Enigma


Ana María Velázquez

Me río de mi propia tristeza, la soporto con valentía y luego, cuando estallo en carcajadas neuróticas por el gol que ha metido mi equipo de fútbol, descargo todo, mis juegos, mis fantasías, mis formas de manipular, mis mentiras.

Asumo la simulación como forma de vida, en ellas vibro, creo, invento, sueño, me convierto en una y mil personas y luego vuelvo al centro de mi ser, que me apacigua. Sé que no es correcto mentir a todos, pero no hago trampas sino cuando conviene, sólo para conservar el equilibrio. En realidad no hago trampas a nadie, sino a la vida.

T. llamó ayer casi histérico, lloraba y hablaba entre gemidos, quería verme, venir al apartamento a quedarse en la habitación de al lado, prometió no tocarme, se conformaría con espiarme, con pegar su oído a la pared para escuchar mis suspiros, mis jadeos nocturnos, mi pequeño ritual matutino de autogratificación, tan bien conocido por él cuando nos quedamos cuatro días y cuatro noches enteras encerrados en la habitación del hotel junto al mar.

Él quería participar pero yo se lo impedía, me gustaba que me observara deslizar mis manos y encontrar tantos tesoros ¡Voracidad insaciable! ¡Tanta hambre contenida!

Le dije que sí, que la habitación de al lado estaba vacía, que viniera con la condición expresa de no tocarme, por mi necesidad de público. Quizás le permitiría un abrazo a la hora del desayuno, pero nada más. También le dije que algunas noches volvería tarde del teatro, tal vez con algún amigo, o con algún desconocido, que no quería que estuviera merodeando, ni esperándome leyendo en el sillón como si fuera mi padre, que no toleraría interferencias.

Ahora bien, también le dije que, ya en mi habitación, dejaría siempre la puerta entreabierta para que él pudiera mirar, que el solo saber que me observaba era un gran aliciente para mí. Esta imperfección, este enigma mío que tardo tanto en comprender, esta necesidad de ser observada produce en mí un efecto intenso, una pasión que exteriorizo con más profundidad, quedando mi hambre agotada, tal como si hubiera asistido a un partido de fútbol, y a T. completamente dichoso, no sólo satisfecho su deseo de mirar, en realidad T. no es un voyeur , dice que me ama y que disfruta con mis éxtasis.
Esta debilidad mía y de T. me ha destruido y a la vez me ha devuelto el equilibrio; también ha destruido a T., le ha quitado la expectativa de la exclusividad para enseñarle la complicidad, elemento importante para el goce, y también lo ha reconstruido en una nueva persona: pasiva, quieta, que me procura el goce de manera indirecta procurándose él mismo, a su vez, satisfacción.

Como una persona pasiva, va encendiendo faroles en mí a través de sus gestos. Para mí es importante que sea gestual, que logre dominar el lenguaje del cuerpo, de las manos, de la cabeza inclinada de medio lado con preguntas múltiples en los labios, en los ojos. Así logra encenderme cuando tomamos nuestra primera taza de café juntos y dejarme este fuego interior hasta media tarde, cuando comienzo a vestirme explorando mi cuerpo, cuando me arreglo para ir al teatro y después a las recepciones, a los vernissages, a las reuniones de donde siempre salgo con cualquiera que caiga en las redes de mi deseo, alguien a quien miento, con quien finjo, imaginación desbocada que me ayuda a mantener encendida la pasión.

A este juego cotidiano también se le agrega la lujuria de mi baño, mis jabones perfumados, mis velas aromáticas, mis suntuosas cremas con las que me unto desde la punta del pie hasta la entrepierna. Allí siempre me detengo, en el centro de mi ser, sintiendo, respirando todos los aromas juntos, deteniéndome sólo en el momento en que presiento la humedad queriendo alcanzar mis dedos.

Debo también perfumar la boca de T. con un beso. Lo he pensado esta tarde cuando me vestía, debo dejar en él el aroma de mi cuerpo recién bañado para que así su placer no esté tan lejano de mi cuerpo. T. me observará vestirme, deslizar la ropa sobre mi cuerpo desnudo y arderá por tomarme en sus brazos, por besarme, por ser él quien se encargue de la humedad de mi centro, pero no lo hará, ése es el acuerdo. Por eso debo besarlo yo, para dejarlo impregnado de mí, para que mi presencia quede flotando en el apartamento, mi olor, el propio, el más penetrante de todos, adherido a su cuerpo.

Quizás la pasividad de T. nació de su miedo a ser abandonado, por eso acepta todo de mí, cualquier clase de trato. Ser activo le quita su encanto, lo deja desnudo en toda su fuerza viril y ya no podríamos jugar los juegos de la imaginación y del deseo.

Todo es un juego. Siempre andamos mintiéndonos uno al otro, más que amor hay necesidad, así, desde su pasividad y mi actividad, encontramos una esencia distinta, uno en el otro, cada día un descubrimiento nuevo, un misterio revelado poco a poco, como se deben revelar todos los misterios.
Yo soy un enigma para mí, simplemente no me comprendo. Tampoco hago muchos esfuerzos para comprenderme porque simplemente soy incomprensible, inconocible, como T. Siendo los dos personajes de fantasía, no tenemos más vínculo que la mentira que nos crea y nos recrea cada día, la simulación del amor, el vivirlo por interposición de personas, en mitos, en sueños, en las emociones mágicas de una mano untada en espesa crema que T. acerca a mis piernas con la expectativa de acariciarme o en el beso que planifico para dejarle mi esencia impregnada.

Le he dicho que sí, que puede venir a quedarse conmigo a sabiendas de que eso es precisamente lo que esperaba que le dijera. Pero no enredo las cosas aparentando dureza para después ceder, ya lo manipularé cuando esté aquí, y él también lo hará conmigo. Después me reclamará como lo ha hecho otras veces, pero irá cediendo. Quizás rechace el beso que pretendo darle, o prefiera esperar en su habitación solo, en vez de venir a espiar a la mía, escuchando e imaginándose lo que estoy haciendo, sé que la imaginación aviva su placer.

Con el correr de los días me acusará de algo que no hice o de algo que hice, siempre es así, le gustan los juegos de poder además de espiarme. Me dirá que soy una persona peligrosa, manipuladora, excéntrica, volverá a jurar amor eterno, a reñirme por cualquier cosa, a enfadarse sin razón, sus cambios de humor son impresionantes. Pero él sabe que no puede tenerme en exclusiva, que mi deseo me guía en este laberinto en que convierto mi vida, con él, para él, mi necesidad atada a la suya, rastros de caracol sobre la arena mojada que seguimos en aquellos días que pasamos en el hotel de playa.

Ya lo veo estacionar el carro, observo desde mi ventana, ha engordado mucho desde la última vez, sus manos parecen dos mazos, su espalda parece que va a salírsele de la camisa. Ahora saca su maleta en un movimiento brusco como si estuviera nervioso de volver a verme, de tenerme cerca de nuevo, una culebra en celo, menuda y venenosa, como no se cansa de decirme. Se seca el sudor de la cara con un pañuelo, le tiemblan las manos ¡T. aquí arriba! ¡Te esperaba!

Ya sube, ya siento su pesado caminar detenerse en el descanso de la escalera, abro la puerta para recibirlo, me desnudo para que comience a experimentar su deseo. Llega, suelta la maleta y trata de abrazarme, gime un poco, le aparto y le señalo la habitación. Le digo que me voy a bañar, pero dejo la puerta del baño abierta para que comience a espiarme ¡T. aquí! ¡Puedes venir!

Veo claramente la desesperación en su rostro, su desconsuelo, ha estado llorando. Mientras dejo correr las aguas me pregunto qué significa esa pena, ese dolor de T., como si no se alegrara de verme, tan dolido que ni siquiera repara en que me estoy desnudando, preguntas.

Sé que su pasividad es tan grande que esperará a que sea yo quien pregunte. Cierro el agua, T. simplemente se queda mirándome a los ojos, cambio de juego, giro de muñeca que coloca las palmas de la mano hacia arriba, lo intuyo, lo veo venir.

T. me mira y yo también me le quedo mirando tratando de entender qué es lo que le pasa, entonces suspiro por todo lo que estamos a punto de perder ¡Tienes toda la razón, pero no es suficiente!

Pienso que lo que hace a T. adecuado para mí es su indulgencia, ya perdida, no sé si el vínculo entre él y yo sea lo suficientemente fuerte, o la necesidad, para mantenernos juntos. El enigma que soy de repente se traslada a T., ahora él es el enigma y también nuestro deseo inexplorado.

Caigo en la cama llorando, me voy dando cuenta que ha estado enamorado de un reflejo, de una sombra, de un rostro menudo y peligroso, el mío, que poco a poco se va desvaneciendo. También T. se desvanece y sólo capto su reflejo como un recuerdo muy vago del pasado. Él se tiende a mi lado, cumpliendo su promesa de no tocarme, nos enfrentamos en un discurso de miradas hasta que el sol se pone. Entonces perdemos la conexión visual por la oscuridad que nos rodea, incapaces ambos de movernos a encender la lámpara.

Nos quedamos allí por mucho tiempo, no sé cuánto, dos sombras acostadas una junto a la otra en una cama a oscuras, como dos enigmas a punto de desaparecer, esperando a que se encienda el deseo o a que simplemente se desvanezca para siempre. Fatalidad o destino.


Imágenes:

Tomado de www.fotomuseum.de


 
Enviar a un amigo

 

 

[ Home | Atrás | Subir ]