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No cabe
duda de que Heidegger es el filósofo de la inminencia. Las cosas,
y nosotros junto a ellas, ya no son reproducciones de un frío
y lejano orden ideal tal cual nos lo proponía Sócrates
y sus discípulos. Tampoco son producto de una sustancia impersonal
que las circunda y les da poder, a la manera como nos lo advirtió
Aristóteles con su energeia. Menos aún, como nos los sugirieron
muchos de los teólogos del cristianismo, consecuencia de una
voluntad divina. Son, en todo caso, ellas mismas: sin guías ni
falsos intermediarios, sin necesidad de servir como remitentes o referencias,
sin contrato previo ni adelantada negociación, su esencia se
nos presenta en una sublime comunicación con nosotros mismos;
"el espacio empieza en nosotros y traduce las cosas",
dirá Rilke. Suena extraño, ciertamente, para aquel que haya rozado las páginas del pensador alemán: ¿cómo es que alguien cuyo lenguaje es tan enrevesado pueda instaurar el poder de lo evidente? La respuesta, sin embargo, amerita cierta consideración. Situémonos, por ende, en ese sagrado y fortuito momento en el cual la secreta luminosidad de nuestro entorno se nos muestra como parte de un majestuoso orden; donde se nos aparece el mundo en el sentido que lo detecta Baudelarie: "l' éclatante vérité de leur harmonie native". En efecto, en dicho rapto se nos devela lo que somos y lo que nos rodea no como un cuerpo tangible de inmóvil transparencia, sino paradójicamente como un velo insondable: lo que advertimos no es la realidad corporizada, hecha número y significado, sino la forma de su ocultamiento. Como lo explica el mismo autor: "La luz dentro de la que está el ente es en sí, al mismo tiempo, ocultación". Es un tanteo por lo inefable; dar cuenta que lo "otro" habla en nosotros mismos bajo un rumor que sólo alcanza a advertirnos su inexorabilidad.
* Heidegger:
¿filósofo de la inminencia originaria o apólogo
de la barbarie? La cuestión apunta más allá de
esa aparente disyuntiva. Para entenderla habría que hacer un
somero preámbulo. Comencemos, pues, con el contexto. Para el
momento en que vive y crea nuestro pensador, Occidente vivía
acaso uno de los momentos de más angustiante revisión
crítica. En cierto modo se puede decir que el siglo XX fue un
período de profundos cambios, mucho de ellos fundados por cierto
en la palabra. Tanto las vanguardias artísticas como las mismas
revoluciones políticas prefiguraban todo un nuevo uso del verbo.
Desde los juegos del lenguaje dadaístas y surrealistas, hasta
las promesas comunistas y anarquistas que inauguraban todo un nuevo
diccionario de terminologías; desde los "deconstruccionismos"
del grupo telquiano (cuyo legado todavía sigue en boga bajo disímiles
matices, paradójicamente en nuestros ámbitos académicos)
hasta los intentos filosóficos por limpiar las palabras de sus
connotaciones "metafísicas" del grupo de Viena; desde
las fastuosas apologías del discurso visual en detrimento del
escrito hasta las tentativas literarias de un Joyce, Robert Gillet,
Faulkner, en donde se pretendía destruir la sintaxis y cualquier
otro orden estructural y formal, se buscaba socavar las bases de la
nominación tradicional que fundaba nuestra sociedad. El espíritu
mallarmeano de retornar a la lengua de la tribu se convirtió
en muchas ocasiones en el ápice sobre el cual reposaron parte
de estos sistemas ideológicos o incursiones liberadoras. La idea
descansaba en una pretensión arriesgada. Cuando los mismos surrealistas
hablaban de la belleza como el "encuentro casual sobre una mesa
de disección de una máquina de coser y un paraguas",
no hacían sino poner en evidencia la necesidad de sacar el acto
nominativo de sus confines morales y lógicos para darle otras
resonancias. Con ello se desmontaba la manera como se nos había
impuesto la forma de ver la realidad a lo largo de la historia. Era,
de hecho, una tentativa de ruptura con el pasado. Tentativa que, a su
vez, nacía de una conciencia profunda del poder del lenguaje.
No en balde Nietszche, padre de muchos de estos movimientos, decía:
"Temo que no nos desembarazaremos de Dios nunca, pues aún
creemos en la gramática"; cosa que más tarde
inspiraría a Foucault para decir también: "En
el momento en que se definen las leyes internas de la gramática,
se anuda un parentesco profundo entre el lenguaje y el libre destino
de los hombres". La razón es clara. Dominar implica
imponer una unidad de sentido: que la palabra "buitre" sea
un simple "ovíparo" y no el "cisne sangriento"
de las Kenningar islandesas, o que "hablar" sea un verbo infinitivo
y no el acto sobre el cual revelamos nuestra conciencia. Ese era el
clima. Y el discípulo de Husserl no estaba exento de sus aires;
tanto así que él mismo promueve toda una nueva forma de
pensar que parte precisamente de una manera distinta de usar el lenguaje.
El motivo es fácil de advertir en su pensamiento. Quiere, en
efecto, redimirnos de toda la parafernalia metafísica que aún
cobran poder en nuestro lenguaje ordinario. Y al propiciar otra relación
más directa con nuestro alrededor, debe desmontar todo el andamiaje
significativo que nos rodea. A partir de ese contexto es que Steiner centra su análisis. No por ello deja de vincularlo con factores mucho más históricos. En este sentido destaca, como un signo más del convulsionamiento que estaba viviendo el mundo, el dilema que se estaba tejiendo en la Alemania de entre guerras. Esta, acaso atada por su derrota y por las estrictas medidas que la efímera y autoritaria Sociedad de Naciones impone en su contra, comienza a descreer de los valores que envuelven a Occidente; como dirá Picón Salas en uno de sus viajes a esas tierras, el país de Goethe y Kant estaba "cargado de peligrosa inflamabilidad". ¿Y acaso no puede verse el auge nazista como el último intento del idealismo por retornar a los dioses en un mundo cada vez más signado por el escéptico empirismo que promulgaba el progreso? Steiner cita así a Spengler, a Bloch, a Barth, a Rosenzweig como tímidos antecedentes de ese malestar que trajo posteriormente la irrupción de la nueva religión pagana de Hitler. Pero puede hablarse de otros. Otros que se remontan mucho más atrás ¿O es que acaso la férrea crítica de Herder y Hamman al orden racionalista de la ilustración no abrieron paso a las resistencias alemanes al orden occidental? El problema es mucho más complejo de lo que se cree. Pero tampoco se trata de buscar culpables. Nada más lejos: en estas materias los buenos y malos se funden y confunden. Lo importante, a lo sumo, es destacar que desde las entrañas del corazón alemán se debatía una disyuntiva que siempre había estado presente en su historia, y su relación confusa y contradictoria con la modernidad. Disyuntiva que resurge incandescente en el siglo veinte. Cosa que impulsa, desde otra instancia, algunas de las inquietudes de Heidegger. Como dice Steiner: "El lenguaje de Heidegger, totalmente inseparable de su filosofía y de los problemas que ésta plantea, debe verse como un fenómeno característico que brota de las circunstancias de Alemania entre el cataclismo de 1918 y el ascenso del nacionalsocialismo al poder". Pero ese estado de insatisfacción cobrará mayor relieve en la misma lengua: "En suma, más consciente y más violentamente que en ningún otro idioma, y en formas que acaso fueran influidas por el Dada y por su desesperado llamado a una lengua humana totalmente nueva con la cual dar voz a la desesperación y a las esperanzas de la época, la lengua alemana después de la primera Guerra Mundial busca una ruptura con su pasado".
Desde esa
convulsión, es que el filósofo de Friburgo desarrollará
su pensamiento. Místico del lenguaje, maestro de una nueva verborrea
seudo-etimológica, retórico de la antiretórica,
idealista de la existencia, el exótico profesor alemán
se convertirá en uno de los grandes críticos de la civilización.
Por eso para muchos es el pensador más importante de este siglo;
pero para otros bien puede ser un simple charlatán. Depende como
se lo mire. De cualquier modo, es bueno destacar su legado. Derrida
por ejemplo parte de muchas de sus ideas para establecer su visión
deconstructiva de la civilización occidental; Hans Georg Gadamer,
entre tanto, se vale de algunas de sus ideas para fundamentar su visión
inmanente de la verdad. Distintos frentes se han establecido entonces.
Frentes fronterizos, difíciles de comunicar. Frentes inestables
y dudosos, ya que a la par que muchos siguen fascinados reinterpretando
su obra, otros por el contrario han ido cuestionándola con cierta
devoción. Lo importante, mal o bien, es que ha sido uno de los
pioneros en resquebrajar el logocentrismo europeo, proponiendo una vía
que intente volver a los orígenes. Igualmente ha sido uno de
los pioneros en vaticinar el desarraigo del hombre con su medio ambiente
y el estado de enajenación en el nos encontramos. Crítica
que, por lo demás, veremos tanto en Albert Camus, por mencionar
sólo algún escritor de renombre, como en los nuevos movimientos
ecológicos y pacifistas. Aunque su concepción guarda ciertas
particularidades. El habla de un divorcio del hombre consigo mismo como
el origen a esa devastación que ha ido promoviendo el uso indiscriminado
de la tecnológica. La separación del selbst es un rasgo
de inautenticidad: al renegar éste de ser "él mismo",
alejándose de esa interacción libre y espontánea
con el mundo y consigo mismo, pierde su posibilidad de autorrealización
y se torna peligroso y destructivo. El tema, sin duda, es más
extenso. Lo relevante es rescatar su pensamiento desde las propuestas
que todavía le dan vigencia, y reafirmar su complejidad como
una capacidad de generar muchas interpretaciones. La conclusión
es entonces evidente. El pensamiento de nuestro filósofo rebasa
las etiquetas que le han asignado. Ni primitivo ni bárbaro: Heidegger
ve que las estructuras de pensamiento occidental, desde Sócrates
hasta nuestros días, nos han obligado a considerar las cosas
como muertas piezas de museo, como fríos trazos de una putrefacta
mortaja, como fragmentos de un esqueleto mutilado. Ni purista ni esencialista:
su idea de retorno originario no obedece a una limpieza sino, en todo
caso, a una recuperación; quiere, en efecto, forzar al idioma
a restablecer un contacto perdido con su origen, a renovar el viejo
contrato de sentido con la naturaleza y nuestro entorno. * Pero sus ideas no dejaron de arrojar ciertas sospechas. Muchos las vieron como justificación de cierto ensimismamiento y nihilismo. Como objetará Martin Buber: "Pero el hombre de Heidegger ha dado un gran paso decisivo, desde Kierkegaard, en dirección al abismo, donde ya asoma la nada". Por otro lado, también se le ha criticado su pasivo y monolítico sistema crítico, tal como resumirá el mismo Steiner: "Heidegger tiene como único tema lo que él llama 'el ser del ser'. Todo el proceso de meditación es un movimiento de espiral y profundo que conduce, siempre, a este centro". Las cosas se complican aún más, cuando detrás de algunas de sus propuestas se encuentran insondables grietas. En el caso del filósofo parten de una consideración moral, hoy en día relegada por tantos abusos del discurso. Cierto, pensar que nuestras palabras no traen consecuencias es de una irresponsabilidad supina y hasta malévola. Todo ejercicio de la sensibilidad deviene siempre en acto. Cuando Goethe escribió su famoso Wether nunca se imaginó que ello conllevaría, indirectamente, a la mayor cantidad de muertes en jóvenes suicidados de la Europa del siglo XVIII. Más recientemente la película del terrorífico asesino en serie interpretado por el multifacético Anthony Hopkins, The silence of the Lambs, motivó indirectamente graves asesinatos en distintas partes del mundo. El arte y el pensamiento no son tan inocentes, como ha solido creerse. Por más que Leni Riefenstahl se refugie en la famosa amoralidad del arte wildeano, siempre veremos sus trabajos cinematográficos con la oscura niebla del proselitismo que le dio al Tercer Reich. Por eso el pensamiento de nuestro filósofo, a la luz del exterminio de más de un millón de judíos que ocurrió en su amada Alemania, siempre resultará una incógnita. No es que su obra haya legitimado el exterminio judío o el autoritarismo nazi, como algunos quisieron ver ciertamente (entre ellos el mismo Habermas), pero acaso sí contribuyó con esa atmósfera de crispación, desarraigo, nihilismo que trajo el auge de la ideología del Fuhrer. Más, si incluso se dejó llevar por el arrebato hitleriano. Pero tampoco hay que ser tan estrictos. Errar es de humanos: ¿acaso Günter Grass, Umberto Eco o el mismo Cioran no se dejaron llevar por la pasión totalitaria de sus países de origen en una época de sus vidas? Lo grave, sin embargo, es que en el caso de Heidegguer nunca hubo una reconsideración especial de ese hecho, ni en su vida ni en su pensamiento. Como si estuviera al margen de todo ello, o como si las ideas estuviera exentas de cualquier responsabilidad moral y ética de quienes la enuncian.
¿Cómo
no dejarse impregnar por esos sucesos? ¿Cómo no asumir
algo tan cruel y desastroso que sucedió allí mismo,
en su tierra natal? Muchos se han hecho la misma pregunta, y pocos
han podido contestarla. El mismo lugar que dio origen a Hölderin,
Novalis, Heine había logrado la muerte de la misma poesía,
en palabras de Adorno, y Heidegguer no pudo, no quiso, advertirlo.
George Steiner, desde ese pesar existencial que pareciera revelarse
hasta en ese tono entre elevado y tenso de sus palabras, y desde las
polémicas resonancias que ha generado las reflexiones del filósofo
circunscritas dentro de la tradición idealista del pensamiento
alemán y del momento decadente que va viviéndose en
la Europa de este siglo, contempla y analiza su pensamiento a partir
de sus más sobresalientes obras para tratar de alguna manera
de contestar a esas interrogantes. No quisiera sin embargo detenerme
en sus resultados, sin antes hacer un breve recorrido por su mismo
proceso de exploración. * Leyendo bien el trabajo de Steiner, uno encuentra cómo logra establecer una suerte de mapa de las facetas del pensamiento del filósofo alemán. Por ello quisiera comentar brevemente algunos de sus capítulos, que resultan ser muy ilustrativos de las búsquedas del maestro de Hanna Arendt. Los explico de una vez. 1)
Algunos términos básicos: en esta parte, además
de comentar el trabajo que contiene dicho nombre, se hace todo un
análisis desde la perspectiva del filósofo sobre el
sentido del filosofar, sobre todo como un intento de develar el ser.
El hombre se encuentra en un bosque oscuro y la única manera
de ubicarse es deteniéndose en sí mismo, recibiendo
su lichtung: claro, oasis. Como los héroes en las novelas de
caballería quienes, luego de ser derrotados por un inesperado
enemigo, se internan en un bosque para fortalecerse, Heidegger vislumbra
la búsqueda del ser, del das Sein, como una profunda excavación
en la oscura selva de uno mismo. Pero, a diferencia de otros filósofos,
el nuestro rehuye de sus antepasados y critica las dos herencias que
han dominado el pensamiento occidental: la aristotélica, que
luego devendrá en el culto a las ciencias, y la platónica,
que posteriormente fundará todo intento sistemático
por explicar el mundo con ideas. Aunque a partir de este radical distanciamiento,
¿cómo se puede vislumbrar una salida al rol de filosofar?
La respuesta es fácil. La nueva función de la filosofía
atendería simplemente a la de promover una apertura, a la de
incentivar una disposición, a la de generar una propensión,
a la llamada del ser del ente. ¿Y cómo se logra ello?
Volviendo a la mudez del silencio y a la esencia del arte, a la simpleza
de las pequeñas cosas que rodean nuestro mundo y a la palabra
que se nos devela en la casa del lenguaje. No por ello resultará
devastadora: tratará así de mostrarnos nuestra inanidad,
la ausencia de dioses y de un más allá. Pero no nos
desviemos. Mejor sigamos con los capítulos. 2) El ser y el tiempo: aquí se explora el pensamiento heideggeriano, haciendo toda un radiografía de sus posibles influencias (San Agustín, Bohme, Trakl, Holderlin) y tratando de entender su concepción del "ser" en conexión con el mundo y el presente. Ya no se trata de criticar otras concepciones, sino de vislumbrar el camino por el cual la esencia del "ser" aparece. Un camino de silenciosas interrogaciones, como lo dice Steiner: "El hombre alcanza su esencia, su humanidad, en el proceso de 'la existencia': interrogando al ser, haciendo interrogable su propia 'existenciariedad'". En otras palabras: en el proceso de buscarnos, nos encontramos. Ahora bien, nos encontramos habitando un mundo, un espacio. O mejor dicho: porque habitamos un lugar, nos sabemos encontrar. El dasein, palabra sobre la cual girará el pensamiento del filósofo alemán, es "ser ahí", "estar ahí". Eso quiere decir, más allá de los juegos paradójicos que incita, que estamos atados en el buen sentido de la palabra a nuestro habitat circunstancial. Cualquier pensamiento que promueva una salida de esa realidad cotidiana que nos rodea, no es sino una forma de escindirnos, de atomizarnos y distanciarnos de nuestro entorno. Ser es existir con nuestra realidad. Somos en tanto estemos conectados armónicamente con el pequeño universo de las cosas que nos rodean. Así lo vemos en el poema de Jorge Guillén Al margen de un Cántico:
3) La presencia de Heidegger: ya en esta última parte se habla de la relación del "ser" con el lenguaje, partiendo de su trabajo Carta del humanismo y sus comentarios a los poemas de Hölderlin. Quizás en estas concepciones es en donde se pueda sentir mayor afinidad con el filósofo; más aún, cuando le da un valor muy significativo al poeta como vidente, como chamán que puede hacer ver el "ser". Como dice en El origen de la obra de arte: "La poesía es el decir de la desocultación del ente". El acto poético trata así de develar la verdadera razón de las cosas, y por ello logra descubrir el antiguo idioma de la divinidad que una vez las rodeó. El poeta es acaso el que ha podido desarrollar mejor el oído para escuchar esa morada difícil y multiforme que es el lenguaje. Y porque trabaja con las palabras en el propósito de desengañarnos, de mostrarnos nuestro vacío, tendrá un rol parecido al del filósofo. No deja de ser algo importante, para quienes desdeñen esta labor. Aunque quizás también sea en este punto, en donde más sobresalga el abismo por el cual podamos distanciarnos del profesor de Friburgo. Volvamos a la cuestión anterior: ¿cómo alguien que postula una nueva aproximación a la verdad desde una profunda sensibilidad, puede convertirse en cómplice de algo tan atroz como ese arrebato que devino luego en los crímenes de lesa humanidad? La decepción nace de la admiración. Steiner, a partir de la moraleja que surge del último encuentro de Celan (el poeta judío) con Heidegger (el sabio alemán), nos da -no sin un aliento apocalíptico- su punto de vista sobre el complejo enigma. Cierto, en este encuentro tan singular entre dos importantes representantes de nuestra cultura humanística, por primera vez un poeta quiere buscar una explicación racional de un hecho, consiguiendo entretanto, y paradójicamente, la respuesta en la incapacidad para hablar del filósofo, es decir, a partir de un gesto irracional. Así dice Steiner en clara alusión a la utópica República platónica: "En sombrío contrapunto, la negativa de Heidegger a replicar a Celan y el poema de allí resultante equivalen a una expulsión, a un autoostracismo del filósofo que se va de la ciudad del hombre". * Pero quizás
haya otra explicación. Acaso sí hubo una réplica.
Una más irreversible y conmovedora; una a la manera del filósofo
de Friburgo, es decir, sin los mecanismos logocentristas de la razón
que se esconde detrás de nuestro lenguaje. Cierto, el posterior
suicidio de Celan quizás fue, en definitiva, la respuesta que
nunca quiso dar Heidegger. Ante ello no queda mucho que hacer. La razón
se ha quedado muda y sólo el horror ha hablado. Una famosa parábola
borgiana nos habla de un poeta quien, después de visitar todos
los espacios inconmensurables del palacio de un rey, logra describirlo
con una palabra, cosa que lo obliga a morir ejecutado por éste.
El mensaje es más que sugerente. Como explica el crítico
y poeta Guillermo Sucre: "Hay un doble sentido en su parábola.
Por una parte, la palabra del poeta pudo revelar la esencia del palacio-universo
y por ello el emperador-Dios -celoso de su creación- le dio muerte.
Prueba de que el lenguaje puede fundar el mundo. Por la otra, resulta
que la palabra del universo es siempre inalcanzable, pero los descendientes
del poeta la buscan". Aunque sin renegar de esa interpretación,
podemos advertir otro significado que nos pone en evidencia la relación
del poeta y el filósofo. Mientras que el primero siempre será
una amenaza para cualquier estructura de dominio, el segundo es más
bien su fundador y legitimador. Si vemos en la República ideal
de Platón cómo consideraba la labor de los primeros, no
es difícil entender el valor que le ha asignado la historia ¿Y
es que acaso el ejercicio del filósofo no se ha convertido en
muchas ocasiones en el fundamento conceptual para edificar esas construcciones?
Que hubiese pasado del comunismo sin Marx, del Liberalismo sin Stuart
Mill, del cristianismo sin Santo Tomás. Las fronteras son claras
entonces. Por un lado, se nos levanta Apolo, fustigador bajo dogmas
de armonías luminosas, y por otro lado se nos esconde Dionisio,
rebelde agitador de los ordenes establecidos. Platón y Rimbaud:
noche y día, orden y caos. Del silencio de Heidegger se desvela
entonces la última palabra de Celan. Palabra que encuentra el
poeta no sólo para desmantelar todo el sistema crítico
del filósofo, sino todo fundamento para oír ese ser que
dejó de existir en la experiencia de los campos de concentración.
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