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        Erotismo, realidad, fantasía y poesía conforman el universo de LA TRUCHA, que narra los destinos de cinco personajes de una misma familia: Antonio Duarte, joven venezolano educado en Europa entre las dos Guerras Mundiales que termina en un sanatorio mental en Buenos Aires; María Amparo, su esposa, de una hermosura y un carácter especiales; Augusto Duarte, revolucionario frustrado, diplomático que muere sin llegar a ver de nuevo Caracas; Julia, madre de Antonio y esposa de Augusto, mujer de excepcional belleza y capacidad para soñar, que lleva una complicada vida amorosa y se convierte, después de muerta, en piedra de escándalo a causa de un best seller impúdico y revelador; y Doña Antonia Velarde Duarte, viuda de Duarte, matrona caraqueña, abuela de Antonio y madre de Augusto, irreductible en su vida de gran señora que ve destruirse su entorno familiar con admirable estoicismo. Y junto a ellos se mueve un universo de personajes secundarios (diplomáticos, aventureros, enfermos mentales, médicos, enfermeros), en esta nueva obra de Eduardo Casanova, uno de los más notables novelistas de la América Latina contemporánea.


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        Abogado de profesión pero fiel seguidor de Federico García Lorca, este artista de alma desarrolló la obra más importante de nuestro país: junto a Juana Sujo y Jesús Gómez y Obregón, contruyó una tradición teatral en Venezuela. A raíz de la guerra civil española, se ve obligado a exiliarse viaja a Venezuela en 1945, aquí fundó el Teatro Experimental en el liceo Fermín Toro y Román Chalbaud y Nicolás Curiel (sus primeros alumnos) lleva a las tablas montajes de García Lorca, Eugene O’Neill, Ramón del Valle-Inclán y Miguel de Cervantes, entre otros. Destaca, entre éstos, un montaje de la Electra de Sófocles realizado a mediados de 1955. Trabajó como director artístico de la Televisora Nacional, pero lo abandonó en 1957 para dedicarse exclusivamente al teatro, a la presentación de obras y a dar clases de la universidad. En 1958, pasa una temporada en Estados Unidos, como profesor asistente de literatura en la Universidad de Wyoming. En 1959, durante la celebración del I Festival de Teatro de Caracas, se presentaron dos agrupaciones preparadas por él: el teatro Los Caobos representó “Chúo Gil” de Arturo Uslar Pietri y la Federación Venezolana de Teatro presentó “Abigail” de Andrés Eloy Blanco. Como dramaturgo se le conoce una obra: El acordeón (esbozo de un monólogo experimental), una obra donde el autor aclara que debe ser ejecutada “por un buen actor” ya que los horrores de la guerra civil española tratan de ser borrados de la memoria en esta obra que se estrenó en el teatro Municipal de Caracas el 4 de junio de 1962 con la participación de Eduardo Mancera, Rolando Peña, Pierre Mauguin, Félix Pérez Colmenares y Elías Pérez Borjas y con la audaz puesta en escena del propio autor. En septiembre de 1967 funda la compañía de teatro El Nuevo Grupo, lo cual casi coincidió con la fecha de su muerte. Por tal motivo, el teatro de la agrupación situado en la urbanización La Florida de Caracas, fue bautizado con su nombre.


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        La corta extensión de los poemas que componen este primer poemario de Giuliano Salvatore, refleja una tendencia minimalista que al optar por la austeridad de la palabra le confiere un gran valor estético al silencio, pero al mismo tiempo, también es el reflejo del cansancio de una voz lírica que parece no haber tenido la entereza para continuar versando, que “no es ni el aliento necesario para decir su nombre”. Así, en estos versos sólo se dice lo que urge decir, se dice justo lo que encontró el aliento para ser dicho, y no más. Sin embargo, el silencio que impera no parece ser producto de la angustia, sino de una calma contemplativa y resignada a convivir con los dilemas de la existencia. Saudades es una voz portuguesa que podría traducirse como “dulces melancolías”, y el verso es aquí una especie de suspiro a través del cual el poeta es capaz de encontrar belleza en el dolor de ser.


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       Aparentemente sencillo, este cuento de Felipe Márquez recrea no sólo la instancia de la escritura, sino el trazo, dibujo que como un espejo bifurca el texto en múltiples significados. Tía Berta es un personaje insertado en el aislamiento de su rutina de trabajo; ascensorista, evade el hastío de su oficio leyendo. Pero no lee cualquier libro, lee El sueño de una noche de verano; y cabe preguntarse si, en medio de esa actividad, Berta no se estaría respondiendo con las mismas palabras de Puck, protagonista de la pieza teatral de Shakespeare, quien, al final de la obra y dirigiéndose a nosotros –espectadores–, nos recuerda que lo que hemos visto no es la realidad sino un sueño.

       Es necesario especular que el autor desliza en su escritura referentes autobiográficos que nos llevarían a conjurar la verdadera indagatoria del relato: el desalojo o soledad de la figura materna, imagen que en el texto mítico parece realizada en otro espacio; es la huida de la “realidad” a través de la lectura. En el texto hay palabras claves para el lector: vivimos “abajo pero arriba”, en un estremecido tránsito entre dos pisos; la felicidad es una ilusión, una duda colocada como un estallido que culmina con la muerte. Tal vez, como Whitman, Berta habrá imaginado que “morir es algo distinto de lo que muchos supusieron y de mejor augurio”.

Magally Ramirez R.


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       Los textos de José Antonio Parra conjugan el tiempo giratorio de la conciencia del desencanto. El metalenguaje filosófico apunta hacia la incertidumbre y el sueño que se instalan en la fugacidad del vivir, en el tiempo que no existe; ha cedido la certeza de todo lo que somos, seres irreales y discontinuos. El cuerpo poético se desplaza continuamente hacia un todo quebrado y sin fe en los objetos firmes; el paisaje es de letargo, de ensueño, "formas etéreas que se disuelven", fantasmagóricas; el hablante de los poemas se burla del tiempo y la realidad, todo cae vuelto trizas. El texto-vida alude a una poesía cuyo último punto carece de significado, el ser no es más que una última conjetura.

Magally Ramirez R.


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       Olimpia, dueña de la serpiente, señora de las fuerzas ocultas, madre del gran héroe Alejandro, ha invocado a la diosa para que, a cambio de un sacrificio de sangre, le devuelva el aliento del hijo muerto, a quien todos sus poderes telúricos no pudieron resguardar del inequívoco destino final del guerrero. Ciega de dolor, la gran reina de Macedonia no duda en traspasar las fronteras del inframundo y de lo prohibido. En el brutal sacrificio que ha realizado, ha derramado la sangre de una inocente y, aun así, no puede detenerse, poseída por las fuerzas oscuras que su verbo ha desatado. En medio de tal caos, sólo Atenea será capaz de restituir el orden.

       Para el profesor León Febres-Cordero, lo más importante es ese momento crucial cuando interviene la diosa y se recupera la conciencia de las cosas: es ese “darse cuenta” que hace que lo fragmentado se vaya cohesionando y tomando cuerpo, liberando el alma de la angustia, sin importar que esa fuerza cohesionante sea quizás el más terrible y doloroso pasaje de toda la vida.

Ana María Velázquez

(Los textos de "Papel y polilla" no están sujetos a corrección)


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