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en lo bárbaro Una lectura de la poesía
venezolana escrita por mujeres |
Yolanda Pantin
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Creo
que este ensayo sobre poesía escrita por mujeres
en mi país tiene sentido solamente en la medida
que yo misma he escrito poesía y, por ende, se
supone que soy continuadora de una tradición literaria
que espero de alguna forma exponer antes ustedes. Debo
confesar, antes de seguir dando palos de ciego, que mi
especialidad no es precisamente la crítica literaria,
ni muchísimo menos, y que tampoco, para entrar
rápidamente en materia, hay un hecho que me llama
la atención: en la Antología comentada
de la poesía venezolana de Alejandro Salas,
el primer texto poético que el autor registra fue
escrito por una mujer, una monja para más señas:
Sor María de los Ángeles (1770-1818), "la
primera poetisa venezolana de la colonia - dice Luz
Machado- y a quien habría de reconocer como
la raíz histórica de nuestra intransferible
gracia poética" (1). El poema en cuestión
se llama "Anhelo":
Desfallezco, gimo, lloro
y triste tórtola, peno [
]
Este dato aislado en la colonia algo nos dice. Porque
curiosamente las mujeres en Venezuela, aun cuando oficialmente
no se haya reconocido o simplemente no se haya insistido
demasiado en ello por razones de estricto y solapado machismo,
han tenido en muchos órdenes de la vida pública
y también en la artística-literaria, un
papel destacado. No pretenderé explayarme en este
tema, pero sí señalarlo para que no se nos
olvide. Digo esto porque hasta el presente esta audacia
en la escritura, este querer ir más allá
y arriesgarse en territorios desconocidos y por ello peligrosos,
ha sido empresa de algunas mujeres. Pero no nos adelantemos.
Para empezar, la sempiterna pregunta, ¿existe una literatura
femenina? No entraré con mi débil espada
en tan espinoso bosque de argumentos, entre otras cosas
porque no poseo yo ninguno. Lo que sí existe, y
aquí no hay discusión posible, es una producción
textual hecha por mujeres. En todo caso, lo que a mí
me place es ver cómo las mujeres miran el mundo
y con qué palabras lo escriben.
Como este trabajo no pretende ser ni muchísimo
menos exhaustivo en su rastreo histórico, me remitiré
directamente a las fundadoras de la poesía moderna
en Venezuela (2). Cuando leo hacia atrás buscando
razones, sentido para lo que personalmente hago, veo alzarse
vigorosas las figuras de dos disímiles poetas,
tan diferentes entre ellas, como pueden serlo, permítaseme
el lugar común, el agua y el vinagre. Pero sin
embargo, pese a las inevitables distancias impuestas,
tal vez por las diferenciadas razones de vida o por lecturas
y fuentes referenciales muy distintas, hay en Enriqueta
Arvelo Larriva y en María Calcaño algo que
las hermana, y esto es la voluntad ya no de escribir sino
de escribirse en el tiempo, entregadas ambas a
una sólida vocación poética que no
excluye el valor de asumirla.
En algún momento pensé que sus desencontrados
caminos traducían lo que se me ocurrió llamar
la rebelión y la forma. Forma en Enriqueta Arvelo
Larriva y rebelión en María Calcaño,
cuyo primer libro Alas fatales (1935) auguraba
para la poesía venezolana un chorro de vitalidad
que en los años setenta encontró en Miyó
Vestrini una voz ya inevitable. Alas fatales, desde
su título mismo, señala una intención
en cierta forma desacralizadora (3) que, jugando con los
tópicos del romanticismo tardío y del modernismo,
anunciaba cierta dosis de maldad (recordemos la tórtola
de Sor María). El poema "Grito indomable"
es harto elocuente de una actitud ante la vida (y también
ante el poema) que en función de mi trabajo querría
señalar:
Cómo van a verme buena
si truena la vida en las venas
¡Si toda canción se me enreda como una llamarada!
Y vengo sin Dios
y sin miedo
En Alas fatales lo "femenino" se torna
gozoso y, por lo tanto, amenazante. Esta amenaza de un
cuerpo y no de un alma llega a su límite expresivo
mucho más tarde con dos libros espléndidos,
publicados ambos en la década de los ochenta: hablo
de Hago la muerte de Maritza Jiménez y Cuerpo
de María Auxiliadora Alvarez, a los que me referiré
luego.
Otro caso es el de Enriqueta Arvelo Larriva quien, desde
"la conciencia del oficio poético y su rigurosidad
formal" (Russotto 1993a, 87), destaca un aspecto
importantísimo de la modernidad: "Buena o
mala, voz es lo único que tengo". Como María
Calcaño, Enriqueta Arvelo Larriva mucho se adelantó
a lo que tradicionalmente se hacía, más
allá de los múltiples trasplantes de las
vanguardias" (ibíd., 30), en el medio literario
de aquel entonces, el país del dictador Juan Vicente
Gómez, quien durante cerca de treinta años
gobernó al país como si fuera una de sus
haciendas.
Tanto María Calcaño como Enriqueta Arvelo
Larriva padecieron lo que se me ha dado por llamar la
provincia de la provincia1.La una en un hato
en las cercanías de la capital zuliana y luego
en Maracaibo, y la otra en el apartado pueblo de Barinas
en el piedemonte andino. La carta que Enriqueta Arvelo
le escribió a Julián Padrón en 1939,
mientras preparaba la edición de su segundo libro,
es elocuente:
¿Qué le voy a decir de este medio que me tocó
vivir? Tengo razones, Julián Padrón, para
entreverme a partir el llano. Este no es el llano, sino
un llano peor que los otros o que está en peores
condiciones. Los otros tienen su respiradero. Este está
ciego [
]. Y, para colmo, la gente con algo de
ojos que viene por aquí, se pone ciega también,
en lugar de abrir huecos, "hendijas (1980,100).
El cristal nervioso (1941), primer libro de Enriqueta
Arvelo, recoge poemas escritos entre 1922 y 1930. En aquel
contexto de aridez intelectual y de abandono cobra especial
sentido este fragmento:
A veces tengo miedo
No de la tiniebla inmediata
sino de que se apague mi faro lejano.
Miedo
de que se entierre en la sombra mi guía distante,
de que se mueran sus claras señales
en el horizonte que yo vislumbro
("Prométeme")
Yo tengo razones para sospechar que, a diferencia de
María Calcaño y su insistencia en el cuerpo,
el horizonte que vislumbraba Enriqueta Arvelo y que tanto
miedo le producía, es un horizonte o un cuerpo
de palabras que también amenaza:
Todo está indescubierto y envejecido en germen.
Esquivemos imanes penumbrosos y dulces,
el oído salvemos de despejados cantos
y entremos en lo bárbaro con el paso sin miedo
("El pugnante llamado")
Juan Vicente Gómez muere en diciembre de 1935.
Al año siguiente un grupo de poetas funda el colectivo
Viernes que abre para la poesía venezolana la obra
de:
los románticos alemanes y de los lakistas ingleses,
de los poetas contemporáneos españoles,
de los surrealistas, de los creacionistas. Gracias a Viernes
se supo en el país quienes eran Blake, Hölderlin,
Novalis, Rilke, Rimbaud, Lautréamont, Wordsworth,
Coleridge, Breton, Eliot, Reverdy. Gracias a Viernes
se tornaron familiares los nombres de Gerardo Diego, Vicente
Aleixandre, Jorge Guillén, Pedro Salinas, Pablo
Neruda, Vicente Huidobro [...]. Se discutió sobre
el grupo Mandrágora y Caballo de fuego,
de Chile, sobre Piedra y Cielo, de Colombia,
sobre Taller, de México (Liscano 1995, 142).
Lo importante aquí es señalar cómo
lo que en principio fue vivido como posibilidades de liberación
para el espíritu, gracias, supongo, a la voracidad
por asimilar rápidamente lo que al país
le había sido negado, se tornó pronto, según
algunos detractores, en jerigonza incomprensible. La reacción,
en este caso hispanizante, no se hizo esperar. "Aspirábamos
- dice Luis Pastori, uno de los abanderados del nuevo
frente literario- a reimplantar, con alerta mesura,
ciertos moldes clásicos de la poesía castellana"
(Pastori, 1988, 8). En contra de Viernes dijeron cosas
tremendas. Estamos en la década de los años
cuarenta.
Esta herencia de la poesía clásica española
en Venezuela se traduce en una producción más
bien decepcionante si no fuera por el aporte de Ida Gramcko
y Ana Enriqueta Terán. El orden en ambas fue tan
riguroso que merece llamarse de otra manera... Si Ana
Enriqueta Terán rinde homenaje a Garcilaso de la
Vega en muchos de sus poemas ("Oh caballero oh caballero"),
Ida Gramcko tal vez debe a Góngora la elaborada
arquitectura de sus versos. En todo caso, la obra completa
de estas poetas merece una atenta lectura para poder así
valorarla en su conjunto. Poemas de una psicótica
(1964), de Ida Gramcko, es una isla en medio de su torrencial
producción poética. Más allá
de Góngora o de San Juan de la Cruz o de cualquier
otro modelo de escritura o de pensamiento. Poemas de
una psicótica se yergue por la fuerza de su
demoníaca imaginación, caso único
en la literatura venezolana tan sólo comparable,
se me ocurre, a la obra de la escritora uruguaya Marosa
di Giorgio. Así como Ida Gramcko experimentó
con la prosa poética en el libro citado, en Música
con pie de salmo, Ana Enriqueta Terán, ejercitada
con maestría en los sonetos, los tercetos, las
odas, las endechas, las décimas, las liras, los
madrigales, entra en el continente del verso libre para
afirmarse en la riqueza de sus dominios. En El libro
de los oficios (1975), Terán se reconoce no
sólo como "poetisa" revelando un rasgo
de orgullosa impertinencia, sino que hace de su nombre
el centro de su experiencia. Es curioso, pero el don profético
o adivinatorio al que hace alusión Ana Enriqueta
Terán en el texto "El Nombre" del libro
citado, parece tener alguna relación con el horizonte
por conquistar de Enriqueta Arvelo Larriva, como si la
entrada en el territorio de lo bárbaro, de lo desconocido,
de lo otro, fuese también un viaje a los extraños
paisajes de la interioridad2 que, en el caso
de Ida Gramcko, no excluye el reconocimiento de la enfermedad
y las poderosas imágenes que ésta desata.
La casa por dentro (1965) de Luz Machado es otra
referencia importante y un libro clave en la evolución
de la poesía moderna venezolana. A esta mujer le
debemos muchas cosas. En su pretendida intención
de exaltar, como Ana Enriqueta Terán en El libro
de los oficios, los asuntos de la casa, Luz Machado
dibujó una suerte de mueca de lo cotidiano:
Blanco primero, renegrido por el fuego
curtiéndole la espalda.
San Lorenzo doméstico, respalda el credo
vegetal de lo nacido [...]
El fragmento que he citado del "Soneto descompuesto
a la sartén de hierro" sería un inocuo
y cursi divertimento si no fuera porque a lo largo del
libro, salpicados entre escobas y cebollas nerudianas,
podemos leer textos como el que sigue:
Estoy en paz.
El polvo de la casa levanta sus praderas
sin color ni alarido
y en la noche desprende sus trigos desolados.
Estoy en paz, al fin,
y no hago nada.
Ni el vestido se arruga
ni el collar debo quitármelo
ni los zarcillos
para dormir.
Soy feliz poseyendo este rostro, en un cuello sin
latido
y si la sangre existe
por la casa debe andar regada, sin espanto. [...]
("Miro la casa desde un retrato")
Este libro escrito entre 1943 y 1965 es un antecedente
importante de cierto modo de hacer poesía que en
los años ochenta hará eclosión. Perdóneseme
la alusión personal, pero cuando leí La
casa por dentro creí reconocer a un hermano
de sangre de mi libro Correo del corazón
publicado en 1985 con todos esos tristes retratos de amas
de casa de la clase media, patéticas en sus reclamos
y costumbres.
La poesía de Miyó Vestrini, desde su primer
libro publicado en 1971 hasta el último de ellos,
es una bofetada a ese frágil y limitado universo.
Hemos visto cómo la obra de los poetas que he mencionado
ha ido formando en el tiempo un cuerpo de palabras con
marcado acento lírico que La casa por dentro
parece relativizar. Las historias de Giovanna (1971)
de Miyó Vestrini anuncia el advenimiento, en el
conjunto de la obra de esta escritora, de una poesía
cuya intención, justamente, es herir la poesía.
Yo pienso, por ejemplo, que la estructura narrativa de
este primer poemario de Vestrini abre la poesía
a otros espacios que no excluyen los prosaísmos
y algunos otros rasgos estilísticos que rechinan
por desagradables en la mente del lector. En El próximo
invierno (1975), su segundo libro publicado, se acentúa
la rabia y el desencanto que serán materia de sus
trabajos posteriores:
Me levanto
no me levanto
me detestan
me ligo
atropello a un motociclista con alevosía y
premeditación [...]
("XII").
En Pocas virtudes (1986) y Valiente ciudadano,
libro póstumo publicado en 1994 junto con toda
su obra poética (Todos los poemas, 1994),
la amargura y el rencor son caldo de cultivo para que
el discurso poético dialogue con elementos extralíricos
traídos de cualquier lugar: de la telenovela, de
la novela, de la noticia periodística, de la vida
cotidiana ya rebajada a un exceso que no excluye la sordidez.
Ser mujer no parece ser ajeno a esta radical posición
que en su feroz alegato arremete contra la poesía
misma, como si la experiencia vivida no admitiera ningún
elemento mitificante salvo la descarnada exposición
de los hechos que suscitan el texto:
Unas veces
es la mujer fláccida y dormida
la que espera.
Ajena a los tumultos,
duerme de costado contra la pared.
Sueña que no habrá otra noche igual:
nadie llegará de madrugada soplando alcohol
leche
sudor.
Sueña sólo lo soportable.
Otras veces
es el hombre quien espera.
Espera mujeres quebradas a palos
fortunas azarosas mientras lo abrazan fuerte [
]
("La espesura rutilante de este gozo" de
Pocas virtudes)
La obra de Miyó Vestrini, aun cuando su primer
libro fue publicado a comienzos de los años setenta,
coincide generacionalmente con la de los poetas de los
años sesenta que en Venezuela, al igual que en
el resto de Latinoamérica, encontraron en el surrealismo,
en la antipoesía de Nicanor Parra, en el lenguaje
conversacional, en la lectura de la poesía norteamericana
y en la Revolución Cubana, aires de renovada vitalidad.
En este contexto surgen en el país, a raíz
de la caída de la dictadura de Marcos Pérez
Jiménez en 1958, los grupos Tabla Redonda, Sardio,
El Techo de la Ballena y Apocalipsis en Maracaibo al que
perteneció Vestrini. No voy a hacer aquí
la reláfica de los hechos, pero mencionaré
de pasada la apasionada relectura de José Ramos
Sucre que hicieron los jóvenes poetas de entonces
y el encuentro luminoso con la temprana obra de Juan Sánchez
Peláez.
Los años setenta en Venezuela coincidieron con
el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez.
El auge económico a mediados de la década
facilitó, entre otras cosas, la apertura a otros
discursos, motivada, en parte, por la intensa labor de
traducción y publicación de poetas de otras
lenguas entre nosotros. Es bueno recordar que en el ambiente
literario, y concretamente en el poético, se sucede
una segunda reacción, una segunda llamada al orden
luego de los excesos de los poetas de la década
anterior quienes, llevados de la mano de un discurso de
filiación sobre todo surrealista, habían
perdido quizás el centro del poema como si éste
no fuera otra cosa que los delirios de la imaginación
y el sueño, ya inoperante, por decodificado, en
sus alcances. Son los años ahora de la contención
que en muchos de los casos se traduce en el poema breve
o en una poesía más elaborada e intelectual,
un tanto hermética, descontaminada de otros elementos
que no fueran los esenciales de la palabra poética
con mayúscula. Son los años de la alta poesía,
por ejemplo, de Antonia Palacios, cuyo libro Textos
del desalojo (1973) merece un capítulo aparte.
Pero no es Antonia la poeta que mejor ejemplifica lo que
digo. Los libros emblemáticos de los poetas de
esta década, cuadernos reflexivos muy cercanos
al ensayo (cf. Lasarte 1991, 14), son Por alto/por
bajo de María Fernanda Palacios (1974) y Espacios
para decir lo mismo de Hanni Ossott, publicados también
en 1974. Por alto/por bajo es el único libro
de poesía publicado por María Fernanda Palacios;
la obra de Hanni Ossott se ha configurado en el tiempo
y a mi juicio, como una de las más conmovedoras
y arriesgadas experiencias de la poesía venezolana
contemporánea. A partir de El reino donde la
noche se abre (1987), la poesía de Ossott toma
los derroteros del que todo lo arriesga en su afán
por decir, que ya es mucho. Una poesía a mi juicio
suicida en el sentido de que a nada parece temer y por
lo tanto nada espera salvo comunicar su humana experiencia
como un testimonio de valor y humildad. En estos años
publican sus primeros libros María Clara Salas
(Dibujos en la sombra, 1978), Edda Armas (Roto
todo silencio, 1975), y Márgara Russotto (Brasa
y restos del viaje, 1979), a la que me referiré
más tarde.
El mapa escritural se complejiza en la década
de los ochenta cuando entra en escena un grupo numeroso
y representativo de poetas con tendencias muy disímiles.
Intentaré hacer un breve resumen de los libros
publicados en esa década que coincide con la llamada
Venezuela petrolera, el país del fasto y del derroche
que en 1983 conoció la primera y traumática
devaluación de su moneda. Ya para ese entonces
todas las escritoras, más o menos, habíamos
asumido, siguiendo el ejemplo de Ana Enriqueta Terán,
las particularidades de nuestros respectivos nombres,
con todo lo que ello
en la transparencia o ambigüedad del discurso poético.
La militancia en el grupo Tráfico (1981-1983) del
cual formé parte, llamó la atención
a una poesía más cercana a lo real, entendido
este escurridizo concepto como una forma de lo cotidiano.
Mi libro Correo del corazón (1985) expresa
ese interés como también Guerrero llevado
adentro (1987) de Mharía Vázquez, Aposento
del amanecer (1991) de Eunice Escalona y Señales
de humo (1984) de Reina Varela. La poesía esencialista,
breve y contenida, característica de los años
setenta, vía talleres literarios, papel literario,
traducciones de poesía francesa, la obra de los
poetas y traductores Alfredo Silva Estrada, o Luis Alberto
Crespo, sobre todo éste último quien ha
hecho escuela entre nosotros, encuentra continuadoras
en De mí lo oscuro (1987) de Patricia Guzmán,
De un mismo pájaro lanzada (1983) y Nadie
en la madera (1991) de Sonia González, y A
fuerza de ciudad (1989) y Luba (1988) de Jacqueline
Goldberg. Por otra parte, Lourdes Sifontes parece ser
heredera de las preocupaciones formales de Ida Gramcko
con el libro Puerta de hangar (1983) y con el resto
de su obra, elaborada y hermética; asimismo Ana
Nuño expresa la soledad de la forma con el bellísimo
poemario Las voces encontradas (1989). Trébol
de la memoria (1978) y La pasión errante
(1986) de Cecilia Ortiz exploran por la vía del
autorreconocimiento (no en balde su último libro
(1993) se llama Autorretrato) y concentración
en la experiencia personal muchas veces erótica,
una posibilidad expresiva que inauguró entre nosotras,
como ya vimos, María Calcaño. La reflexión
lírica le corresponde a María Clara Salas;
aún cuando su primer libro Dibujos en la sombra
se publicó en 1978, es Linos (1989) su poemario
más logrado, junto con Un tiempo más
bajo los árboles (1992). Maritza Guadarrama
con Estoy de luna llena (1989) también participa
de esta opción lírica. Alicia Torres, Sonya
Chocrón y Blanca Strepponi se enmascaran tras los
ropajes de la literatura y de los personajes históricos
en libros magníficos como Fatal (1989) de
Torres, Toledana de Chocrón y Diario
de John Robertson (1990) y El jardín del
verdugo (1992) de Strepponi. Sin embargo, en esta
lectura que hago y en función de lo que considero
importante y que denominó como "bárbaro"
- la apertura del poema a territorios inéditos,
la desacralización tanto de la figura del poeta
como de la poesía misma, la consideración
y atención a aspectos menores o poco tratados o
mal tratados de la realidad, la atención a la realidad
misma con la complejidad que ello trae- conviene detenerse
en Cuerpo (1985) de María Auxiliadora Alvarez
donde la maternidad, tema cargado de ideología,
muy propio para celebrar e idealizar a la mujer, quien
semejante a la Virgen María da a luz a un niño,
es visto por esta poeta como una experiencia hospitalaria,
un pasaje clínico. Desde luego que lo que hace
extraordinario este libro no es el tema que toca, sino
cómo lo toca, una escritura seca, contenida y al
mismo tiempo muy expresiva, aun en sus silencios. El parto
es tratado como una carnicería, los médicos
son carniceros y la madre - esa figura angélica
a la cual le debemos sus hijos la vida- es una res,
una vaca, que ingresa con otras mujeres al matadero:
Hubiera podido reunirlo
el dinero doctora
vaca amarga castrada que me agrede
para tener mejor asistencia
su ojo más detenido
si el embarazo durara varios años
a medida que me hubiera ido inflamando
cada arcada
cada pelo que cayese
cada estría [
]
Hago la muerte (1987) de Maritza Jiménez
toca el difícil tema del aborto. En todo caso,
no es precisamente vida lo que la Madre tan exaltada otorga
El concentrado universo referencial de Cuerpo se
abre con el próximo libro de María Auxiliadora
Alvarez a otros espacios, hiriendo o contaminando con
su mirada inquisidora el reducto de la casa materna, es
decir, el de la familia, otro tema ideologizado. Ca(z)a
(1990) desde su título mismo, anuncia la entrada
a un territorio ambiguo y sin duda feroz:
detrás de la puerta nos llama a veces
y nos grita un cuento de una casa de dulce que se
come
y llora amargamente
y se ríe
y se oyen cosas que se quiebran
y mamá habla por ratos ronco como un hombre
como una noche lejos
y da golpes
y la oímos rasparse
en las paredes
y sale un río rojo de mamá por debajo
de la puerta
un río rojizo y triste que no se mueve
Entrar en lo bárbaro sin miedo. Ya había
dicho que uno de los más arriesgados viajes en
este adentrarse en territorios peligrosos e inexplorados
de la realidad, y por ello, también, del lenguaje,
es el de Hanni Ossott. El poema "En el país
de la pena" de El reino donde la noche se abre
de 1987 es ejemplo de esta apertura formal y temática
que no excluye la exposición de la autora en un
texto abiertamente confesional3. Este rasgo
es evidente en "Valiente ciudadano" de Miyó Vestrini
quien, al igual que Ossott, nos coloca como lectores en
el doloroso vacío de la experiencia, sin saber
luego que decir que no resulte fatuo o literatoso
En una entrevista cedida a Roland Forgues la poeta peruana
Blanca Varela dice algo sobre la especificidad de la poesía
femenina que comparto plenamente:
Hay zonas que el hombre no ha tocado nunca porque cree
que no son importantes y considera indigno
mencionarlas [
]. A la mujer, en cambio, no le importa;
no tiene vergüenza de no escoger temas importantes
para hacer poesía (Forgues 1991,79).
No son los temas tocados por las mujeres lo que aquí
nos interesa analizar - un aburrido rastreo temático
una de cuyas obvias conclusiones sería como las
mujeres asumen su cuerpo y su persona- sino lo que
se desprende como escritura de la escogencia de ciertos
temas o zonas de la realidad considerados como menores,
no importantes. Cuando las mujeres (o los hombres) nombran
la realidad se relacionan inevitablemente con aspectos
altos y bajos de esa realidad (Samoilovich 1995,26). En
ese sentido expresan una forma sensible, "bárbara"
y ciertamente contemporánea, que no excluye elementos
que humillen o rebajen el discurso; un discurso que no
teme o incluso que pretende rebajar el lenguaje poético,
hacerlo, si se quiere, menos poético o nada poético.
Es aquí donde entran los signos desestabilizadores
en el texto, el chiste, la ironía, la burla o el
sarcasmo. Para entender esto hay que aceptar la naturaleza
viva y mutante del lenguaje cuando expresa, nombra o refleja
la también cambiante realidad. Lo que a mí
interesa resaltar es la libertad que conlleva el desprenderse
del compromiso de escribir alta poesía - ese
pretender las acabadas y puras formas ya caducas de la
modernidad- para asumir los derroteros de la baja
poesía, no poesía sino antipoesía4.
Y aquí sí que estamos entrando en materia.
Yo creo que la obra de Márgara Russotto, en su
conjunto, ejemplifica muy bien lo que digo. Ya en Brasa
(1979a), su primer libro publicado, aunque posteriormente
en escritura a Restos de viaje (1979b), anuncia
al menos la intención de su mirada: "infeliz
tiranía del ojo/ no/ capaz de habitar el esplendor/
largo tiempo". El poema "Niño matando
pájaro" de Brasa - "la ferocidad
en el ojo sediento/ y en el otro la/ ternura" -
se continúa en "Asunto de poéticas"
de Viola d'amore (1986). La mirada de Russotto
amorosa y abarcante, comprensiva y compleja, nada complaciente
y en mucho desmitificante, registra amplios matices en
la realidad:
Un pájaro cruzó la autopista
se estrelló contra un vidrio
[
] Ah! belleza última y lejana
en el horizonte hirviente
de gasolina.
La conciencia que tiene Russotto sobre su discurso poético,
el explícito reconocimiento de sus lecturas e influencias
que forman en los poemas un rico tejido intertextual,
ubican a esta escritora en otro plano. La lucidez, aun
frenando todo impulso espontáneo, le da a su escritura
una calidad hasta la fecha inédita en el mapa de
la poesía venezolana, escrita por hombres o por
mujeres. Todas sus preocupaciones temáticas, intelectuales
y formales han confluido en el inédito Epica
mínima, libro cuyo título subraya con
tierra irónica el humilde apartado de un periplo
que cubre el espacio entre Venezuela e Italia, de donde
la poeta siendo niña emigró. Este enfrentamiento
y confluencia de tierras y de idiomas enriquece y enrarece
aún más discurso acentuado el carácter
real y simbólico de extranjera que comparte, por
ejemplo, con Verónica Jaffé.
La extranjeridad, como lo ha notado Julio Miranda en
su libro Poesía en el espejo, es
un tema importante en la escritura de algunas poetas venezolanas,
pero es Verónica Jaffé quien ha reflexionado
sobre el asunto desde un apartado más complejo.
La extrañeza sobre la realidad puede leerse también,
más allá de las máscaras que utiliza,
en Blanca Strepponi desde su temprano Poemas visibles
(1988) hasta Las vacas (1995), su último
libro publicado. Mustia memoria (1985), Safarí
club (1993) y Diario de una momia (1989) de
Laura Cracco son ejemplos también de una escritura
sensible a los elementos extraños de la realidad,
"la ajenidad de todo" (Miranda 1995, 249).
Julia Kristeva relaciona a la mujer "con un nuevo
tipo de intelectual - el disidente- (aquel) que
emite su enunciado desde el lugar del exilio para defender
la pasión analítica " (Russotto 1993b,
168). Quien disiente, desde luego, lo hace de manera consciente,
asumiendo los riesgos que tal escogencia implica5.
De manera que hay matices diferenciales entre exilio y
extranjeridad, aunque una cosa no excluya la otra: quien
se exilia es también un extranjero. Esta doble
conciencia le da a la poesía de Verónica
Jaffé, en el ya citado El arte de la pérdida
(1991), pero sobre todo en El largo viaje a casa
(1994), un carácter muy particular que comparte
en cierta forma con Márgara Russotto y que supongo
divide de una mirada poco dada al autoengaño, a
la seducción lírica. En una posición
muy riesgosa, Jaffé pasa por encima de los valores
tradicionales de la poesía para asumir la defensa
de la poesía misma y su permanencia más
allá de toda intención sacralizante. Esa
otra mirada es también otra escritura ("Padre,
¿es esto poesía, padre?"), una mirada que
destaca o se detiene en aspectos ciertamente menores,
humildes o pequeños de la realidad, pero no por
ello insustanciales6. La realidad está
allí, como los hechos, susceptible de ser interpretada.
Se trata de reformularla a través de una mirada
tan sensible como inteligente:
Cómo definir maizales,
campesinos en carreteras [...] sin sentir de inmediato
complacientes tentaciones
para convertirlo todo,
campesinos y caballos,
escritores y graneros
en mentira en nostalgia,
en poema simple y falso
de extranjera.
El enfrentamiento mujer-cultura que resulta en exilio
y extranjeridad y conciencia de sí ("todo
debe ser nuevamente formulado") es evidente en El
largo viaje a casa, pero el libro no se acaba allí.
Más allá del alegato de corte feminista,
toca, por ejemplo, el tema de la completitud de la voz7
que se prolonga, continúa, dialoga con otras voces,
con otras lenguas: "Recitamos versos de otros, versos,
versos , // en otros idiomas/ que es como inventar -
ahora- la vida a través de otros ojos, // de
los tuyos". Fragmentos de la voz de Jaffé
y fragmentos de las voces de otras poetas (Adrienne Rich,
Elly de Waard, Ingerborg Bachmann, Marilyn Hacker, Elizabeth
Bishop), como si la escurridiza realidad no pudiera nombrarse
de otra manera que "con una pequeña ayuda
de los amigos", o más aún, como si
el poema se completara en la mirada de otro y pudiese
siempre ser discutido y quedase abierta esta puerta al
diálogo para todos. Pero esta apertura a la discusión
de donde nacen las ideas (Habermas), nos confronta también
con los límites de la poesía, como si en
un momento tentara el silencio o la palabra no fuera suficientemente
expresiva:
Poeta o poesía
en fin,
palabra,
alcanza sólo
muy de vez en cuando
eso que sentimos
tan terrible
inhumano
y por eso mismo
inefablemente bello.
El ejercicio de la traducción, amplía,
sin embargo, el universo perceptual y referencial, al
permitirnos ser en otro idioma, en otro mundo, en otro
tiempo, en otra cultura (Jaffé 1995, 18). En este
acercamiento a lo Otro, la romántica rima de Bécquer
parece tomar un sentido mayor que sin duda Jaffé
comparte: "poesía eres tú".
En El largo viaje a casa hay anotaciones que llaman
la atención sobre las apariencias de la realidad
y la banalidad del mal - "porque la barbarie
pareciera estar cerca/ de los bares, del deporte, / de
los monitores e incluso/ o engaño/ de la ahora
pérfida sonrisa de Madonna"- ; y también
sobre la engañosa mansedumbre de la bucólica
escena en los alrededores de un campo de concentración
en la Polonia de estos días:
Es también el otro el otro campo. Ese otro campo.
Y a tres kilómetros y medio sobre la llanura: Birken
campo de abedules avenida de abedules entre bosques de
espesura relativa entre campos de maíz de trigo
caros de caballos tractorcillos cántaros de leche
oscura;
y sobre el viaje a la selva amazónica, paisaje
brutalmente desmitificado en contrapunteo con la traducción
del poema "Questions of travels" de Elizabeth
Bishop. Entrar en lo bárbaro, esta vez señalándolo:
Recordemos, dice alguien
el Roraima; monte plano cual paisaje,
despiadado en su rechazo
al ojo: mi amigo Luis
habló de lo sublime
y luego recordó
el campo de concentración en Dachau, Baviera.
Estas "barbaridades" que Jaffé detecta
también en el paisaje despojándolo de toda
inocencia, se continúan en las poetas que recién
comienzan a publicar en la década de los noventa,
como Martha Kornblith en su libro Oraciones para un
dios ausente (1995):
Tú eres la palabra:
me apedreas por grosera,
te saco provecho literario,
te quiero joder.
("Dime Jessy Jones")
Quería terminar este ensayo exponiendo a propósito
del dios ausente de Kornblith uno de mis pocos credos.
Creo en el poema que no se ha escrito. La obra de estas
escritoras apunta a esa dirección, el poema no
las seduce tanto como su posibilidad o su imposibilidad.
Incluso el abierto juego intertextual propuesto por Verónica
Jaffé en El largo viaje a casa no escapa
a esa intención cuando la traducción, dice
la autora siguiendo a Walter Benjamin, "nos remite
a un espacio en blanco, un espacio futuro, hipotético,
utópico [...]" (Jaffé 1995, 18).
Un espacio que es el de la lengua pura, confluencia de
todas las lenguas, pero paradójicamente, es también
el "lugar del silencio". No hay seducción
posible en este viaje que atraviesa siglos de cultura,
ríos de tinta y de engaño. Cierto que la
entrada masiva de las mujeres al mundo de la literatura
es de data reciente, pero entramos con los ojos abiertos.
Las mujeres no queremos poetizar - entiendan: en sentido
lírico, bastante nos poetizaron. Más antipoetas
que poetas, yo había escrito alguna vez que estas
mujeres abogaban por un poema inacabado, fragmentario,
imperfecto, un poema, una amenaza, que todavía
- pensaba- estaba por verse (Pantin 1993, s/p).
La invitación que nos hiciera a principios de siglo
Enriqueta Arvelo sigue siendo pertinente, porque lo bárbaro
es también la vida, la libertad de hacer (o de
escribir) "lo que la gana nos dé", como
gustaba decir maliciosamente una muy conocida escritora
venezolana. Con el permiso de ustedes quisiera citar de
nuevo a Enriqueta Arvelo Larriva y así concluir:
Todo está indescubierto y envejecido en germen.
Esquivemos imanes penumbrosos y dulces,
el oído salvemos de despejados cantos
y entremos en lo bárbaro con el paso sin miedo.
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Notas
- [
] en la valoración poética
de las mujeres, quienes permanecieron, digamos, en una
posición de retaguardia venezolana, que a su
vez permanecía a la zaga de los demás
movimientos de avanzada del mundo en muchos aspectos.
Sin embargo, fue desde esa otra posición como
tuvieron oportunidad de cultivar las múltiples
estrategias hacia un "modo" poético
diferenciado, un "estilo" independiente -y
no siempre en sordina- cuya madurez proporcionó
una plataforma de equilibrio a la escisión estructural
que caracterizó la línea oficial de la
poesía venezolana (cf. ibíd., 30).
- "Desarrolla tu propia extrañeza"
había aconsejado René Char.
- Es demasiado. Suficiente. Suficiente./
Carezco de fuerzas/he dejado el poema, la palabra/he
hablado demasiado [
]
- "[
] los procesos de mutación
inducidos por las mujeres -que están investigando
la experiencia del mundo para redefinirla en otros términos-
abren las puertas a una cada vez más amplia heterogeneidad
de lo posible, pues como formas distanciadas de la esfera
del poder, perfilan las experiencias de otras maneras
de pensar y de actuar, introducen unas nuevas filosofías
de la vida, y una experiencia del arte que anticipan
otras visiones de las verdades existenciales [
]"
(Martínez 1995, 46; el énfasis es mío).
- "Conozco mi castigo,/ la soledad
espléndida del paria", dice Jaffé
en uno de los poemas de El arte de la pérdida,
título muy elocuente, por lo demás.
- Nada en esta casa manifiesta relación/
con algunos versos recordados./ Sólo el vestido
blanco/ en la vitrina/ nos sugiere algo de esa mínima
figura/ que creía en el poder de la palabra/
y de la muerte/ [...]. En un viaje hacia el Este/ no
se encuentra poesía,/ pero sí los diminutos
restos de ella".
- El tema de la completitud se estructura
a partir de la falta. El discurso del otro entra en
la zona de lo intraducible, lo no comunicable (lo poético)
que subsiste, inevitablemente, en toda traducción.
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