camino de la libido pretende seguir ciclos biológicos que, de alguna manera, asentarían su veracidad. Esta proposición encuentra evidentes tropiezos.

En primer lugar es de observación sencilla que las funciones de alimentación y excreción, así como las sensaciones en la región genital, no son sucesivas sino simultáneas, y que en las funciones fisiológicas no pueden establecerse privilegios o prioridades. En segundo lugar, no hay un progreso de la libido por el hecho de que la preferencia quede asentada en una o en otra. No hay un privilegio de lo anal sobre lo oral, o de lo fálico sobre lo anal, a menos que queramos dárselo. El privilegio, es decir, la noción de progreso que se asocia a ese desarrollo remite a un código moral o cultural. El bebé es considerado primitivo porque su dependencia lo reduce a un ser al que hay que alimentar, y cuya característica esencial es recibir por la boca; luego se convierte en un animalito más domesticable en la medida en que puede enseñársele el control esfinteriano; más adelante es capaz de tomar conciencia de su genitalidad y apuntará ya sus tendencias sexuales; y por último, una vez crecido, será capaz de ejercer dignamente la sexualidad.

Detrás de esa lectura aparece un código educativo, y si se quiere, una cierta concepción del niño y de la familia. Una cierta mirada sesgada, muy exterior, de alguien que observa de lejos las funciones de cuidado de la criatura humana. Con el paso del tiempo, y la incorporación de mujeres analistas que propusieron una mirada más interior y cercana al cuidado del niño -pensemos en Melanie Klein, Arminda Aberastury, Esther Bick-, se fueron agregando fases o subfases de la libido ya que era necesario dar lugar a otros fenómenos que fueron apareciendo a la observación, por ejemplo, la importancia de la piel o la aparición de la masturbación mucho antes de la etapa fálica. Pero este sobreagregado de fases no es sino la continuación del mismo camino: conferirle a la libido una evolución lógica en términos de progreso, es decir, algo que surge de algo y debe llegar a algo. Una concepción de camino predeterminado y cíclico.

Esta concepción es propiamente moderna. Se apoya en el pensamiento de la modernidad, que al decir de Vattimo,

está de hecho dominada por la idea de que la historia del pensamiento es una progresiva ilustración que desarrolla cada vez más una completa apropiación y reapropiación de sus fundamentos... La idea de superación, tan importante en toda la filosofía moderna, entiende el curso del pensamiento como un desarrollo progresivo en que lo nuevo se identifica con un valor a través de recobrar el fundamento-origen[1].

El psicoanálisis tomó pues un punto de partida en el evolucionismo, en la lógica histórica, en el progreso, y concibió al sujeto en esos términos.

La libido -establecida ya como una pulsión con destino- ofrece una mítica de la cronología, un discurso en el cual los niños primeramente sólo comen, meses después excretan, y años más tarde reconocen que han sido dotados de un aparato genital. Por supuesto, dentro de esa mítica hay una valoración moral implícita -aquí es donde Fenichel desarrolló a plenitud la suya[2] -, y a cada etapa se le adjudican rasgos que conllevan cualidades positivas y negativas. Lo esperable es que el individuo avance, que progrese, y que en cada fase pueda recobrar el fundamento-origen. Es decir, que al llegar a la última etapa, la genital, pueda englobar todas las anteriores, reapropiarlas, y ponerlas al servicio de la reproducción. Este es el pensamiento freudiano más divulgado, y por supuesto, encuentra obstáculos para la comprensión de la vida erótica ya que el erotismo no se encamina por los cauces del progreso o del bienestar social, y mucho menos de la reproducción. En ese sentido una lectura mucho más reconfortante la constituyen El malestar en la cultura y El porvenir de una ilusión, escritos al final de su vida, en los que encontramos a un Freud decepcionado y postmoderno.

La temporalidad erótica puede establecerse de un modo general en cuanto a que todo fenómeno es obviamente de condición temporal puesto que tiene lugar en el tiempo, aun cuando la misma noción de temporalidad está en revisión. Somos protagonistas de una temporalidad más simultánea que lineal y en algún momento del futuro los analistas tendrán que dar cuenta de un erotismo de la realidad virtual, con espacios y tiempos de dimensión diferente a la nuestra. No podemos dejar de lado la transformación de la vida sexual por la tecnología. Hoy es posible que un hombre muerto procree un hijo. Mañana quizá sea posible transformar la fórmula genética sexual. En todo caso, el obstáculo aquí es el establecimiento de una temporalidad interior de acuerdo a ciertas fases de un proceso natural.

La temporalidad de la vida erótica no puede seguir los pasos del desarrollo cronológico del individuo. En primer lugar porque, paradójicamente, la vida erótica es muy anterior cronológicamente al ejercicio de la sexualidad propiamente dicha que se instala biológicamente en la pubertad y cuya iniciación encuentra condicionantes culturales e individuales variados. Por otra parte, la sexualidad puede ejercerse o padecerse sin erotismo y viceversa. La neurosis puede obstaculizar la actividad sexual así como las creencias religiosas o de otra índole. Son tantas las excepciones que es necesario hacer para mantener un paralelismo entre el erotismo y el curso biológico de la vida, que prueba su inutilidad.

La lógica de un ciclo predeterminado forma parte del determinismo que infiltra la teoría analítica y se instaura como una forma de control, de reapropiación del sujeto que había quedado desestabilizado por la separación del inconsciente, y a la que me referiré a continuación.

Por un lado, Freud, junto con Darwin, Nietsche y Marx, conforma el cuarteto desestabilizador del pensamiento humanista en tanto sustenta la precariedad del individuo como ser en sí mismo. Para citar a Vattimo nuevamente:

el humanismo es la doctrina que asigna a la humanidad el rol del sujeto, es decir, de la conciencia de sí como lugar de la evidencia, en el marco del ser como presencia plena[3].

La introducción del concepto de inconsciente desestabiliza la noción de consistencia y de autenticidad del sujeto. El ser no es lo que cree ser. El ser no sabe de sí mismo. Sin embargo, es todavía un organismo, un ser-en-sí- vs el mundo exterior. Un ser que contiene una fuerza, una energía autónoma-representada en el pensamiento freudiano por la libido-, interior al sujeto, que éste lanza al exterior en busca de objetos.

El sujeto freudiano es un sujeto dividido. Es el resultado de la división consciente/inconsciente. La reunificación de ambas parcelas traería, por consecuencia, la reintegración, la reapropiación de la unidad, la devolución del poder perdido en la descentración de la vida psíquica, y la vuelta a su fundamento. Freud se coloca entre la disolución del humanismo y un intento de reapropiación.

El sujeto contemporáneo ya no se explica suficientemente por la división. Es un ser entre la disolución y la resolución. Fragmentaria y discontinuamente es atravesado por los canales de circulación de las palabras y las imágenes, que lo infiltran y saturan de información. Entre ellos, y no como centro unitario de los otros, existe el discurso erótico. La vida contemporánea no está centrada, no parte de un discurso unitario a partir del cual se construyen los demás porque, dentro del colapso del humanismo, también la noción de “verdad” y de “autenticidad” han sido trastocadas. Su característica es, precisamente, la ausencia de un centro unitario, de un discurso total que explique el mundo. Una vez más, Vattimo aclara:

Un ser...que disuelve su presencia-ausencia en la red ofrecida por una sociedad cada vez más transformada en un organismo de comunicación extremadamente sensible[4].

Centrando el eje en el sujeto, estamos acostumbrados a decir que el sujeto elige los objetos de acuerdo con su mundo interno. Es este mundo interno, como instancia autónoma, como esencia consistente, la noción que ha quedado desestabilizada. El primer descentramiento del sujeto lo definió Freud al colocar la verdad de la vida psíquica en el inconsciente y no en el consciente cartesiano. El segundo descentramiento se deriva de la noción de que ese inconsciente no es una “parte” de la mente, no está dentro del sujeto, no le pertenece, sino que circula en el lenguaje. Este es el descentramiento de Lacan.

Tanto en Freud como en la reapropiación lacaniana de Freud, el centro unitario a partir del cual el sujeto se construye es el inconsciente sexual. El discurso inconsciente que habla el sujeto queda así unificado por un centro del cual parte su lógica psíquica, aun cuando ese centro está separado del discurso consciente. Para Freud -y no sería justo olvidar que estamos hablando de una teoría que comenzó a construirse hace cien años- la vida erótica inconsciente es la otra cara de la moneda de la vida social consciente. No sólo los actos de cada individuo en particular pueden ser decodificados de acuerdo a los contenidos erótico-pulsionales subyacentes sino la cultura toda, la historia de la humanidad. Esta postulación, que no es otra cosa que el humanismo tratando de cimentarse, ha conducido, desgraciadamente, a una de las más degradadas versiones del psicoanálisis que consiste en la traducción simbólica: los varones juegan fútbol como sublimación de la penetración fálica; la búsqueda de conocimiento es la sublimación de la curiosidad sexual infantil. etc., por citar algunos ejemplos de los más conocidos.

La concepción lacaniana del inconsciente es ya una concepción postmoderna. Al localizar el inconsciente fuera del sujeto, y en la circulación del lenguaje, Lacan nos abre la posibilidad de pensar en un sujeto descentrado, suponerlo como una instancia, un trámite de circulación por el que atraviesan los modos fundamentales de apropiación del objeto: la imagen y la palabra. Los canones de belleza, las fantasías de seducción, las escenas del placer-displacer, los signos de la atracción erótica, son proposiciones al sujeto presentadas por un mundo saturado de informaciones, capaz de crear realidades virtuales, y simulacros de realidades, en constante representación de lecturas y relecturas de sí mismo. El sujeto, atravesado por las imágenes y palabras que conforman un discurso erótico, es seleccionado por ellas, y configurado a través de ellas.

Planteado así el escenario erótico, se pone en juego el tema de la historia. La biografía como historia individual dice poco de la vida erótica. Personas con biografías disímiles tienen vidas sexuales similares, y viceversa, personas con biografías semejantes tienen vidas sexuales diferentes. Por supuesto, no hay identidad posible en esto, no hay dos biografías iguales ni dos vidas sexuales idénticas. Pero sí es posible, desde el punto de vista conductual, analizar las semejanzas y diferencias entre las historias personales y las opciones sexuales preferentes en determinados individuos. De dos niños con historias diferentes no podremos decir que serán adultos con opciones sexuales diferentes. Ni al contrario. Podemos sí, de dos personas adultas, establecer los elementos similares o diferenciales que, desde el pasado pudieran reconstruirse como significativos en cuanto al resultado actual. Sin embargo, en esa lectura un mismo signo biográfico puede dar dos resultados opuestos. Un niño muy apegado a su padre pudiera ser un sujeto determinado por la rivalidad edípica en cuanto a la posesión de las mujeres o un homosexual. Y así indefinidamente.

Esta condición no predictiva del psicoanálisis, así como la saturación de sus hipótesis, han sido los mayores argumentos a la hora de excluirlo de las ciencias experimentales. Exclusión exacta, porque hubiese sido su muerte, su disolución en una ciencia del comportamiento.

Existe, por supuesto, la lectura de la biografía, y es de suma importancia dentro del marco general del psicoanálisis. A partir de esa historia, o mejor dicho, como parte de esa historia, el individuo construye la narrativa que determina su historia futura. Se construye la identidad que el analizado ofrece al analista. Ahora bien, la vida erótica que forma parte de esa narrativa, transcurre fuera de la cronología. No tiene linealidad, ni irreversibilidad. Es a la vez sucesiva y simultánea. Su transcurso no está signado por la lógica del progreso, de la maduración, del crecimiento. Es un recorrido editado por el sujeto, en el cual no hay etapas esperables o alcanzables. El gran descubrimiento freudiano de que la vida erótica no se adaptaba a las expectativas sociales -cualesquiera que éstas fuesen- resultó poco a poco domesticado y el psicoanálisis adquirió un cierto sentido moral. Sin embargo, su mayor logro fue el haber contribuido en gran medida a modificar las expectativas sociales con respecto a la vida erótica. No todos los cambios en ese sentido se deben al psicoanálisis, pero en buena medida, el mundo le debe al psicoanálisis una mayor tolerancia, que durante muchos siglos fue exclusiva de las clases privilegiadas; la masificación de esa tolerancia es sin duda un fenómeno contemporáneo.

El ejemplo paradigmático de que la vida erótica transcurre fuera de la cronología lo dejó Freud en su obra Análisis de una neurosis infantil, escrita entre 1914 y 1915. Cuando tenía unos cinco años de edad, Serguei Constantinovitch Pankejeff, quien después sería el famoso Hombre de los Lobos, relató lo siguiente:

Soñé que era de noche y que estaba acostado en mi cama (mi cama estaba frente a la ventana; frente a la ventana había una fila de viejos nogales. Sé que era invierno y que era de noche cuando tuve el sueño). De pronto la ventana se abrió sola y yo me aterré al ver que unos lobos blancos estaban sentados en el inmenso nogal frente a la ventana. Eran unos seis o siete. Los lobos eran blancos y parecían más bien zorros o perros pastores porque tenían largas colas como los zorros y las orejas paradas como los perros cuando están atentos. Aterrorizado de ser devorado por los lobos, grité y me desperté. Mi niñera corrió a mi cama para ver qué me ocurría. Me tomó un largo rato convencerme de que sólo había sido un sueño[5].

Freud interpretó el sueño como la representación de la escena sexual entre los padres, en coito a tergo, observada por el niño cuando tenía unos dos años de edad, en la cual él se identificaba con el deseo de la madre. Por más empeño que en ello puso, Freud no consiguió que el Hombre de los Lobos recordara la escena y afirmó que el sueño era la revisión diferida del acontecimiento. El sueño de los lobos es el más bello ejemplo de la narrativa psicoanalítica. ¿Ocurrió o no ocurrió la escena primordial? El hombre de los lobos sólo recordó los lobos, pero sobre la fantasía de aquellos lobos blancos, Freud asentó el complejo de Edipo negativo masculino. El sujeto erótico apareció y desapareció en el sueño, después dibujado por el soñante ya adulto en un intento, quizá, de fijar la escena en la que se disolvía y resolvía su vida erótica infantil. En el dibujo, por cierto, sólo hay cinco lobos. ¿Su edad?

Al establecer la escena primaria en relación al indemostrable recuerdo infantil de los lobos blancos, Freud estaba asentando el carácter intemporal, no cronológico, de la vida erótica. Quiso, sí, empeñarse en demostrar la ocurrencia fáctica del acontecimiento, e incluso la fechó, pero Freud escribió siempre bajo dos temores, que quizás eran el mismo: ser calificado de charlatán por el mundo académico y ser marginado de la comunidad científica universal por su condición de judío. A la luz de hoy, el establecimiento de la verdad como narrativa es un atisbo postmoderno de Freud cuya importancia es necesario destacar. Vattimo, glosando a Heidegger, formula el concepto de verdad no como una estructura estable, auténtica, sino como un acontecimiento,

...la noción de verdad como conformidad de la proposición con la cosa debe ser reemplazada por...la modificación que el sujeto sufre cuando encuentra algo que verdaderamente tiene relevancia para él[6].

La ausencia cronológica de la vida erótica es aceptada en la teoría psicoanalítica, pero aceptada bajo el signo de la regresión de la libido. Es decir, se sitúa la vida erótica en un continuo y se acepta que se mueve, subiendo y bajando de la escalera. El analista debe hacerla subir. Esta proposición de la libido en progresión-fijación-regresión-nueva progresión, presenta los siguientes obstáculos:

En primer lugar, la asignación de espacios determinados, consistentes, que están en alguna parte. Si no se adjudica al espacio -o al tiempo- una permanencia no es posible el retorno. El sujeto aparece así como alguien que conserva en alguna parte un territorio establecido al que puede volver según las circunstancias. Es la puesta en acto del mito del eterno retorno, o del “no hay nada nuevo bajo el sol.” Las ocurrencias, disoluciones o resoluciones del sujeto -en lo tocante a la vida erótica o a cualquier otro escenario- forman parte, como lo ejemplifica el Hombre de los Lobos, en el mejor de los casos, de la memoria, de una cierta narrativa con la cual el sujeto quiere contarse a sí mismo, pero no hay un niño, o una niña, a donde volver.

En segundo lugar, la vida erótica infantil no es menos madura o menos erótica, o más primitiva que la vida erótica adulta. Precisamente, si somos consecuentes con Freud, la vida erótica infantil tiene ya todos los recorridos posibles, y lo que la diferencia de la adulta es la capacidad de ejecución. Lo que Freud afirma, nada más y nada menos, es que el pequeño Serguei, antes de cumplir los dos años, era capaz de comprender que su madre -como diría el Dr. Schreber- “sufría el coito”- y deseó estar en su lugar. Nada queda para la inocencia.

Así como la vida erótica ocurre fuera de la cronología, también transcurre fuera del espacio social. Hay una incompatibilidad entre la escena erótica y la vida cotidiana. Ya Freud había señalado que en todo acto sexual intervenían al menos cuatro personas, para valorar el carácter de la fantasía dentro de la ejecución sexual. Después Lacan ha establecido el objeto (a), la presencia del fantasma como fundamental en el erotismo. Con incompatibilidad no quiere decirse nada similar a frustración o represión de la vida erótica -las cuales pueden estar presentes o no en determinados individuos- sino que la vida sexual que transcurre en la vida cotidiana, lo que constituye propiamente un acto sexual, no es sino la punta del iceberg de la escena erótica. En la ejecución de un acto sexual, cualquiera sea su modalidad, no pueden verse el deseo, el objeto (a), el placer o displacer, la fantasía representada, y mucho menos los personajes. Únicamente el perverso quiere aproximarse a una reproducción fidedigna; se sitúa más cerca del reality show.

Esta incompatibilidad va más allá del problema de la visibilidad o invisibilidad del sujeto erótico. Si partimos de que la libido no es una entidad consistente, de esencia propia y estable, si el fin del humanismo nos lleva a considerar al ser “fuera del lugar de la evidencia” y “carente de presencia plena”, es decir, como un ser que disuelve y resuelve su ausencia-presencia en la red social, el sujeto erótico obedecerá al mismo destino. Se presentificará y se disolverá en forma fragmentaria y discontinua, al igual que los objetos eróticos o erotizables.

Para trazar una cartografía del erotismo, más allá de la libido y sus fases, o de su contrapartida, la pulsión de muerte, es necesario contar con las instancias que constituyen al ser: cuerpo, imagen, palabra; instancias que, a su vez, conllevan cierta dificultad porque no son verdaderamente separables. Sin embargo, son la mejor manera posible de representación. Lacan al establecer los tres órdenes de lo real, lo imaginario y lo simbólico, seculariza definitivamente al ser. Disuelve la separación mundo interno/externo y las disociaciones religiosas que todavía subsisten en el discurso, tales como naturaleza/cultura; mente/cuerpo; animal/espiritual; alma/cuerpo etc,. El sujeto erótico está atravesado por los tres, y a la vez los atraviesa a los tres.

El sujeto es así el primer territorio erótico a ser considerado, y a la vez, es el transeúnte del mapa erótico que le propone el mundo. Es decir, no hay un sujeto cerrado -un dueño de la interioridad- ni un mundo compacto identificado a una exterioridad consistente. El sujeto recorre el mapa erótico apresado en la dialéctica placer-displacer y en la dialéctica objeto-sujeto que se resume en los dos modos eróticos fundamentales: el ofrecimiento y la apropiación. Quizás exista una posibilidad erótica fuera de estos dos modos pero en todo caso no es fácilmente vislumbrable. La seducción es la invitación a apropiarse del otro y ofrecerse al otro de acuerdo a una particular dialéctica placer/sufrimiento cuyo repertorio está enmarcado por el imaginario y simbólico circulante.

El objeto erótico, si bien es portado por un sujeto, es siempre objeto desde el punto de vista del sujeto. El otro tiene que ser siempre objeto para poder ser apresado dentro del erotismo. Las características del otro corresponden al fantasma, y las características del modo en que se propone la dialéctica del ofrecimiento y la apropiación a la fantasía[7] . El ofrecimiento y la apropiación transcurren dentro de la dialéctica placer-displacer que puede presentarse en tres escenarios o sedes: el cuerpo, la imagen y la palabra, alternativa, sucesiva o simultáneamente.

Resulta obvio resaltar el cuerpo como sede del erotismo. El cuerpo humano es un residuo de la materia viviente, carne y hueso. Un sistema de células organizadas con capacidad de reproducción sexuada. Desde muy antiguo su representación imaginaria ha constituido una lectura erótica para ese cuerpo, que sin ella, no podría hablar el lenguaje del erotismo. Del antiquísimo busto de Nefertiti a Madonna, de la escultura de un jugador griego a Mel Gibson, podemos pasar por las diversas y cambiantes imágenes que ofrecen el cuerpo como escenario del deseo, y lo preparan para una representación diferente a la que su estricta configuración fisiológica requiere. En cierto modo, el erotismo es superfluo; no cumple con ninguna función vital, ni está adscrito a ninguna zona del organismo. El resorte erótico se asienta en la posibilidad de imaginarización del cuerpo. Lo que se intercambia en el ofrecimiento y la apropiación es una imagen. El cuerpo, como real, resiste la apropiación; aún en el extremo de la muerte, un residuo orgánico queda fuera de la posesión. Es la imagen lo que devora el sujeto erótico en el objeto.

La imagen, por supuesto, está directamente vinculada al cuerpo; es una proyección del mismo y es captada por los órganos distales, pero, por decirlo así, no está cosida al cuerpo. Es un fenómeno intersubjetivo que se produce en el cruce de dos subjetividades. El placer de su apropiación reside, desde luego, en el cuerpo, pero es que, en el fondo, el sujeto no puede existir fuera del cuerpo.

Las posibilidades del cuerpo humano en el registro erótico están más que estudiadas, no sólo con Freud sino mucho antes. El cuerpo tiene resortes limitados en cuanto a las posibilidades del placer y también en cuanto al displacer. En suma, el repertorio erótico corporal es conocido. No hay mucho más que añadir al respecto, y menos desde el psicoanálisis. El psicoanálisis, en la medida en que se interesa en el sujeto, tiene que acompañar al erotismo en otras sedes de la subjetividad constituidas por la imagen y la palabra.

Es el perverso quien releva la importancia de la palabra en términos de placer. Recordemos el artículo de Freud, Pegan a un niño (1919), en el cual describe un fantasma perverso del neurótico, cuyo argumento es la escena en que un niño es pegado. La frase que da título al artículo es la primera fase del fantasma. El fantasma es accionado no sólo por la imagen sino por las palabras. En el ritual perverso, con frecuencia, hay un guión, un parlamento que debe ser repetido, y que por sí solo, sin necesidad de contacto corporal, tiene la peculiaridad de despertar en el sujeto perverso la excitación. En el sexo telefónico, el usuario paga exclusivamente por escuchar.

En la vida erótica fuera del orden de la perversión, el lenguaje tiene también un lugar imprescindible. No sólo por la capacidad de seducción de las palabras, por la invitación que circula en ellas, sino porque la fantasía necesita del lenguaje para construirse. Si bien en la vida erótica no perversa la repetición de un parlamento determinado no tiene la misma imprescindibilidad que en el terreno de la perversión, la construcción de las fantasías requiere no sólo de las imágenes sino de las palabras que la explican o describen, sean o no articuladas.

Al establecer el orden imaginario y simbólico como sedes del erotismo, la vivencia individual, entrópica, necesita ser revisada. El cuerpo es una posesión del individuo, hasta cierto punto, por supuesto. La realidad virtual ya mencionada, la importancia industrial del video pornográfico -soft y hard- las modalidades del sexo telefónico y otras que la tecnología comunicativa introduzcan, abrirán nuevos caminos eróticos de los que tendrán que dar cuenta los psicoanalistas del futuro. Pero por ahora el reino de la imagen y de la palabra colocan el sujeto en un circuito del cual el o ella son solamente términos de una cadena, tramites dentro de una circulación.

¿De dónde surge todo el material imaginario y simbólico con el que cada sujeto teje su erotismo? ¿No resulta increíble pensar que cada individuo por sí solo es el creador de sus fantasías y que ellas comienzan de nuevo cada vez? ¿No es bastante evidente que a lo largo de la historia los conceptos eróticos son cambiantes, aparecen y desaparecen, son remodelados por las claves de cada tiempo, así como por las culturas de las que surgen? La industria sexual es un buen ejemplo de que las fantasías se proponen. Por otra parte, no toda proposición erótica viene encapsulada dentro de un continente estrictamente erótico, o convencionalmente erótico. Asistimos hoy a una estética de la violencia -pongamos por caso algunos films como Pulp fiction, Entrevista con un vampiro, Seven- en la que la misma violencia actúa como fantasma, cuya apropiación visual suscita una lectura erótica[8] . El horror, la abyección, el terror, son en el mundo contemporáneo parámetros eróticos.

¿Eran las histéricas freudianas víctimas del masoquismo moral o personajes invitados a la seducción a través del código romántico de la ausencia, el repudio y la imposibilidad? La retórica perversa, ¿no es una puesta en acto del imaginario cristiano de la mortificación, la humillación, el despedazamiento, la flagelación y el martirio?

No pretende negarse, por supuesto, el aporte personal de cada sujeto en la construcción de su peculiar vida erótica. Se interroga que cada individuo tenga la autoría absoluta de la misma.

¿Por qué el pequeño Serguei -suponiendo que fuese testigo del coito de sus padres, lo que no es una suposición difícil- quedó en ese momento suspendido de la imagen de la madre devorada por el padre-lobo? ¿Por qué el niño de los lobos transformó el terror en identificación con el objeto devorado? Y sobre todo, ¿por qué, dentro de la lógica a la que lo sometía ese fantasma, no constituyó una definición homosexual? En definitiva, ¿qué dirige la selección del sujeto sobre sus fantasmas y fantasías? Recuerdo ahora el caso de un fetichista. En su historia personal pudo consignar que contemplaba a su madre en el acto de ponerse los zapatos. Sin embargo, muchos niños han visto a su madre en el acto de ponerse los zapatos. ¿Por qué el fetichista transforma la visión en contemplación? Y más aún, el hecho de que aparezca una preferencia fetichista en su vida erótica, ¿no será el motivo de la lectura diferida de lo que, en otro sujeto, hubiese sido un recuerdo banal, o ni siquiera?

El sujeto transita por un mundo que le devuelve una lectura erótica. Mis aún, es esa lectura erótica de los objetos del mundo quien lo transforma en sujeto erótico. Si el mundo no generara una lectura erótica, ¿sería posible el erotismo? Ese tránsito es, como cualquier recorrido, un pasaje asaltado por el azar. El analista es alguien capaz de leer los vacíos abiertos entre el azar y las determinaciones. El psicoanálisis ofrece una lectura posible de lo erótico. Esa lectura es una guía que permite el sujeto leer su propio tránsito.

Propongo una breve lectura de un breve tránsito erótico del que cualquiera podría ser protagonista. ¿Quién nos erotiza cuando escuchamos una canción? ¿El intérprete, la casa disquera, el equipo de sonido, el autor de la letra, el compositor de la música, el instrumento musical? Evitemos la respuesta predeterminada: erotiza el objeto evocado a través de la canción. No es la verdad lo que vemos, en este caso, la canción; la verdad es lo que no vemos. Cabe proponer: no hay ninguna verdad que ver. Todo es simulacro. Todo es una estética de la verdad.

Si una canción nos erotiza, cabe por supuesto establecer el respecto una narrativa. La memoria nos permitirá sin duda encontrar algún objeto que enlazar. Puede ser un objeto temporalmente ligado a la canción, simbólicamente vinculado, alguna palabra de la letra, alguna frase de la tonada; algún resto acústico de la (a). Detrás de la canción se oculta un objeto erótico, con nombre y apellido o anónimo, conocido o desconocido, perdido o hallado. Ubicados los términos, yo y mi objeto, una suerte de paz nos invade. Nada hay desconocido, nada hay fuera del límite de la comprensión. La proposición subversiva del psicoanálisis ha sido domesticada. Era inevitable, por otra parte. La proposición subversiva del psicoanálisis era decirle el mundo, “no somos lo que creemos ser; lo desconocido nos habita”. Pero, necesariamente, se creó una nueva profesión, la de aquellos que tienen la destreza para llegar a conocer lo desconocido, de restituir el sujeto eso que el inconsciente le arrebataba. Reintegrado ese desconocido que nos habita, el ser vuelve a la integridad, a la consistencia, a la omnipotencia.

Volvamos a la canción. Puede ocurrir que esa canción que nos erotiza tenga también la cualidad de erotizar el vecino, a aquel o aquella que también, a la misma hora, pongamos por caso, ha encendido el radio de su automóvil, en una pesada cola caraqueña. Es más, podríamos pensar que el discjockey que la seleccionó no es del todo inocente, y que sabe -supone, si quisiera pensarlo- que a esa misma hora, habrá varios oyentes erotizados. Podemos utilizar la misma respuesta: cada uno de los oyentes encontró en esa canción el objeto de su deseo. ¿Tenemos el mismo? Obviamente que no. Entonces, ¿cómo es posible que la misma canción lo evoque? También hay respuesta. La canción como objeto imaginario-simbólico abre opciones para múltiples desplazamientos en los que cada sujeto encontrará el de su deseo. 0 esta otra, hay una universalidad del fantasma erótico que permite reunir en un mismo objeto a varios sujetos.

Situémonos en un punto de fuga: la música es una de los posibles territorios eróticos, una de las posibles redes de circuito del erotismo, producida en serie, bajo el estudio del mercado, en la que cualquiera de nosotros puede o no ser atrapado, fragmentariamente, improvisadamente, en un momento pasajero, sin consecuencias ni antecedentes, sin origen y sin destino. Un circuito en el cual podemos entrar, mientras dure ese pesado tráfico, y del cual podemos salir cuando termine la canción o, si no queremos esperar, cuando activemos el botón del encendido, o, si queremos prolongar, cuando adquiramos el disco que la incluye.

¿Quién era yo mientras entré en el circuito erótico que me propuso un desconocido discjockey? ¿Dónde estaba? ¿Con qué objetos, arcaicos o presentes, me puse en comunicación para que la intimidad del erotismo fuese tocada? ¿Y si lo íntimo fuese precisamente la historia que yo me quiera contar el respecto y nada más?

Ante el discurso erótico, enseñados a hablarlo, a leerlo, entenderlo, podemos circular en sus mensajes. Podemos, si queremos, personalizarlos; si eso nos tranquiliza, si eso nos restituye como sujeto, si eso calma la incómoda sensación de que nos disolvemos y resolvemos, atrapados y devueltos del discurso erótico por anónimos hablantes del mismo. Si eso contrarresta la vivencia de disolución momentánea que necesariamente comporta la experiencia de haber sido tomados por un objeto erótico cuya posesión no nos es dada, cuyo origen es desconocido, cuya relación nos resulta inédita. Porque esa canción no ha sido producida para nosotros, y en cierta forma, tampoco somos sujeto para ese objeto evocado. El azar nos ha sorprendido. Todos somos el pequeño Serguei.


[1]Vattimo, Gianni. The end of modernity. Johns Hopkins University Press. Baltimore 1985, p 2

[2]Nos referimos a su obra Teoría psicoanalítica de las neurosis.

[3]Vattimo, G. Op.Cit. pp 43-44

[4]Vattimo, G. Op. Cit. p 47

[5]Freud, S. From the history of an infantile neurosis (1914). SE: XVII: 29

[6]Vattimo, G. Op. Cit. p 123

[7]Estos conceptos aparecen reformulados de otra manera más adelante en “Para una cartografía del erotismo”.

[8]Acerca de las relaciones entre el placer y la visión del dolor físico, ver “Simulación y pornografía” en Megalopolis de Celeste Olalquiaga citada más adelante.


Imágenes:

2.Tomado de www.artoflegendindia.com


 
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