Edda Armas: Impulso para adentrar el Corazón

Por María Antonieta Flores

una mujer sentada en las escaleras
con sus dedos acaricia el borde de las alas
alma suspendida
interrumpidos los tejidos del poema
claro castillo
entre la poeta y su mariposa

 

este poema se construye sobre el instante cierto de un domingo siete de noviembre de 1999: en las escaleras de la entrada de la Casa Rómulo Gallegos, después de un recital, estaba sentada Edda Armas. era el mismo sitio donde había visto igualmente a Ida Gramcko y a Armando Rojas Guardia y a algún otro poeta. no resistí la tentación y me acerqué a comentárselo pues el rincón como que tiene su marca. ella me mostró una mariposa marrón grande, fuerte, de alas hermosas que se había prendado en la parte baja de su pantalón, casualmente de color marrón. ella se paraba, sacudía la tela y la mariposa impasible no se movía. con un dedo le acariciaba el borde de sus alas. lo que luego fue conversación me lo reservo, después entré de nuevo a la Casa Rómulo Gallegos y cuando volteé, Edda estaba de pie y en el otro extremo.

había roto el encanto entre dos seres

         Esa mujer que con sus dedos acaricia las alas de una mariposa, caricia que el inquieto insecto acepta como si sospechara el aroma de la receptividad, ha rozado con mayor intensidad el poema. Edda Armas (Caracas, 1955) ha desarrollado una obra donde lo femenino se ha ido tejiendo en torno a un centro mayor: la palabra. En ella no está la búsqueda de una poesía femenina o de la mujer. Sólo la andanza por los senderos del poema que en su destino atrapa todo lo que en la ruta haya y termina siendo una confesión de lo femenino, de lo mínimo, de la armonía que cuerpo y alma logran con trabajos profundos, mucha espera, lenta observación.


La mirada unitiva del sable.


          El poema es una mirada, mirada de videncia, revelación, de íntima penetración. Acto que integra y restituye. Por ello no extraña que los dos epígrafes de Pessoa y Shepard que presiden a Sable (Caracas: Colección Vitrales de Alejandría del Grupo Editorial Eclepsidra,1994), se refieran al acto de mirar. Este poemario Premio Municipal de Poesía, fue segundo finalista del Concurso Internacional de Poesía del Courrier de l'Orénoque, 1994, Francia y logró mención en el Concurso Premio de Poesía Ramón Palomares, 1994, Ateneo de Escuque.

          Siguiendo el hilo conductor de la mirada, permite entre sus varias posibilidades de lectura, una desde el terreno integrador del símbolo. Sobre el sable, el que le da título al libro, Chevalier y Gheerbrant escriben que "corta; es arma de decisión y el instrumento de la verdad actuante". Pero, más que ofrecer una mirada cortante que busca penetrar en una realidad vivenciada en busca de una verdad que nunca se muestra totalmente, el discurso poético de Edda Armas parece responder más a este otro aspecto del símbolo:

el sable es también un símbolo de conjunción.
El instrumento cortante se convierte en una causa de coherencia interna y de unión fecunda, por una de esas contradicciones aparentes, pero engañosas, que caracterizan a tantos símbolos.

          Tres partes que parecen responder a una estructura musical, algo así como allegro-largo-allegro: "Dagas", "Treyolí" (de una textura especial y sutilmente diferenciable de las otras dos, y Sable (incluye "Aguaricar"), atienden a un discurso único donde las imágenes surgen de una naturaleza trascendida, entendida como cosmos, dotada de ánima y poderes que descubren que la vivencia poética que da forma al libro va tras la conjunción de elementos que instauran un mundo interno que abarca lo perpetuo y lo perecedero, la inmensidad cósmica y el hecho cotidiano que se pierde en su rutina. Todo unido a pesar de corresponder a distintos niveles de conciencia y realidad. Así el sable corta para unir pues ese sable es la memoria, tal como se lee en estos fragmentos del poema final que le da título al libro:

La memoria tiene un enorme cuerpo alargado
que me visita y ofrece
pinceladas en acuarelas y trazos definidos
sable arriba
sable abajo
ella logra hilvanar
las ocurrencias del gato que brinca sobre la mesa
tumbando el jarrón para que los añicos brillen en el arco
y la flecha tome el impulso para adentrar el corazón

          Sable que une e hilvana. La memoria. Se cumple la unión y coherencia interna propios de todo libro logrado. Pero, también el sable se erige en símbolo de la castración, de la mutilación. El árbol talado de "Árbol dos" es emblema de la caída y el vencimiento del hombre y la naturaleza. Esto se reafirma en "duerme el tronco del árbol derribado/ al lado de la fe del hombre en lo humano". Frente al progreso y al asfalto, está la celebración a la naturaleza y así, soterradamente, el tópico clásico y tradicional de la oposición complementaria ciudad-campo es uno de los ejes temáticos.

          Mirada integradora, entreteje distintos temas y tópicos. ¿Qué razón hace que un poemario que comience con un árbol culmine con un sable? ¿Qué constituye este viaje transformativo de la madera al metal? Para encontrar una posible respuesta hay que detenerse en los versos iniciales del libro:

porque los árboles mudan sus hojas y su corteza
este silencio al pisar restos de lo perpetuo

          Más allá de su presencia como ente, está su ser y su carácter de eternidad y renovación, carácter que no escapa a la mirada poética. El árbol es uno de los símbolos universales, comunes a todas las culturas, objeto de culto y contemplación. Sólo por reafirmar lo que los versos ofrecen, volvamos una vez más a Chevalier y Gheerbrant: "Símbolo de la vida en perpetua evolución, en ascensión hacia el cielo, evoca todo el simbolismo de la verticalidad: así el árbol de Leonardo da Vinci. Por otra parte, sirve también para simbolizar el carácter cíclico de la evolución cósmica: muerte y regeneración”. Y volvamos con el principio y el final del poemario, ¿cuál es la relación entre los dos signos? Cirlot señala que "El árbol correspondería al proceso de proliferación; la espada al inverso. (...) Esta idea era de gran antigüedad".

          La poeta ha mirado desde una profundidad que la sobrepasa. Su voz y su mirada es la del tiempo que conserva lo inalterable y que emerge en lo cotidiano para recordar la pertenencia y la comunión con una humanidad de siglos. Por eso es inevitable que el poemario concluya con la memoria, esa posibilidad de atemporalidad, de suspensión de tiempo, de traer lo ido, lo secreto, lo eterno.

          Ahora, si -y el indicio lo da el uso de treyolí- se recuerda que sable significa arena en francés y que en "Ruido de mar" leemos:

tus poros han enterrado su debilidad en la extensión
de la arena más blanca
la máquina pasará a primera hora del día
se llevará con su pala mecánica los pensamientos y las huellas
que allí enterraste

podemos darle otra lectura que no se opone a la anterior y que la enriquece, pero eso se lo dejamos a quien ahora quiera tomar en sus manos el poemario.


La otra orilla.

          Este libro posee dos partes: "Soy un satélite sin órbita" y "La otra orilla" que le da título al libro. Pueden ser leídos como uno solo, pues uno deviene en espejo del otro y viceversa. La otra orilla conmueve por su fragilidad, por su dependencia del otro, por su honesta herida expuesta: la dura tristeza de su frágil respiro, sostenido, sin embargo, con rigor. El poemario, pese a su sencillez y lenguaje directo, exige una lectura lenta, dejarse llevar por su ritmo, para que emerja el desespero, tan caro y tan amado, que define a un ser humano.

          Poemas escritos desde la carencia y el desconcierto, pésense bien los espacios y los blancos: allí está más claramente lo dicho y lo no dicho. Lo dicho porque en el silencio resuena y lo no dicho, porque entre lo enunciado se asoma lo presentido o lo callado, por terrible. Esta escritura de Edda Armas "en medio del desierto que nos apetece." se sostiene en una mirada no indulgente y, sin embargo, tan dolida de su condición e íntegra en su revelación.

          En este libro se encuentra la crónica elevada a poema de la pugna cotidiana. Significa el encuentro con el otro desde su ausencia presente o su presencia ausente, ese otro siempre requerido y amado desde la certeza de la imposibilidad de alcanzarlo realmente.

          ¿Cuál es la otra orilla? ¿Los límites infranqueables del otro? ¿Es el otro, arena, borde que uno toca y presiente o son las playas oscuras de nuestra interioridad desolada o es el espacio donde el yo y el otro se rozan y se repelen, se saben y desconocen, es ese espacio inexistente por incomprensible, entre dos, es ésa la otra orilla? "Hay seres que nos bordeamos." escribe Edda Armas en La otra orilla (Caracas: Ediciones Cabos Sueltos, 1999). Allí ha llegado desde dos direcciones que se complementan. Poemario formado por los que pueden considerarse dos poemas largos, logra su unidad por ese borde otro que en uno de los textos es el margen que traza la pantalla del ordenador, Pc o micro y en el otro es el bordecito infranqueable que pone en evidencia la convivencia y la cotidianidad. Ausencia hecha presencia a través de los bytes y los e-mails, en el primero. Presencia hecha ausencia por la cercanía incruzable que se reconoce desde la conciencia lograda por el yo, en el segundo.

          "Soy un satélite sin órbita (marzo, 1998)" expresa el desconcierto ante un mundo donde la incomunicación, la soledad y el desamparo se expresa en bytes. La imagen del mundo informático, poder dominante y determinante, es espejo de la interioridad y el cuerpo. Y, es éste el espacio donde se construye esa larga interrogante que es La otra orilla de Edda Armas. Mundo de imágenes nuevas con ancianos y aciagos contenidos que encuentran continente en la virtualidad del e-mail y en la certeza de una presencia digitalizada, más imaginada que palpada. Surge así en el poema, el otro virtual.

           Y, el sujeto, sujetado: "aferrada al mouse // sintiéndome más real // comunicada/ y a la vez,// inmensamente sola". El yo se digitaliza, se compacta, se pausa, se virtualiza, con la esperanza de llegar al otro, al amado, al esperado. Se encuentra "Sin nombre y sin ruta" y sólo queda reconocer "nuestra condición de seres sorprendidos / anulados o exaltados por este fin de siglo."

          Lucidez en saberse en "la precariedad del fragmento que insertamos/ para salvar la intermitencia del abrazo y el afecto.", complementada con la duda: "¿Estás realmente allí// detrás de otra pantalla// que prende y apaga// a voluntad?". A esto se suma ese solo verso que es el poema 10: "me configuras y no me reconozco."

          Se encuentra así un tópico de fin de milenio y postmoderno que esconde una verdad antigua: "¿acaso la luna abandona su órbita / cuando eclipsada cree hallar la respuesta / en el sol que la ilumina?". Ese frágil respiro que se sostiene ante una pantalla confiesa: "Y creo hallarme en el abismo// De una sin razón que el carbonato de litio// Equilibra notablemente." pues "El atraso del afecto ocasiona desatinos".

          En consecuencia, es triste el lugar que fundan los 16 poemas de La otra orilla (abril, 1998)", tristísimo y hermoso, tan propio y tan nuestro. Poema también de amor, lo es desde las cerradas compuertas del yo, el cual sin respuestas, sin detalles, en la imposibilidad de poder compartir, se reconoce frente a un otro, reconocimiento que se produce dentro de ese "En mí se había agotado el sentimiento" y desde ese "No siento nada". Pero, se sostiene en la certeza de que "El puente es uno mismo".

          Poema duro cuya dureza termina vencida por la presencia del otro, de ése que se mantiene al lado para constatar la orilla otra, siempre oscura y siempre inatrapable y "que es en ese lugar tan preciso (tan rojo) que deseo / que nos encontremos de nuevo." porque "Los deseos nos encierran".

          Los poemas 6 y 7, el 10, 12 y 13 o el 15, tan cercano y el definitivamente nuestro, el 16, que comienza con "Es tan difícil compartir el cansancio personal.", son puntuales en este doloroso desnudar y desanudar la condición humana y, sobretodo, la naturaleza femenina que puntea en esas uñas sin barniz, en ese identificarse con la luna.

          Así entre las imágenes que lo corriente ofrece bajo la vestidura del progreso informático, se soterran aquellas que nos configuran desde los estratos más arcaicos. Sólo desde ese cotidiano hacer y vivir, puede Edda Armas reconstruirnos el espacio de la desolación, de la certeza de estar solos aún en compañía y del imperioso requerimiento de anclar en ese otro porque "La recompensa sigue siendo tus ojos abiertos/ a mi lado cuando despierto."


De rojizos tintes.

          La palabra poética es una de las instancias donde la intimidad del yo se construye y se imagina. A través del poema, se alcanza la interioridad y se entrega en acto de profundo riesgo cuando se tiene conciencia cierta de lo poético. Es inevitable el hálito de desnudez cuando del poema se trata y la voz se convierte en vínculo que conecta lo mínimo humano del yo con el otro. Este vínculo ofrece, a su vez, otro rostro: el de lo escindido. El poeta es un ser dividido entre su interioridad y la del otro. Habita un espacio intermedio que lo obliga a la vivencia de lo propio y de lo ajeno, sin que a veces las fronteras se deslinden, de allí que el poeta sea voz de su tribu, aún cuando su verso sólo se detenga en la mínima cotidianidad y en su solitud.

          Quizás por ello, Edda Armas titula La mujer que nos mira a esos 13 poemas que conforman la plaquette editada por el Taller Editorial El Pez Soluble (Caracas, 2000). Este acto de desdoblamiento surge de la “mirada escindida”, de la consciencia de ese carácter especular de la poesía. Quién otra nos mira, sino esa mujer que se mira a sí misma, y escribe: “Sólo sé de mí/ desde la alfombra”. Ese estar en reposo, tendida, despertando el deseo del otro y el propio, es una condición de la interioridad, cuyo aspecto seductor proviene de su sólo saberse y no fingir otra cosa.

          En La mujer que nos mira, los textos guardan secreta unidad y coherencia, no aparecen como una colección de poemas que responden a momentos escriturales sino que responden a una atmósfera común y, tal como lo mencionan los textos, es una atmósfera rojiza, una neblina roja que no es la primera vez que aparece en los poemas de Edda Armas. El simbolismo del rojo no puede circunscribirse sólo a la pasión, conecta con la vida y puede ser diurno y masculino o nocturno y femenino, como en este caso. Así, en estos textos se manifiesta la presencia de los elementos que han definido su poesía: la mirada, el deseo (siempre el deseo), lo femenino, lo cotidiano, el erotismo y lo ya dicho: la constancia de una atmósfera roja que proviene de sus otros poemarios y que quizás caracteriza cierta etapa de su poesía.

          La propuesta de ir al encuentro de un principio ordenador de la vida, la palabra, el sentimiento (“busco lo que ordena”, “lo que busco/ ordenará mi cuerpo”) son claves para entender el sentido del poema. ¿Qué otra cosa es la palabra poética sino una manera de ordenar la realidad, de darle sentido en el sinsentido? La aparición de la flor es señal de lo antes dicho. Pero aquí aparece de manera artera, sutil. Se presenta como las comestibles alcachofa y coliflor, pero esto no anula el simbolismo de la flor sino que lo enriquece y conecta con el mundo de la culinaria, mundo del detalle y de lo mínimo, de lo cotidiano, de la seducción. “Abrir la orilla/ o el centro de la alcachofa/ con su vestimenta mística/ para interrogar el alma”. Por su parte, la coliflor es aquella que está “evitando siempre// desnudar las grietas/ sus días grises// su barranco/ frente al adversario”. Dos estados del alma: desnudez y escondrijo, dos tiempos que se cruzan en el poema. Y es allí donde el deseo reina. No en lo extraordinario ni en lo inesperado, sino en lo que día a día nos construye en un acto de velamiento y develamiento.

          La mujer que nos mira de Edda Armas tiene un “Acto final” y estos son sus últimos versos: “Soy escritura/ vértebra/ astilla/ fragmento rojizo/ núcleo pasional/ densa o hermética/ voz que nos asalta//irrenunciablemente”.

          Sólo encontrarse en la escritura desde la condición escindida de quien se mira y nos mira. Reconocerse.

Edda Armas en la palabra

          Este transitar por tres poemarios de reciente edición, traza un recorrido existencial y vivencial de una poesía que alcanzó un momento estelar en Sable, momento sólo posible gracias a lo trabajado en sus poemarios anteriores y cuya influencia se ha extendido a los siguientes poemarios sin que esto implique repetición sino continuidad y profundización. Edda Armas ha seguido la ruta del compromiso con el verso y el poema para ir descubriéndose y mostrándonos la fragilidad y la fuerza que la constituyen como una voz significativa dentro de la poesía venezolana del siglo XX, desde que a finales de los setenta dio a conocer sus primeros poemas marcados por la brevedad y el balbuceo contundente de quien poco a poco ha conquistado el espacio del poema.

 


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