| INCIPIT TRAGOEDIA: Por Trudy Ostfeld de Bendayán (*) ¡Hemos abandonado la tierra y
nos hemos embarcado en un navío!
La vacante
dejada por la “muerte” de Dios fue suplida por la entronización
del hombre por el hombre. Poseído por una energía titánica
pasó a ser “la medida de todas las cosas.” Sin
embargo, al igual que lo sucedido durante la preeminencia de la visión
metafícia-religiosa, se había dejado de lado la consideración
de la real naturaleza humana: una vez más, se había
taponado los oídos a fin de no escuchar el clamor de las necesidades
vitales. La razón se instituyó en el nuevo tirano y
su primer mandato fue represar nuevamente la expresión libre
de los instintos humanos. Bajo el imperio del nuevo soberano, todo
aquello procedente de la esfera pulsional –emociones, necesidades
más íntimas de afecto, las pasiones, la creatividad,
agresividad, etc. –se iba tornando cada vez más sospechoso:
se creía ejercía efectos obstaculizadores sobre la eficaz
actuación de la razón. La razón se fue separando
por esta vía de los intintos juzgándose como ámbitos
incompatibles. Semejante posición generó la represión
de aquella parte del individuo capaz de atentar contra el ideal regido
por los discursos culturales vigentes. Finalmente, la postura moderna
se tradujo en una negación del sujeto a expensas del sistema
social. Para la modernidad, la razón no representaba un privilegio
de un grupo o clase social sino, más bien, el orden constitutivo
del mundo. Sostenían la creencia en la igualdad de los hombres
y, por ende, el individuo, al alcanzar la racionalidad total, coincidiría
con la sociedad organizada sobre la base de los principios racionales.
Fundamentados en la falacia de que los intereses de los individuos
coincidirían con los intereses de la sociedad, se concluyó
la posibilidad de alcanzar una doble condición representada
por el desarrollo individual y, simultáneamente, la integración
del individuo al ámbito social con miras al desarrollo colectivo.
La premisa central de la modernidad lo constituía la creencia
en el logro de una completa transparencia de la auto-conciencia. Nietzsche había advertido al hombre moderno del peligro inherente a esta castrante actitud unilateral, herencia del pensamiento socrático. Nietzsche fue pionero respecto al reconocimiento de una dimensión irracional y emotiva en el ámbito del conocimiento: una dimensión relacionada con las pasiones y que comúnmente describiría en términos de “espíritu”. El pensador percibió nítidamente la fuerza pulsional subyacente a toda racionalización: mostró que el papel de la conciencia en nuestra vida psíquica ha sido ampliamente sobre-estimado. La conciencia debe así ser localizada en la periferia, subordinada al inconsciente. Nietzsche había puesto al descubierto la conexión de todos los pensamientos y conocimientos con los estados afectivos generados por los instintos y emociones: Los pensamientos son las sombras de nuestras sensaciones – siempre más obscuros, vacíos y simples que éstas. De lo cual se concluye: para Nietzsche, la gran actividad de la psique radica en el inconsciente y todo lo que se vuelve conciente “es un fenómeno final, una conclusión” (VP 478). El ego, por tanto, no es el timonel, más bien, es un “órgano de dirección” de la psique. Razón por la cual emplea a menudo la metáfora de la superficie para referirse a la conciencia, mientras que el inconsciente se presenta como el gran trasfondo sobre el cual se asienta la conciencia: Lo que llamamos conciencia no es más ni menos que el comentario fantástico de un texto desconocido, quizá incognoscible. (A 119)
Por ello,
el filósofo se propuso como tarea la necesidad de reconciliar
la razón con los instintos y emociones, a fin de crear una
unidad indisoluble entre el pensamiento, la voluntad y la vida. Su
preocupación por la conjunción de opuestos (conciente-inconsciente)
es proyectada a través de su primera obra titulada El Nacimiento
de la Tragedia (1872). La misma surge como resulta de su intento
de reconciliar los opuestos representados por el sustrato conciente
e inconsciete a través de una tensión dinámica
entre ambos y personificada por la dialéctica entre dos dioses
griegos: Apolo y Dioniso. El Nacimiento
de la Tragedia es una obra que tiene como contenido el arte y
su desarrollo – la estética -. No obstante, puede ser
aproximada desde un punto de vista ético en virtud de que la
estética nietzscheana es fundamentalmente una ética:
el “configúrate a tí mismo” proclamado por
Nietzsche es un requisito estético que tiene sus cimientos
sobre una actitud netamente ética. Nietzsche, con su primera
obra, nos ha legado una lección ética al darle voz a
su instinto como un “instinto defensor de la vida.” Lección
que sostuvo a través de toda su labor filosófica manteniendo
el mismo núcleo inicial –afirmación de la vida
-, no obstante, habiéndolo manejado desde perspectivas distintas.
En las míticas
figuras de Apolo y Dioniso, el pensador alemán buscó
capturar la oposición existente entre la luz de la conciencia
y la obscuridad del inconsciente con el objeto de encontrar la reconciliación
de estas fuerzas antagónicas a través del nacimiento
o, más bien, renacimiento de la tragedia. La esencia de lo
trágico que atraviesa el pensamiento nietzscheano está
centrado en la coincidentia oppositorum de los dos arquetipos
representados por Apolo y Dioniso. Dentro de la concepción
nietzscheana, el pensamiento trágico es un pensamiento rebosante
de eternas contradicciones reconciliadas bajo una unidad: un pensamiento
que busca afirmar la vida y superar el nihilismo. Apolo es descrito
por Nietzsche como “la imagen gloriosa del principium individuationis”
(NT: 1). En la obra, Apolo es presentado como una divinidad que simboliza
la brillantez, la iluminación, las formas nítidas y
bien delimitadas: una fuerza de la cual emerge la individualidad (conciencia)
desde el caos primario. Representa el triunfo de la luz y la cultura
sobre las tinieblas y la barbarie. Como divinidad ética exige
de la participación de la mesura a fin de ser traducida en
auto-conocimiento. “Conócete a tí mismo”
y “Nada en exceso” son las máximas legadas por
Apolo a la humanidad. Con todo, el
“Conócete a tí mismo” inscrito en la entrada
del templo de Apolo en Delfos debe unirse con el “Sé
tú mismo”, lema de Dioniso a fin de lograr la integración
de la conciencia apolínea con el inconsciente representado
por el mundo dionisíaco. Dioniso, arquetipo opuesto a Apolo,
representa la exuberancia mística, lo imaginativo, creativo,
intuitivo e instintivo. Bajo la magia de lo dionisíaco, escribe
Nietzsche, no sólo se renueva la alianza entre los seres
humanos: también la naturaleza enajenada, hostil o subyugada
celebra su fiesta de reconciliación con su hijo perdido, el
hombre (NT:1). Dioniso, la Unidad Primordial, acorde
Nietzsche, representa el sustrato filogenético de la especie
humana: el “inconsciente colectivo” descrito posteriomente
por C. G. Jung. La energía psíquica personificada por
Dioniso, el dios del éxtasis, de la danza y canción,
nos brinda plasicidad y flexibilidad sobre aquello que en nuestra
personalidad se vuelve rígido y constrictivo. Al conducirnos
al completo olvido de nosotros mismos, nos libera de los viejos vínculos,
disuelve antiguos reclamos y levanta la barrera que esconde de nosotros
a lo invisible e infinito. Además, en el ditirambo dionisíaco
el hombre es timulado hasta la intensificación máxima
de todas sus capacidades simbólicas, la aniquilación
del velo de Mara, la unidad como genio de la especie, más aún,
de la naturaleza. Ahora la esencia de la naturaleza debe expresarse
simbólicamente; es necesario un nuevo mundo de símbolos.
(NT:2) De tal forma, la energía dionisíaca nos hace
ver aquello que cotidianamente se encuentra oculto tras la rutina
de la mesura y el límite apolíneo. La divinidad del
éxtasis es enemigo de la dignidad rígida y del auto-control.
La fuerza vital proporcionada por la constelización de su energía
se traduce en una lucha contra todo aquello que representa muerte
y petrificación en nosotros. Su integración a la conciencia
permite al individuo percatarse de las reglas que delimitan su espacio
así como de sus posibilidades de juego, no obstante, a la vez,
lo provee del impulso a fin de trasgredir aquellas normas que restringen
su actividad psíquica y social para lograr una mayor expansión
individual. Un logro obtenido, acorde a Nietzsche, gracias al olvido
traído por el dios del éxtasis. Sin embargo,
no se trata de un embotamiento de los sentidos, más bien, de
un abandono de la memoria habitual sometida a un sin-número
de servidumbres. Con todo, el peligro de total disolución inherente
a la naturaleza del orgiástico dios es contrarestado a través
del seguimiento de la máxima apolínea: “Nada en
exceso.” Razón por la cual, Nietzsche enfatizó
en su obra la necesidad de diferenciar entre el “griego dionisíaco”
y el “bárbaro dionisíaco”. Entre ambas modalidades,
estima, existe un enorme abismo importante de destacar. Mientras el
primero es capaz de integrar la energía dionisíaca a
la conciencia a fin de lograr una ampliación de la misma, el
bárbaro dionisíaco, más bien, es poseído
por tal energía trayendo como consecuencia el desencadenamiento
de las bestias más salvajes de la naturaleza, hasta llegar
a aquella atroz mezcolanza de voluptuosidad y crueldad que a mí
me ha parecido siempre el auténtico “bebedizo de las
brujas” (NT:2) Apolo y Dioniso, apunta, como arquetipos opuestos de mesura y exceso existen permanentemente en conflicto que, a su vez, es condición necesaria para el desarrollo psíquico: ellos se van excitándose mutuamente a dar a luz frutos nuevos y cada vez más vigorosos (NT:1)
Nietzsche responsabliliza a Sócrates de ser el causante del “suicidio” de la tragedia. Señala que la debilidad espiritual, mostrada por los griegos socráticos, ante el sufrimiento, ante el dolor de la existencia es la causa de su refugio en un ámbito en el cual impera un ascentismo moral. Para alcanzar tal fin, los griegos habían tenido que reprimir lo dionisíaco representado por el cuerpo, sede de las emociones e instintos. Identificaron finalmente a Dioniso con lo “titánico” y lo “bárbaro” y elevaron a lo apolíneo, la conciencia y su razón, a un lugar preeminente. Semejante postura fue la causa del olvido de la necesidad de lo dionisíaco para el logro de la salud existencial. La voz de Sócrates, acusa, había sido escuchada en virtud de que el filósofo vino a llenar una necesidad que había creado la cultura de su época marcada por la anarquía de los instintos. La serenidad
de Sócrates, así como la de su cultura en general, representan
para el ditirámbico pensador, el ocaso de aquella otra serenidad
que emerge de la plenitud de la existencia –que incluye el sufrimiento
y forma parte de la misma. Con la máxima socrática que
consistía en valorar lo inteligible como lo bello, se opuso
la idea sobre la vida. De tal forma, la vida pasó a ser juzgada,
justificada y relevada por la idea. Con Sócrates, señala
Nietzsche, tuvo su natalicio en el mundo aquella ilusoria creencia,
fundamento del modernimo, que estimaba: siguiendo el hilo de la causalidad,
el pensar llega hasta los abismos más profundos del ser, y
que el pensar es capaz no sólo de conocer, sino incluso de
“correigr” el ser. (NT:15). Por ello, el pensador
se pregunta: Y la ciencia misma, nuestra ciencia –sí,
¿qué significa en general, vista como síntoma
de vida, toda ciencia? ¿Para qué, peor aún, “de
dónde” – toda ciencia?...¿Acaso es el cientificismo
nada más que un miedo al pesimismo y una escapatoria frente
a él? ¿Una defensa sutil obligada contra la “verdad”?
(NT, Ensayo de autocrítica: 1) Con esta oposición
frente a todo aquello surgido de la esfera irracional, el hombre había
perdido su fuerza creadora y afirmativa que residía precisamente
en su naturaleza instintiva. Con Sócrates y su daimon, acusa
Nietzsche, se habían transpuesto los papeles: ahora el instinto
(personificado por el daimon socrático) era convertido en crítico
y la conciencia en fuerza creadora. Con la tesis socrática
que señalaba que “la virtud es saber y que sólo
el virtuoso es feliz” se había justificado la existencia
y desterrado la tragedia de la vida de los griegos. Por tal razón,
Nietzsche concluye que el caso de Sócrates representa un error
fatídico en la historia de la cultura occidental, a la vez,
causa fundamental del fracaso del proyecto de la modernidad fundamentado
en la razón socrática: Buscar la luz más viva,
la razón a toda costa, la vida clara, fría, prudente,
conciente, despojada de instintos y en lucha con ellos, no fue más
que una enfermedad, una nueva enfermedad, y en manera alguna un regreso
a la virtud, a la salud, a la dicha. Verse obligado a luchar con los
instintos, es la fórmula de la decadencia, mientras que, en
la vida ascendente, felicidad e instintos son idénticos. (CI:
El problema de Sócrates: XI). La sombra de Sócrates,
declara Nietzsche, había hecho erigir a “la razón
como tirano”: había convertido al individuo en un “hombre
abstracto.”
Nietzsche se había erigido en el crítico más radical de la Modernidad. La vida no es un argumento y, por ende, dictaminó: El hombre no es la consecuencia de una intención propia, de una voluntad, de un fin; con él no se hacen ensayos para obtener un ideal de humanidad, un ideal de felicidad o un ideal de moralidad; es absurdo desviar su ser hacia un fin cualquiera. Nosotros hemos inventado la idea de un fin. (CdI)
Estimaba que
en la ideología modernista el desarrollo del individuo chocaba
con los intereses de la sociedad: la razón intrumental termina
negando al sujeto en favor del sistema. Había señalado
que, una vez enraizada en el hombre la idea de la soberanía
de la razón apolínea, éste, ante aquello que
su lógica se sienta incapaz de esclarecer por haber alcanzado
su propio límite, reaccionaría con espanto y desesperación.
Sabía que los instintos dionisíacos negados por la cultura
prevaleciente conducirían a una lucha sin cuartel en la interioridad
del individuum haciéndo del mismo un dividuum
a fin de preservar el ideal del yo moldeado acorde a los sistemas
valorativos imperantes. El visionario
filósofo supo anticipar la cultura de nuestro tiempo: previó
las condiciones que finalmente derivarían en la precaria situación
del individuo contemporáneo y nos alertó acerca de ello.
Denunció cómo las formas tradicionales del pensamiento
religioso y filosófico resultaban inadecuadas y constituían
gran parte de los problemas detectados en su época: había
foreshadow el advenimiento del nihilismo. Había, asimismo,
prefigurado el fracaso del proyecto del modernismo con su entronización
de la razón. Anterior a Freud, denunció el carácter
fundamentalmente irracional del mundo: del hombre y de la historia.
Intuyo la imposibilidad de la existencia de una razón pura:
la razón es manejada por las pasiones, deseos, emociones, y,
en general, por el cuerpo con sus motivos inconscientes:
Por tal razón,
la intención de Nietzsche era la de desarrollar alguna alternativa
radical capaz de proveer el camino hacia la integración de
todas las manifestaciones “humanas, demasiado humanas”
(“salud”, “conocimiento ascendente”, alianza
de Apolo y Dioniso) También
ofreció un atinado diagnóstico acerca de la inhabilidad
mostrada por las ciencias en el sentido de poder ofrecer un conocimiento
absoluto: atacó la visión mecanicista del mundo y la
exigencia de certidumbre prevalecientes en su época. Concebía
que estos paradigmas resultaban inadecuados para dar cuenta de la
riqueza del fenómeno. En lugar de ello, propuso una “ciencia
jovial” que está conciente de sus propias fallas y limitaciones.
Estimaba que cuando arribado al momento en el cual la razón
fracasa en su propósito de fundamentar un universo de conexiones
y el entendimiento se vea extraviado en su quehacer pragmático,
el hombre, desamparado y ante la incertidumbre, tendrá necesidad
de ser soportado por el conocimiento trágico –atisbando
la esencia de lo dionisíaco, el ámbito irracional –
como protección y como remedio ante la caída de este
último refugio que le brindaba un mundo de seguridad. Si bien
exhortó la reinstauración del aspecto dionisíaco
excluído de la vida del hombre moderno, a la vez, adviertió
que el hombre que desee incorporar el “sustrato dionisíaco
del mundo”, debe ser aquel capaz, a la vez, de superarlo por
un la fuerza apolínea transfiguradora, de tal modo que
esos dos instintos...estén constreñidos a desarrollar
sus fuerzas en una rigurosa proporción recíproca,
según la ley de la eterna justicia (NT:25). La razón
apolínea, actuaría así, no como represor de los
instintos sino, más bien, a modo de medio crítico y
disuasivo de las ciegas fuerzas pulsionales. Hay que dominar las
pasiones, sugiere, pero no debilitarlas ni extirparlas. Concluyó
que Dioniso debía aprender el lenguaje de Apolo y viceversa.
Sugirió
la vuelta de la mirada sobre la imagen total del mundo aprehendiendo
el sufrimiento eterno como el suyo propio y dejando con ello de lado
su ingenua confianza anterior. Incipit tragoedia, Incipit parodia
: Se acabó la confianza en la vida: la vida misma se convirtió
en problema. ¡Pero no se crea que con esto uno se ha convertido
necesariamente en un melancólico! Incluso todavía es
posible el amor a la vida –sólo que se ama de otra manera.
Es el amor a una mujer que nos hace dudar. (CJ: Prefacio a la
segunda edición 3). La historia
se encargó de confirmar sus atinados diagnósticos y
pronósticos culturales. El mundo llegó nuevamente a
ser un “fábula” cuando se vino abajo todo lo que
se había estimado, hasta entonces, como “sagrado, bueno,
intocable, divino.” Freud había censado en la humanidad
tres re-localizaciones cósmicas, representativas a su vez de
tres destronamientos del ego: el trabajo de Copérnico nos enseñó
nuestro modesto lugar en el Universo; Darwin nos inscribió
en la escala evolutiva animal, no necesariamente el ápex evolucionario;
la psicología profunda nos mostró nuestra dependencia
de las pulsiones inconscientes. Tal como había sido anticipatoriamente
denunciado por Nietzsche, cayó estruendosamente todo el “columbarioum
de conceptos”, junto con los supuestamente sistemas de valores
indefectibles sostenidos por la Modernidad desde la Ilustración.
Cuando la razón ilustrada quedó desenmascarada develándose
totalizante, controladora e instrumental, ante la imposibilidad de
formarse un juicio claro y unívoco para asumir una posición
coherente acerca de los criterios de racionalidad, ante la secularización
de la verdad y la promesa incumplida de la consecución de la
felicidad, surge la crisis de valores. Nietzsche sabía que
éste momento iba a arribar cuando declaró: Estamos
en la fase que requiere de la modestia de la conciencia (VP 676). A este pesar,
el hombre contemporáneo no aceptó la necesaria “modestia
de la conciencia”: en su afán de conocimiento y control
ilimitado sobre la naturaleza fue poseído por la hybris.
La entronización de la ratio y la muerte de Dios,
cometida por la Ilustración y acusada por Nietzsche, le han
conferido sentimientos de omnipotencia y omnisciencia. De tal manera,
la razón, aunque develada utilitaria, prevalece sobre la reflexión
ética insoslayable. La convergencia de todos estos factores
han motivado el fracaso del modernismo y la emergencia del “postmodernismo”:
un movimiento que no es más que una desconstrucción
negativa sin miras a la creatividad: un estado de transición
infinita. En su ofuscación, el postmodernismo no está
abocado a la confrontación de cuestiones fundamentales. De
tal manera, se corre el riesgo de asegurar la hegemonía de
lo sombrío de la modernidad sin ninguno de los beneficios de
ésta. A modo de movimiento enatiodrómico, el postmodernismo
constituye de por sí un nuevo paradigma cultural en el proceso
de total y opuesta diferenciación con el modernismo sin proponer
ninguna alternativa o proyecto substitutivo. Precariamente sólo
es capaz de proporcionarle al hombre canales de escape para actuar
su evasión ante el horror vacui. Vaciado de sentido
y defraudado por el incumplimiento de la promesa de felicidad, el
retoño postmoderno se ve enfrentado ante una anárquica
proliferación de valores, de verdades consensuales. Dioniso, el
dios exilado en la modernidad, se había convertido en deus
absconditus: se había ocultado en nuestro inconsciente formando
parte de la sombra. En la postmodernidad, la orgiástica divinidad
regresa en calidad de retorno de lo reprimido. Como tal, aparece bajo
su personificación más violenta: el desmembrado Dioniso-Zagreus,
el más psiquiátrico de todos los dioses,
como lo califica el arquetipalista Rafael López-Pedraza. En
consecuencia, no es de extrañarse que el yo del hombre postmoderno
deje de ser coherente y se fragmenta. En lugar de evolución,
regresión: una katálisis relacionada con el
instinto tanático. El movimiento
desconstructivo señala la muerte del sujeto moderno unitario:
determina al yo como una forma de inscripción de un juego de
lenguaje dinámico. La idea de un ego cohesivo termina por ser
una ficción.
Se produce,
asimismo, una inversión de la relación del sujeto con
su entorno social: su búsqueda ya no está orientada
hacia el bien común, sino hacia su propia persona. No obstante,
desprecia su propia trascendencia y, careciendo de una base argumental
y coherente, piensa y actúa dentro del estrecho horizonte de
la inmediatez. Frente a la desmistificación de los paradigmas
modernos, reacciona dando rienda suelta a sus represiones: busca desatar
su individualismo teniendo por horizonte la consecución de
su propio placer (“bárbaro dionisíaco”).
Poseído por un sed fáustica de aventuras, se instala
en él una imperiosa necesidad de nuevas y continuas experiencias
carentes de todo significado vital. Sus acciones son auto-justificadas
a través de la fabricación de una ética a su
medida la cual, a la vez, resulta ser una arbitrariedad “procusteana”:
está comandada por el afán consumista de moda. Como
respuesta ante tal situación, el hombre se aísla produciéndose
en él un desapego emocional: busca aquellas relaciones inter-subjetivas
que no impliquen compromiso alguno – incluso con él mismo
-, como defensa de lo que supone erróneamente como el derecho
a su propia libertad emocional. Su ser termina por extraviarse al
no existir un humanismo coherente comprometido con valores firmes
y vinculantes: pierde conexión con el sentido de su propia
vida y vive inscrito no en lo real, sino en lo virtual: vive en el
“como si”. Un sujeto sin identidad, tan sólo resulta
ser una superposición de mútliples máscaras que
ocultan, más bien la falta de realidad. Una vez alcanzado el
punto de sobre-saturación de experiencias acaba por asumir
una actitud de ironía, indiferencia, evasión, des-compromiso
profundo y hastío que lo arrastran depthlessness y des-conectadamente
hasta dispersarse entre la pluralidad circundante. La apoteosis de
la indiferencia pura que observamos en el sujeto postmoderno resulta
de la sobre-saturación imperante: hay de todo en exceso a excepción
de creencias firmes. A su vez, el desmedido crecimiento del mundo
relacional (superficial y utilitario), conducen al individuo contemporáneo
a experimentar una alineación tanto de su entorno como de su
propia humanidad. Carente de intimidad y poseído por una sensación
de vacío se observa permeado por una angustia difusa que explica
causada por la exigencias del veloz mundo tecnológico, competitivo,
sin fronteras y que busca sosegar a través de titánicos
excesos conducentes a una violenta consumación de su ser (adicciones,
promiscuidad, velocidad, pornografía, desmedida ansia de poder,
etc.) A nivel colectivo
observamos que las metas de la biogenética parecen ser más
bien productos delirantes de la ciencia-ficción. La clonación,
la posibilidad de intervención de las características
del embrión con miras a modificar aspectos de su desarrollo,
la búsqueda de la “eterna juventud”, longevidad
y hasta de inmortalidad, ponen de manifiesto las anticipatorias visiones
de Huxley y Asimov. Por otra parte, la globalización traída
por la red de Internet provee de una mega-información incapaz
de ser “digerida” ni “metabolizada” por la
mente: el hombre termina por ser arrastrado por la vorágine
mediática. Si bien, en la actualidad conocemos acerca de muchas
cosas, a la vez, comprendemos cada vez menos la real naturaleza humana.
Nuestra meta parece ser el infinito: una meta sin meta. Un “avance”
sin progreso. Los logros
de la ciencia y la tecnología han hecho la vida más
cómoda pero, simultáneamente, menos humana. El hombre
se ha ido despojando del sentido de ser. El enfoque post-moderno nos
ha alejado de lo natural para sumergirnos en el vacío conceptual.
El filósofo Victor Krebs escribe al respecto:
La disyuntiva
hamletiana, “ser o no ser”, parece ya no tener cabida:
“a cual de los múltiples seres fragmentados (sub-personalidades
o conplejos) o máscaras (personas) me adhiero yo” es
la problemática emergente. Por ello, si la época de
Freud puede ser conceptualizada como la era de la neurosis, la nuestra
pueda ser insertada bajo la égida de la psicopatía:
del pathos (sufrimiento) of psyche (almal). El anima
mundi, el alma del mundo, está oculta en el caos aguardando
a ser redimida. Shopenhauer
también parece haberse anticipado a la situación actual
al articular la insaciabilidad del hombre como eterno generador de
deseos con la imposibilidad de alcanzar alguna satisfacción
definitiva. No confiaba en la razón como controladora de los
instintos. Para él, el verdadero centro del hombre no es la
razón sino el querer inconsciente, a lo cual denominó
“voluntad”, facultad relacionada con los instintos, afectos,
deseos, etc., los cuales no constituyen la causa de las acciones volitivas,
sino más bien su volición. Nacemos como sujetos en falta.
Por ende, siempre deseamos suplir esa falta a través de la
satisfacción de los deseos. Sin embargo, el deseo shopenhauriano
es un deseo sin objeto: es un deseo por el deseo. Esa falta, desde
su percepción, nunca podrá ser superada y termina por
convertirse en dolor o en hastío. La única liberación,
dice, para rasgar el ilusorio velo de Maya y superar el sin-sentido
de la existencia es la misma propuesta por los sabios budistas: la
ascesis en busca del nirvana. Nietzsche,
en cambio, con su actitud vitalista, se opuso al pesimismo de Schopenhauer.
Su propuesta es la re-instauración del sentimiento trágico
de la vida que permite al hombre la práctica del amor fati
o el amor a su destino. No obstante, su voz había sido
acallada por mucho tiempo: no se le perdonó haber inoculado
el germen de la duda dentro del preciado proyecto apolíneo
de la modernidad. Con todo, su palabra permanece esperando a ser aprehendida.
Cuando el Nietzsche se definió a sí mismo como un “pensador
póstumo” mostraba estar conciente de estar dirigiéndose
a una audiencia futura capaz de entender lo que sus contemporáneos
no pudieron cannot: nosotros podríamos ser esa audiencia. Nietzsche no
sólo había ofrecido un diagnóstico y pronóstico
que el tiempo demostró certero sino, además, soluciones
que estimo relevantes destacar. Resulta salvador, para el pensador,
la incorporación del pasado para ser utilizado por la cultura
presente: la asimilación del pasado en el presente cambia la
experiencia actual ayudando a comprenderla más conscientemente.
La recuperación del pasado natural y humano dentro del misterio
del todo extiende nuestra memoria hacia las cosas valiosas de recordar.
No obstante, advierte, esta aproximación se debe hacer con
cierta precaución: debemos mantener un equilibrio funcional
entre Mnemosyne y Leteo de tal manera que se traduzca en un vivir
y un obrar: queremos servir a la historia en cuanto ella sirve
a la vida (CI: II). Para cumplir con este propósito se
precisa fijar los límites en que el pasado debe ser incorporado
a la vida actual. Nietzsche estimaba que el estudio de la civilización
griega pre-socrática podría servir de gran ayuda para
el hombre moderno (con más razón, podemos decir, para
el postmoderno y su condición sin límites). Habiendo
pasado, al igual que nosotros, por influencias de otras culturas que
buscaban permearse íntimamente dentro de su civilización,
supieron extraer y asimilar de aquellas sólo lo estimado acorde
con su propia necesidad existencial manteniendo así su identidad
cultural.
La verdadera
cultura, supone para Nietzsche, una unidad de estilo y la mesura es
un factor importante para su consecución. La falta de estilo
es concebida por el pensador como señal de barbarie: una “caótica
confusión de todos los estilos.” No obstante, la mesura
nietzscheana está muy alejada del “ideal ascético”:
debe surgir como resultado de aquella configuración de estilos
capaz de integrar lo apolíneo con lo dionisíaco: la
razón y los instintos, la conciencia y el inconsciente a fin
de lograr el fortalecimiento de la vida traducido en una actitud afirmativa
frente a la existencia. Ahora que el hombre se ha visto obligado a vivir dentro de lo que constituye un oxymoron, “la absolutización de lo relativo” representada por la proliferación de innumerables valores, deberá vivir valorando siempre y, a pesar, de concienciar la relatividad de sus juicios de valor, deberá seguirlos sosteniendo comprometidamente sin flaquear. La identidad humana, estima Nietzsche, no es estática: está sujeta a una continua reevaluación y cambio. La idea de aprendizaje resulta así en una idea de transformación del yo radical. Un “conocimiento ascendente” implica una idea generativa de identidad que debe moldearse en términos de valores que, a su vez, deberán moldearse en función de las fuerzas creativas de la voluntad de poderío. El poder de la auto-transformación, acorde al filósofo, requiere de la participación de la conciencia, de la valentía e incluso de la necesaria crueldad que debe acompañar el auto-escrutinamiento: el individuo debe aprender a vivir y vivir significa: rechazar continuamente de sí mismo algo que quiere morir; vivir – significa: ser cruel e implacable contra todo lo que en nosotros se vuelve débil y viejo. (CJ 26). Esta confrontación
continua se puede traducir en un reto intrínseco que sirva
de validación a nuestros propios estandartes a fin de evaluar
que tan útiles o dañinos son para nuestra propia existencia.
De tal modo, los numerosos valores presentes en el colectivo pueden
ser desafiados por la conciencia individual. Con miras a lograr su
consolidación, el individuo debe asumirse como tal: un ser
único e irrepetible. Su virtud estará representada por
la búsqueda de su propia salud existencial que, a su vez, es
también única e irrepetible:
En el proceso
del desarrollo individual (individuación), aquellos elementos
sujetos durante mucho tiempo a controles impuestos por la sociedad
(y por nosotros) a favor de ella: nuestros apetitos “morales”
e “inmorales”, nuestros deseos y necesidades, no deben
ser ni reprimidos (modernismo) ni “acting out” (postmodernismo),
más bien, deben encontrar una expresión activa y constructiva
dentro de nuestro desarrollo como sujetos reflexivos. Nietzsche había
enfatizado, a lo largo de su labor filosófica, la necesidad
de la configuración individual, de tal manera que todo individuo
pueda generar una moralidad a partir de su auto-conocimiento capaz
de conducirlo a establecer valores desde su propia autonomía
(a semejanza de la individuación propuesta por Jung).
De tal manera, el hombre individuado junguiano es un reflejo del Übermensch
nietzscheano en la medida que haya logrado trascender exitosamente
el conflicto generado entre los valores establecidos y sus propias
necesidades instintivas a fin de alcanzar el ansiado libre albedrío:
“Dar estilo” al propio carácter -¡un arte
grande y escaso! Lo ejerce aquel cuya vista abarca todo lo que de
fuerzas y debilidades le ofrece su naturaleza....Pues una cosa es
necesaria: que el hombre alcance su satisfacción consigo mismo.
(CJ 290). No obstante, estos valores no son creados ex-nihilo, sino asumidos de la cultura y ante los cuales debe responsabilizarse. A partir de la configuración de su moral, el hombre debe mandarse y obedecerse con entera fidelidad. En virtud de ello, la moral sólo podrá ser configurada como resultado del auto-conocimiento: una moral individual capaz de aglutinar las manifestaciones luminosas y sombrías de la total naturaleza humana:
Sólo
así surge la posibilidad de ejercer el auto-control. No obstante,
su expresión, a diferencia de lo observado en el postmodernismo,
no debe estar regida por una mera consecución hedonista. Para
ello, el individuo debe tener como horizonte lo establecido por él
como su proyecto de vida: un argumento existencial con el que se fija
un llegar a ser y no, simplemente, un ser aquí y ahora. La
experiencia de configuración de sí mismo (individuación)
es capaz de proporcionar al hombre el sentimiento de poseer un substrato
sólido y firme, asentado en lo más profundo de su mismidad.
De tal manera, ante la experiencia desgarradora del abismal vacío,
en lugar de conducirse como un ente fragmentado o disperso errando
indiferente, insatisfecho, reactivamente (pasivo o agresivo) ante
el vértigo ocasionado por la polifonía de valores, podrá
devenir en un ser humano total, conciente e independiente. No necesitará,
así, absorber del colectivo algún modelo que, imitándolo,
funja de brújula para su desenvolvimiento. Configurándose
o individuándose no sólo se habrá enriquecido
a sí mismo al aprender a manejar adecuada la pluralidad exterior
e interior sin extraviarse sino, además, podrá enriquecer
su entorno con su presencia. Como se hace
patente, Nietzsche no propone como solución al nihilismo la
huída hacia el ateísmo sino una forma distinta de religiosidad,
relacionada con la propia etimología de la palabra. Una forma
de religar con nuestra propia interioridad: una alianza simbolizada
a través de las personificaciones de Apolo y Dioniso. Una propuesta
que representa una forma de autenticidad traducida en una búsqueda
del hombre hacia la compleción de sí mismo. De esta
manera cuando el hombre reflexivo se pregunte si su vida, tal como
la vivido, tuviera oportunidad de vivirla “una vez más
e innumerables veces más” y se contestase afirmativamente,
tendrá la seguridad de haber sido capaz de reafirmarse a sí
mismo y adquirido el “conocimiento ascendente”. ¿Es Nietzsche un post-moderno? Su estilo literario
fragmentado (aforismo), la ausencia en su corpus de una grand
theory, su marcado escepticismo frente a los valores establecidos,
su preocupación con el lenguaje and meaning (el lenguaje
es para Nietzsche siempre metafórico), sus estudios genealógicos
of power y su propuesta de ‘perspectivismo’ en lugar de
conocimiento y verdad, explican el por qué su auge se halla
dado con el surgimiento del postmodernismo. Nietzsche “re-nació”
en la década de los setenta en el seno de esta corriente filosófica
traído de la mano de los filósofos (o anti-filósofos)
franceses Jacques Derrida y Michael Foucalt. Incluso, los pensadores
adheridos a esta nueva corriente de pensamiento erigieron a Nietzsche
como padre del desconstruccionismo y heraldo del postmodernismo. Se le estima
un proto-desconstruccionista por haber desenmascarado la fe moderna
en la posibilidad de un sujeto autónomo; por cuestionar los
beneficios ofrecidos por la ciencia y la tecnología; combatió
la idea del progreso. Por hacer patente el hecho de que la culminación
del sueño moderno nos deja en un estado de desamparo: potencialmente
sin límites ni normas vinculantes. Por haber desenmascarado,
asimismo, el proyecto moderno mostrándonos lo que conlleva
de tiranía, deshumanización y nihilismo. Si bien estos
aspectos, entre otros, permiten asociarlo a la condición postmoderna,
a la vez, su incesante búsqueda de creación de nuevos
valores a fin de superar el nihilismo prevaleciente; su fascinación
por el pasado (particularmente con la cultura griega pre-socrática);
su llamado a la toma de posturas comprometidas y al logro de la “configuración”
del sujeto en una unidad coherente; su lucha contra la caótica
confusión de estilos; su incesante búsqueda de afirmación
de la vida (amor fati); su preocupación con el “conocimiento
ascendente”; su concepción de la existencia de rangos
de orden; su idealización del arribo de un época plagada
de Übermenschen y “nuevos filósofos”,
hacen de Nietzsche un pobre paradigma del postmodernismo. Lo que Nietzsche
ha sido, más bien, es un profeta de la actual corriente reaccionaria:
vio las condiciones de la caída del proyecto de la modernidad
y nos alertó acera de tal situación. Quizá motivado
por el propio precepto de Zarathustra quien declara que “lo
que está por caerse debe ser empujado”, Nietzsche, con
su filosofía “de martillo” parece haber buscado
la “sanación” de la cultura a través de
la aceleración del proceso de destrucción de aquellos
valores detectados, por su lúcido diagnóstico, como
amenazantes para la salud existencial. Los pensadores
postmodernos tomaron algo útil del pensamiento nieztscheano
pero sin seguir ninguna lógica esencial de su pensamiento.
Nuestra cultura no está abocada a tomar decisión alguna,
ni a confrontar cuestiones vitales: todos los movimientos resultan
polarizados y como tal, no son ideológicos sino meramente reactivos,
enantiodrómicos. No hay síntesis de opuestos y, por
ende, no hay crecimiento. De esta manera, se corre el peligro de hacer
real el apocalipsis cultural previsto por Nietzsche sin el coraje
mostrado por el visionario pensador por la búsqueda de alguna
alternativa substancial. Nietzsche nos abrió unas puertas que
nos resultan útiles para la reflexión acerca de la condición
postmoderna: nos ofreció la posibilidad de lograr una civilización
no moderna capaz de trascender la competencia ilimitada, el crecimiento
titánico y el deseo de maestría absoluta. “Rumiémos”
pues su valioso legado. (*)
Trudy Ostfeld de Bendayán REFERENCIAS.
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