El triunfo de la economía de mercado y el ocaso de la teoría pura
Enzo Del Bufalo

 

El Origen de la High Theory

Hace algunos años, al cierre de mi libro sobre las teorías macroeconómicas, concluía de la siguiente manera:

El fracaso de las teorías económicas en proporcionar un conjunto de políticas idóneas no se debe principalmente a la falta de un adecuado desarrollo teórico, sino más bien a la intención del propio discurso económico el cual, hasta ahora, ha querido ser tan sólo un comentario sobre los hechos económicos que acompaña el devenir real de la economía más para justificarla que para comprenderla.1

Esto no significa que los economistas hayan sido hasta la fecha simplemente unos panfletarios interesados en defender intereses sectarios, aunque una tal actitud se encuentra con frecuencia en los trabajos incluso de los grandes economistas. Es innegable el sesgo antiaristocrático de los clásicos, la crítica anticapitalista es explícita en Marx, la polémica antisocialista es el fundamento de la revolución marginalista y la necesidad de justificar la intervención del Estado en la economía de mercado es el propósito declarado del keynesianismo.

Pero con todo lo determinante que estas motivaciones puedan ser en condicionar la teoría económica, permanecen externas al marco conceptual mismo que constituye la argumentación teórica, cuyo carácter científico se fundamenta en el rigor con que los conceptos se concatenan con astringencia lógica a partir de hipótesis plausibles. Así por ejemplo, la fundamentación del valor en el trabajo no se debe al simple deseo expreso de mostrar que mientras los empresarios y obreros se ganan el pan con el sudor de su frente, los aristócratas no, aunque esto estuviese presente en el debate político de la época. Lo que justamente separa a los fundadores de la ciencia económica de la diatriba de los panfletistas políticos es su deseo de establecer una fundamentación objetiva del valor de las mercancías, que permita articular la población y la producción de riqueza de tal forma que la explicación de la circulación de mercancías pueda integrarlos en un sistema coherente. Asimismo lo que caracteriza a los fundadores del marginalismo no es el obvio horror a la inmoralidad que significaría el beneficio capitalista si se aceptara como correcta la tesis de la explotación que se deriva de la teoría del valor trabajo, sino la necesidad teórica de corregir los defectos evidentes de la explicación de los precios de mercado a partir del valor como cantidad de trabajo incorporada. Por su parte Keynes, si bien estaba preocupado por salvar al capitalismo liberal de la amenaza comunista y fascista, su punto de partida teórico era estrictamente científico, en el sentido de que quería mostrar que el mercado no es un mecanismo coherente y consistente para regular las actividades económicas, como lo sostenían las escuelas clásicas y neoclásicas por igual, y que, por lo tanto, genera desequilibrios permanentes que deben ser corregidos por la política económica.

La economía como ciencia moderna nace en el marco epistémico del siglo XVIII con el objetivo explícito de descubrir las leyes naturales de la producción, circulación, distribución y acumulación de la riqueza de las naciones. Se trata, por lo tanto, de extender al campo de la generación de riqueza ese mismo enfoque que ya se aplicaba a los fenómenos físicos y a otras áreas de la realidad, basado en la formulación de hipótesis de las cuales derivar explicaciones de los fenómenos observados. El objetivo es pues reducir los fenómenos a sus esencias medibles y hacer de la medición rigurosa su conexión esencial. En este sentido las consideraciones de tipo cualitativo (éticas, políticas, psicológicas, antropológicas, etc.) no tienen cabida en el marco conceptual rigurosamente reificado que constituye propiamente la teoría pura, compuesta de conceptos que representan cosas medibles por lo menos en principio. Esto no quiere decir que en la exposición discursiva no se hagan consideraciones cualitativas de tipo histórico, político o cultural. Pero en la buena teoría tales consideraciones son externas al marco teórico reificado. Precisamente cuando tales consideraciones se mezclan en forma indebida con el marco conceptual reificado, la teoría se vuelve espuria. El método científico moderno excluye lo no cuantificable y de esta manera impone un recorte de la realidad que es común a todas las ciencias modernas.

Pero si la economía ha de distinguirse de otras ciencias, debe también definirse su campo de acción. El enfoque hipotético deductivo no se aplica sin más sobre un campo de realidad preconstituido, sino que la propia formulación inicial del objeto de investigación implica de hecho la constitución de un nuevo campo de investigación, de un recorte nuevo y original de la realidad, de una nueva positividad. Para el deslinde de este recorte de realidad son necesarios criterios cualitativos que discriminen entre los fenómenos que pertenecen al campo recortado y aquellos que lo trascienden. El método moderno implica un riguroso fraccionamiento de la realidad para obtener conceptos claros y distintos. De manera que los conceptos cualitativos constituyen conceptos límites que, sin ser ellos mismos conceptos económicos, se convierten en postulados de la teoría. Conceptos tales como clases sociales, trabajo, nivel de subsistencia, preferencias psicológicas, conducta racional, son asumidos por la teoría sin fundamentación, pero sirven para fundamentar su explicación. Estos conceptos pertenecen a otras positividades y es competencia de otras teorías demostrar su verdad, la cual se da por descontada cuando se asumen como puntos de partida del campo económico. Los postulados marcan los límites de una determinada positividad, al tiempo que funcionan como elementos de conexión con otros campos de investigación, bisagras conceptuales con las cuales la mentalidad del siglo XVIII esperaba poder recomponer todas las teorías regionales en una sola cadena deductiva para formar la mathesis universalis, la ciencia única que abarca toda la realidad. Por lo tanto, el método moderno define tanto la constitución reificada del marco conceptual como sus límites positivos: teoría y campo de acción, marco conceptual y positividad. De ahí que la propia palabra economía se utilice de manera ambigua tanto para designar la teoría explicativa como la positividad real de los fenómenos relevantes.

Desde su fundación hasta el presente la economía ha sufrido un proceso de transformación conceptual y de depuración de la positividad fenoménica que la constituye. Al punto que el circuito económico inicial se transformó luego en sistema de decisiones individuales y, más tarde, en agregado de variables para disolverse, en fecha más reciente, en un sinnúmero de parcelas que ya no guardan ninguna relación con la positividad originaria. Esta, como se dijo, reúne todos los fenómenos atinentes a la producción, circulación, distribución y acumulación de la riqueza, entendida esta última como el conjunto de bienes y servicios conectados por la circulación mercantil. Es justamente la teoría que se refiere a esta positividad económica originaria la que se denomina high theory, la teoría económica propiamente dicha, fundamento y referencia de muchas otras teorías específicas. Esta teoría parece haber llegado a su conclusión y ocaso.

Rigor científico y relaciones de poder

Pero antes de entrar a analizar las causas de este ocaso de la teoría económica, es necesario retomar lo ya dicho. La afirmación de que el método científico excluye del marco conceptual toda mediatización de su lógica por consideraciones de intereses sectarios es sin duda cierta y es lo que diferencia la high theory de los grandes economistas, de las argumentaciones de los polemistas y panfletarios. La claridad y distinción del concepto y el rigor deductivo son sin duda los rasgos que definen el método científico moderno y es solamente a la teoría apegada estrictamente a este método a la que tendremos siempre en el horizonte de nuestro análisis. Pero esto no significa en lo más mínimo que todo marco conceptual, aun el más rigurosamente construido, no esté determinado por relaciones de poder. Toda reificación conceptual, incluso la más apegada a las reglas de la lógica formal y de la semántica, tiene un sentido del que depende en última instancia su inteligibilidad y este sentido expresa siempre determinadas relaciones de poder.

El método moderno de investigar, o sea, el método hipotético-deductivo es lo que caracteriza a la ciencia moderna, es la referencia obligada de todo aquel que quiera investigar la realidad. La modernidad instaura una episteme para la cual la esencia de la verdad está en la clasificación y en la medida de las cosas.2 Conceptos claros y distintos, rigurosamente concatenados por las reglas de deducción que se apoyan en un punto de partida cuya verdad es incontrovertible, conducen a hipótesis explicativas que deben ser confirmadas por el experimento, es decir que la concatenación conceptual debe ser corroborada por la concatenación de los fenómenos empíricos. Aparentemente no hay cabida aquí para valoraciones arbitrarias, es decir, motivadas por la dinámica subjetiva. La práctica científica norma al sujeto de tal forma que elimina cualquier interferencia indebida en la determinación de la verdad. Sin embargo, queda abierto el problema de cómo se constituye una positividad. Esta es un recorte del campo de fenómenos reales que, como se dijo, viene determinado por los postulados iniciales cuya escogencia no tiene reglas fijas, sino que en cada caso vienen aceptadas por consenso –nos dice cierta epistemología contemporánea, y bien puede que sea así–. Pero esto no resuelve el problema, sino que lo desplaza, puesto que inmediatamente surge la pregunta de por qué ese consenso se produce particularmente en ese período y no en otro. En realidad no hay forma de explicar la determinación de una positividad a partir de criterios internos al propio discurso que la describe. Ciertamente es posible establecer líneas argumentativas que desde el seno de un discurso permiten pasar a otro discurso. Así por ejemplo, la discusión sobre el movimiento de los cuerpos llevó a Galileo a postular el movimiento rectilíneo uniforme, modificando sustancialmente el campo de realidad comprendido por la nueva astronomía y la nueva física. Sin embargo, las motivaciones de estos postulados trascienden la mera genialidad de sus autores, los cuales, muchas veces, lo único que en verdad hacen es retomar ideas anteriormente desechadas. En el caso de Copérnico, consideraciones de tipo religioso vinculadas a la filosofía hermética influyeron probablemente en su elección3; en el caso de Galileo, la destrucción del cosmos medieval conlleva al abandono de la física de los lugares y de la diferencia entre movimientos naturales y violentos, lo cual hace posible postular el movimiento rectilíneo uniforme4. Pero la filosofía hermética y la destrucción del cosmos medieval son aspectos que trascienden el ámbito específico de la astronomía o de la física y remite a las prácticas sociales en sentido más amplio y no solamente a aquellas directamente vinculadas a las discusiones técnicas y a sus protagonistas. Prácticas sociales que constituyen una nueva figura de la subjetividad que necesita una religión natural y una nueva cosmosvisión que oponer al orden social tradicional, dominado por una figura de la subjetividad que se le opone y limita su desarrollo y afianzamiento. Los actos individuales de Copérnico y Galileo, al postular sus ideas, son expresión de esta nueva subjetividad que es compartida por otros individuos los cuales, por ser productos de esas mismas prácticas, reconocen y aceptan esos postulados, pero en cambio, a la subjetividad que se configura con las viejas prácticas sociales, aparecen como absurdos e ininteligibles.

El postulado no tiene una argumentación que fundamente su verdad, sino que ésta aparece como evidente en tanto en cuanto el concepto que se postula es el único que permite fundamentar una explicación del fenómeno observado. En cierta forma, el postulado depende del fenómeno y este último de que sea efectivamente observado. Por lo tanto, los fenómenos y los postulados que constituyen una determinada positividad dependen de una mirada previa que enfoque esa parcela de la realidad de una determinada manera y ésta a su vez depende del deseo que mueve la mirada. El deseo es la fuerza que conjuga los cuerpos cuyas conexiones componen la máquina social. La maquinación social de los cuerpos produce la trascendencia del deseo en lo que se denomina subjetividad. Ahora bien, el transcender es la síntesis de la emocionalidad con las formas de las relaciones sociales, las cuales componen a partir de sí mismas un campo ilimitado de referencias cosificadas que es el mundo.5

El trascender es lo que se denomina comúnmente como conciencia, por ello "solamente hay mundo para la conciencia y no puede haber conciencia sin mundo"6. Las actividades de los cuerpos, integradas al trascender, forman las prácticas sociales que configuran la subjetividad. Por lo tanto, son las prácticas sociales las que en definitiva configuran la mirada con que cada subjetividad forma y recorta la realidad. Cada positividad depende pues de la mirada determinada por las prácticas sociales las cuales están, a su vez, condicionadas por las relaciones de poder entre las distintas figuras de la subjetividad. Las relaciones de poder están a la base de la constitución de toda positividad así como el marco conceptual que la describe deriva su sentido del deseo subjetivo que mira hacia ella. Los discursos son parte integrante de las prácticas sociales cuya intencionalidad se expresa en los postulados con los que se conforma toda positividad. En términos generales puede afirmarse que el método hipotético-deductivo expresa una nueva aproximación general al conocimiento de la realidad, propia del individuo soberano: la fundamentación cartesiana es muy ilustrativa a este respecto. Pero cada recorte específico de la realidad no es atribuirle a esta figura de la subjetividad en general, sino a un cuadro particular de relaciones de poder que conducen a seleccionar ese recorte de la realidad. De manera que una cosa son las exigencias metódicas del sujeto soberano de conocimiento y otra cosa son las motivaciones para postular recortes de lo real que nacen del conflicto social.

Así por ejemplo, la conformación del individuo como figura social implica la concepción de una realidad regida por leyes naturales cognoscibles. De ahí que en la época moderna, la búsqueda de las leyes naturales sea una empresa que se extiende a todos los saberes fundados sobre este nuevo sujeto de conocimiento. Pero la motivación de buscarlas en el campo económico exige, antes que nada, la delimitación consciente de ese campo, la cual está dada por la necesidad de orientar la política del Estado. En efecto, no son los físicos los que, en su búsqueda de leyes naturales, descubren las de la economía por simple inercia de sus investigaciones, sino que son aquellos que están empeñados en una discusión acerca de cómo se origina la riqueza del Estado los que, aplicando el método científico, descubren las leyes de la economía. El recorte de realidad que constituye el campo de lo económico tiene una motivación externa al método científico, aunque el deslinde conceptual pertenece al método mismo.

La economía como positividad nace de la necesidad de orientar la política del Estado en los asuntos concernientes a la riqueza de la nación, de tal forma que su interferencia con tales asuntos fuese lo más compatible posible con la apropiación individual. El campo de fenómenos que interesa es aquel que intercepta las prácticas sociales mercantiles de los individuos con las prácticas de control despótico de la riqueza. Muchos de estos fenómenos eran más o menos conocidos desde antes, pero ahora están acotados por conceptos tales como trabajo y medios de producción que organizan un ámbito de fenómenos productivos, valor y precios de mercado que delinean una esfera de la circulación de bienes, clases sociales y propiedad privada que sustentan un sistema de distribución y acumulación de la riqueza. La constitución de un campo de realidad donde todos estos fenómenos aparezcan así ordenados e integrados tan sólo es posible en una sociedad en la cual las prácticas sociales produzcan individuos que se relacionen entre sí mediante reglas específicas –las reglas del intercambio mercantil– las cuales crean espacios sociales donde se produce riqueza sin una coordinación despótica por parte del Estado. La necesidad de mostrar la autonomía funcional de estos espacios frente al orden despótico del Estado, tan sólo es concebible en una sociedad en la cual exista una tensión política entre una subjetividad individual que quiere decidir autónomamente y una subjetividad despótica que desea subordinar esos espacios a su voluntad. El deseo de autoafirmación del individuo como figura social está a la base de ese ordenamiento y esa integración. El conocimiento de esta positividad se expresa en el discurso de la economía política que media las prácticas sociales entre Estado e individuos. Es esta funcionalidad práctica del discurso lo que le da sentido a la teoría construida bajo los más rigurosos cánones de la ciencia moderna. La teoría económica es pues consecuencia de la afirmación del individuo como sujeto soberano de conocimiento, cuya expresión práctica es el método científico moderno, y de las prácticas sociales de apropiación mercantil de la riqueza que constituyen al individuo como figura social. Una breve reseña de la evolución del discurso económico servirá para ilustrar la intencionalidad política de la teoría pura.

El sentido de la teoría

La economía como saber moderno comienza con el famoso Tableau Économique de Quesnay que explica cómo es posible la producción, circulación, distribución y acumulación riqueza en una sociedad dividida en clases de individuos, cada una de las cuales tiene una función específica. Cada uno de estos ámbitos está constituido por una red de acciones individuales mediadas por relaciones mercantiles que en su conjunto forman el circuito económico regido por regularidades que la teoría quiere determinar.

Un circuito que se inicia con los anticipos de los empresarios, sin los cuales no sería posible poner en marcha el mecanismo que hace posible la producción de un excedente, el cual debe convertirse, por lo menos en parte en fondos para ser anticipados en el próximo período.7

Mostrar que existe un circuito de flujos económicos que es coherente y consistente equivale a mostrar la existencia de regularidades. Esta es la descripción de una positividad con sus propias leyes naturales, un recorte de las prácticas sociales que será denominado mercado y en el cual la figura del individuo resulta fundamental aunque aparezca, en esta fase inicial, en series funcionales llamadas clases sociales. Se trata de un recorte importante en la sociedad francesa del siglo XVIII en la cual los individuos yacían sepultados en un tupido tejido de relaciones de subordinación entre las personas que configuraban un orden vertical regido por el poder absoluto del rey. Esta nueva positividad se convierte en el espacio de las prácticas sociales mercantiles separadas de las prácticas sociales despóticas, donde rige la figura del déspota.

El Tableau Économique demuestra que las regulaciones impuestas por el Estado son innecesarias y contraproducentes. El análisis de la distribución muestra de qué manera el Estado puede beneficiarse si aplica una política que respete las leyes del mercado. El objetivo del análisis teórico es pues el de definir una adecuada política tributaria en un momento en que la tensión entre subjetividad individual y orden despótico está alcanzando un nivel que en poco tiempo hará estallar toda la sociedad. El discurso de los fisiócratas atrapa la conflictualidad política en el sereno espacio del marco conceptual, pero el sentido de todo el análisis conduce a una propuesta de regulación de ese conflicto desenganchando las prácticas mercantiles de las prácticas despóticas, de tal forma que el área de interrelación entre ambas sea drásticamente reducida en beneficio de la soberanía individual. Los postulados que conforman el campo de la economía expresan el mismo sentido que orienta a los postulados de otras positividades cuyos discursos están empeñados también en desenganchar las prácticas despóticas de las de los individuos. Sin embargo, el esfuerzo por demostrar que las decisiones de las clases que participan en el circuito convergen formando regularidades discernibles, oscurece el hecho de que el circuito recibe su impulso de los anticipos para la producción, y la recuperación de tales anticipos modula todo el circuito. De manera que la explicación del origen de la riqueza se convierte en la explicación del origen del capital, cuya naturaleza como práctica social queda absolutamente mimetizada con las prácticas mercantiles. La razón de esto puede deberse a que el capital, entendido como régimen de anticipos, es una práctica mercantil legítima o que la mirada que recorta el espacio social mercantil no tiene interés en discriminar en este ámbito, concentrada como está en desenganchar las prácticas mercantiles de las del Estado. Este hecho no es casual.

Tampoco es casual que la extensión del método científico moderno hacia una discusión sobre la política del Estado respecto de la riqueza nacional ocurra ya no al principio de la época moderna, sino bastante más tarde y justamente, como se dijo, en un momento en que el conflicto entre distintas subjetividades se intensifica. La posibilidad de echar mano a una explicación objetiva de la realidad económica que muestre verdades incontrovertibles de las cuales se desprendan necesariamente ciertas conclusiones normativas, es una manera de desplazar el conflicto del ámbito de las relaciones de fuerza explícitas al ámbito de reglas racionales de persuasión. De esta forma las relaciones de fuerza quedan subsumidas en el concepto puro y su empuje atenuado en el sentido de la argumentación. De manera que a mayor intensidad conflictiva mayor rigor teórico8.

Con los economistas clásicos ingleses, la teoría económica conoce un incremento del rigor conceptual vinculado a la aparición de nuevas modalidades de intensificación del conflicto entre subjetividades. Si, inicialmente, el trabajo erogado se postula como fundamento del valor de cambio porque es el elemento que permite articular la generación de riqueza con la administración de la población por parte del Estado, es decir, que se discute en el marco de las políticas mercantilistas del absolutismo, la postulación de este concepto cambia de sentido al desplazarse el conflicto del ámbito de las reivindicaciones de las espacios de libertad individuales frente al Estado absolutista de la Francia prerrevolucionaria, al ámbito del conflicto distributivo entre la clase aristocrática rentista y las clases productoras de la Inglaterra del período de entre siglos. El conflicto se centra, entonces, en la legitimidad de la apropiación. ¿Y donde más podía encontrarse tal legitimidad sino en el fundamento mismo del individuo? Ahora bien, el individuo soberano surge como figura social en tanto que propietario privado de su cuerpo; es esta propiedad la que lo separa del orden despótico y lo convierte en sujeto independiente y es el esfuerzo de su cuerpo lo que hace posible que se apropie de la naturaleza; es pues mediante el cuerpo, que posee con derecho exclusivo, como afirma su soberanía la cual alcanza su esfuerzo9. El trabajo legitima la apropiación de la naturaleza porque es ejercicio fundamental de soberanía del individuo que como figura social no es otra cosa, repitámoslo una vez más, que el propietario privado de su cuerpo natural. De manera que una apropiación fundada en el privilegio de cuna, como la aristocrática, no tiene legitimidad en una economía de individuos soberanos. No debe pues extrañar que, en el período más agudo de este conflicto, Ricardo piense que "la determinación de las leyes que rigen la distribución es el problema primordial de la Economía Política"10, y considere que es justamente en la teoría de la distribución donde se puede alcanzar el rigor científico igual al de la física.

Cuando el centro del conflicto distributivo se desplaza hacia el seno de las clases productivas, empresarios y trabajadores, la teoría del valor trabajo ricardiana se refina hasta el paroxismo y la sutil distinción entre trabajo necesario y trabajo excedente fundamenta la teoría de la explotación de Marx. Ahora se quiere demostrar la ilegitimidad de la apropiación capitalista siempre a partir del fundamento constitutivo del individuo soberano y, por lo tanto, de la legalidad mercantil. La expropiación capitalista de la propiedad fundada en el trabajo propio del individuo soberano es el escándalo que produce la mediatización despótica de las prácticas mercantiles. La mirada teórica tiene ahora interés en discriminar entre prácticas mercantiles legítimas y sus mediatizaciones despóticas. Así como los fisiócratas describen las leyes naturales del mercado para separar las prácticas sociales de los individuos de la mediación de la policía11 del Estado mercantilista, así como los clásicos ingleses quieren separar las prácticas sociales despóticas de la aristocracia del circuito productivo, asimismo los socialistas quieren separar las prácticas despóticas de la organización misma de la producción mercantil entre individuos soberanos. El capital es el déspota calado en el seno de las prácticas mercantiles que impide el ejercicio de la soberanía individual de los obreros. Con Marx es la propia regla fundamental de las prácticas sociales mercantiles la que se muestra mediatizada por el orden despótico. La depuración, iniciada a principios de la modernidad, de los espacios de soberanía individual de las viejas prácticas despóticas alcanza su máximo: en la mira está la emigración del déspota del vértice del orden social hacia los microespacios del individuo soberano. En efecto, el acto puro de intercambio mercantil, práctica genética y fundante del individuo soberano, es paradójicamente instrumentalizado para recomponer al déspota mismo en el propio circuito regido por las leyes naturales y en un momento en que las relaciones despóticas están en retroceso en la organiación del Estado.

Por fin a mitad del siglo XIX, la lucha contra el viejo orden despótico parece a punto de culminar con el triunfo de la sociedad de individuos soberanos, depurada de relaciones de subordinación despóticas. Pero la gran Revolución democrática de la época tan sólo logra desplazar y recomponer el compromiso con el viejo orden despótico: el liberalismo político, que había reivindicado la soberanía individual frente al Estado, se mantiene como soporte discursivo del capital –organización despótica del circuito económico– y el socialismo, que se opone radicalmente a estas prácticas despóticas del Estado, favoreciendo prácticas neomercantilistas cada vez más radicales. El conflicto distributivo se convierte en un conflicto de poder que abarca todos los ámbitos de la sociedad. Pero en el campo económico, el conflicto de poder se centra en las relaciones de intercambio mercantil. La deducción de la explotación como expropiación ilegítima del producto del trabajo del individuo soberano que realiza Marx a partir de las categorías del intercambio, mediante el análisis riguroso del marco conceptual clásico, descansa precisamente en sus postulados. El sentido legitimador del trabajo como único origen de la riqueza social alcanza su máxima fruición.

Desde los fisiócratas hasta Marx, la subjetividad aparece como clase de individuos serializados de acuerdo a su función específica en el circuito económico. La función cohesiona a los individuos en sujetos económicos colectivos, protagonistas del conflicto distributivo. Pero esta composición se hace sobre la base de una red de actos de intercambio mercantil que le dan consistencia de sistema a una multiplicidad de individuos soberanos. A este nivel cada individuo reafirma su soberanía en cada acto de cambio midiendo el valor de lo que cede y recibe, de forma tal que su propiedad privada y, por ende, su soberanía no sea alterada. En un contexto social general en el cual las prácticas despóticas son una amenaza permanente a la soberanía individual, mantener explícito el momento genético del individuo soberano como figura social es esencial para todo discurso que quiera fundamentar la autonomía de las prácticas sociales mercantiles.

Pero una vez que los derechos individuales han sido reconocidos e institucionalizados por la sociedad en el ámbito político y, en general, existe una aceptación de principio de estos derechos, como ocurrió en la segunda mitad del siglo pasado, el momento genético de la soberanía individual ya no necesita ser explicitado constantemente por el análisis. La existencia del individuo soberano se ha vuelto evidente y puede ser simplemente asumida por el discurso teórico. La soberanía individual de simple ejercicio mercantil práctico reiterado en cada acto de intercambio, se convierte en postulado formal como derecho jurídico a la propiedad privada. Las antiguas series de individuos clasificados según su función en el circuito económico sufren una transformación. En tanto que sujetos, la teoría los reconoce como propietarios privados que configuran una multitud homogénea de agentes racionales que se dedican a prácticas de intercambio mercantil en general, mientras que sus funciones específicas en el circuito económico se autonomizan de la acción subjetiva y se reifican como factores originarios de la producción, es decir, se convierten en cosas que originan la producción de todas las demás y de las que los individuos son propietarios. La positividad económica sufre un cambio importante en la medida en que los antiguos ámbitos de la producción, distribución, y acumulación pierden toda especificidad y se convierten en modalidades de la circulación. A partir de ahora la economía no es más que una multiplicidad de individuos que intercambian bienes y servicios, incluyendo los factores originarios, en el mercado. El acto de intercambio es el objeto central de la teoría. Pero la explicación clásica del intercambio tiene serias limitaciones. Por una parte, no es extensiva a todo tipo de intercambio, como el de las obras de arte, vinos raros y otros y, por la otra, el análisis del valor no conduce a una explicación rigurosa de los precios de mercado. En otras palabras, el núcleo fundamental en torno al cual se construye el nuevo sentido de la positividad económica, aparece insatisfactoriamente explicado por la teoría.

El análisis riguroso del intercambio mercantil es pues el gran reto que asume la revolución marginalista. La explicación de los precios no debe basarse en el trabajo, que no es más que un factor de producción entre otros, sino en las preferencias individuales. El acto de cambio es un acto de soberanía individual en el cual los bienes se intercambian para satisfacer a cada participante según sus preferencias individuales. No se trata pues de medir el esfuerzo de cada cual en producir, sino de realizar sus deseos según unas reglas de racionalidad. La disolución de todas las especificidades regionales de la positividad económica en un sistema de intercambios mercantiles entre individuos soberanos sin funcionalidad específica, puesto que el trabajador, el capitalista o el rentista no son más que demandantes y oferentes de bienes y servicios como todos los demás, reduce la economía a simples series de decisiones en el ámbito de la soberanía de cada individuo, entre sus preferencias y su poder adquisitivo. El conflicto entre subjetividades se reduce al conflicto entre deseo individual y medios escasos. Por lo tanto, toda la posibilidad económica puede ser sometida a medición rigurosa y la determinación de la propiedad privada de cada individuo sobre la riqueza depende de su aporte inicial a los medios escasos. Ahora bien, postular esto significa que la propiedad privada ya no debe fundamentarse en el propio análisis, sino que puede ser asumida como un hecho institucional obvio del cual partir.

Este análisis que parte del individuo soberano no encuentra otra cosa que individuos soberanos por todas partes, los cuales se encuentran restringidos en el ejercicio de su soberanía tan sólo por la escasez física. El circuito económico, reconstruido como una cadena de actos de intercambio de mercancías realizados por individuos que se adhieren a las reglas de conducta racional, aparece como un mecanismo regulador coherente y consistente que permite optimizar las satisfacciones individuales a partir de cantidades limitadas de recursos disponibles. No hay aquí otra figura de la subjetividad que no sea la del individuo soberano en general. Es verdad que aparecen viejos personajes como el capitalista, el trabajador, el rentista, el productor o el consumidor, pero no son más que nombres que sólo designan el tipo de bienes que poseen en tanto que oferentes o demandantes que son las únicas funciones específicas y constitutivas del mecanismo. En ningún momento designan relaciones entre subjetividades distintas. En la Europa de la segunda mitad del siglo XIX, el principio democrático ha sido afirmado y aceptado, aunque no del todo instrumentado. Ha desaparecido la necesidad de demostrar que la sociedad de individuos soberanos es posible, ya sea frente al absolutismo monárquico, ya sea frente a las clases privilegiadas del antiguo régimen. Ahora, frente a la oposición socialista al capitalismo, es necesario demostrar su viabilidad incluso cuando permanecen ciertas mediaciones despóticas, si éstas son compatibles con el pleno ejercicio de las leyes del mercado. Por eso, la teoría hace implosionar todos los ámbitos de la positividad económica en el acto de intercambio y de esta manera reduce toda manifestación subjetiva a la conducta del agente racional que decide según las leyes del mercado. Ninguna otra manifestación de subjetividad es tolerada. En competencia perfecta la conducta del capitalista o del trabajador es achatada y reducida a la de un agente racional. El monopolio como interferencia subjetiva del capital, y el sindicato como interferencia subjetiva del trabajo son excluidos. El circuito económico pierde su circularidad modulada justamente sobre los movimientos del capital12 y se convierte en una red unidireccional de intercambios que va de cantidad inicial de recursos dados a un conjunto de preferencias subjetivas también dadas. En consecuencia, tanto las relaciones de poder entre subjetividades distintas como las prácticas despóticas mismas desaparecen del horizonte de análisis.

La teoría neoclásica que se construye a partir de los postulados marginalistas, pretende, al igual que sus predecesoras, fundamentarse en postulados que describen condiciones reales demostradas por otros saberes. Por lo tanto, pretende ser una explicación fiel del campo económico existente, aun cuando admite que éste se encuentra todavía plagado de prácticas despóticas que de alguna manera distorsionan los resultados operativos respecto de lo que la teoría deduce. El carácter descriptivo del análisis se abre a la prescripción normativa, pero siempre fundándose sobre una explicación científica de la realidad. La conclusión final que le da su sentido a la teoría neoclásica es que si bien en la sociedad real existen conflictos distributivos y otras relaciones de poder despóticas, éstas son externas al mercado mismo y tienden a desaparecer con su afianzamiento. En particular, el capital, en tanto que relación despótica señalada y objetada por el socialismo, desaparece teóricamente al mimetizarse con los instrumentos de producción y el dinero, y en tanto que expresión de desequilibrio distributivo, está destinado a desaparecer en el tiempo como la propia teoría lo muestra.

En efecto, todo el asunto se reduce al hecho de que la distribución del producto entre propietarios de factores proporciona alícuotas muy superiores a los propietarios del capital respecto a los dueños del trabajo y esto produce la ilusión de una supuesta explotación cuando en realidad se debe a la escasez relativa del capital respecto al trabajo, que no depende del mercado sino de las cantidades físicas disponibles de estos bienes. Por el contrario, el mercado tiende a corregir ese desequilibrio en el largo plazo como se deduce de la teoría. En la época del absolutismo, cuando el orden despótico era dominante, la teoría se preocupó por mostrar que era posible recortar un campo de realidad con las leyes propias que le daban coherencia interna y autonomía. Explicar estas leyes naturales tenía sentido para apuntalar el ascenso y afianzamiento del mercado. Ahora que el mercado ha adquirido preponderancia en la sociedad democrática, la aplicación de sus leyes son prescritas como forma de liquidar los conflictos que las prácticas despóticas residuales siguen ocasionando. Este es un cambio importante en el sentido de la teoría, aunque inicialmente imperceptible.

Pero, la expulsión de las prácticas despóticas del seno del mercado se logra en la teoría antes que en la realidad, donde el conflicto entre subjetividades antagónicas lejos de atenuarse se agudiza hasta tal punto que las primeras décadas del siglo XX ven el surgimiento de modelos de organización social hostiles al mercado. Esta hostilidad provoca una concentración de la atención en algunas áreas de la teoría, y la mirada científica, vuelta más exigente por los triunfos de los enemigos del mercado, descubre incongruencias en el marco teórico que minaban conceptualmente la tradicional conclusión de que el mercado es un regulador óptimo de la economía porque asegura el pleno empleo de los recursos existentes. Una conclusión que la realidad observada desmentía contundentemente.

La teoría neoclásica utiliza conceptos tales como dinero y capital y los integra a su explicación del sistema económico. Pero el mayor rigor analítico de estos tiempos descubre que ninguna de las características peculiares del dinero está presente. Aquello que la teoría denomina dinero no es más que un bien como cualquier otro en un sistema que es esencialmente un sistema de trueque. Pero cuando se integran realmente las características propias del dinero, entonces aparece la posibilidad de una deficiencia permanente en la demanda efectiva que le impide a la economía alcanzar el pleno empleo de los factores productivos; y si a esto se le agrega que el dinero sirve para anticipar la producción de bienes futuros, entonces los productores no necesariamente pueden prever correctamente la demanda futura y cometerán sistemáticamente errores de cálculo. El problema está en que, en tanto que productores, los agentes racionales tienen expectativas sobre un futuro incierto y este estado subjetivo no puede ser regulado por las señales del mercado. El circuito del capital y su subjetividad reaparecen en el análisis y conducen a conclusiones diferentes a las teorías neoclásicas. Desde sus inicios, esta última había experimentado problemas para integrar el capital como factor originario en su explicación de los precios. Pero habiendo conculcado su dinámica al reducirlo a cosa, el problema parecía ser una simple dificultad en lograr medirlo en forma homogénea. Ahora la dificultad muestra que se trata de algo mucho más grave. Esta línea de investigación terminará demostrando irrefutablemente que la integración del capital, como factor originario, mina la consistencia del sistema de precios y, por lo tanto, el mecanismo regulador del mercado. Si cuando está mediatizado por el capital, el mercado no es un regulador óptimo, entonces la intervención del Estado se hace necesaria.

Pero no es sólo la subjetividad del capital la que irrumpe en el análisis, sino también la del trabajo. De hecho ésta lo hace primero. Keynes demuestra claramente que los trabajadores no se comportan como simples demandantes y oferentes normales con relación al salario. Keynes quería mostrar que el trabajo no es una mercancía que puede ser reducida a las reglas marginalistas del intercambio, pero su argumentación estaba vinculada a los salarios nominales y, por lo tanto, a la percepción subjetiva de los trabajadores. Esto permitió que su explicación de la conducta de los trabajadores fuese interpretada, por los economistas que le siguieron, como una conducta irracional –como una ilusión monetaria–, o como efecto de una intervención externa de una subjetividad –sindicatos–. Interpretada de esta manera, la crítica se volvía externa al mecanismo teórico puesto que lo que indicaba era un incumplimiento del postulado de racionalidad del agente económico y, por ende, no afectaba a los resultados de la teoría pura13. Pero el nuevo enfoque keynesiano hizo posible que aceptara la idea según la cual existen interferencias externas que no se pueden evitar, como la ilusión monetaria o los sindicatos, entonces es necesaria la intervención del Estado. De lo contrario, los resultados neoclásicos seguían vigentes. Sin embargo, lo que estaba en la base de estas críticas no era el reconocimiento de las interferencias externas con el mercado, algo que siempre fue reconocido como una posibilidad distorsionante de los mecanismos de mercado. De hecho, como venimos diciendo, la teoría pura nace justamente para demostrar la conveniencia de excluir tales interferencias. De lo que se trataba y aún se trata es de mostrar que el achatamiento de la subjetividad a simple agente racional propietario de factores originarios hace saltar la congruencia lógica interna a la teoría misma. Este tipo de crítica muestra, según nuestro punto de vista, mucho más claramente cómo el conflicto político, al agudizar las exigencias de rigor teórico, revela el sentido de los postulados. Con el keynesianismo, la teoría vuelve a ser explicativa y operativa en vez de normativa. Pero el conflicto político regresa al seno de la teoría, y el debate sobre si el mercado es un mecanismo coherente y consciente que regula en forma óptima la economía vuelve a abrirse con tan renovado vigor al calor de la depresión, la guerra mundial y la guerra fría que la sofisticación matemática de la formulación teórica alcanza y supera a la de cualquier ciencia dura. Sin embargo, la economía matemática con toda su sofisticación no modifica en nada los postulados neoclásicos, y sus resultados de que las leyes del mercado aseguran un equilibrio pleno sigue válido tan sólo para una economía de trueque y sin expectativas inciertas, es decir, sin dinero ni subjetividad capitalista. Cuando estos elementos están presentes la crítica keynesiana parece insuperable.

Se produce así una especie de doble discurso teórico. Una teoría pura neoclásica que vale para un mercado constituido exclusivamente por prácticas sociales mercantiles puras sin ninguna otra presencia subjetiva que la del individuo soberano14 y que propone como un desideratum en tanto que regulador óptimo de la economía y eventualmente de toda la sociedad; y una teoría operativa keynesiana que explica las interferencias externas del mercado y le da una fundamentación teórica al uso de la política fiscal y monetaria para corregir esas interferencias. Las interferencias esconden el conflicto entre subjetividades y representan la forma en que la teoría pura reconoce la sobredeterminación despótica de las reglas del mercado. En el momento culminante del conflicto de poder entre subjetividades, cuando este conflicto alcanza el umbral del holocausto nuclear para toda la humanidad, el rigor científico moderno acusa los efectos de las "interferencia" de las relaciones de poder, desquiciando la teoría que desarrolla un doble discurso esquizofrénico: el mercado es un regulador óptimo de la economía cuando no tiene mediatizaciones despóticas, pero cuando las tiene, éstas son necesarias para que funcione. Esta síntesis de la teoría neoclásica con las tesis de Keynes tenía muchos puntos débiles, pero fue aceptada como la culminación del desarrollo teórico, puesto que por fin la economía se había vuelto operativa y podía ser verificada en la práctica. Había nacido la macroeconomía.

El auge económico de la postguerra creó un ambiente de prosperidad y la mediación del Estado benefactor atenuó el conflicto social. Luego, el estancamiento del socialismo real redujo las tensiones hasta eliminar la guerra fría. En este ambiente, se hicieron cada vez más evidentes los aspectos negativos de la intervención del Estado a medida que la necesidad de su mediación se reducía por la falta de una presión conflictiva. Recobra entonces mayor fuerza el sentido normativo de la teoría. La coherencia y consistencia del mercado se dio por descontada y su superioridad como regulador óptimo de la economía, incluso en presencia del dinero y el capital, empezó a ser reafirmada. El discurso económico dio por buena la demostración neoclásica del mercado, sin reparar en lo más mínimo que ésta es lógicamente válida sólo para un mercado de trueque puro, sin dinero ni capital, y decretó cerrado el capítulo de la teoría pura con la consigna monetarista de que no hay fallas en el sistema de precios de largo plazo15. La intervención del Estado solamente podía ser tolerada para corregir las distorsiones de corto plazo causadas por expectativas erradas. Una intervención mínima para una presencia subjetiva mínima. Esta revalorización de la teoría neoclásica se hizo sin ninguna argumentación rigurosa que superara la crítica keynesiana y al principio encontró fuerte oposición, pero en la medida en que la oposición política al mercado real se diluía hasta desaparecer, el interés por el debate teórico corrió con la misma suerte. El nuevo pragmatismo no tenía paciencia con sutilezas teóricas, ya no había adversarios que persuadir racionalmente como opción deseable a la confrontación violenta. Toda referencia a una verdad trascendente a la que el ser humano racional aspira por encima de sus pasiones se hace innecesaria cuando estas últimas ya no están encontradas.

Sin embargo, el nuevo contexto cambió el sentido original de la teoría neoclásica que, como se recordará, postulaba conceptos reales evidentes cuya verdad se suponía demostrada por otros saberes: la racionalidad del agente económico era demostrada por la psicología, la productividad de los factores, por la tecnología, y así sucesivamente. Era precisamente la pertinencia real al campo de realidad estudiado lo que daba a los resultados, rigurosamente deducidos, su eficacia explicativa que fundamentaba las propuestas normativas. Ahora la estridente incompatibilidad entre mercado puro formado exclusivamente por individuos soberanos y mercado capitalista mediatizado por prácticas despóticas, viene eliminada con un cambio de sentido de los mismos postulados. Estos ya no son conceptos pertinentes a la positividad empírica, sino condiciones iniciales para que el mercado cumpla su función de acuerdo a la teoría. La instrumentación práctica de los postulados de la teoría se convierte en el único objetivo legítimo de la política económica. Para la teoría instrumental la pertinencia real de los postulados ya no interesa porque no pretende explicar una positividad real, sino establecer las condiciones necesarias para lograr un resultado deseado. Esto en la terminología de la teoría instrumental se denomina predicción. Así por ejemplo, la teoría predice que cuando se cumplen las condiciones de competencia perfecta, el mercado logra el equilibrio de pleno empleo de los factores productivos. Si en la práctica tal hecho no ocurre es porque el mercado real en consideración no cumple con las condiciones de competencia perfecta, tal como las especifica la propia teoría, la cual, habiendo formalizado hasta sus más mínimos detalles en un marco conceptual sumamente riguroso, el funcionamiento del mercado puro, ha agotado todas sus posibilidades de desarrollo. La high theory ha alcanzado su plenitud discursiva.

Multiplicidad y devenir

El ocaso de la teoría pura abre el camino, por una parte, al pragmatismo instrumental y, por la otra, a la transdisciplinariedad, es decir, a una recomposición de la positividad. El pragmatismo instrumental reduce el trabajo del economista al de un técnico operativo cuya eficacia es mayor en la medida en que más restringido se vuelve el campo de acción. Se puede decir que por fin el economista está a punto de alcanzar ese nivel de habilidad útil como la del dentista con la que Keynes soñaba para sus colegas. Las finanzas públicas, los equilibrios macroeconómicos, los mercados de capitales, el sistema financiero son todos campos donde, con un buen entrenamiento en la sabiduría convencional, uno puede ganarse la vida con dignidad, calculando correctamente y aplicando un poco de sensatez y, si uno no se pone demasiado fundamentalista, jamás verá quebrantada su fe en el mercado. A lo sumo se dará cuenta de que de vez en cuando hay que darle una ayudadita. En cambio, para aquellos pocos ociosos que no pueden renunciar a penetrar los misterios de los Arcana Mundi y, en vez de dedicarse a la revalorización de esos saberes denigrados por la racionalidad cartesiana como el hermetismo, la astrología, la alquimia, etc., insisten en mantenerse en la senda racionalista trazada por la modernidad, aunque sea anteponiéndole un post para significar sus reservas, no queda otro camino que el de la transdisciplinariedad.

La transdisciplinariedad puede ser entendida de muchas maneras. Una de ellas es entenderla como lo hacen Deleuze y Guattari, que quieren reemplazar la fragmentación arbórea moderna por una multiplicidad rizomática de los saberes. Las posibilidades con sus puntos culminantes, acotadas y jerarquizadas, son reemplazadas por mesetas. "Una meseta no está ni al principio ni al final, siempre está en el medio…" es "…una región continua de intensidades, que vibra sobre sí misma, y que se desarrolla evitando cualquier orientación hacia un punto culminante o hacia el exterior"16. Deleuze y Guattari llaman meseta a "toda multiplicidad conectable con otras por tallos superficiales subterráneos, a fin de formar y extender un rizoma"17. Y:

Un rizoma conecta cualquier punto con otro punto cualquiera, cada uno de sus rasgos no remite necesariamente a rasgos de la misma naturaleza; el rizoma pone en juego regímenes de signos muy distintos e incluso estados de no-signos. El rizoma no se deja reducir ni a lo Uno ni a lo Múltiple. No es lo Uno que deviene dos, ni tampoco que devendría directamente tres, cuatro, o cinco, etc. No es un múltiple que deriva de lo Uno, o al que lo Uno se añadiría (n+1). No está hecho de unidades, sino de dimensiones, o más bien direcciones cambiantes. No tiene ni principio ni fin, siempre tiene un medio por el que crece y desborda. Constituye multiplicidades lineales de n dimensiones, sin sujeto ni objeto, distribuibles en un plan de consistencia del que siempre se sustrae lo Uno (n-1). Una multiplicidad de este tipo no varía sus dimensiones sin cambiar su propia naturaleza y metamorfosearse.18

Esto se opone a los sistemas arborescentes que "son sistemas jerárquicos que implican centros de significancia y de subjetivación, autómatas centrales con memorias organizadas"19. La estructura arbórea es el esqueleto del déspota antiguo que vive entre nosotros y este es el modelo de los saberes modernos.

Recordemos que la ciencia moderna nace con el desmoronamiento del cosmos medieval20 y del saber escolástico, el cual estaba basado en la verdad revelada que fungía de punto de referencia fijo para la razón. La ciencia era pues la búsqueda de la verdad humana a partir de la verdad divina y procediendo por deducciones silogísticas. El rigor lógico garantizaba que el pensamiento no se extraviara en este camino que iba de la verdad revelada a la verdad razonada. Pero al caerse el orden medieval, el cosmos se fragmentó y el pensamiento autónomo ya no pudo apoyarse en la Revelación. Vino entonces el período de la laxitud epistémica renacentista en el cual los saberes se aglutinan sobre la base de verdades reveladas, tanto en los textos sagrados como en el texto de la naturaleza. La modernidad, en cambio, encuentra un nuevo punto fijo en el cogito cartesiano y el método hipotético deductivo se desarrolla a partir de un desplazamiento del saber dogmático. En lugar del dogma divino, el pensamiento cartesiano pone una idea clara y distinta como hipótesis explicativa, como nuevo punto fijo de partida. La modernidad se desplaza de la idea evidente como principio del saber. Pero sigue siendo cierto que para llegar a la verdad hay que partir de la verdad. Desde luego una verdad que debe ser confirmada por la experiencia. Por su parte, la fragmentación de lo real en positividades se hace para acotar la mirada científica hacia un punto culminante que constituye el objeto propio del análisis desde un punto de partida que, al igual que en la vieja ciencia dogmática, era una verdad revelada, aunque en este caso por otro saber que a su vez repetía el mismo esquema. De manera pues que los postulados funcionaban como bisagras epistémicas entre una positividad y otra. En principio existía la posibilidad de una recomposición articulada, de tipo arbóreo, de todos los saberes en un mathesis universalis que unificara la realidad fragmentada y explicara el todo. Este sueño se reveló imposible de realizar, pero el esquema permaneció.

La transdisciplinariedad no pretende recomponer esa unidad originaria perdida en la fragmentación moderna, sino resaltar la multiplicidad rizomática que elimina el viejo esquema despótico, puesto que el rizoma <no empieza ni acaba, siempre está en el medio, entre las cosas>21, es un tejido hecho de conjunciones. Además, las disciplinas modernas son discursos fundados por un sujeto –el punto fijo cartesiano– que es el individuo soberano de conocimiento y, por lo tanto, su desarrollo depende de lo que Kant denominó la espontaneidad del yo. Las disciplinas tienen autores que son sus propietarios gnoseológicos por haberlas producido con su esfuerzo espontáneo. De ahí que tengamos una física galileana, una newtoniana, una economía ricardiana, una keynesiana, etc. Por su parte, el enfoque transdisciplinario entiende los discursos como ensamblajes (agencements) colectivos de enunciación en los cuales la subjetividad moderna desaparece. Tales ensamblajes constituyen el segmento expresivo de los ensamblajes maquínicos de los cuerpos, de acciones y de pasiones22. Las positividades modernas se desintegran en multiplicidades. "La multiplicidad es una trama de líneas que no tiene objeto ni sujeto sino únicamente determinaciones, tamaños, dimensiones que no pueden aumentar sin que ella cambie de naturaleza" y "un ensamblaje es precisamente el aumento de dimensiones en una multiplicidad que cambia necesariamente de naturaleza"23. Por su parte, ese punto fijo, que es el sujeto moderno, se diluye en el devenir que es el proceso del deseo24. Ya Descartes había descubierto el deseo como límite fundante de su duda metódica. Es el deseo que lo impulsa hacia el cogito, después de que ha dudado de todo25. Entonces, en ese breve instante que transcurre entre la disolución del saber dogmático y la fundamentación del saber científico, la modernidad estuvo a punto de descubrir que la subjetividad es deseo maquinado en las prácticas sociales.

Estamos pues en presencia de una nueva aproximación a la realidad desde una perspectiva distinta. Esta perspectiva no es ciertamente la del individuo soberano moderno, ese individuo de las soberanías sometidas, como las llamó Foucault. Una nueva figura de la subjetividad aparece en este horizonte: el individuo social, capaz de una nueva manera de relacionarse. Un individuo que desde su subjetividad puede devenir molecularmente otra cosa en un devenir recíproco y formar así una multiplicidad donde las jerarquías ceden el paso a las intensidades y la individualidad se hace no como afirmación del Uno despótico en el cuerpo singular, sino como sustracción, como dimensión específica. Este es el individuo social que hace rizoma y no se estructura con otros elementos de la multiplicidad que constituye un espacio social liso26 sin puntos fijos, un espacio de variaciones continuas de sus orientaciones y referencias, formado por eventos más que por cosas. Un espacio de intensidades. Un espacio donde la individualidad se establece por diferencia, por efectos. Un efecto heterogéneo. Por lo tanto, un espacio diferente del formado por individuos soberanos, que es un espacio estriado por líneas de intercambio que van de transacción en transacción, tejido por cosas que forman una red de movimientos densa y homogénea. Un espacio extenso donde solamente caben cosas y propiedades, organismos y organizaciones. El individuo soberano es un cuerpo en que ha implosionado la figura del déspota arcaico cuya igualdad formal depende de la homogeneidad del espacio mercantil. El individuo social, en cambio, es él mismo una dimensión social cuya diferencia se hace posible tan sólo en un espacio liso de variaciones continuas. Esta es la figura que está en el horizonte de la superación de la ciencia moderna, superación alimentada por una nueva forma de maquinar el deseo.

¿Significa esto que toda esa realidad, que costó tanto medir y clasificar, se perderá en el vértigo pulverizado de la reificación conceptual y en el devenir imperceptible del sujeto soberano? ¡Ciertamente no! En la multiplicidad rizomática las positividades modernas tendrán otras orientaciones y referencias y serán parte de sus eventos. ¿Pero qué implicaciones tiene todo esto para el futuro inmediato de la disciplina económica? No es dable pensar que en el futuro previsible ocurrirán cambios importantes en el cuerpo teórico consolidado, que será preservado y protegido de la crítica radical por la propia indiferencia que el análisis teórico suscita en este contexto de aceptación generalizada de la economía de mercado real que, como se dijo, guarda poca relación con la economía de mercado de la teoría pura. Esta última seguirá languideciendo en el trasfondo de una disciplina cada vez más fragmentada y exigida por aspecto técnicos particulares que con frecuencia desbordan sus confines tradicionales. Esto no significa necesariamente una aproximación a la multiplicidad y a la transdisciplinariedad, pero tampoco lo excluye.

Para que los fenómenos sean retomados dentro de una multiplicidad rizomática por un saber transdisciplinario, debe aún producirse un desplazamiento más sustancial hacia las prácticas sociales que pueden configurar al individuo social. Es necesario que el conflicto se centre en aquellos elementos que obstaculizan el desarrollo de este último para que el pensamiento se cargue lo suficiente políticamente para reorientar el sentido teórico. Sin embargo, es posible prever que, cuando esto ocurra, conceptos tales como propiedad privada, capital, trabajo, agente racional, etc., serán reexaminados en beneficio de una subjetividad que ya no quiere subordinarse a puntos fijos. La circulación de cosas entre agentes racionales propietarios fijos de cosas específicas será desplazada por la circulación de individuos en las funciones del capital, el trabajo, etc., como parte de ese conectarse de cualquier punto con otro punto cualquiera en una multiplicidad de individuos sociales. Estos se forman por sustracción ya no de un circuito económico jerarquizado, sino de un plan de consistencia formado ya no por intercambios de cosas, sino por intensidades apropiativas. La propiedad privada de cada cuerpo individual se convierte en una dimensión apropiativa que se extiende a todo lo social. Comprender cómo se constituye esta nueva realidad será el reto del saber que acompaña el proceso constitutivo del individuo social.

Notas

1. E. Del Bufalo, Las teorías macroeconómicas después de Keynes. Academia Nacional de Ciencias Económicas. Caracas, 1989, p. 151.
2. M. Foucault, Las palabras y las cosas. Siglo XXI Editores. México, 1978.
3. Cf. F. Hayes, Giordano Bruno y la tradición hermética. Siglo XXI Editores. México.
4. A Koyré, Estudios galileanos. Siglo XXI Editores. Madrid, 1980, p. 246.
5. E. Del Bufalo, "Subjetividad y sujeto moderno". Revista venezolana de Economía y Ciencias Sociales. Caracas, 1/1997, p. 122.
6. Ibid.
7. E. Del Bufalo, Los límites de la teoría económica. Editorial Panapo. Caracas, 1995, p. 18.
8. En sus inicios el Renacimiento conoció un relajamiento del rigor lógico medieval. La exuberante curiosidad del hombre renacentista y su optimismo ingenuo lo impulsaba a echar mano indiscriminadamente de todos los saberes a su alcance y ensamblarlos mediante reglas de correspondencias variadas. Al agudizarse el conflicto entre el nuevo y viejo orden sin victoria clara para nadie, la sociedad europea se enrumbó hacia el compromiso absolutista de sociedad moderna. La disputa teórica cargada de violenta conflictualidad afinó su rigor lógico, lo que condujo al racionalismo metódico y a una reclasificación de los saberes, deslegitimando todos aquellos que no se ciñeran estrictamente al nuevo método científico.
9. De esta manera a principios de la modernidad, el individuo defiende su soberanía frente al déspota que justificaba su propiedad sobre la base de la afirmación bíblica según la cual Dios había dado la tierra a los hijos de los hombres, es decir, al género humano en común y, por lo tanto, al déspota que personifica el género humano, el cual a su vez otorga esa posesión como privilegios de su estamento dirigente. Cf. E. Del Bufalo, El sujeto encadenado. Cap. XII. Ediciones CDCH. Caracas, 1998.
10. D. Ricardo, Principios de economía política y tributación. Fondo de Cultura Económica. México, p.5.
11. El significado de este concepto en el siglo XVIII es muy diferente al actual, se refiere a un conjunto muy variado de intervenciones del Estado en el control y administración de la población. Cf. E. Del Bufalo, El sujeto encadenado, Op. cit.
12. El capital como práctica despótica es un tipo de organización que imprime un ritmo a la circulación que va de los anticipos para la producción a la distribución del excedente, como lo muestran, por primera vez, los fisiócratas. Cf. E. Del Bufalo, Los límites de la teoría económica, Op. cit.
13. En verdad lo que Keynes quería demostrar, como lo afirman sus seguidores radicales, es que, para decirlo con la terminología propia de la teoría, no es posible construir curvas de oferta y demanda de buen comportamiento para el factor trabajo.
14. Una soberanía absoluta donde el deseo está estrictamente normado por las reglas de la razón. Estas tienen su génesis en el mercado mismo. Cf. E. Del Bufalo, La genealogía de la subjetividad. Monte Avila Editores. Caracas, 1992.
15. Cf. M. Friedman, Monetary Framework, University of Chicago Press. Chicago, 1974.
16. G. Deleuze y F. Guattari, Mil Mesetas. Pre-textos. Valencia, 1994, p.24.
17. Ibid.
18. Ibid., p. 25.
19. Ibid., p. 21.
20. Cf. Del Bufalo, Individuo, mercado y utopía. Monte Avila Editores. Caracas, 1998.
21. G. Deleuze y F. Guattari, Mil mesetas. Op. cit., p. 29.
22. Ibid., p. 92.
23. Ibid., p. 14.
24. Ibid., p. 275.
25. E. Del Bufalo, La genealogía de la subjetividad. Monte Avila Editores. Caracas, 1991, p.143.
26. Un espacio social liso y no homogéneo se opone a un espacio estriado y homogéneo. Cf. G. Deleuze y F. Guattari, Mil mesetas, Op. cit., p.496.

 


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