INCIPIT TRAGOEDIA:
Nietzsche, profeta y crítico cultural

Por Trudy Ostfeld de Bendayán (*)

¡Hemos abandonado la tierra y nos hemos embarcado en un navío!
¡Hemos dejado atrás los puentes –
más aún, hemos demolido la tierra que estaba atrás de nosotros!
¡Ea, navecilla! !Mira! Junto a ti yace el océano, es verdad, él no brama siempre,
y a veces yace allí como seda y oro y ensueño de bondad.
Pero llegarán horas en que reconocerás que él es infinito,
y que nada hay más temible que la infinitud.
-F. Nietzsche, La Ciencia Jovial

 



         Anterior a la Modernidad, el hombre encontraba serenidad en un mundo que le servía de sostén: se aferraba a Dios y a la tradición encontrando, en estos valores, sosiego, seguridad y esperanza. Dios era el garante de sentido (de la vida, las instituciones, las ley naturales y lógicas). En contraposición, el hombre moderno, privado de estos pilares ontológicos, se encontró arrojado a un mundo incierto y azaroso. Con la “muerte” de Dios se perdió la posibilidad de todo apoyo proveniente de una telelología trascendente: sólo llegó a contar con el argumento del progreso y una promesa de libertad y felicidad. En el epicentro de constante cambio y transformación, del continuo devenir, el individuo se vió precisado a comprenderse, contruirse y definirse periódicamente con el fin de no extraviarse dentro del marco de esta dinámica existencial. Sin embargo, el hombre moderno sólo había matado la idea teológica de Dios. Tomó relevo la razón como dispensadora de sentido, de modo tal, sólo se había cambiado de soberano: fe por razón.

         La vacante dejada por la “muerte” de Dios fue suplida por la entronización del hombre por el hombre. Poseído por una energía titánica pasó a ser “la medida de todas las cosas.” Sin embargo, al igual que lo sucedido durante la preeminencia de la visión metafícia-religiosa, se había dejado de lado la consideración de la real naturaleza humana: una vez más, se había taponado los oídos a fin de no escuchar el clamor de las necesidades vitales. La razón se instituyó en el nuevo tirano y su primer mandato fue represar nuevamente la expresión libre de los instintos humanos. Bajo el imperio del nuevo soberano, todo aquello procedente de la esfera pulsional –emociones, necesidades más íntimas de afecto, las pasiones, la creatividad, agresividad, etc. –se iba tornando cada vez más sospechoso: se creía ejercía efectos obstaculizadores sobre la eficaz actuación de la razón. La razón se fue separando por esta vía de los intintos juzgándose como ámbitos incompatibles. Semejante posición generó la represión de aquella parte del individuo capaz de atentar contra el ideal regido por los discursos culturales vigentes. Finalmente, la postura moderna se tradujo en una negación del sujeto a expensas del sistema social. Para la modernidad, la razón no representaba un privilegio de un grupo o clase social sino, más bien, el orden constitutivo del mundo. Sostenían la creencia en la igualdad de los hombres y, por ende, el individuo, al alcanzar la racionalidad total, coincidiría con la sociedad organizada sobre la base de los principios racionales. Fundamentados en la falacia de que los intereses de los individuos coincidirían con los intereses de la sociedad, se concluyó la posibilidad de alcanzar una doble condición representada por el desarrollo individual y, simultáneamente, la integración del individuo al ámbito social con miras al desarrollo colectivo. La premisa central de la modernidad lo constituía la creencia en el logro de una completa transparencia de la auto-conciencia.

         Nietzsche había advertido al hombre moderno del peligro inherente a esta castrante actitud unilateral, herencia del pensamiento socrático. Nietzsche fue pionero respecto al reconocimiento de una dimensión irracional y emotiva en el ámbito del conocimiento: una dimensión relacionada con las pasiones y que comúnmente describiría en términos de “espíritu”. El pensador percibió nítidamente la fuerza pulsional subyacente a toda racionalización: mostró que el papel de la conciencia en nuestra vida psíquica ha sido ampliamente sobre-estimado. La conciencia debe así ser localizada en la periferia, subordinada al inconsciente. Nietzsche había puesto al descubierto la conexión de todos los pensamientos y conocimientos con los estados afectivos generados por los instintos y emociones: Los pensamientos son las sombras de nuestras sensaciones – siempre más obscuros, vacíos y simples que éstas. De lo cual se concluye: para Nietzsche, la gran actividad de la psique radica en el inconsciente y todo lo que se vuelve conciente “es un fenómeno final, una conclusión” (VP 478). El ego, por tanto, no es el timonel, más bien, es un “órgano de dirección” de la psique. Razón por la cual emplea a menudo la metáfora de la superficie para referirse a la conciencia, mientras que el inconsciente se presenta como el gran trasfondo sobre el cual se asienta la conciencia: Lo que llamamos conciencia no es más ni menos que el comentario fantástico de un texto desconocido, quizá incognoscible. (A 119)

 

    

 

          Por ello, el filósofo se propuso como tarea la necesidad de reconciliar la razón con los instintos y emociones, a fin de crear una unidad indisoluble entre el pensamiento, la voluntad y la vida. Su preocupación por la conjunción de opuestos (conciente-inconsciente) es proyectada a través de su primera obra titulada El Nacimiento de la Tragedia (1872). La misma surge como resulta de su intento de reconciliar los opuestos representados por el sustrato conciente e inconsciete a través de una tensión dinámica entre ambos y personificada por la dialéctica entre dos dioses griegos: Apolo y Dioniso.

         El Nacimiento de la Tragedia es una obra que tiene como contenido el arte y su desarrollo – la estética -. No obstante, puede ser aproximada desde un punto de vista ético en virtud de que la estética nietzscheana es fundamentalmente una ética: el “configúrate a tí mismo” proclamado por Nietzsche es un requisito estético que tiene sus cimientos sobre una actitud netamente ética. Nietzsche, con su primera obra, nos ha legado una lección ética al darle voz a su instinto como un “instinto defensor de la vida.” Lección que sostuvo a través de toda su labor filosófica manteniendo el mismo núcleo inicial –afirmación de la vida -, no obstante, habiéndolo manejado desde perspectivas distintas.

         En las míticas figuras de Apolo y Dioniso, el pensador alemán buscó capturar la oposición existente entre la luz de la conciencia y la obscuridad del inconsciente con el objeto de encontrar la reconciliación de estas fuerzas antagónicas a través del nacimiento o, más bien, renacimiento de la tragedia. La esencia de lo trágico que atraviesa el pensamiento nietzscheano está centrado en la coincidentia oppositorum de los dos arquetipos representados por Apolo y Dioniso. Dentro de la concepción nietzscheana, el pensamiento trágico es un pensamiento rebosante de eternas contradicciones reconciliadas bajo una unidad: un pensamiento que busca afirmar la vida y superar el nihilismo.

         Apolo es descrito por Nietzsche como “la imagen gloriosa del principium individuationis” (NT: 1). En la obra, Apolo es presentado como una divinidad que simboliza la brillantez, la iluminación, las formas nítidas y bien delimitadas: una fuerza de la cual emerge la individualidad (conciencia) desde el caos primario. Representa el triunfo de la luz y la cultura sobre las tinieblas y la barbarie. Como divinidad ética exige de la participación de la mesura a fin de ser traducida en auto-conocimiento. “Conócete a tí mismo” y “Nada en exceso” son las máximas legadas por Apolo a la humanidad.

         Con todo, el “Conócete a tí mismo” inscrito en la entrada del templo de Apolo en Delfos debe unirse con el “Sé tú mismo”, lema de Dioniso a fin de lograr la integración de la conciencia apolínea con el inconsciente representado por el mundo dionisíaco. Dioniso, arquetipo opuesto a Apolo, representa la exuberancia mística, lo imaginativo, creativo, intuitivo e instintivo. Bajo la magia de lo dionisíaco, escribe Nietzsche, no sólo se renueva la alianza entre los seres humanos: también la naturaleza enajenada, hostil o subyugada celebra su fiesta de reconciliación con su hijo perdido, el hombre (NT:1). Dioniso, la Unidad Primordial, acorde Nietzsche, representa el sustrato filogenético de la especie humana: el “inconsciente colectivo” descrito posteriomente por C. G. Jung. La energía psíquica personificada por Dioniso, el dios del éxtasis, de la danza y canción, nos brinda plasicidad y flexibilidad sobre aquello que en nuestra personalidad se vuelve rígido y constrictivo. Al conducirnos al completo olvido de nosotros mismos, nos libera de los viejos vínculos, disuelve antiguos reclamos y levanta la barrera que esconde de nosotros a lo invisible e infinito. Además, en el ditirambo dionisíaco el hombre es timulado hasta la intensificación máxima de todas sus capacidades simbólicas, la aniquilación del velo de Mara, la unidad como genio de la especie, más aún, de la naturaleza. Ahora la esencia de la naturaleza debe expresarse simbólicamente; es necesario un nuevo mundo de símbolos. (NT:2) De tal forma, la energía dionisíaca nos hace ver aquello que cotidianamente se encuentra oculto tras la rutina de la mesura y el límite apolíneo. La divinidad del éxtasis es enemigo de la dignidad rígida y del auto-control. La fuerza vital proporcionada por la constelización de su energía se traduce en una lucha contra todo aquello que representa muerte y petrificación en nosotros. Su integración a la conciencia permite al individuo percatarse de las reglas que delimitan su espacio así como de sus posibilidades de juego, no obstante, a la vez, lo provee del impulso a fin de trasgredir aquellas normas que restringen su actividad psíquica y social para lograr una mayor expansión individual. Un logro obtenido, acorde a Nietzsche, gracias al olvido traído por el dios del éxtasis.

         Sin embargo, no se trata de un embotamiento de los sentidos, más bien, de un abandono de la memoria habitual sometida a un sin-número de servidumbres. Con todo, el peligro de total disolución inherente a la naturaleza del orgiástico dios es contrarestado a través del seguimiento de la máxima apolínea: “Nada en exceso.” Razón por la cual, Nietzsche enfatizó en su obra la necesidad de diferenciar entre el “griego dionisíaco” y el “bárbaro dionisíaco”. Entre ambas modalidades, estima, existe un enorme abismo importante de destacar. Mientras el primero es capaz de integrar la energía dionisíaca a la conciencia a fin de lograr una ampliación de la misma, el bárbaro dionisíaco, más bien, es poseído por tal energía trayendo como consecuencia el desencadenamiento de las bestias más salvajes de la naturaleza, hasta llegar a aquella atroz mezcolanza de voluptuosidad y crueldad que a mí me ha parecido siempre el auténtico “bebedizo de las brujas” (NT:2)

         Apolo y Dioniso, apunta, como arquetipos opuestos de mesura y exceso existen permanentemente en conflicto que, a su vez, es condición necesaria para el desarrollo psíquico: ellos se van excitándose mutuamente a dar a luz frutos nuevos y cada vez más vigorosos (NT:1)


 

         Nietzsche responsabliliza a Sócrates de ser el causante del “suicidio” de la tragedia. Señala que la debilidad espiritual, mostrada por los griegos socráticos, ante el sufrimiento, ante el dolor de la existencia es la causa de su refugio en un ámbito en el cual impera un ascentismo moral. Para alcanzar tal fin, los griegos habían tenido que reprimir lo dionisíaco representado por el cuerpo, sede de las emociones e instintos. Identificaron finalmente a Dioniso con lo “titánico” y lo “bárbaro” y elevaron a lo apolíneo, la conciencia y su razón, a un lugar preeminente. Semejante postura fue la causa del olvido de la necesidad de lo dionisíaco para el logro de la salud existencial. La voz de Sócrates, acusa, había sido escuchada en virtud de que el filósofo vino a llenar una necesidad que había creado la cultura de su época marcada por la anarquía de los instintos.

         La serenidad de Sócrates, así como la de su cultura en general, representan para el ditirámbico pensador, el ocaso de aquella otra serenidad que emerge de la plenitud de la existencia –que incluye el sufrimiento y forma parte de la misma. Con la máxima socrática que consistía en valorar lo inteligible como lo bello, se opuso la idea sobre la vida. De tal forma, la vida pasó a ser juzgada, justificada y relevada por la idea. Con Sócrates, señala Nietzsche, tuvo su natalicio en el mundo aquella ilusoria creencia, fundamento del modernimo, que estimaba: siguiendo el hilo de la causalidad, el pensar llega hasta los abismos más profundos del ser, y que el pensar es capaz no sólo de conocer, sino incluso de “correigr” el ser. (NT:15). Por ello, el pensador se pregunta: Y la ciencia misma, nuestra ciencia –sí, ¿qué significa en general, vista como síntoma de vida, toda ciencia? ¿Para qué, peor aún, “de dónde” – toda ciencia?...¿Acaso es el cientificismo nada más que un miedo al pesimismo y una escapatoria frente a él? ¿Una defensa sutil obligada contra la “verdad”? (NT, Ensayo de autocrítica: 1)

         Con esta oposición frente a todo aquello surgido de la esfera irracional, el hombre había perdido su fuerza creadora y afirmativa que residía precisamente en su naturaleza instintiva. Con Sócrates y su daimon, acusa Nietzsche, se habían transpuesto los papeles: ahora el instinto (personificado por el daimon socrático) era convertido en crítico y la conciencia en fuerza creadora. Con la tesis socrática que señalaba que “la virtud es saber y que sólo el virtuoso es feliz” se había justificado la existencia y desterrado la tragedia de la vida de los griegos. Por tal razón, Nietzsche concluye que el caso de Sócrates representa un error fatídico en la historia de la cultura occidental, a la vez, causa fundamental del fracaso del proyecto de la modernidad fundamentado en la razón socrática: Buscar la luz más viva, la razón a toda costa, la vida clara, fría, prudente, conciente, despojada de instintos y en lucha con ellos, no fue más que una enfermedad, una nueva enfermedad, y en manera alguna un regreso a la virtud, a la salud, a la dicha. Verse obligado a luchar con los instintos, es la fórmula de la decadencia, mientras que, en la vida ascendente, felicidad e instintos son idénticos. (CI: El problema de Sócrates: XI). La sombra de Sócrates, declara Nietzsche, había hecho erigir a “la razón como tirano”: había convertido al individuo en un “hombre abstracto.”

         Concibió que, el “hombre abstracto”, escindido de su propio sustrato filogenético y mitopoyético iba camino a la decadencia como resultado de su auto-enajenación:

Más toda cultura, si le falta el mito, pierde su fuerza natural sana y creadora: sólo un horizonte rodeado de mitos otorga cerramiento y unidad a un movimiento cultural entero....Confróntese ahora con esto el hombre abstracot, no guiado por mitos, la educación abstracta, las costumbres abstractas, el Estado abstracto,: recuérdese la divagación carente de toda regla, no refrenada por ningún mito patrio, de la fantasía artística: imagínese una cultura que no tenga una sede primordial fija y sagrada, sino que esté condenada a agotar todas las posibilidades y nutrierse mezquinamente de todas las cultura- eso es el presente, como resultado de aquel socratismo dirigido a la aniquilación del mito. Y ahora el hombre no-mçitico está, eternamente hambriento, entre todos los pasados, y excavando y revolviendo busca raíces, aun cuando tenga que buscarlas excavando en las más remotass Antigüedades. El enorme apetito histórico de la insatisfecha cultura moderna, el coleccionar a nuestro alrededor innumerables culturas distintas, el voraz deseo de conocer, ¿a qué apunta todo esto si no a la pérdida del mito, a la pérdida de la patria mítivca, del seno materno mítico? (NT: 23)

         Nietzsche se había erigido en el crítico más radical de la Modernidad. La vida no es un argumento y, por ende, dictaminó: El hombre no es la consecuencia de una intención propia, de una voluntad, de un fin; con él no se hacen ensayos para obtener un ideal de humanidad, un ideal de felicidad o un ideal de moralidad; es absurdo desviar su ser hacia un fin cualquiera. Nosotros hemos inventado la idea de un fin. (CdI)


 

         Estimaba que en la ideología modernista el desarrollo del individuo chocaba con los intereses de la sociedad: la razón intrumental termina negando al sujeto en favor del sistema. Había señalado que, una vez enraizada en el hombre la idea de la soberanía de la razón apolínea, éste, ante aquello que su lógica se sienta incapaz de esclarecer por haber alcanzado su propio límite, reaccionaría con espanto y desesperación. Sabía que los instintos dionisíacos negados por la cultura prevaleciente conducirían a una lucha sin cuartel en la interioridad del individuum haciéndo del mismo un dividuum a fin de preservar el ideal del yo moldeado acorde a los sistemas valorativos imperantes.

         El visionario filósofo supo anticipar la cultura de nuestro tiempo: previó las condiciones que finalmente derivarían en la precaria situación del individuo contemporáneo y nos alertó acerca de ello. Denunció cómo las formas tradicionales del pensamiento religioso y filosófico resultaban inadecuadas y constituían gran parte de los problemas detectados en su época: había foreshadow el advenimiento del nihilismo. Había, asimismo, prefigurado el fracaso del proyecto del modernismo con su entronización de la razón. Anterior a Freud, denunció el carácter fundamentalmente irracional del mundo: del hombre y de la historia. Intuyo la imposibilidad de la existencia de una razón pura: la razón es manejada por las pasiones, deseos, emociones, y, en general, por el cuerpo con sus motivos inconscientes:

Dices “yo” y estás orgulloso de esta palabra. Pero esa cosa más grande aún en la que tú no quieres creer – tu cuerpo y su gran razón: ésa no dice yo, pero hace yo.
Lo que el sentido siente, lo que el espíritu conoce, eso nunca tiene dentro de sí su término. Pero sentido y espíritu querrían persuadirte de que ellos son el término de todas las cosas: tan vanidosos son. Instrumentos y juguetes son el sentido y el espíritu: tras ellos se encuentra todavía el sí-mismo. El sí-mismo busca también con los ojos de los sentidos, escucha también con los oídos del espíritu. El sí-mismo escucha siempre y busca siempre: compara, subyuga, conquista, destruye. Él domina y es también el dominador del yo. Detrás de tus pensamientos y sentimientos, hermano mío, se encuentra un soberano poderoso, un sabio desconocido – llámese sí-mismo. En tu cuerpo habita, es tu cuerpo...Tú sí-mismo se ríe de tu yo y de sus orgullosos saltos ¿Qué son para mi esos saltos y esos vuelos del pensamiento? Se dice. Un rodeo hacia mi meta. Yo soy las andaderas del yo y el apuntador de sus conceptos.” (Z I: De los despreciadores del cuerpo)

         Por tal razón, la intención de Nietzsche era la de desarrollar alguna alternativa radical capaz de proveer el camino hacia la integración de todas las manifestaciones “humanas, demasiado humanas” (“salud”, “conocimiento ascendente”, alianza de Apolo y Dioniso)

         También ofreció un atinado diagnóstico acerca de la inhabilidad mostrada por las ciencias en el sentido de poder ofrecer un conocimiento absoluto: atacó la visión mecanicista del mundo y la exigencia de certidumbre prevalecientes en su época. Concebía que estos paradigmas resultaban inadecuados para dar cuenta de la riqueza del fenómeno. En lugar de ello, propuso una “ciencia jovial” que está conciente de sus propias fallas y limitaciones. Estimaba que cuando arribado al momento en el cual la razón fracasa en su propósito de fundamentar un universo de conexiones y el entendimiento se vea extraviado en su quehacer pragmático, el hombre, desamparado y ante la incertidumbre, tendrá necesidad de ser soportado por el conocimiento trágico –atisbando la esencia de lo dionisíaco, el ámbito irracional – como protección y como remedio ante la caída de este último refugio que le brindaba un mundo de seguridad. Si bien exhortó la reinstauración del aspecto dionisíaco excluído de la vida del hombre moderno, a la vez, adviertió que el hombre que desee incorporar el “sustrato dionisíaco del mundo”, debe ser aquel capaz, a la vez, de superarlo por un la fuerza apolínea transfiguradora, de tal modo que esos dos instintos...estén constreñidos a desarrollar sus fuerzas en una rigurosa proporción recíproca, según la ley de la eterna justicia (NT:25). La razón apolínea, actuaría así, no como represor de los instintos sino, más bien, a modo de medio crítico y disuasivo de las ciegas fuerzas pulsionales. Hay que dominar las pasiones, sugiere, pero no debilitarlas ni extirparlas. Concluyó que Dioniso debía aprender el lenguaje de Apolo y viceversa.

         Sugirió la vuelta de la mirada sobre la imagen total del mundo aprehendiendo el sufrimiento eterno como el suyo propio y dejando con ello de lado su ingenua confianza anterior. Incipit tragoedia, Incipit parodia : Se acabó la confianza en la vida: la vida misma se convirtió en problema. ¡Pero no se crea que con esto uno se ha convertido necesariamente en un melancólico! Incluso todavía es posible el amor a la vida –sólo que se ama de otra manera. Es el amor a una mujer que nos hace dudar. (CJ: Prefacio a la segunda edición 3).

         La historia se encargó de confirmar sus atinados diagnósticos y pronósticos culturales. El mundo llegó nuevamente a ser un “fábula” cuando se vino abajo todo lo que se había estimado, hasta entonces, como “sagrado, bueno, intocable, divino.” Freud había censado en la humanidad tres re-localizaciones cósmicas, representativas a su vez de tres destronamientos del ego: el trabajo de Copérnico nos enseñó nuestro modesto lugar en el Universo; Darwin nos inscribió en la escala evolutiva animal, no necesariamente el ápex evolucionario; la psicología profunda nos mostró nuestra dependencia de las pulsiones inconscientes. Tal como había sido anticipatoriamente denunciado por Nietzsche, cayó estruendosamente todo el “columbarioum de conceptos”, junto con los supuestamente sistemas de valores indefectibles sostenidos por la Modernidad desde la Ilustración. Cuando la razón ilustrada quedó desenmascarada develándose totalizante, controladora e instrumental, ante la imposibilidad de formarse un juicio claro y unívoco para asumir una posición coherente acerca de los criterios de racionalidad, ante la secularización de la verdad y la promesa incumplida de la consecución de la felicidad, surge la crisis de valores. Nietzsche sabía que éste momento iba a arribar cuando declaró: Estamos en la fase que requiere de la modestia de la conciencia (VP 676).

         A este pesar, el hombre contemporáneo no aceptó la necesaria “modestia de la conciencia”: en su afán de conocimiento y control ilimitado sobre la naturaleza fue poseído por la hybris. La entronización de la ratio y la muerte de Dios, cometida por la Ilustración y acusada por Nietzsche, le han conferido sentimientos de omnipotencia y omnisciencia. De tal manera, la razón, aunque develada utilitaria, prevalece sobre la reflexión ética insoslayable. La convergencia de todos estos factores han motivado el fracaso del modernismo y la emergencia del “postmodernismo”: un movimiento que no es más que una desconstrucción negativa sin miras a la creatividad: un estado de transición infinita. En su ofuscación, el postmodernismo no está abocado a la confrontación de cuestiones fundamentales. De tal manera, se corre el riesgo de asegurar la hegemonía de lo sombrío de la modernidad sin ninguno de los beneficios de ésta. A modo de movimiento enatiodrómico, el postmodernismo constituye de por sí un nuevo paradigma cultural en el proceso de total y opuesta diferenciación con el modernismo sin proponer ninguna alternativa o proyecto substitutivo. Precariamente sólo es capaz de proporcionarle al hombre canales de escape para actuar su evasión ante el horror vacui. Vaciado de sentido y defraudado por el incumplimiento de la promesa de felicidad, el retoño postmoderno se ve enfrentado ante una anárquica proliferación de valores, de verdades consensuales.

         Dioniso, el dios exilado en la modernidad, se había convertido en deus absconditus: se había ocultado en nuestro inconsciente formando parte de la sombra. En la postmodernidad, la orgiástica divinidad regresa en calidad de retorno de lo reprimido. Como tal, aparece bajo su personificación más violenta: el desmembrado Dioniso-Zagreus, el más psiquiátrico de todos los dioses, como lo califica el arquetipalista Rafael López-Pedraza. En consecuencia, no es de extrañarse que el yo del hombre postmoderno deje de ser coherente y se fragmenta. En lugar de evolución, regresión: una katálisis relacionada con el instinto tanático.

         El movimiento desconstructivo señala la muerte del sujeto moderno unitario: determina al yo como una forma de inscripción de un juego de lenguaje dinámico. La idea de un ego cohesivo termina por ser una ficción.

 

         Se produce, asimismo, una inversión de la relación del sujeto con su entorno social: su búsqueda ya no está orientada hacia el bien común, sino hacia su propia persona. No obstante, desprecia su propia trascendencia y, careciendo de una base argumental y coherente, piensa y actúa dentro del estrecho horizonte de la inmediatez. Frente a la desmistificación de los paradigmas modernos, reacciona dando rienda suelta a sus represiones: busca desatar su individualismo teniendo por horizonte la consecución de su propio placer (“bárbaro dionisíaco”). Poseído por un sed fáustica de aventuras, se instala en él una imperiosa necesidad de nuevas y continuas experiencias carentes de todo significado vital. Sus acciones son auto-justificadas a través de la fabricación de una ética a su medida la cual, a la vez, resulta ser una arbitrariedad “procusteana”: está comandada por el afán consumista de moda. Como respuesta ante tal situación, el hombre se aísla produciéndose en él un desapego emocional: busca aquellas relaciones inter-subjetivas que no impliquen compromiso alguno – incluso con él mismo -, como defensa de lo que supone erróneamente como el derecho a su propia libertad emocional. Su ser termina por extraviarse al no existir un humanismo coherente comprometido con valores firmes y vinculantes: pierde conexión con el sentido de su propia vida y vive inscrito no en lo real, sino en lo virtual: vive en el “como si”. Un sujeto sin identidad, tan sólo resulta ser una superposición de mútliples máscaras que ocultan, más bien la falta de realidad. Una vez alcanzado el punto de sobre-saturación de experiencias acaba por asumir una actitud de ironía, indiferencia, evasión, des-compromiso profundo y hastío que lo arrastran depthlessness y des-conectadamente hasta dispersarse entre la pluralidad circundante. La apoteosis de la indiferencia pura que observamos en el sujeto postmoderno resulta de la sobre-saturación imperante: hay de todo en exceso a excepción de creencias firmes. A su vez, el desmedido crecimiento del mundo relacional (superficial y utilitario), conducen al individuo contemporáneo a experimentar una alineación tanto de su entorno como de su propia humanidad. Carente de intimidad y poseído por una sensación de vacío se observa permeado por una angustia difusa que explica causada por la exigencias del veloz mundo tecnológico, competitivo, sin fronteras y que busca sosegar a través de titánicos excesos conducentes a una violenta consumación de su ser (adicciones, promiscuidad, velocidad, pornografía, desmedida ansia de poder, etc.)

         A nivel colectivo observamos que las metas de la biogenética parecen ser más bien productos delirantes de la ciencia-ficción. La clonación, la posibilidad de intervención de las características del embrión con miras a modificar aspectos de su desarrollo, la búsqueda de la “eterna juventud”, longevidad y hasta de inmortalidad, ponen de manifiesto las anticipatorias visiones de Huxley y Asimov. Por otra parte, la globalización traída por la red de Internet provee de una mega-información incapaz de ser “digerida” ni “metabolizada” por la mente: el hombre termina por ser arrastrado por la vorágine mediática. Si bien, en la actualidad conocemos acerca de muchas cosas, a la vez, comprendemos cada vez menos la real naturaleza humana. Nuestra meta parece ser el infinito: una meta sin meta. Un “avance” sin progreso.

         Los logros de la ciencia y la tecnología han hecho la vida más cómoda pero, simultáneamente, menos humana. El hombre se ha ido despojando del sentido de ser. El enfoque post-moderno nos ha alejado de lo natural para sumergirnos en el vacío conceptual. El filósofo Victor Krebs escribe al respecto:

En la medida en que está determinado por las virtudes de la ‘inteligencia’, la productividad y la técnica, vivimos en un mundo carente de alma....En nuestra actitud intelectualista hemos desvirtuado a la imagen, viendo al mundo ya no a través de su mediación viva, sino a través de su reducción a abstracciones conceptuales; y hemos perdido contacto con el proceso interior mediante el cual participamos del proceso de la vida y del mundo, confundiéndolo con la mera acumulación y manipulación de datos informáticos.” (Krebs, 1997, p. 25)

         La disyuntiva hamletiana, “ser o no ser”, parece ya no tener cabida: “a cual de los múltiples seres fragmentados (sub-personalidades o conplejos) o máscaras (personas) me adhiero yo” es la problemática emergente. Por ello, si la época de Freud puede ser conceptualizada como la era de la neurosis, la nuestra pueda ser insertada bajo la égida de la psicopatía: del pathos (sufrimiento) of psyche (almal). El anima mundi, el alma del mundo, está oculta en el caos aguardando a ser redimida.

         Shopenhauer también parece haberse anticipado a la situación actual al articular la insaciabilidad del hombre como eterno generador de deseos con la imposibilidad de alcanzar alguna satisfacción definitiva. No confiaba en la razón como controladora de los instintos. Para él, el verdadero centro del hombre no es la razón sino el querer inconsciente, a lo cual denominó “voluntad”, facultad relacionada con los instintos, afectos, deseos, etc., los cuales no constituyen la causa de las acciones volitivas, sino más bien su volición. Nacemos como sujetos en falta. Por ende, siempre deseamos suplir esa falta a través de la satisfacción de los deseos. Sin embargo, el deseo shopenhauriano es un deseo sin objeto: es un deseo por el deseo. Esa falta, desde su percepción, nunca podrá ser superada y termina por convertirse en dolor o en hastío. La única liberación, dice, para rasgar el ilusorio velo de Maya y superar el sin-sentido de la existencia es la misma propuesta por los sabios budistas: la ascesis en busca del nirvana.

         Nietzsche, en cambio, con su actitud vitalista, se opuso al pesimismo de Schopenhauer. Su propuesta es la re-instauración del sentimiento trágico de la vida que permite al hombre la práctica del amor fati o el amor a su destino. No obstante, su voz había sido acallada por mucho tiempo: no se le perdonó haber inoculado el germen de la duda dentro del preciado proyecto apolíneo de la modernidad. Con todo, su palabra permanece esperando a ser aprehendida. Cuando el Nietzsche se definió a sí mismo como un “pensador póstumo” mostraba estar conciente de estar dirigiéndose a una audiencia futura capaz de entender lo que sus contemporáneos no pudieron cannot: nosotros podríamos ser esa audiencia.

         Nietzsche no sólo había ofrecido un diagnóstico y pronóstico que el tiempo demostró certero sino, además, soluciones que estimo relevantes destacar. Resulta salvador, para el pensador, la incorporación del pasado para ser utilizado por la cultura presente: la asimilación del pasado en el presente cambia la experiencia actual ayudando a comprenderla más conscientemente. La recuperación del pasado natural y humano dentro del misterio del todo extiende nuestra memoria hacia las cosas valiosas de recordar. No obstante, advierte, esta aproximación se debe hacer con cierta precaución: debemos mantener un equilibrio funcional entre Mnemosyne y Leteo de tal manera que se traduzca en un vivir y un obrar: queremos servir a la historia en cuanto ella sirve a la vida (CI: II). Para cumplir con este propósito se precisa fijar los límites en que el pasado debe ser incorporado a la vida actual. Nietzsche estimaba que el estudio de la civilización griega pre-socrática podría servir de gran ayuda para el hombre moderno (con más razón, podemos decir, para el postmoderno y su condición sin límites). Habiendo pasado, al igual que nosotros, por influencias de otras culturas que buscaban permearse íntimamente dentro de su civilización, supieron extraer y asimilar de aquellas sólo lo estimado acorde con su propia necesidad existencial manteniendo así su identidad cultural.

 

 

         La verdadera cultura, supone para Nietzsche, una unidad de estilo y la mesura es un factor importante para su consecución. La falta de estilo es concebida por el pensador como señal de barbarie: una “caótica confusión de todos los estilos.” No obstante, la mesura nietzscheana está muy alejada del “ideal ascético”: debe surgir como resultado de aquella configuración de estilos capaz de integrar lo apolíneo con lo dionisíaco: la razón y los instintos, la conciencia y el inconsciente a fin de lograr el fortalecimiento de la vida traducido en una actitud afirmativa frente a la existencia.

         Ahora que el hombre se ha visto obligado a vivir dentro de lo que constituye un oxymoron, “la absolutización de lo relativo” representada por la proliferación de innumerables valores, deberá vivir valorando siempre y, a pesar, de concienciar la relatividad de sus juicios de valor, deberá seguirlos sosteniendo comprometidamente sin flaquear. La identidad humana, estima Nietzsche, no es estática: está sujeta a una continua reevaluación y cambio. La idea de aprendizaje resulta así en una idea de transformación del yo radical. Un “conocimiento ascendente” implica una idea generativa de identidad que debe moldearse en términos de valores que, a su vez, deberán moldearse en función de las fuerzas creativas de la voluntad de poderío. El poder de la auto-transformación, acorde al filósofo, requiere de la participación de la conciencia, de la valentía e incluso de la necesaria crueldad que debe acompañar el auto-escrutinamiento: el individuo debe aprender a vivir y vivir significa: rechazar continuamente de sí mismo algo que quiere morir; vivir – significa: ser cruel e implacable contra todo lo que en nosotros se vuelve débil y viejo. (CJ 26).       

         Esta confrontación continua se puede traducir en un reto intrínseco que sirva de validación a nuestros propios estandartes a fin de evaluar que tan útiles o dañinos son para nuestra propia existencia. De tal modo, los numerosos valores presentes en el colectivo pueden ser desafiados por la conciencia individual. Con miras a lograr su consolidación, el individuo debe asumirse como tal: un ser único e irrepetible. Su virtud estará representada por la búsqueda de su propia salud existencial que, a su vez, es también única e irrepetible:

No existe una salud en sí misma, y todos los intentos por definir un asunto de esa especie han fracaso estruendosamente. Para determinar lo que haya de significar salud para tu propio cuerpo, todo depende de tu meta, tu horizonte, tus fuerzas, tus impulsos, tus errores y, especialmente, de los ideales y fantasmas de tu alma. Por eso, existen incontables saludes...: y mientras más se permita nuevamente alzar su cabeza al hombre individual e incomparable, mientras más se desprenda el dogma de la “igualdad de los hombres”, más han de perder también nuestros médicos el concepto de salud normal, junto al de un dieta normal y curso normal de un enfermedad. Y sólo entonces habrá llegado el tiempo en que se podrá reflexionar acerca de la salud y la enfermedad del alma, y establecer la virtud más propia para la salud de cada uno; la cual, por cierto, podrá aparecer para uno como la virtud contraria a la de la salud de otro. Por último, queda abierta la gran pregunta acerca de si podríamos prescindir de la enfermedad, incluso para el desarrollo de nuestra virtud, y si es que, particularmente, nuestra sed de conocimiento y de auto-conocimiento no requiere tanto del alma enferma como de la saludable: en suma, si es que la exclusiva voluntad de salud no es un prejuicio, una cobardía y, tal vez, un sutil trozo de barbarie y atraso. (CJ 120)

         En el proceso del desarrollo individual (individuación), aquellos elementos sujetos durante mucho tiempo a controles impuestos por la sociedad (y por nosotros) a favor de ella: nuestros apetitos “morales” e “inmorales”, nuestros deseos y necesidades, no deben ser ni reprimidos (modernismo) ni “acting out” (postmodernismo), más bien, deben encontrar una expresión activa y constructiva dentro de nuestro desarrollo como sujetos reflexivos. Nietzsche había enfatizado, a lo largo de su labor filosófica, la necesidad de la configuración individual, de tal manera que todo individuo pueda generar una moralidad a partir de su auto-conocimiento capaz de conducirlo a establecer valores desde su propia autonomía (a semejanza de la individuación propuesta por Jung). De tal manera, el hombre individuado junguiano es un reflejo del Übermensch nietzscheano en la medida que haya logrado trascender exitosamente el conflicto generado entre los valores establecidos y sus propias necesidades instintivas a fin de alcanzar el ansiado libre albedrío: “Dar estilo” al propio carácter -¡un arte grande y escaso! Lo ejerce aquel cuya vista abarca todo lo que de fuerzas y debilidades le ofrece su naturaleza....Pues una cosa es necesaria: que el hombre alcance su satisfacción consigo mismo. (CJ 290).

         No obstante, estos valores no son creados ex-nihilo, sino asumidos de la cultura y ante los cuales debe responsabilizarse. A partir de la configuración de su moral, el hombre debe mandarse y obedecerse con entera fidelidad. En virtud de ello, la moral sólo podrá ser configurada como resultado del auto-conocimiento: una moral individual capaz de aglutinar las manifestaciones luminosas y sombrías de la total naturaleza humana:

Opinamos que la dureza, la violencia, la esclavitud, el peligro en la calle y en los corazones, el esconderse, el estoicismo, las artes diabólicas de todo tipo, todo lo que el hombre tiene de malo, de terrible y de tiránico, de animal de presa y de serpiente, contribuye a elevar el nivel de la especie humana, al igual que su contrario....Debemos estar agradecidos, por ello, a Dios, al diablo, a la oveja y al gusano que llevamos dentro. (MBM 44)

         Sólo así surge la posibilidad de ejercer el auto-control. No obstante, su expresión, a diferencia de lo observado en el postmodernismo, no debe estar regida por una mera consecución hedonista. Para ello, el individuo debe tener como horizonte lo establecido por él como su proyecto de vida: un argumento existencial con el que se fija un llegar a ser y no, simplemente, un ser aquí y ahora. La experiencia de configuración de sí mismo (individuación) es capaz de proporcionar al hombre el sentimiento de poseer un substrato sólido y firme, asentado en lo más profundo de su mismidad. De tal manera, ante la experiencia desgarradora del abismal vacío, en lugar de conducirse como un ente fragmentado o disperso errando indiferente, insatisfecho, reactivamente (pasivo o agresivo) ante el vértigo ocasionado por la polifonía de valores, podrá devenir en un ser humano total, conciente e independiente. No necesitará, así, absorber del colectivo algún modelo que, imitándolo, funja de brújula para su desenvolvimiento. Configurándose o individuándose no sólo se habrá enriquecido a sí mismo al aprender a manejar adecuada la pluralidad exterior e interior sin extraviarse sino, además, podrá enriquecer su entorno con su presencia.

         Como se hace patente, Nietzsche no propone como solución al nihilismo la huída hacia el ateísmo sino una forma distinta de religiosidad, relacionada con la propia etimología de la palabra. Una forma de religar con nuestra propia interioridad: una alianza simbolizada a través de las personificaciones de Apolo y Dioniso. Una propuesta que representa una forma de autenticidad traducida en una búsqueda del hombre hacia la compleción de sí mismo. De esta manera cuando el hombre reflexivo se pregunte si su vida, tal como la vivido, tuviera oportunidad de vivirla “una vez más e innumerables veces más” y se contestase afirmativamente, tendrá la seguridad de haber sido capaz de reafirmarse a sí mismo y adquirido el “conocimiento ascendente”.

¿Es Nietzsche un post-moderno?

         Su estilo literario fragmentado (aforismo), la ausencia en su corpus de una grand theory, su marcado escepticismo frente a los valores establecidos, su preocupación con el lenguaje and meaning (el lenguaje es para Nietzsche siempre metafórico), sus estudios genealógicos of power y su propuesta de ‘perspectivismo’ en lugar de conocimiento y verdad, explican el por qué su auge se halla dado con el surgimiento del postmodernismo. Nietzsche “re-nació” en la década de los setenta en el seno de esta corriente filosófica traído de la mano de los filósofos (o anti-filósofos) franceses Jacques Derrida y Michael Foucalt. Incluso, los pensadores adheridos a esta nueva corriente de pensamiento erigieron a Nietzsche como padre del desconstruccionismo y heraldo del postmodernismo.

         Se le estima un proto-desconstruccionista por haber desenmascarado la fe moderna en la posibilidad de un sujeto autónomo; por cuestionar los beneficios ofrecidos por la ciencia y la tecnología; combatió la idea del progreso. Por hacer patente el hecho de que la culminación del sueño moderno nos deja en un estado de desamparo: potencialmente sin límites ni normas vinculantes. Por haber desenmascarado, asimismo, el proyecto moderno mostrándonos lo que conlleva de tiranía, deshumanización y nihilismo. Si bien estos aspectos, entre otros, permiten asociarlo a la condición postmoderna, a la vez, su incesante búsqueda de creación de nuevos valores a fin de superar el nihilismo prevaleciente; su fascinación por el pasado (particularmente con la cultura griega pre-socrática); su llamado a la toma de posturas comprometidas y al logro de la “configuración” del sujeto en una unidad coherente; su lucha contra la caótica confusión de estilos; su incesante búsqueda de afirmación de la vida (amor fati); su preocupación con el “conocimiento ascendente”; su concepción de la existencia de rangos de orden; su idealización del arribo de un época plagada de Übermenschen y “nuevos filósofos”, hacen de Nietzsche un pobre paradigma del postmodernismo. Lo que Nietzsche ha sido, más bien, es un profeta de la actual corriente reaccionaria: vio las condiciones de la caída del proyecto de la modernidad y nos alertó acera de tal situación. Quizá motivado por el propio precepto de Zarathustra quien declara que “lo que está por caerse debe ser empujado”, Nietzsche, con su filosofía “de martillo” parece haber buscado la “sanación” de la cultura a través de la aceleración del proceso de destrucción de aquellos valores detectados, por su lúcido diagnóstico, como amenazantes para la salud existencial.

         Los pensadores postmodernos tomaron algo útil del pensamiento nieztscheano pero sin seguir ninguna lógica esencial de su pensamiento. Nuestra cultura no está abocada a tomar decisión alguna, ni a confrontar cuestiones vitales: todos los movimientos resultan polarizados y como tal, no son ideológicos sino meramente reactivos, enantiodrómicos. No hay síntesis de opuestos y, por ende, no hay crecimiento. De esta manera, se corre el peligro de hacer real el apocalipsis cultural previsto por Nietzsche sin el coraje mostrado por el visionario pensador por la búsqueda de alguna alternativa substancial. Nietzsche nos abrió unas puertas que nos resultan útiles para la reflexión acerca de la condición postmoderna: nos ofreció la posibilidad de lograr una civilización no moderna capaz de trascender la competencia ilimitada, el crecimiento titánico y el deseo de maestría absoluta. “Rumiémos” pues su valioso legado.


(*) Trudy Ostfeld de Bendayán
Magister en Filosofía.
E-mail: ughj@hotmail.com.

REFERENCIAS.

Krebs, Victor. Del Alma y el Arte. Caracas: Editorial Fundación Museo de Bellas Artes. 1997.
Friedrich Nietzsche: El nacimiento de la tragedia (NT). Traducido por Andrés Sánchez Pascual. Madrid: Alianza Editorial, 1991.

-Aurora (A). México: Editores Mexicanos Unidos S.A., 1981.
-La Ciencia Jovial (CJ). Traducido por José Jara. Caracas: Monte Ávila Editores, 1992.
-El Crepúsculo de los Ídolos (CdI).Traducido por Pedro González Blanco. México: Editores Mexicanos Unidos S.A., 1983.
-Consideraciones Intempestivas (CI). Tomo II de la Obras Completas de F. Nietzsche. Madrid: M. Aguilar, 1932.
-Así habló Zaratustra (Z). Traducido por Andrés Sánchez Pascual. Madrid: Alianza Editorial, 1988.
-Voluntad de Poderío (VP). Traducido por Aníbal Froufe. Madrid: Editorial EDAF, S.A., 1981.


 


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