La mujer del espejo [*]
Klara Ostfeld

Por Paulina Gamus


         Es no sólo una formalidad, sino una normalidad, que los autores le pidan a una persona ( como un favor), decir las palabras de presentación de una obra suya y que, luego, le expresen su agradecimiento. Hoy se invierten los papeles: soy yo, la presentadora de La Mujer del Espejo, quien debe agradecerle a su autora, mi querida amiga Klara Ostfeld, el favor que me ha hecho al permitirme compartir sus vivencias, sentimientos, y reflexiones. Me han hecho llorar, también, también sonreír y, sobre todo, maravillarme ante esa fuerza interior que surge, en los seres especiales, para luchar contra el olvido propio y ajeno y para transformar las más crueles vivencias, en una lección de vida. En estos relatos no hay rencor, ni odios sino la misión de contar para que no vuelva a suceder.

         Si Klara no me hubiese pedido el “favor” de decir estas palabras, yo hubiese venido como amiga suya y de Hillo; habría recibido el libro y lo habría recibido el libro y lo habría colocado en ese tramo de mi biblioteca, donde se van acumulando los que compro o me regalan y que pienso leer alguna vez, …“cuando tenga tiempo”.Tenía que leerlo para poder hablar sobre él. Lo que podía ser una tarea obligada, se transformó, desde las primeras páginas, en un regalo para el espíritu.

         Comienza con el recuerdo de sus dos abuelas, tan distintas: Una, la típica “idische mame” que cocina, invita, trabaja sin descanso, no duerme, pero que hace de su estoicismo, amoroso chantaje sobre los hijos. La otra abuela es el anti estereotipo: Apenas teje, pero mientras la aguja va y viene, su mente queda libre para narrar historias bíblicas, fábula y recitar proverbios y poemas. De una de ellas heredó Klara su virtud de insigne cocinera, de la otra sus inquietudes intelectuales y su vocación por contar, como un antídoto contra la desmemoria, esa que permite que hasta las mayores aberraciones y las más terribles tragedias tiendan a repetirse.

         Sin proponérselo, Klara logra que cada página de su libro sea una admonición. Quienes tuvimos la suerte inmensa de no vivir en carne propia el Holocausto, disfrutamos de fiestas, espectáculos, viajes, objetos y de toda la gama inmensa de ofertas de la sociedad de consumo, como si eso fuera un derecho natural, algo que nos viene dado por el solo hecho de que esas cosas existen y tenemos como acceder a ellas. Para quienes estuvieron en el infierno y lograron sobrevivir, cada disfrute tiene un significado muy especial. Los obliga a valorar cada pequeña cosa y a dar las gracias cada día, por la suerte inmensa de estar vivos para experimentarlo. No importar si al cabo de los años la fortuna tocó a sus puertas: Jamás podrán olvidar los tiempos en que una fiesta de bodas se hizo con cien dólares enviados por el tío de Caracas. Ni aquella bata de esas que se llamaban “salto de cama”, modificada para que pareciera un vestido de novia. Las muchas carteras de firma que puedan tenerse, jamás permitirán desprenderse de la primera de todas: una de color rojo que el novio adolescente le compró, cuando el único traje de ella estaba hecho con un trozo de bandera desteñida. Y si hoy tiene quien le cosa los mejores trajes ¿cómo olvidar los años en el naciente y paupérrimo Estado de Israel, cuando era ella quien cosía para ganarse la vida?

         Todos vivimos, en algún momento, un suceso extraordinario que nos hace exclamar: ! Que pequeño es el mundo¡ o bien!! Las vueltas que da la vida¡ Se lo atribuimos a la casualidad. La Mujer del Espejo, es una sucesión de las más sorprendentes casualidades en la vida de una sola persona. Klara iba del brazo de su novio, aquella tarde en Bucarest, cuando apareció ante ellos la visión de Sidi, la hermanita menor que Hillo creía muerta en un naufragio, provocado por los nazis. Con Hillo vivió la búsqueda desesperada de la hermana, hasta que aquella visión se hizo realidad.

         Abraham Melamed, primer violín de la Orquesta Filarmónica de Israel a quien los Ostfeld llevaban en su automóvil al Caracas Hilton, después de una cena en casa de amigos, no era ni Abraham ni Melamed, sino Harry Lobel, el niño judío, virtuoso del violín, que besó a Klara en la mejilla, el día de su Bar Miztvah, en el campo de concentración de Travis Histria y el zapatero italiano, dispuesto a trabajar toda la noche para entregarle al día siguiente los zapatos que ella había encargado, era el mismo que había esperado treinta años para verla aparecer en su negocio y entregarle una fotografía en la que estaban él y los esposos Ostfeld, en el barco “Marco Polo”, que los trajo a Venezuela como inmigrantes.

         Las casualidades de Klara, tenían además la insólita propiedad de trascender a terceros. ¿Podía siquiera imaginar nuestra querida e inolvidable, Anita Olamy, cuando iba en el automóvil con Klara, por las calles de Caracas, que aquellas ancianas triestinas, una ciega y otra sorda, a las que visitarían porque deseaban conocer a la autora de Luz y Sombras de mi Vida, habían estado en la boda de los padres de Anita, medio siglo antes en Trieste? ¿Simples casualidades o acaso un designio superior para obligar a Klara a recordar sus sufrimientos, a valorar sus logros y a compartir unos y otros, con sus semejantes?

         Es imposible colocar en una misma balanza los vejámenes, las carencias y las pérdidas humanas que Klara sufrió a lo largo de su vida, con el bienestar y las satisfacciones posteriores. Pero no deja de tener un sabor dulce de verdadera justicia, haber regresado como una personalidad, objeto de honores y agasajos, al mismo país que la condenó a ser apátrida, que la privó hasta de un pasaporte y que en una hoja de camino, estampó un sello que decía SIN RETORNO.

         Que mayor triunfo sobre las injusticias de la persecución, del odio, del desprecio y del desarraigo forzado, que ver las vitrinas de la librería Eminescu, de Bucarest, aquella donde jamás hubiese podido comprar un libro, llenas con decenas del suyo Luz y Sombras de mi Vida. Y que mejor misión que poder revelarles a esos jóvenes universitarios que la abordaron entusiasmados, después de oír su conferencia, una tragedia como el Holocausto, de la que ellos nunca habían oído ni leído nada. Y que mejor motivo para dar gracias a la vida, que poder comprar quesos, frutas y mieles en cantidad, en el mismo mercado donde, cincuenta años antes, una vendedora la llamó mendiga y ante su protesta, insistió “es que mendigas con los ojos”.

         El empeño de Klara y de su esposo Hillo por reencontrarse con sus recuerdos: Con los dulces y con los amargos, contagió a sus paisanos y amigos, los Jaegerman. Quiero concluir con un suceso, narrado por Klara que resulta una reconciliación con la condición humana, aún en los ambientes más hostiles: Fini Jaegerman llegó con su marido Willy, con sus hijos y con los Ostfeld y los hijos de éstos, a su casa natal en Chernowitz. La había construido su padre, arquitecto, como ella. Los habitantes de la casa habían guardado, durante medio siglo, el viejo maletín de su papá, lleno de foto grafías y papeles de familia, por si algún día sus dueños venían a buscarlo.

         La abuela materna de Klara le había escrito en 1944, en un viejo cuaderno de poemas, uno del cual extraigo apenas unas líneas: “Cuando las preocupaciones te agobien y roto en añicos esté tu corazón, a nadie lo cuentes, oculta tu pesar, compadecer sincero no vas a encontrar.” Es sin duda una desgarradora convicción judía alimentada por centurias de odio y persecuciones y reafirmada por la barbarie nazi fascista. Sin embargo, en medio de aquellas gentes que colaboraron con el asesinato y el saqueo de sus vecinos judíos, hubo quienes fueran capaces de este acto de respetuosa humanidad.
El epílogo I que escribió Klara, se inicia con una cita bíblica del libro de Joel: Contadlo a vuestros hijos y que ellos se lo cuenten a los suyos y éstos a los que nazcan después. El Epilogo II lo escribió Trudy, su hija. Basta leerlo para saber que, seguirá, como su mamá, este mandato de Joel.

         Gracias Klara, de nuevo por este libro enternecedor y aleccionador que hoy nos regalas.


 

[*] Palabras de presentación del libro La mujer del espejo de Klara Ostfeld.


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