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La
resistencia de la literatura
Por Ana Teresa Torres
Cuando escribía estas
palabras para la inauguración de este Simposium [*],
me resultaba un tanto extraño, casi que extraviado, comprobar
que me preparaba para hablar ante un grupo de personas que se dedican
a la investigación y la docencia de la literatura venezolana
y que estaríamos aquí hoy, como en efecto estamos pese
a todo, el 30 de octubre de 2002, en el recinto de la Universidad
Simón Bolívar, con ese único propósito:
nuestra literatura. ¿Qué puede decirse sobre ella, me
preguntaba, en medio de un secuestro que nos obliga a todos, sean
cuales fuesen nuestras opiniones y sentimientos con respecto al destino
del país, a vivir permanentemente sometidos al seguimiento
de lo que acontece? Probablemente, pensaba, esta escena en la que
somos actores hoy les parecerá a muchos una suerte de evasión
o de aislamiento de la “realidad nacional” –por
llamar de alguna manera a nuestro secuestrador-, e incluso no descarto
que alguno nos tomara por locos. La dificultad que me sobrevenía
no era la de la página en blanco sino muy al contrario, la
de la página demasiado llena, y la escritura requiere del vacío.
Llena de preocupaciones legítimas pero enemigas en ese momento
de mi propia posibilidad de ser y hablar como escritora venezolana,
que es finalmente la identidad por la cual estoy aquí y la
razón que justifica esta invitación tan honrosa. No
les oculto que desde hace un tiempo ya demasiado largo vengo experimentado
que mi página está tan abarrotada de “realidad
nacional” que no logro imponerme a ella, y a pesar de ella escribir
acerca de mi propia realidad, o como quiera llamarse eso de lo cual
se escribe. Y esta lucha por zafarme del secuestro es lo que me parece
guía estas consideraciones. El combate por resistir la tentación
que me hubiera llevado a interrumpir su escritura para prender la
televisión. Pero todos allí –me dije pensando
en el acto que ahora tiene lugar- están en el mismo saco, todos
allí serán resistentes del secuestro y eso nos une.
Hablemos, pues, de literatura. Tiempo atrás, en 1994,
en un artículo titulado “Apuntes para la resistencia”
escribía lo siguiente: “Para definir cuál es el
lugar que ocupa el escritor en este momento, la palabra que encuentro
es disolución. Hemos entrado –pienso a veces-
en el tiempo de la resistencia”. En ese momento estaba pensando
en disolución versus visibilidad. Una suerte de heroísmo
decía en un artículo reciente Sergio Ramírez:
“en América Latina siguen existiendo los libros de quinientos
ejemplares impresos por cuenta de su propio autor. Sigue vivo, por
lo tanto, ese heroísmo de atreverse a publicar, que traduce
la necesidad de que los demás lean lo escrito por uno mismo.
Y sin ese heroísmo no existiría la literatura”.
Hoy me planteo la noción
de resistencia de un modo muy distinto. Entiendo que la conciencia
de la escritura, la lucha por la identidad del escritor, es una experiencia
mucho más profunda que la disolución de la cual yo hablaba,
de la que todos hemos de algún modo y en algún momento
hablado o sufrido en términos de la precariedad editorial,
la mediocridad de las redes de distribución, la ausencia de
promoción. Todo ello sigue estando presente, por supuesto.
Diría incluso que está mucho peor que en 1994, y sigo
pensando que los escritores no pueden mantenerse indefinidamente en
el lamento y la queja sino por el contrario en la activa búsqueda
de promover espacios alternos y en la articulación cooperativa
para producir materialmente su trabajo. Pero todo ello va por el lado
del camino exterior del problema. Un tiempo como el que vivimos,
si bien para el acto material de la escritura es profundamente perturbador,
es también un tiempo fecundo. No quiero decir que sea un productor
de temas -aunque por supuesto podría serlo, pero no se trata
aquí del oportunismo de plantearnos las vicisitudes políticas
como una fuente de bestsellers al modo en que hemos visto
a algunos escritores aprovechar las circunstancias de sus países
para promocionarse, sino un generador de conciencia de la literatura.
Y quisiera hacer aquí un recordatorio de Imre Kertész
que para sorpresa de muchos –y probablemente de él mismo-
acaba de ganar el Premio Nobel. Kertész escribió durante
más de treinta años una obra literaria totalmente desconocida,
pero no sólo internacionalmente sino dentro de su propio país,
Hungría, en donde vivía un secuestro incomparablemente
más empecinado y cruel. Salió por primera vez de su
país cuando tenía unos sesenta años. En su memoria
El otro, crónica de una metamorfosis leemos su resistencia
como escritor, para mantener por sobre todas las cosas su identidad
de tal, escribiendo en un idioma que difícilmente puede ser
leído fuera de sus fronteras, y sin ser leído dentro
de ellas. No es desde luego nuestra circunstancia tan trágica
ni tan heroica, pero es un ejemplo iluminador de la conciencia de
la escritura. Lo que he encontrado en el caso
Kertész es una respuesta, o al menos una referencia por el
lado del camino interior que me consuela en la experiencia de haber
comprobado en vivo cómo apenas unos años de tormenta
llevan consigo el peligro no sólo de que desaparezca Monte
Ávila, o de que perdamos un semanario tan significativo como
ha sido “Verbigracia”, o cualquier otra calamidad que
nos estará esperando con toda seguridad a la vuelta de la esquina,
sino que de pronto la identidad de escritor sea tan frágil
que pueda desvanecerse en medio de la atronadora voz del discurso
del poder. En Venezuela, por suerte, no hay escritores vivos que hayan
conocido la censura política a sus escritos, salvo aquella
anécdota más bien divertida que le ocurrió a
Salvador Garmendia por usar malas palabras. Pero somos maestros en
el conocimiento de la censura de la banalización; censura que
es necesario resistir a toda costa y desde nuestro propio interior. Ni los escritores –ni
los críticos, los investigadores y docentes- debemos avergonzarnos
de una condición que es consecuencia inmediata de nuestra identidad
y de nuestro trabajo: el hecho evidente de que no podemos, en tanto
tales, surgir a la palestra con una solución a cualquiera de
los problemas del país, ni tenemos ni tendremos jamás
una voz que se eleve en medio de una historia dominada por la pasión
de poder, como creo que es la nuestra. El poder no es necesariamente
nuestro enemigo, pero con seguridad nunca es nuestro aliado. Los escritores
que han sucumbido a la tentación del poder han terminado por
dañar su escritura, o lo que es peor, su conciencia. La escritura
es lo contrario del poder. O si se quiere dicho de otro modo, no se
puede escribir desde el poder. El poder es ese ciego, certero y sólido
monstruo, amo del corazón de los hombres y que solamente es
dominable, custodiable, amansable, en aquellas sociedades lo suficientemente
inteligentes para reconocer su voracidad, que no es nuestro caso.
El poder en Venezuela es ubicuo, crónico, tan presente como
el sol que encandila los ojos acostumbrados a un mismo paisaje que
apenas si lo vemos salvo cuando algunos momentos de la historia lo
quieren así, y me pregunto si la débil presencia de
la literatura, y de la cultura en general, no tendrá que ver
con el hecho de que son acciones que generan en nuestra sociedad muy
escaso poder. O en todo caso, poder de camarilla, pero no el poder
duro, poder de verdad verdad. Y probablemente nosotros, me refiero
a estos extravagantes personajes que somos los reunidos hoy aquí,
lo sabemos y lo hemos sabido siempre. Y eso nos avergüenza, nos
debilita, nos arrincona. Quizá también la diferencia
entre la cultura y la barbarie sea precisamente el lugar que se le
da a lo que no genera poder. Pero, volviendo a Kertész,
me preguntaba cómo este hombre pudo resistir años construyendo
una obra a contra marcha de la sociedad asfixiante en la que vivía,
rechazado por las editoriales, silenciado por el poder totalitario,
y continuar escribiendo acerca de lo que había marcado su vida
–Auschwitz supurando siempre en sus escritos-; cómo alguien
en esas circunstancias a las que hay que añadir la pobreza
material, pudo sobrevivir cincuenta años como escritor, y pienso
que solamente porque creyó en sí mismo. Creyó
consistentemente en la importancia ineludible para él de ser
alguien que escribe. Creyó en la escritura como el soporte
indispensable de su supervivencia. Entonces, me digo, la única
resistencia posible es la de pelear a muerte contra el peligro de
banalizar nuestra propia identidad bajo el argumento de su no importancia.
Lo que, bueno es decirlo también, no es del todo cierto. Deberíamos
revisar esa muletilla de que en Venezuela no hay lectores porque es
una manera de descalificar a los que existen. Si son pocos o muchos,
ya eso es un problema extraliterario. La escritura es finalmente un
acto de intimidad. Cuando leo, igual que cuando escribo, estoy sola;
sola con el otro que escribió el libro que leo; sola con el
otro que lee el libro que escribo. Las masas compran los libros, quien
lee es siempre un ser íngrimo como lo es quien escribe. Y si he insistido en el tema
de la resistencia, no está desvinculado del hecho “increíble
pero cierto”, casi con méritos para el libro de records
de Guiness, de que ustedes, la comunidad que representan, se reúne
por vigésima octava vez en un país no precisamente afecto
al espíritu de continuidad. Y la escritura –otra contradicción-
no se produce sin continuidad. En realidad ninguna obra humana, como
es obvio, pero me refiero a una continuidad más sigilosa, invisible,
como es el tejido del lenguaje. Quien se dispone a escribir en suma
no cuenta con nada sino con el tiempo interior, la construcción
que de sí va haciendo en el tiempo y que decide poner en palabras
a fin de comunicarla, o porque no sabría hacerlo por algún
otro medio expositivo. [*] Palabras pronunciadas por la escritora Ana Teresa Torres en la inauguración del XXVIII Simposium de Literatura Venezolana. Universidad Simón Bolívar, Caracas 30 de octubre de 2002 |